El sosiego acantilado

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Categoría: BURCKHARDT

ATALANTA BAGLIONE

“La joven y aún hermosa madre de Grifone, Atalanta, que el día anterior se había retirado al campo junto con la esposa de éste, Zenobia, y con dos hijos de Gianpaolo, y que más de una vez, cuando su hijo había corrido a su lado, le había rechazado maldiciéndole, se acercó ahora con su nuera en busca del hijo moribundo. Todos se hicieron a un lado al paso de las dos mujeres, ya que ninguno quería verse señalado como el que había apuñalado a Grifone, para no atraer hacia sí la maldición de la madre. Pero se equivocaban, pues ella misma invitó a su hijo a perdonar al que le había asestado aquel golpe mortal y al fin Grifone expiró con su bendición. La mirada reverente de la multitud siguió a las dos mujeres, con los vestidos ensangrentados, mientras atravesaban la plaza camino de su casa. Y esta Atalanta es la misma para la que más tarde pintaría Rafael un Entierro de Cristo hoy famoso en todo el mundo; de este modo depositó ella su propio sufrimiento a los pies del más alto y sacro dolor materno.

La catedral, en cuya cercanía se desarrolló la mayor parte de esta tragedia, se lavó con vino y de nuevo se consagró.”

La cultura del Renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt; Akal, 2004; pg. 67.

La 'Deposizione Borghese', de Rafael (1507)

La ‘Deposizione Borghese’, de Rafael (1507)

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LA ETERNA REVISIÓN

De esa manera, a pesar de su deseo de tranquilidad, los pueblos, sacudidos por la Revolución Francesa y por sus guerras de liberación, no podrán, de ahora en adelante, volver a dormir; toda su existencia estará sujeta a otras normas, y nunca se sentirán satisfechos con el nuevo orden político. Lo que surge como principal consecuencia de todo esto es el espíritu de la eterna revisión, que el mismo Napoleón mantuvo bajo control todo lo que pudo: J’ai conjuré le terrible esprit de nouveauté qui parcourait le monde [He dominado el terrible espíritu de novedad que recorría el mundo].”

Juicios sobre la historia y los historiadores, de Jacob Burckhardt; Katz, 2011; pg. 226.

'La consagración de Napoleón', de Jacques-Louis David (1807)

‘La consagración de Napoleón’, de Jacques-Louis David (1807)

EL ESTADO ESTAFADOR

“España se desdibuja, no sólo por el tema de los impuestos, de la mainmorte, de los monasterios, etc., sino porque en medio de una Europa que se está industrializando, la mentalidad es completamente refractaria a esa tendencia.

[…] Europa se vuelve el molino de los cinco continentes. Se considera que la superioridad industrial y la política van de la mano. Por medio de la confiscación de los bienes de la Iglesia y de la abolición de la mainmorte ponen a disposición de la industria una enorme fuente de energía y de capitales, así como las poblaciones de diversos países. Las máquinas y la producción en masa aumentan de manera gradual. El gran capital necesario para que ellas surjan se acumula y, de manera progresiva, es cada vez menor el número de personas que gobiernan su destino. Son los comienzos de la competencia y de la presión recíproca sobre los mercados.

No obstante, al mismo tiempo, a partir de J. J. Rousseau y de la Revolución Francesa, las ideas de igualdad y de derechos humanos y la noción de ‘existencia digna de un ser humano’ comienzan a hacer sentir su influencia. La mayor libertad política se combina con la mayor medida de dependencia económica. La clase media decae de manera perceptible.

Algo muy lamentable que se suma a esa situación es el hecho de que el Estado incurre en esas bien conocidas deudas para financiar la política, las guerras, el ‘progreso’, y otras causas superiores, hipotecando así la producción futura con el pretexto de que en parte estaba proveyéndola. La suposición es que el futuro honrará eternamente ese compromiso. El Estado ha aprendido de los comerciantes y de los industriales cómo explotar el crédito: se jacta de que la nación nunca lo va a dejar entrar en bancarrota. Junto con todos los estafadores, ahora el Estado se yergue como el estafador principal.”

Del capítulo La historia de los siglos XVII y XVIII (1598-1763). en Juicios sobre la historia y los historiadores, de Jacob Burckhardt; Katz, 2011; pgs. 173, 173-174.

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LA SOMBRA DE SU PINCEL

“De esta manera surgió un caso único y fortuito en la historia del arte: gracias a un esfuerzo perseverante, la representación de la realidad sensible coincide, a fuerza de belleza y de verdad, con la revelación de la más alta espiritualidad, y se era consciente de ello. Conviene recordar aquí las palabras de Miguel Ángel: La verdadera pintura es noble y pía en sí misma, porque la misma lucha por alcanzar la perfección eleva el alma hasta la veneración al acercar a Dios y ser uno con él. La verdadera pintura es una copia de Su perfección y la sombra de Su pincel.”

Juicios sobre la historia y los historiadores, de Jacob Burckhardt; Katz, 2011; pg. 106.

