El sosiego acantilado

Categoría: BELLOC

EL SANTO TITIRITERO

Real y verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno.

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; 2ª parte, capítulo XXVI; Alfaguara, 2004; pg. 757.

“Uno de los pasatiempos preferidos era el teatro de juguete que había fabricado Chesterton recortando y pintando los personajes y el escenario. Ideaba muchos argumentos para las representaciones; las dos más populares eran San Jorge y el dragón Los sietes paladines de la cristiandad. Él reconocía francamente que se divertía tanto como los niños jugando con el teatro. Eso mismo corrobora la hija de Belloc, Eleanor Jebb, que recuerda a Chesterton: En el cuarto de los niños, sentado peligrosamente en una silla demasiado pequeña para su enorme corpachón, haciendo revivir sus marionetas y narrando con voz de trueno romances y trifulcas, con los que se reía casi más que nosotros.”

G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce; Encuentro, 2009; pg. 152.

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MEMENTO, HOMO

“La casa de Belloc es bastante espaciosa, pero cochambrosa y desoladora… Belloc ha aparecido arrastrando los pies -desde el infarto cerebral le cuesta mucho caminar- e increíblemente desaliñado… murmurando para sí y olvidando lo que acaba de decir hace un momento; con barba y ojos iracundos y enojados… Nada que ver con un hombre sereno. Aunque se ha pasado la vida hablando de religión, no parece que quede mucha en él… me ha recordado al rey Lear.”

De los diarios de Malcolm Muggeridge, citados por Joseph Pearce en su libro Escritores conversos; Palabra, 2006; pg. 507.

'Visitando a la abuela', de Denis Ichitovkin

‘Visitando a la abuela’, de Denis Ichitovkin

LIBERTAD Y ESTADO SERVIL

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”

Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; capítulo LVIII de la Segunda Parte; Alfaguara, 2004; pgs. 984-985.

'Don Quijote en Barcelona', de Augusto Ferrer-Dalmau.

‘Don Quijote en Barcelona’, de Augusto Ferrer-Dalmau.

LA ACUMULACIÓN ORIGINARIA DEL CAPITALISMO ESPAÑOL

“Las tierras y la riqueza acumulada de los monasterios fueron arrebatadas de manos de sus antiguos dueños con la intención de transferirlas a la corona; mas no pasaron ciertamente a manos de los reyes, sino a las de un sector ya rico de la comunidad, el cual, una vez que se consumó el cambio, se convirtió durante los siglos sucesivos en el verdadero soberano de Inglaterra.”

El Estado Servil, de Hilaire Belloc; El Buey Mudo, 2010; pg. 86.

 

“El diputado de Oviedo, Manuel Mª Acevedo, defendió el nuevo proyecto del gobierno más por razones de política que por simpatía hacia los frailes, ya que no sólo comulgaba con los criterios regalistas comunes a todos los procuradores, sino que incluso lamentó el ‘criminal silencio’ con que el clero acogió el inicuo decreto del despojo a los compradores. Pero tuvo la lucidez de tocar puntos oscuros hasta entonces soslayados, como los fraudes e irregularidades de muchas de las ventas, y los inconvenientes que reportaría a la masa proletaria la devolución de las fincas. El problema no estaba en los monjes, que veían ya la segur en su tronco y que, cortos en número y desprestigiados, no podían suscitar temores, sino en los arrendatarios pobres que quedarían en la mayor miseria.

[…] Es innegable que los monasterios son los que dan en colonia a precios más baratos, porque la corta duración de las prelacías no les permite hacer nuevos arriendos; y si algunos prelados más celosos lo verifican por temor a los foros presuntos, se contentan con renovar las antiguas escrituras, mudando sólo las fechas y el nombre de los otorgantes; y además, poseyendo rentas suficientes para todas las comodidades de su estado, no tienen ningún motivo que les obligue a aumentarlas. Al contrario, en el comprador, padre de familia, deseando o necesitando sacar de su capital el rédito posible, y estimulando por el mismo bajo precio en que están arrendados, duplica o triplica su valor, de lo que he visto más de un caso, como el de que compradores que no han subido sus rentas, sean mirados por los nuevos colonos como ángeles bienhechores. El disgusto de esta clase puede traer consecuencias más fatales que el de los antiguos compradores, que están unidos a su patria por otros vínculos morales, políticos y económicos, que no estos infelices, que su educación y miseria no les permite mirar el país que les vio nacer bajo otro punto que el de proporcionarles medios de subsistir, que arrojados de sus caseríos y transformados en mendigos, se agregarían a cualquier partido que los sacase de su infelicidad, y maldecirían un gobierno que los redujo a aquel estado.

Del debate ocurrido en el Estamento de Procuradores, el 4 de mayo de 1835, sobre la forma de devolver los bienes eclesiásticos desamortizados durante el Trienio Liberal a sus compradores, tras la revocación sin indemnización de dichas ventas ocurrida en 1823; en La exclaustración, de Manuel Revuelta González; CEU Ediciones, 2010; pgs.303-304, 304.

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LA TABERNA ERRANTE

“Si está con un amigo, la eternidad que anhela ya ha comenzado. Están sentados en alegre comunión, conscientes de la buena bebida en copa o jarra, conscientes de la luz cálida de la multitud de botellas tras la barra en sombra, conscientes de los hombres que charlan delante de ella, pero conscientes sobre todo el uno del otro, y lo bien que están allí juntos.

[…] La verdad es que iba a la taberna como iba a la iglesia: buscando refrescarse espiritualmente. Aunque a la iglesia iba mucho más a menudo. El padre Ignatius Rice, de Douai, me dijo una vez que las reuniones en tabernas, fundadas por los hermanos Chesterton y Belloc, y continuadas por la Liga distributista de G.K.C., eran lo más parecido a la Comunión de los Santos. Sé que era cierto en cuanto a las reuniones de ellos; espero que lo sea en cuanto a las nuestras.”

G. K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton; Rialp, 2011; pg. 63.

Emaús

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XIII)

Se mezclaban los humos de pipa y puro en la oscuridad del techo. Lope siguió con la mirada el parsimonioso ascenso del espíritu de su tabaco, hasta topar con las vigas.

-Hay que hacer algo con esas humedades.

Jorge miró a su vez, interrumpido en la búsqueda de las cerillas.

-Mañana, si deja de llover.

Volvió a encender la pipa, apagada por el mucho hablar. Le encantaban estas tranquilas conversaciones, mientras fuera el cielo empapaba sus campos. Dio unas chupadas, disfrutando del que él llamaba tabaco de las visitas, de sabor afrutado, con olor agradable. Pues su tabaco favorito, el que fumaba en soledad, era de tipo turco, muy violento en la nariz. Dejó salir el humo y se sintió bien. Se levantó de la mecedora y fue hasta la puerta principal. Abrió, recibiendo la fresca humedad del exterior en su piel.

-Parece difícil ser mala persona con este tipo de vida.

Lope enarcó una ceja.

-Hay gente en este mismo pueblo, más campesina de lo que tú llegarás a ser jamás, para quienes un tiro en la nuca sería una muerte demasiado misericordiosa.

Jorge suspiró profundamente, sin dejar de atender a la lluvia. Tras unos momentos, se giró y apoyó un hombro en el marco de la puerta.

-Estás convencido de que soy un ingenuo, ¿verdad?

Lope afirmó con la cabeza, mirándole a los ojos.

-Sí, así es. Trabajar el campo no hace a nadie bueno. Igual que la ciudad no hace a la gente automáticamente mala.

Jorge también dio la razón con un gesto a las palabras de Lope.

-Déjame contarte una historia -Jorge cerró la puerta y se volvió a sentar en la mecedora; la mirada se perdió en el pasado-. Tras leer las primeras obras de aquellos hombres de los que te hablé…

-Charleston… -dudó Lope.

