El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: BOUGUEREAU

VIGILAR Y CASTIGAR

Jeanne observa desde su habitación cómo se alejan las naves en las que viajan cincuenta caballeros de la Casa de Rilo.

Brilla el sol en los acantilados. Brilla el sol en las velas desplegadas. Brilla el sol, pero no calienta.

Frances entra en la habitación de su hermana, con Juana dormida en los brazos. Jeanne la recibe con una sonrisa dulce y triste. Frances se acerca y apoya la cabeza en el hombro de su hermana; mientras mira también hacia los barcos que se alejan.

-¿Qué tal te encuentras? -pregunta Jeanne, al tiempo que acaricia el rostro de Frances.

-Sola -responde su hermana, mientras se sienta en una silla-. Mucho más de lo que hubiese podido imaginar, la verdad.

Jeanne la sigue con la mirada. Se aleja de la ventana y se acerca lentamente hasta su cama. Se queda un momento de pie, pensativa, antes de sentarse sobre el lecho.

-Por caminos diversos, pero, finalmente, la historia de nuestras maternidades está empezando a ser muy parecida… -dice Frances, con la mirada perdida en la claridad de la ventana-. ¿Qué fue lo más duro para ti?

-La autoridad -responde Jeanne, sin dudar-. Tener que ejercerla. Tener que decir constantemente que no. Tener que castigar y mantenerte firme en los castigos. En multitud de ocasiones, resulta agotador. Porque lo único que quieres es abrazar y mimar a esa criaturita. Pero sabes bien que eso es lo peor que podrías hacer. Sin embargo, una cosa es conocer la teoría y otra muy distinta ponerla en práctica. Gracias a Dios, Iván se crio entre hombres formidables. Pero si me hubiese visto completamente sola, sin la presencia de ningún hombre cerca…

-¿Crees que nos cuesta más por ser mujeres? -preguntó Frances, mientras miraba a su hija.

-No lo sé. La abuela tenía la autoridad de tres generales juntos. Aunque todo el mundo insiste en que era una mujer extraordinaria, fuera de lo común. Así que quizá lo normal no sea eso. Lo normal es que nos guste consolar, arropar, proteger… -Jeanne se quedó pensativa durante unos momentos-. La autoridad necesita violencia. Y siempre he considerado la violencia más propia de hombres. Para mal. Y en el caso de la educación, para bien.

Frances permaneció callada un rato, antes de decir algo.

-No sé, en cuestiones humanas, la casuística siempre tiende al infinito. Pero sí, resulta más fácil imaginar a un hombre castigando que a una mujer… -la mirada de Frances se fugó por un momento, antes de fijarla nuevamente en su hija-. En cualquier caso, me temo que no me va a quedar más remedio que acostumbrarme a ello.

Juana se despertó y exigió su comida. Frances desnudó su pecho y acercó el pezón a la boca de su hija. Jeanne se levantó para contemplar la escena más de cerca. Juana empezó a mamar con entusiasmo.

La mirada de Frances, sin embargo, se había vuelto a extraviar en la luz fría de la ventana.

-Me temo que, en los próximos años, muchas mujeres tendrán que acostumbrarse a ello -dijo, cuando su hija, satisfecha, volvió a quedarse dormida.

“Tentación”, de William-Adolphe Bouguereau (1880)

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VALOR INCALCULABLE

Bajo un cielo de color perla, una figura negra investigaba el horizonte nevado con un catalejo, desde lo alto de los restos oxidados de una torre eléctrica.

Al pie de la torre esperaba su caballo. Y junto a su caballo, otro caballo, sobre el que comía carne curada otro personaje de vestido oscuro.

A lo lejos, se veía la ciudad desierta, cubierta de nieve. Ciudad era un nombre excesivo para aquello; pero tampoco merecía aún ser llamado ruina. En cualquier caso, sin duda alguna, estaba desierta. Desierta y blanca. Y fría.

Le hizo una señal a su compañero, indicándole una dirección. Después descendió y montó en su caballo. Ambos espolearon sus monturas. Los caballos resoplaron, formando nubes alrededor de sus cabezas, y trotaron decididos hacia donde se les ordenaba.

-¿Alguna vez piensas en la segunda venida de Cristo, Jörgens? -preguntó el que comía carne cruda.