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UNA DE LAS TAREAS MÁS NOBLES

Mis santos patrones: Montaigne y Burckhardt.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 409.

“¿Son las tres grandes edades del mundo, quizás, como los tres momentos del día en el enigma de la Esfinge? En realidad, son la continua metempsicosis que actúa y sufre el hombre a lo largo de innumerables encarnaciones. Un conocimiento genuino querrá reconocer todas las mutaciones y abandonar cualquier parcialidad respecto de una era específica (está bien tener alguna predilección, ya que se trata de una cuestión de gustos), y cuanto más rápido lo haga, más vivo será el sentimiento general de la imperfección humana. Una vez que se comprenda que nunca hubo ni habrá ninguna era feliz, una edad de oro en sentido imaginario, quedaremos preservados de la tonta sobrevaloración de algún tiempo pasado, de la desesperación sin sentido del presente o de la esperanza fatua con respecto al futuro, y se reconocerá que la contemplación de las edades históricas es una de las tareas más nobles: es la historia de la vida y del sufrimiento de la humanidad vista como un todo.”

Juicios sobre la historia y los historiadores, de Jacob Burckhardt; Katz, 2011; pg. 19.

'El triunfo de la muerte', de Pieter Brueghel el Viejo (h. 1562)

‘El triunfo de la muerte’, de Pieter Brueghel el Viejo (h. 1562)

COMPRENSIÓN IMAGINATIVA

En las mudanzas, lo normal es perder libros. Más raro resulta encontrarlos.

Pero durante el donoso escrutinio que hemos desatado en la biblioteca de la casa de mi suegra (también la nuestra, a partir de ahora) he hallado alguna que otra joya. Alegre sorpresa fue topar con una traducción publicada por Seix Barral en 1973 del ciclo de conferencias dictadas en Cambridge en 1961 por el historiador inglés Edward Hallett Carr (autor de una monumental historia de la Revolución Rusa, cuyos numerosos tomos leí con pasión en mis politizados años jóvenes). En el libro (titulado ¿Qué es la historia?) acabo de leer el siguiente texto:

…la necesidad, por parte del historiador, de una comprensión imaginativa de las mentes de las personas que le ocupan, del pensamiento subyacente a sus actos: digo comprensión imaginativa, y no simpatía, por temor a que se crea que ello implica acuerdo. El siglo XIX fue flojo en historia medieval porque le repelían demasiado las creencias supersticiosas de la Edad Media y las barbaridades por ellas inspiradas como para comprender imaginativamente a los hombres medievales. O tómese la censoria observación de Burckhardt acerca de la guerra de los Treinta Años: Resulta escandaloso para un credo, sea católico o protestante, colocar su salvación por encima de la integridad nacional. Era dificilísimo para un historiador del siglo pasado, enseñado a creer que era justo y digno de alabanza matar en defensa del país propio, pero inmoral y equivocado matar en defensa de la propia religión, compartir el estado de ánimo de quienes lucharon en la guerra de los Treinta Años. Esta dificultad es particularmente aguda en el campo en que estoy trabajando ahora. Mucho de lo que se lleva escrito en los últimos diez años en los países de habla inglesa acerca de la Unión Soviética, y mucho de lo escrito en ésta sobre dichos países, viene viciado por esa incapacidad de llegar a una comprensión imaginativa, por elemental que sea, de lo que acontece en la mente de la otra parte, de forma que las palabras y las acciones de los otros siempre han de resultar embebidas de mala fe, carentes de sentido o hipócritas. No se puede hacer historia, si el historiador no llega a establecer algún contacto con la mente de aquellos sobre los que escribe.

No puedo estar más de acuerdo; pero no sólo en lo referido al estudio histórico.

Últimamente, tengo que leer y escuchar muchas opiniones sobre los miembros del Estado Islámico. Todo el mundo parece manejar una teoría sobre la verdad oculta que realmente actúa tras su voluntad: la pobreza, el afán de poder, la locura… Siempre hay una causa que obvia el único hecho indudable: su firme y libre decisión de someter sus conciencias a los dictados de una determinada interpetación (salafista) del Islam. Cada individuo podrá tener su propio trasfondo biográfico y sus peculiares circunstancias existenciales; pero sólo desde la comprensión imaginativa de su toma de partido, podremos entender su recia oposición a la usura, a que las mujeres lleven el pelo suelto por la calle o su decisión de volarse en pedazos en medio de una iglesia abarrotada de fieles.

Lo cual, evidentemente, no implica simpatizar con ellos. Simplemente, significa entenderlos. Y al entenderlos, yo al menos, los reconozco como enemigos. Enemigos que, llegado el caso, y con la ayuda de Dios, habrá que matar. Precisamente porque entiendo aquello en lo que creen, entiendo que ellos y yo no podemos convivir en el mismo mundo. Ellos son una amenaza para los míos y para mí; y yo espero ser una amenaza para ellos.

Sin odio. Sosegadamente. Amándolos como a los magníficos enemigos que son.

EI

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester