El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: C. TANGANA

LAS DIVINAS INERCIAS

Las palabras salen con mayor rapidez de las bocas que de los corazones. Mudar de veneraciones es un camino más largo de lo que nos gustaría pensar.

El alma ha de habituarse a los nuevos ritos y oraciones; y es en esa pelea cotidiana por forzar las inercias del cuerpo donde nuestra libertad realmente se faja.

Porque cuando el mundo nos exija más reflejos que deliberaciones, la mecánica involuntaria de nuestras costumbres es la que ofrecerá el auténtico espectáculo de nuestras creencias más profundas.

En la imperiosa necesidad de un momento, todos acabamos descubriendo a qué dioses adoramos realmente.

En la mayoría de los casos, no suele ser una sorpresa agradable.

PRECIPITACIONES DEL 8 DE MARZO

Es otro de esos días de Grandes Palabras Identitarias. De esas idolatrías en las que el ser humano busca redención. Como Guerra Cultural o Nación.

Un padre muy activista nos avisó por el grupo de Guásap del colegio de que el AMPA nos animaba a que nuestros hijos fueran al cole con alguna prenda morada, en honor de las Grandes Palabras del día.

Mi hija fue al colegio vestida completamente de azul.

Habían pronosticado lluvia para todo el día, en el día de varias de esas Grandes Palabras. Pero no llovió hasta la hora de recoger a los niños del colegio.

A muchos, la lluvia les cogió desprevenidos. A mí no. A aquel chico, sí. Aquel chico se mojaba bajo la recia lluvia, mientras esperaba la salida de su hermano. Yo tenía un paraguas, el chico se mojaba. Sin demasiado esfuerzo lógico, le dije al chico que se refugiase conmigo bajo mi paraguas. El chico musitó algo sobre el olvido y se quedó a mi lado, en silencio, a cubierto, hasta que su hermano salió del colegio.

Pero yo me fijaba en la escena que tenía delante. Me hubiese gustado sacar una foto de esa escena. En ese día de algunas de esas Grandes Palabras.

En la foto, se podría ver a varias personas esperando a la salida del colegio, en la acera. Mientras llueve. Mientras llueve bastante. A la izquierda, se pueden ver tres personas con paraguas. A la izquierda, una madre, sin paraguas, espera cubierta apenas por una capucha escasa, empapándose. Ninguna de las tres personas ofrecen cobijo en ningún momento a la madre que se moja a su lado.

Y ahora, todo mi esfuerzo lógico consiste en entender esa escena, en ese día de Grandes Palabras.

Yo me sentí bien, ofreciendo mi paraguas al joven que se mojaba. ¿He de entender que esas personas que no ofrecen sus paraguas no se quieren sentir tan bien como yo? ¿O acaso a ellos no les hace sentir bien proteger de forma tan sencilla a alguien de la lluvia?

¿Es vergüenza? ¿Se sienten ridículos siendo amables y preocupándose de desconocidos en apuros?

O quizá no se dan cuenta de lo que ocurre alrededor. No se dan cuenta de que alguien se empapa y pasa frío a su lado, en uno de esos días de Enormes Palabras.

Quizá debiera yo escribir algo en el grupo de padres de Guásap. Algo como esto:

Recomiendo compartir paraguas en día de lluvia, para evitar que se mojen las personas que carezcan de ellos.
No es necesario hacerlo sólo el 8 de marzo. Se puede hacer en cualquier momento que llueva.
Hacerlo, además, suele producir una agradable sensación de bienestar.

Quizá debiera, pero no.
Me quedaré aquí, pensando en la lógica de los tiempos; y recordando la sonrisa que me regaló el joven al que ofrecí mi paraguas, cuando nos cruzamos con su hermano y él un poco más tarde.