-Chesterton -corrigió Jorge- y Belloc y otros… Bueno, tras empezar a leer a esa gente, y mientras iba compartiendo entusiasmado tales descubrimientos con otras personas, que también estaban leyendo las mismas cosas, con mis mismos intereses, pues seguí investigando sobre su movimiento, sobre cómo trataron de llevar a la práctica aquello de lo que hablaban en sus libros. Fue entonces cuando conocí a Eric Gill… -Jorge hizo una pausa y miró al suelo, antes de continuar- Eric Gill fue un escultor y grabador inglés que vivió en la primera mitad del siglo veinte. Fue uno de los principales miembros y activistas de esa cosa llamada distributismo, puesta en marcha a partir de los escritos, sobre todo, de Chesterton y Belloc. El propio Gill fue uno de sus principales teóricos. Había sido un socialista nietzscheano antes de conocerlos a ellos; en el año 1913, su mujer y él se convierten al catolicismo, influidos por el ambiente chestertoniano. Era un crítico furibundo de la sociedad moderna, de la transformación de los artesanos en artistas de galería, y del mercado del arte; ya antes de convertirse, había fundado una colonia de artesanos en Ditchling, que después de la Primera Guerra Mundial se transformaría en el Gremio de San José y Santo Domingo, intentando recuperar la institución de los antiguos gremios de artesanos medievales. Se convirtió en un referente del movimiento, poniendo en práctica la vuelta al campo, cultivando su propia comida, viviendo en cristiana comunidad, creando arte sacro y escribiendo manifiestos en defensa del distributismo. Además, su fama como escultor y como grabador crece sin parar; recibe el encargo de las representaciones del Viacrucis en la catedral de Westminster, entre otras cosas. Peter Maurin, el creador junto a Dorothy Day del Catholic Worker, lo cita constantemente. La lápida de la tumba de Chesterton, en Beaconsfield, fue hecha por él.

Jorge calla. La pipa se ha apagado, otra vez. Levanta la vista y mira las humedades del techo, antes de continuar.

-El lema en Ditchling era: Hombres ricos en virtud, estudiando la belleza, viviendo en paz en sus casas -deja la pipa en la mesa y vuelve a mirar al suelo-. En 1989, la historiadora Fiona MacCarthy publicó una biografía sobre Eric Gill, en la que saca a la luz lo que él escribió en sus diarios personales. Descubre que Gill era un pervertido y un maníaco sexual y que lo fue durante toda su vida. Antes de su conversión al catolicismo, había tenido relaciones incestuosas con su hermana, las cuales nunca terminaron definitivamente. Era insufriblemente promiscuo y le es infiel a su mujer. De hecho, parece ser que una de las razones para irse a Ditchling en 1907 era, precisamente, reconciliarse con su mujer y alejarse de su anterior vida. Pero la cosa no mejora. Ni aun con la conversión. Gill tiene relaciones con muchas de las mujeres que viven en la comuna. Su propia mujer, aceptando lo inevitable, parece que también participa en tríos diversos. Pero el apetito de Gill es insaciable. Tiene relaciones con la profesora de sus tres hijas. Y abusa de sus dos hijas mayores. Y de su perro.

Lope mira fijamente a Jorge, que sigue mirando al suelo. No deja de llover, fuera.

-Murió en 1940, de cáncer de pulmón. En la cumbre de su carrera. Con el máximo reconocimiento -Jorge sonríe con desgana-. Después, el mundo del arte se olvida de él: es un simple escultor meapilas. Pero tres años después del escándalo producido por la publicación del libro de Fiona, se hace una retrospectiva de su obra en el Barbican de Londres. No hay nada como la perversión para convertirte en un buen producto.

Lope se acaricia la barba incipiente, con la mirada perdida. Recuerda entonces una conversación que tuvieron hace poco.

-Me dijiste que te gustaría visitar alguna vez la tumba de ese Chesterton.

-Sí -responde Jorge.

-Pero, entonces, tendrás que ver la lápida que le hizo el degenerado ése.

-No -Jorge sonríe-. La lápida se cambió en el año 2006, con la excusa de que la hecha por Gill estaba deteriorada. En cualquier caso, será imposible no pensar en ello, si alguna vez llego a hacer ese viaje.

Lope hace un gesto de resignación y muerde el siguiente cigarro que va a encender. El humo recién nacido hace el mismo camino que los anteriores.

-Mañana arreglamos esas humedades, Jorge.

-Vale.

 

5 de octubre de 2013

 

Imagen

Lápida de la tumba de Chesterton realizada por Eric Gill, antes de su sustitución en 2006.

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