El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: BORGES

COMPRARTE CON DERROTA

Durante la comida, mientras yo hablaba, José Luis recordó los últimos versos del segundo poema inglés de Borges (a cada cual le viene a la cabeza aquello de lo que se llena, y José Luis vive en poesía).

El tal poema, en su integridad, dice así:

What can I hold you with?
I offer you lean streets, desperate sunsets, the moon of ragged suburbs.

I offer you the bitterness of a man who has looked long and long at the lonely moon.

I offer you my ancestors, my dead men, the ghosts that living men have honoured in marble: my father’s father killed in the frontier of Buenos Aires, two bullets through his lungs, bearded and dead, wrapped by his soldiers in the hide of a cow; my mother’s grandfather –just twenty four- heading a charged of three hundred men in Peru, now ghosts on vanished horses.

I offer you whatever insight my books may hold, whatever manliness or humour my life.

I offer you the loyalty of a man who has never been loyal.

I offer you that kernel of myself that I have saved, somehow –the central heart that deals not in words, traffics not with dreams and is untouched by time, by joy, by adversities.

I offer you the memory of yellow rose seen at sunset, years before you were born.

I offer you explanations of yourself, theories about yourself, authentic and surprising news of yourself.

I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart; I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat.

(Traducción de Eduardo Sánchez Gauto: ¿Con qué te puedo retener? / Te ofrezco calles estrechas, ocasos desesperados, la luna de los raídos suburbios. / Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado largo y tendido a la solitaria luna. / Te ofrezco mis ancestros, mis muertos, los fantasmas que los vivientes han honrado en mármol: / el padre de mi padre muerto en la frontera de Buenos Aires, dos balas atravesándole los pulmones, barbudo y muerto, rodeado por sus soldados en el cuero de una vaca; el abuelo de mi madre –con apenas veintidós años– encabezando una carga de trescientos hombres en Perú, ahora fantasmas en caballos desvanecidos. / Te ofrezco cualquier revelación que puedan tener mis libros, cualquier masculinidad o humor en mi vida. / Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal. / Te ofrezco el núcleo de mí que he guardado, de algún modo: el corazón central que no trata con palabras, no trafica con sueños, y no ha sido tocado por el tiempo, por las alegrías, por las adversidades. / Te ofrezco el recuerdo de una rosa amarilla vista en el ocaso, años antes de que nacieras. / Te ofrezco explicaciones sobre vos, teorías sobre vos, auténticas y sorprendentes noticias sobre vos. / Puedo darte mi soledad, mis tinieblas, el hambre de mi corazón; estoy tratando de comprarte con incertidumbre, con peligro, con derrota.)

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LA ERUPCIÓN VOLCÁNICA DE BORGES

En el desayuno posterior a la misa, la conversación con José Luis ha tenido como protagonista durante un buen rato a Jorge Luis Borges. No es un autor que me apasione, aunque soy el primero en reconocer sus virtudes literarias. La traducción que llevó a cabo del Lepanto chestertoniano me parece en sí misma una obra de arte.

Recordé entonces la conversación con el Padre Gabriel Díaz, durante aquella Taberna mitológica que culminó la jornada de homenaje a la vida y obra de San Gilberto organizada hace año y medio; me llamó la atención sobre la poesía de Borges y me ensalzó su habilidad formal, poniéndome como ejemplo aquel poema compuesto en cuartetos en el que los versos riman repitiendo la misma palabra (el cual me envió al día siguiente por correo electrónico):

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,
ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

También recordé durante el desayuno la entrada de los diarios de Jünger en la que habla de la visita que Borges le había hecho a su casa de Wilflingen:

“Hemos tenido el placer y el honor de agasajar aquí a Jorge Luis Borges: tener un encuentro con un poeta se ha vuelto casi tan raro como topar con un animal al borde de la extinción o incluso mítico, con el unicornio, por ejemplo.
Borges está casi totalmente ciego desde hace años; llegó acompañado por un joven, que le había sido asignado por el Ministerio del Exterior, y por la señora que lo cuida. En las pocas horas que estuvieron en esta casa pudimos apreciar que ella no sólo es una ayuda inmensa para el ciego sino que se ha convertido en su otro yo. Le llevaba la mano a la copa cuando quería beber, y a un trozo de tarta, antes de que él lo pidiera, y hacía el efecto, en todos los aspectos, de ser un órgano adherido a él.
La conversación entre los cinco que estábamos en la biblioteca fue políglota; se entrecruzaban frases alemanas, españolas, francesas e inglesas. Borges recitó en alemán a Angelus Silesius, también versos en inglés antiguo; al hacerlo, su lenguaje se volvía más claro, como si retornara a su juventud. Yo lamenté no haber aprendido español para poder leer a Cervantes y a Quevedo en el texto original: y a Borges también, evidentemente.
Conversación sobre Schopenhauer, al que ambos debemos mucho desde muy jóvenes, luego sobre Kafka, don Quijote, Las mil y una noches, Walt Whitman, Flaubert. Hojas de hierba, de Whitman, presenta la democracia en su fuerza, Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, su infamia.
Luego sobre Huxley: yo opiné que el Espíritu del Tiempo había resuelto el orden político de los insectos mejor que el nuestro. Borges, a eso: Seguramente en lo relativo al Estado, pero la hormiga individual no cuenta.
Sin embargo, podría objetarse, todas están atendidas. Tienen vivienda, alimento y trabajo en abundancia, además un sueño hibernal. La mayoría está excluida de la vida sexual, lo que tal vez sea incluso un alivio. ¿Pero también del amor? Cuando estoy al sol del mediodía delante de uno de sus montículos y les pongo encima la mano, que se humedece mientras van y vienen y mueven los tentáculos, creo sentir que son felices. Habría que investigarlo; convinimos en que los zoólogos apenas están capacitados para ello.
Borges sigue mi evolución desde hace sesenta años. El primer libro mío que leyó fue Tempestades de acero, que fue traducido en 1922 por encargo del Ejército argentino. Eso fue para mí una erupción volcánica.”

Escrito por Ernst Jünger, en Wilflingen, el 27 de octubre de 1982; en Pasados los setenta III, Tusquets, 2007; pgs. 173-174.

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