El sosiego acantilado

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Categoría: BENEDICTO XVI

LA CASUÍSTICA DEL AMOR

Los tres traspiés de la Iglesia han sido: el aristotelismo, el jesuitismo, la comisión bíblica.

Lo que aleja de Dios no es el pecado, sino el empeño en disculparlo.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pgs 1129, 1376.

“Pero desde luego hay otros aspectos del deterioro eclesial y social que nos han llevado a este punto: el estrago de la falsa renovación en la Iglesia de los últimas décadas; la increíblemente estúpida política de inculturación aplicada a una desarraigada cultura occidental invadida por un secularismo militante; la inexorable y progresiva erosión del matrimonio y la familia en la sociedad; el ataque a la Iglesia, más potente desde el interior que desde el exterior, como denunciaba el Papa Benedicto; la prolongada defección de algunos teólogos y laicos en materia de anticoncepción; los espantosos escándalos sexuales; los innumerables sacrilegios; la pérdida del espíritu de la liturgia; los cismas internos de facto sobre toda una serie de cuestiones y enfoques graves, sutilmente disfrazados bajo una apariencia de unidad de iure de la Iglesia; los modelos de profunda disonancia espiritual y moral que bullen actualmente bajo el andrajoso título de católico. ¿Y nos sorprendemos de que la Iglesia esté en un estado de debilitamiento y esté desapareciendo?

Podríamos incluso rastrear los largos antecedentes temporales de Amoris laetitia. Como tengo un espíritu algo anticuado, veo este documento como el mal fruto de ciertos desarrollos del segundo milenio en la Iglesia occidental. Indico brevemente dos en concreto: la forma rígidamente racionalista y dualista del tomismo promovida por los jesuitas en el siglo XVI y, en ese contexto, su elaboración de la comprensión casuística del pecado mortal en el siglo XVII. El arte de la casuística ha sido aplicado a una nueva categoría de ciencia sacra llamada teología moral en la que, me parece, la regla de cálculo es sabiamente empleada para estimar técnicamente, caso por caso, la culpabilidad mínima necesaria para evitar la imputación de pecado mortal. ¡Qué meta espiritual! ¡Qué visión espiritual! Hoy, la casuística vuelve a levantar su fea cabeza bajo la nueva forma de la ética de la situación y Amoris laetitia, francamente, está llena de ella, ¡aunque fue expresamente condenada por San Juan Pablo II en la encíclica Veritatis Splendor!”

Extracto del comentario de Anna M. Silvas a la exhortación apostólica post-sinodal Amoris laetitia, leído en la página de Sandro Magister.

'La petite barque', de Émile Friant (1895)

‘La petite barque’, de Émile Friant (1895)

AMARRADO A UN MADERO

religo 1 tr.: atar, ligar atrás, sujetar, amarrar (ad currum religatus, atado a un carro; naves ad terram r., amarrar un navío)

“Clavado en la cruz, pero la cruz en el aire, sobre el abismo. Es imposible describir con más exactitud y con precisión más incisiva la situación del creyente de hoy. Lo único que lo sujeta es un madero desnudo que pende sobre un abismo, y parece que está a punto de hundirse para siempre. Sólo un madero le amarra a Dios, pero, a decir verdad, le amarra inexorablemente y él sabe que, al fin y al cabo, el madero es más fuerte que la nada, que está a sus pies, pero que sigue siendo el verdadero poder que amenaza su existencia actual.”

Introducción al Cristianismo, de Joseph Ratzinger (Benedicto XVI); Sígueme, 2005; pg. 43.

'Cristo de San Juan de la Cruz', de Salvador Dalí (1951)

‘Cristo de San Juan de la Cruz’, de Salvador Dalí (1951)

EL REINO DE ESTE MUNDO

Luego el diablo lo llevó a un lugar alto, le mostró todos los reinos del mundo en un instante y le dijo: Te daré todo este imperio y el esplendor de estos reinos, porque son míos y se los doy a quien quiero. Si te pones de rodillas y me adoras, todo será tuyo.

Lc 4, 5-7

“En una ocasión Poldi Singer habló con profundo conocimiento del origen mítico del movimiento nazi: el sueño inquebrantable del Sacro Imperio. Para mi sorpresa, me oí decir:

-Y en su origen eso no es otra cosa que una representación judía, una idea mesiánica.”

Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori; Anagrama, 2002; pg. 260.

“¿No es justamente ésta la misión del Mesías? ¿No debe ser Él precisamente el rey del mundo que reúne toda la tierra en un gran reino de paz y bienestar?