Jörgens miraba hacia los edificios silenciosos a los que se aproximaban.

-Sólo cuando me lo recuerdan en misa -contestó-. Se está demasiado bien en el mundo, últimamente.

El otro hizo un gesto de asentimiento y le dio otro mordisco a su trozo de carne.

-¿Te preocupa, Laurence?

-Ni lo más mínimo; estoy en paz con mi Dios -respondió, antes de tragar el último trozo-. Es mera curiosidad intelectual.

Laurence permaneció pensativo un rato.

-Por otro lado, quizá venga precisamente cuando se esté demasiado bien en el mundo, Jörgens -insistió en el tema-. Como un ladrón al que no te esperas.

-Puede ser -concedió Jörgens-. No vino durante la Caída, que era el mejor escenario posible. Si no sonaron entonces las siete trompetas, no sé cuándo diablos lo van a hacer.

Laurence asintió con un ligero bamboleo de cabeza.

-El Padre O’Hara me comentó hace un par de días que el primer Concilio tras la Caída redujo drásticamente las referencias litúrgicas al libro del Apocalipsis.

-Tiene sentido -dijo Jörgens, pensativo-. Tiene todo el sentido.

La nieve volvía a caer. Los dos jinetes se cubrieron con las capuchas de sus abrigos negros de piel. Ambos enfilaron por el centro de una antigua calle de varios carriles. En el silencio reinante se podía oír el sonido de los copos al desvanecerse sobre sus figuras.

Después de un rato, Jörgens se detuvo ante un edificio. Lo examinó con curiosidad. Conservaba buena parte de su estructura. Descabalgó y permaneció mirándolo, así como al resto de la antigua calle que les rodeaba.

-¿Qué? –preguntó Laurence-. No tiene pinta de arsenal. Ni de refugio. Por aquí no hay ni caribes…

Jörgens se acercó a las puertas del edificio. Vio que estaban cerradas con cadenas. Volvió a su caballo y rebuscó dentro de las alforjas. Sacó un cortafríos y volvió a las puertas.

-Nos esperan dentro de dos días en la Casa de Gill, Jörgens –insistió su compañero con tono aburrido-. No podemos hacer demasiado turismo.

A Jörgens le hizo gracia la vetusta palabra.

-En algún lugar tendremos que pasar la noche, ¿no, Laurence? –preguntó a su compañero, mientras partía las cadenas.

-Eso sí es verdad –reconoció-. Y lo cierto es que, como posada, no tiene mala pinta.

Laurence descabalgó y cogió una antorcha que llevaba sujeta a sus alforjas. Siguió a Jörgens dentro del edificio, ambos tirando de sus caballos. Laurence encendió la antorcha. La recepción era bastante grande. Olía a cerrado, pero no a muerto. Siguieron hacia su derecha, por un ancho pasillo.

-¿Qué sería esto? –preguntó Laurence.

-Algún edificio burocrático, supongo.

-¿Aprovechamos para rezar?

-Vale –aceptó Jörgens, que no dejaba de investigar las sombras a su alrededor.

Laurence sacó de sus alforjas un apoyo para la antorcha y la dejó en el suelo. Se quitaron los abrigos de pieles y dieron de comer a los caballos. Arrodillados, pero con el cuerpo recto y las manos orantes colocadas delante del pecho, ambos comenzaron a rezar. El latín se mezclaba mansamente con el sonido de las mandíbulas de los caballos. Tras las oraciones, desplegaron mantas en el suelo; Jörgens comió algo de carne curada y se aprestó a realizar la primera guardia.

Terminado su trozo de carne, dormido ya Laurence, Jörgens se puso a rezar el rosario; pero se despistó al fijarse en las puertas que daban paso a otra estancia, justo enfrente de ellos; sobre las puertas, pudo leer:

AL H

Se notaba que faltaban dos letras, pues aún permanecía el fantasma de su presencia en la pared, a modo de manchas. Delante de la A, había una S. Detrás de la L, hubo otra A.

Sala H… -susurró Jörgens, en vez de enunciar el quinto Misterio Gozoso.