INQUE MEUM SEMPER STENT TUA REGNA CAPUT

“Los amantes viven sin sentido. El amor es un vicio y, como vicio, no ama a quien puede librarle de su enfermedad. Aunque ella, si alguna vez estuvo enferma, ya se ha curado. Él, no. ¿Qué es ella para él? Su casa, la poderosa hermosura y las palabras que mienten. ¿Y él para ella? Creo que ni él mismo lo sabe. Ella ha nacido sólo para que él se duela y pase las noches en blanco. ¿Por qué la quiere sin adornos? ¿Por qué dice que la pura forma se basta a sí misma? Seguramente, no porque así la vea más hermosa, sino para que otros hombres no se fijen en ella. Pero resulta un empeño imposible: quien la ve, sólo con verla, peca; para no desearla, tendrían que estar ciegos. Recela hasta de lo que nada es, hasta de su misma sombra. Los celos son insoportables. Es capaz de irrumpir en casa de ella al alba y de buscar señales en el lecho para ver si no ha dormido sola. El amor tiene efectos (metafísicamente) devastadores: el amante ve en sí mismo la nada. Siente la imposibilidad de amar a otra, y de necesidad hace virtud: cuando se convence de que ella ya no le hace caso, obstinado, se propone servir a un largo amor; vivo, será de ella; muerto, lo seguirá siendo. Su fe última será la misma que su fe primera. Ésa será su gloria. La seguirá amando, incluso cuando, muerto ya, sus huesos ardan en la pira funeraria. A veces, cree sentirse libre o, al menos, con ánimo para buscar el olvido a través del estudio o poniendo entre él y ella el tiempo y la distancia, el paso de los años y el inmenso espacio de los mares. O le dice a ella, diciéndoselo a sí mismo, que no era tan hermosa, que fue él quien, con sus versos, le dio la hermosura. O se complace imaginándosela vieja, con los senos caídos y con las arrugas desfigurándole el rostro. Pero es otro empeño imposible. Los reinos de Cintia estarán siempre sobre su cabeza.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pgs. 43-44.
Como tantas otras, pieza cobrada por nuestro cazador predilecto, José Luis de la Cuesta (detective salvaje donde los haya).

TODO LO QUE HASTA AHORA ME HA REGALAO

Gracias, don Antón, por el calibre de belleza que es usted capaz de movilizar.

ECLIPSE PARCIAL

La conocí en un ALSA, Galicia-Madrid. Siempre he tenido muy mala suerte con mis compañeros de viaje. Aquel día no.

Estudiaba Biología y tenía una hermana gemela. Y un primo suyo en Madrid en el mismo barrio de un primo mío.

Ocho horas de viaje. Ocho horas de conversación entretenida. Me contó que tenía novio. A mí no me importaba. Intercambiamos teléfonos y la cosa quedó ahí.

Nos reencontramos en una de esas épocas en que yo dejo sueltos mis demonios, para que les dé el aire. Ella seguía con novio. A mí me importaba aún menos.

Paseamos por Bravo Murillo y tomamos café en un bar, donde me encontré con mi mejor profesor del instituto. El de Historia. Me acerqué a su mesa, le saludé, le dije quién era yo y, delante de su acompañante, le di las gracias por haber sido tan buen profesor.

Le alegré la noche al hombre.

Sigue siendo una de las mejores cosas que he hecho en mi vida.

El caso es que volvimos a la calle, ella y yo, a pasear. Y llegamos hasta su portal, que parecía punto final. Pero no.

Ella seguía con novio, pero se le había olvidado un poco. Lo justo para decirme que las cosas no iban bien entre ellos.

Como todos sabéis, ese tipo de confesiones suele ser preámbulo de adulterio e invitación a la complicidad.

Así que me dijo si quería subir a su casa.

Y yo, que tenía a los demonios de paseo, me dejé hacer. Me dijo que en aquella habitación dormía ya su gemela, que no hiciese mucho ruido; yo, que llevaba los demonios sueltos, miré hacia aquel cuarto con la imaginación encendida.

El caso es que me dijo que me sentase a su lado, en el sofá. Seguía teniendo novio, pero ya no le importaba a nadie.

Y por alguna extraña razón, mis demonios se despistaron, y decidí que aquel sexo no me apetecía.

Quizá porque veía una extraña necesidad en ella de demostrarse a sí misma lo zorra que podía llegar a ser.

Para su disgusto, me largué.

Cinco minutos después, ya en la calle, mis demonios volvieron a la carrera para preguntarme si estaba gilipollas. Así que la llamé.

Pero a ella se le había pasado la debilidad momentánea; y supongo que un mínimo orgullo de mujer rechazada cuando ya estaba dispuesta a pecar, me cerró para siempre las puertas de aquel portal.

El siguiente encuentro, un año más tarde, fue en el aeropuerto de La Coruña.

Había eclipse de sol. Ella hizo un comentario sobre el hecho de que antes nos encontrábamos en estaciones de autobuses y ahora en aeropuertos. Parecía que la vida nos iba bien.

No le hice mucho caso. Me senté en una mesa a escribir y a mirar el eclipse.

No era total.

Astros desacompasados, como nuestras caídas aquella noche.

En Compostela

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