[…] volvamos a la tentación. Su auténtico contenido se hace visible cuando constatamos cómo va adoptando siempre nueva forma a lo largo de la historia. El imperio cristiano intentó muy pronto convertir la fe en un factor político de unificación imperial. El reino de Cristo debía, pues, tomar la forma de un reino político y de su esplendor. La debilidad de la fe, la debilidad terrena de Jesucristo, debía ser sostenida por el poder político y militar. En el curso de los siglos, bajo distintas formas, ha existido esta tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el abrazo del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura política, hay que librarla en todos los siglos. En efecto, la fusión entre fe y poder político siempre tiene un precio: la fe se pone al servicio del poder y debe doblegarse a sus criterios.

[…] interpretar el cristianismo como una receta para el progreso y reconocer el bienestar común como la auténtica finalidad de todas las religiones, también de la cristiana, es la nueva forma de la misma tentación.

[…] Pero Jesús nos dice también lo que objetó a Satanás, lo que dijo a Pedro y lo que explicó de nuevo a los discípulos de Emaús: ningún reino de este mundo es el Reino de Dios, ninguno asegura la salvación de la humanidad en absoluto. El reino humano permanece humano, y el que afirme que puede edificar el mundo según el engaño de Satanás, hace caer el mundo en sus manos.”

Jesús de Nazaret, de Su Santidad Benedicto XVI; La Esfera de los Libros, 2007; pgs. 63, 64-65, 68, 69.

Nazi rally, 1937.

LA ESCUELA DE LA FE

“La escuela de la fe no es un camino triunfal, sino un camino sembrado de sufrimientos y de amor, de pruebas y de fidelidad que hay que renovar cada día. Pedro, que había prometido fidelidad absoluta, conoce la amargura y la humillación de la negación: el arrogante experimenta en sus propias carnes la humildad. También Pedro debe aprender a ser débil y necesitado de perdón. Cuando por fin se le cae la máscara y entiende la verdad de su corazón débil de pecador creyente, explota en un liberador llanto de arrepentimiento. Tras este llanto ya está listo para su misión.

Una mañana de primavera le será confiada esta misión por Jesús resucitado. El encuentro se producirá a orillas del lago de Tiberíades. Es el evangelista Juan quien nos refiere el diálogo que tiene lugar en esa ocasión entre Jesús y Pedro. Asistimos a un juego de palabras muy significativo. En griego el verbo filéo expresa el amor de amistad, tierno pero no totalizador, mientras que el verbo agapáo significa el amor sin reservas, total e incondicional. Jesús primero le pregunta a Pedro: agapâs-me (Jn 21, 15). Antes de la experiencia de la traición, el apóstol sin duda habría dicho: Te amo (agapô-se) incondicionalmente. Pero ahora que ha conocido la amarga tristeza de la infidelidad, el drama de su propia debilidad, dice con humildad: Señor, te quiero (filô-se), es decir, te amo con mi pobre amor humano. Cristo insiste: ¿me amas más que estos? Y Pedro repite la respuesta de su humilde amor humano: Kyrie, filô-se, Señor, te quiero como sé querer. A la tercera vez Jesús le dice simplemente a Simón: Fileis-me?, ¿me quieres?. Simón entiende que a Jesús le basta su pobre amor, el único del que es capaz y, sin embargo, está triste porque el Señor haya tenido que decirle esto. Por eso le contesta: Señor, tú sabes todo, tú sabes que te quiero (filô-se).”

Catequesis leída por Su Santidad el Papa Benedicto XVI el 24 de mayo de 2006; recogida en Los Apóstoles y los primeros discípulos de Cristo; Espasa, 2009; pgs. 63-64.

'Dead at beach', de Marco Furilo (2015)

‘Dead at beach’, de Marco Furilo (2015)

DE MAMONES Y HOMBRES

“En verdad, la vida es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y mal. Es incisiva y perentoria la conclusión del pasaje evangélico:  Ningún siervo puede servir a dos amos:  porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. En definitiva —dice Jesús— hay que decidirse:  No podéis servir a Dios y al dinero (Lc 16, 13). La palabra que usa para decir dinero —mammona— es de origen fenicio y evoca seguridad económica y éxito en los negocios. Podríamos decir que la riqueza se presenta como el ídolo al que se sacrifica todo con tal de lograr el éxito material; así, este éxito económico se convierte en el verdadero dios de una persona.

Por consiguiente, es necesaria una decisión fundamental para elegir entre Dios y mammona; es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad. Cuando prevalece la lógica del lucro, aumenta la desproporción entre pobres y ricos, así como una explotación dañina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la lógica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia un desarrollo equitativo, para el bien común de todos.

En el fondo, se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia; en definitiva, entre Dios y Satanás. Si amar a Cristo y a los hermanos no se considera algo accesorio y superficial, sino más bien la finalidad verdadera y última de toda nuestra vida, es necesario saber hacer opciones fundamentales, estar dispuestos a renuncias radicales, si es preciso hasta el martirio. Hoy, como ayer, la vida del cristiano exige valentía para ir contra corriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz.”