A la mañana siguiente, Laurence despertó a Jörgens para rezar Laudes. Tras desayunar, y mientras Laurence recogía el campamento, Jörgens se acercó a las puertas de la Sala H. Estaban cerradas. Probó otra vez, con un golpe seco y fuerte. Algo crujió al otro lado.

-Debieron de clavar maderas para impedir el paso -comentó Laurence, que había dejado de recoger para observar lo que hacía su compañero-. Hace mucho tiempo, por lo que se ve, porque la madera ya está completamente podrida.

Con un nuevo empellón, más fuerte aún, las puertas cedieron. Laurence acercó la antorcha. Un manto gris se extendía por el suelo. La habitación estaba repleta de estanterías vacías.

-¿Un archivo? -preguntó Laurence.

Jörgens se agachó. Se quitó el guante y tocó el suelo. Las yemas de sus dedos se quedaron grises.

-Ceniza -murmuró.

Laurence movió la antorcha, tratando de abarcar más espacio con su luz.

-Libros de papel… -susurró-. Allí. Y allí… Y aquí… Pero sólo restos. Restos de libros. Quemados.

Laurence miró a Jörgens con los ojos completamente abiertos. Jörgens no podía dejar de mirarse los dedos grises.

Dedicaron todo el día a escudriñar hasta el último rincón del edificio. Pero sólo encontraron otras dos habitaciones con estanterías, aunque en ambos casos completamente vacías.

-No nos podemos demorar más, Jörgens; ya nos va a resultar imposible llegar mañana a la Casa de Gill. Cuando lleguemos allí, daremos aviso para que vengan a investigar el lugar.

Jörgens suspiró y asintió pesaroso con la cabeza.

-Sólo una más… -dijo de repente.

Y salió corriendo hacia las siguientes puertas. Laurence resopló, pero siguió a su compañero con una sonrisa traviesa en la cara. Jörgens trataba de leer lo que había escrito encima de las puertas.

Sala… -dijo Laurence-… no sé cuál es esa letra… ¿La G?

-La C, creo -opinó Jörgens.

Estas puertas parecían estar más sólidamente cerradas. Jörgens tuvo que buscar varias herramientas dentro de sus alforjas para hacer saltar los pernios.

Al penetrar en la oscuridad de la estancia y extenderse por ella la luz vacilante de la antorcha, Laurence creyó que su corazón se había detenido para siempre.

Jörgens fue a buscar su propia antorcha para proporcionar más luz. Cuando volvió a la Sala C, encontró a Laurence arrodillado, cogiendo algo del suelo; algo de lo que el suelo estaba lleno.

-Son las obras completas de… de… de… -Laurence tartamudeaba-… San Agustín. En edición bilingüe…

La segunda antorcha permitió ver docenas de estanterías, las paredes, casi cada rincón del suelo; todo repleto de libros. Libros de papel. Hasta el techo.

-Santo Tomás de Aquino… San Francisco de Sales… San Atanasio… obras completas… por todas partes… -Laurence no paraba de recitar sus hallazgos-. ¡Oh, buen Dios! ¡El Señor de los Anillos!

Jörgens, de pie, sólo era capaz de llorar. Y, de vez en cuando, se le escapaba una risa nerviosa.

-Laurence, yo me quedaré haciendo guardia; tú vuelve enseguida. Hay que dar aviso al Gran Maestre.

Tras decir esto, Jörgens lo vio. Había algo más en el suelo, a unos metros de donde se encontraban. Llamó la atención de Laurence dándole unos golpes suaves en la espalda. Se acercaron ambos. El cuerpo momificado de un hombre, doblado como si hubiese estado escribiendo en el suelo de rodillas. Junto a él, un libro de notas. Jörgens lo cogió y leyó la última página.

-No le dio tiempo a terminar de escribir su oración… -comentó.

-¿Él hizo esto? -preguntó Laurence, volviendo a mirar fascinado el contenido de la Sala C-. Si es así, lo que ha hecho no tiene precio. No tiene precio.

Un ruido les sobresaltó, como el estrépito de una campana al caer. Ambos se giraron al mismo tiempo.

-Un tubo de ventilación -explicó Jörgens.

Se fijó en que aquellos restos caídos parecían contener algo. Se acercó para examinarlo mejor. Se acuclilló y acercó la llama de la antorcha.

-¿Qué pasa? -preguntó Laurence, ante el largo silencio de su compañero.

-Otra momia -contestó Jörgens-. Parece que murió de un balazo.

-¿Qué pequeña, no?

-Sí. Creo que era un niño.

“La lección difícil”, de William-Adolphe Bouguereau (1884)

EL SUAVE MURMULLO DE LAS COSAS

Tonteando por internet entre test y test de las oposiciones, descubro la historia de la activista cristiana Katy Faust, firme opositora al matrimonio homosexual y, sobre todo, a la adopción de niños por parejas no heterosexuales.

Lo que hace peculiar a Katy Faust es que ella misma fue criada por su madre lesbiana y su compañera, después de que aquélla se divorciara del padre de Katy.

Pero el que esté imaginando una historia de abusos a manos de su madrastra o algo semejante, se equivoca completamente. Katy siente el mayor de los respetos por su madre y su pareja, a las que considera mujeres ejemplares.

El caso es que Katy se convirtió al cristianismo durante su adolescencia y ahí está, defendiendo lo que ella considera justo y verdadero.

Todo esto me hace pensar en el comentario que un amigo me puso el otro día en Facebook, cuando compartí este artículo de Juan Manuel de Prada. Mi amigo se quejaba del misticismo del autor y decía que, seguramente, buena parte de esta oposición al cristianismo no es más que el típico matar al padre de estas últimas generaciones aún educadas en medios socialmente cristianos.

La típica rebeldía de las nuevas generaciones respecto de los valores en los que han sido criados.

La historia de Katy Faust me hace pensar que una de las pocas cosas eternas en el ser humano es, precisamente, este revolverse adolescente contra nuestro primer hogar.

Y en una época que ha exacerbado el estado de rebelión y de crítica a lo anterior hasta la categoría de virtud semidivina, no dejan de resultar curiosos los esfuerzos de tantos movimientos por apoderarse de todas las estructuras educativas y estatales para imponer determinado tipo de ética.

40 años de dictadura nacionalcatólica hicieron de España uno de los países más progresistas del mundo. Otros tantos años de comunismo han hecho de Polonia uno de los países más férreamente católicos del mundo.

Esta vana y agitada lucha por el poder terrenal de los hombres y las mujeres para definir las cosas según dictan sus minúsculos egos, que contemplo con aburrida perplejidad, me hace desear cada vez más el silencio suficiente para intentar escuchar el suave murmullo de lo que las cosas realmente son.

Que, en la mayoría de las ocasiones, se muestra en forma de belleza.

Detalle de ‘Jeanne’, de William Adolphe Bouguereau (1888)

LUCHAREMOS POR PRODIGIOS VISIBLES COMO SI FUERAN INVISIBLES

“Nosotros, que somos cristianos, nunca nos dimos cuenta del gran sentido común filosófico inherente al misterio cristiano hasta que los autores anticristianos nos lo señalaron. La gran marcha de la destrucción mental proseguirá. Todo será negado.

Todo se convertirá en credo. Es una postura razonable negar los adoquines de la calle; será dogma religioso afirmar su existencia. Es una tesis racional que todos pertenecemos a un sueño; será sensatez mística asegurar que estamos todos despiertos. Se encenderán fuegos para testimoniar que dos y dos son cuatro. Se blandirán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano. Terminaremos defendiendo no sólo las increíbles virtudes y la sensatez de la vida humana, sino algo más increíble aún: este inmenso e imposible universo que nos mira a la cara. Lucharemos por prodigios visibles como si fueran invisibles.

Observaremos la imposible hierba, los imposibles cielos, con un raro coraje. Seremos de los que han visto y, sin embargo, han creído.”

Herejes, de Gilbert Keith Chesterton; La Editorial Virtual, 2008; pg. 295.

'Las naranjas', de William Adolphe Bouguereau (1865)

‘Las naranjas’, de William Adolphe Bouguereau (1865)

FUEGO A TODA LA CIVILIZACIÓN MODERNA

“Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo prenderé fuego a toda la civilización moderna. Porque una niña debe tener el pelo largo, debe tener el pelo limpio; porque debe tener el pelo limpio, no debe tener un hogar sucio; porque no debe tener un hogar sucio, debe tener una madre libre y disponible; porque debe tener una madre libre, no debe tener un terrateniente usurero; porque no debe haber un terrateniente usurero, debe haber una redistribución de la propiedad; porque debe haber una redistribución de la propiedad, debe haber una revolución. La pequeña golfilla de pelo rojo dorado, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser destrozados y mutilados para servirla a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor, la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos se desplomarán, pero no habrá de dañarse ni un pelo de su cabeza.”

Lo que está mal en el mundo, de Gilbert Keith Chesterton; Ciudadela, 2006; pg. 199.

'Mimitos', de William-Adolphe Bouguereau (1890)

‘Mimitos’, de William-Adolphe Bouguereau (1890)

GRATIAS AGIMUS TIBI

“Hay un solo pecado, del que todos los demás nacen como de la cabeza de la hidra y salen volando como de la caja de Pandora cuando se abre. Es el desagradecimiento.

Y hay una sola virtud: el agradecimiento. El recién nacido la celebra cuando dormita tras haber tomado el pecho, y el girasol cuando vuelve su cabeza hacia la luz.”

Escrito por Ernst Jünger en Wilflingen, el 2 de junio de 1992; en Pasados los setenta V; Tusquets, 2015; pg. 73.

'Caridad', de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

‘Caridad’, de William-Adolphe Bouguereau (alrededor de 1878)

IPSUM EST NOMEN EIUS

Al estudiar etimologías, parece reducirse la distancia con ese momento en que un primer hombre solitario vagaba casando palabras y sensaciones, bajo la atenta y curiosa mirada del misterio.

El chisporroteo del árbol súbitamente herido por un rayo o el borboteante fluir de un arroyo virgen eran imitados por susurros, suspiros y alientos rebosantes de significado; y los repentinos e infantiles parecidos entre las cosas hacían brotar frágiles renuevos en los morfemas recién germinados.

Abrumado por la inefable variedad del mundo, el hombre se sintió aún más solo; y, agotado de la interminable vocación, se quedó dormido.

Y al despertar, el pasmo le impidió encontrar una palabra con la que llamar a la criatura más asombrosa, terrorífica y bella en la que sus inocentes ojos habían posado hasta entonces la mirada.

'Biblis', de William-Adolphe Bouguereau (1884)

‘Biblis’, de William-Adolphe Bouguereau (1884)

INSOUMISSION

Señora, vuestro soy y seré,
investido de vuestro servicio.
Vasallo vuestro soy, jurado y comprometido,
y ya desde antes lo era.
Vos sois mi gozo primero
y lo seréis el postrero, mientras me dure la vida.

Bernart de Ventadorn (trovador provenzal, siglo XII)

 

Los hombres están al cargo de las mujeres en virtud de la preferencia que Allah ha dado a unos sobre otros y en virtud de lo que (en ellas) gastan de sus riquezas.
Las habrá que sean rectas, obedientes y que guarden, cuando no las vean, aquello que Allah manda guardar.
Pero aquéllas cuya rebeldía temáis, amonestadlas, no os acostéis con ellas, pegadles; pero si os obedecen, no busquéis ningún medio contra ellas.
Allah es siempre Excelso, Grande.

Corán, sura 4ª (de las Mujeres), aleya 34.

“La gloria de Ricardo [Corazón de León] no hacía sino crecer, no solamente entre su propio ejército, sino entre los franceses de Francia, que reprochaban a su rey haber abandonado la cruzada. Se habían entablado negociaciones con Saladino, a quien la pérdida de la ciudad de Acre volvía prudente. En algún momento hasta se creyó poder dar solución novelesca a los seculares conflictos que enfrentaban a cristianos y a turcos: Ricardo proponía dar en matrimonio a su hermana Juana al hermano de Saladino, Malik-al-Adil; […] Juana, al saber los tratos de que era objeto, entró en una cólera digna de los Plantagenet. Se la había comprometido sin consultarla; ahora bien, jamás, jamás consentiría en casarse con un musulmán. A no ser que el hermano de Saladino se hiciera cristiano…”

Leonor de Aquitania, de Régine Pernoud; Acantilado, 2009; pgs. 266-267.

Detalle de la 'Pietà' de William-Adolphe Bouguereau (1876)

Detalle de la ‘Pietà’ de William-Adolphe Bouguereau (1876)

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