Extracto de la homilía dada por Su Santidad Benedicto XVI el 23 de septiembre de 2007.

DIOS COMO BELLEZA

“…José Bayó Font lloraba recordando que Gaudí le dijo que era un buen albañil, asegurando que esta era la más valiosa condecoración que había recibido en su vida.”

Este extracto de un artículo sobre Antoni Gaudí puede servir como punto de partida para mil conversaciones, estudios o novelas. Nos puede hacer pensar en la sobrecogedora humildad del buen artesano, reflexionar sobre la autoridad emanada del genio verdadero. Sobre la poderosa personalidad de un hombre profundamente religioso, cuya obra maravilla y sorprende de forma casi universal.

En los últimos días, por razones que no vienen al caso, he tenido que leer muchas de las estupideces que el mito ha visto crecer a su alrededor, a modo de teorías de lo más esotérico y psicodélico, respecto del origen de sus creaciones. En general, estas teorías lo único que demuestran es la perplejidad del neo-pagano contemporáneo ante la potencia artística de la tradición católica; su general ignorancia sólo le permite acercarse a la obra de un maestro de este calibre desde los atajos perezosos que sus propias supersticiones ridículas le proporcionan -convencidos como están de que la nuestra es la única superstición que queda en pie-.

Para acercarse un poco a la verdad del arte de Antoni Gaudí, sin embargo, es mejor guiarse por auténticos sabios. Así decía el Papa Benedicto XVI, al consagrar la Sagrada Familia el 7 de noviembre de 2010:

“En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia. Así unió la realidad del mundo y la historia de la salvación, tal como nos es narrada en la Biblia y actualizada en la Liturgia. Introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo, para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. De este modo, colaboró genialmente a la edificación de la conciencia humana anclada en el mundo, abierta a Dios, iluminada y santificada por Cristo. E hizo algo que es una de las tareas más importantes hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza. Esto lo realizó Antoni Gaudí no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo.”

Gaudí en la procesión de Corpus Christi (1924)

Gaudí en la procesión de Corpus Christi (1924)

TODO LO QUE BROTA

“El alma en el cuerpo es como la savia en el árbol, y sus facultades son como las ramas de éste. ¿Cómo es eso? La inteligencia es al alma como el verdor a las ramas y hojas; la voluntad, como las flores; el espíritu, como el primer fruto que brota; la razón, como el fruto perfecto que llega a la madurez; los sentidos, como la extensión de su grandeza. Es así como el cuerpo del hombre es sostenido y fortificado por el alma. Por eso, oh hombre, comprende por tu alma lo que eres, tú que renuncias a tu inteligencia y quieres compararte a los animales.”

Cita del Scivias de santa Hildegarda de Bingen, recogida en Hildegarda de Bingen. Una conciencia inspirada del siglo XII, de Régine Pernoud; Paidós, 1998;  pg. 44.

Proclamada Doctora de la Iglesia Católica el 7 de octubre de 2012 por Su Santidad el Papa Benedicto XVI.

IGLESIA Y TABERNA

“En el norte de Chile, una vez, tuve la ocasión de asistir a un oficio mariano en un pequeño santuario en medio del desierto, al que después siguió una danza al aire libre en honor a la Virgen, cuyas máscaras me parecían más bien temibles. Seguramente en el origen de esta danza había tradiciones precolombinas antiquísimas. Lo que en su día pudo estar marcado por una seriedad terrorífica a la vista del poder de los dioses, quedaba ahora liberado, se había convertido en veneración a la humilde mujer a la que le ha sido concedido llamarse Madre de Dios y que es el fundamento de nuestra esperanza. Otra cosa distinta es que, tras la liturgia, la alegría allí experimentada se convierta en una fiesta mundana que se expresa en la comida y el baile común, sin por ello perder de vista el motivo de la alegría que, al mismo tiempo, le da su medida y su razón de ser. Esta conexión entre liturgia y serena y alegre mundanidad (Iglesia y taberna) siempre ha sido considerada como típicamente católica y, de hecho, lo es.”

El espíritu de la liturgia, de Benedicto XVI; Ediciones Cristiandad, 2005; pg. 225.

Norcia

NO CANTARÁ EL SUELO

“Cuando pasó un cierto tiempo,

el lúpulo desde su árbol,

la cebada desde la tierra,

y el agua desde sus regatos,

al mismo tiempo exclamaron:

¿Cuándo podremos estar juntos,

en compañía unos con otros?

Muy aburrido es vivir solos,

dos o tres es más agradable.

[…]

Väinämöinen bebió un buen trago

de cerveza y luego dijo:

Oh cerveza, adorado líquido:

no apagues en vano la sed,

impulsa a cantar a los hombres,

haz que se abran sus bocas de oro.

Sorprendidos los invitados

están y deben de pensar

si los cantos ya se acabaron,

enmudecieron para siempre.

¿Acaso es mala la cerveza?,

¿se trata de un brebaje indigno,

puesto que callan los cantores,

no se oyen hermosos cantos,

guardan silencio nuestros huéspedes,

mudos están nuestros cuclillos?

¿Quién, pues, empezará a cantar,

quién estrofas recitará

en el banquete de Pohjola,

en el festín de Sariola?

Los bancos solos no lo harán

si no lo hacen los que en ellos

se sientan; no cantará el suelo

si no cantan los que lo pisan;

las ventanas no reirán

si no ríen los que están cerca;

la mesa no dirá palabra

si no hablan los comensales;

reflejarán los tragahumos

el desaliento de los huéspedes.

“El Kalevala”, de Elias Lönnrot; Alianza, 1998; pgs. 281, 298-299.

Cardinal-Ratzinger-with-beer

CAMPESINOS DEL ASFALTO

“La capacidad de oponerse a las lisonjas ideológicas de su tiempo para elegir la búsqueda de la verdad y abrirse al descubrimiento de la fe está testimoniada por otra mujer de nuestro tiempo: la estadounidense Dorothy Day.”

Benedicto XVI, Audiencia General del 13 de febrero de 2013.

 

Termino La larga soledad, autobiografía de Dorothy Day, abrumado por la contemplación de la fuerza sobrenatural que anima a ciertas personas. Te lleva el libro a los barrios proletarios de las principales ciudades estadounidenses, desde la Primera Guerra Mundial, pasando por la Gran Depresión; recupero las sensaciones, ya herrumbrosas, de la lectura de Manhattan Transfer, hace tantos años. Descubro, sin sorpresa, que Dorothy Day y John Dos Passos se conocían y compartían amistades y tertulias. En ambos encuentra uno la descripción de la grisácea civilización industrial, dedicada a amontonar millones de seres humanos en megalópolis insufribles; junglas de asfalto obra de titanes mecánicos y prestamistas, en las que compiten diabólicas soberbias, elevando nuevos zigurats donde sacrificar las almas y los cuerpos de hombres y mujeres, a mayor gloria de la codicia y el lujo; venidos de todas las naciones del mundo, los rascacielos son las nuevas torres de Babel donde cualquier diferencia orgánica queda igualada por un único y dictatorial patrón: el dinero.

En este delirio de fealdad y desesperación, en el que ya la propia supervivencia es una gracia arrancada al destino con esfuerzos sobrehumanos, Peter Maurin, Dorothy Day y muchos otros, sacrificaron sus existencias para crear espacios donde el Evangelio se hiciera visible y palpable.

Doy gracias a Dios por estas vidas ejemplares que voy conociendo, pues me confirman la falsedad de tantos dualismos y contradicciones que la historia de mi país, España, parece presentar a cualquier persona que, impulsada por el rechazo visceral al mundo moderno, decida acercarse a la Iglesia Católica. Ninguna contradicción: este mundo es despreciable; pero ‘este’ mundo no es ‘el’ mundo; e incluso en ‘el’ mundo podemos gozar de un adelanto del Reino de los Cielos. Como dijo Santa Catalina de Siena, en una cita que he descubierto, precisamente, gracias a Dorothy Day: el camino al cielo ya es el cielo.

Tenemos que hacer el tipo de sociedad -había dicho Peter- en que a la gente le resulte más fácil ser buena. Y como su amor a Dios le hacía amar al prójimo, sacrificar su vida por su hermano, se empeñó en denunciar a voz en grito los males de la época: el Estado, la guerra, la usura, la degradación del hombre, la falta de una filosofía del trabajo… Cantó las delicias de la pobreza (no hablaba de indigencia) como un medio para avanzar en dirección a la tierra, para recuperar las queridas cosas naturales de la tierra y el cielo, del hogar. Atacó con todas sus fuerzas a la máquina, porque, como había dicho Pío XI, las materias primas entraban en la fábrica y salían ennoblecidas, y el hombre entraba en la fábrica y salía degradado; y porque arrebataba al hombre algo tan importante como el pan, su trabajo, su trabajo con las manos, su capacidad para utilizar todo lo que era, lo que le hacía un hombre entero y un hombre puro.”

La larga soledad, de Dorothy Day; Sal Terrae, 2000; pgs. 296-297.

12 de agosto de 2013

Day y Maurin

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apología de mí mismo

Embajador en el Infierno

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En Compostela

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El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester