El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: BAUDELAIRE

OASIS DE HORROR

Frances daba el pecho a Juana, sentada en la cama de su habitación. Sus hermanos Joan y Jeanne contemplaban la escena; él de pie en medio de la estancia; ella sentada junto a Frances, con la barbilla apoyada en su hombro. Una luz lechosa se colaba por la ventana.

La mirada de Frances se detenía en cada detalle de aquella habitación, pues cada uno de ellos era fuente copiosa de recuerdos. Era extraño dar el pecho a su hija en aquel lugar; como si dos épocas de su vida, completamente alejadas la una de la otra por una eternidad de experiencias, se hubiesen mezclado de forma imperfecta y deslavazada en ese trozo de mundo. El único nexo de unión entre ambas era precisamente aquel espacio; y su cuerpo, a través de todas sus metamorfosis de niña a madre, habitándolo.

Saciada Juana, se quedó casi instantáneamente dormida. Frances dejó que Jeanne la llevase a su cuna. Joan decidió sentarse en una silla, haciendo crepitar el suelo de madera al moverse.

-¿Y bien? -preguntó Jeanne, aunque sin dejar de mirar a su sobrina-. ¿Qué conclusión sacas de tus viajes, hermana?

Frances dejó que su mirada huyese por la ventana, hasta el mar.

-Un saber amargo, me temo -dijo, con una sonrisa triste-. El mundo, monótono y pequeño, hoy, ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento…

-Eso me suena bolañesco… -comentó Joan, tratando de recordar.

-Te suena bolañesco porque eres alérgico a la poesía y para ti la literatura sólo se compone de novelas de miles de páginas -dijo Jeanne, fingiendo tono de reproche-. Es la cita inicial de 2666; pero es un verso de El viaje de Baudelaire.

-Cierto –concedió su hermano-. ¿Puedo preguntar cómo te has ganado la vida?

-Institutriz para hijas de esclavistas –respondió Frances, con una sonrisa agria, al tiempo que bajaba la mirada-. Se puede decir que nuestro amor a la literatura me salvó del hambre…

Sus hermanos esbozaron una leve sonrisa.

-¿Dónde? –preguntó Jeanne.

-Oh, en multitud de lugares, casi siempre por Levante… -respondió Frances, mientras volvía a dirigir su mirada hacia el mar-. Pero a Ramiro lo conocí en La Meca. Él trabajaba de guardaespaldas del mismo amo que me había contratado a mí.

-¡La Meca! –exclamaron sus dos hermanos al unísono.

Frances sonrió.

-¿Cómo es? –preguntó Joan, con vivo interés.

-Una ruina, como casi todo el resto del mundo –respondió Frances, bajando la mirada al suelo-. Dominado por esclavistas crueles e ignorantes. Y ahora con esa peste neo-arriana extendiéndose por todas partes… Cada vez había más violencia en las calles. Por eso decidimos marcharnos. No creo que la guerra tarde en llegar a Oriente.

-Quizá tampoco tarde en desatarse en Occidente, hermana –comentó Joan, serio.

Frances le miró con gesto de no entender.

-¿Te acuerdas de la revolución anti-esclavista que ocurrió en el norte de Francia, cuando nosotros éramos niños? –dijo Jeanne; Frances asintió con la cabeza-. Durante todos estos años la revolución se ha extendido a muchas otras ciudades; y hace no mucho se federaron, creando la Unión de Repúblicas del Loira. Desde hace cierto tiempo, existe una tensión creciente entre la Unión y la Casa de Penn Ar Bed.

-¡Pobre abuelo! –exclamó Frances-. ¿Y cómo está la situación ahora mismo?

-El abuelo decretó hace poco la prohibición a sus vasallos de abandonar la Casa; como casi todas las demás, está perdiendo población, porque los siervos prefieren vivir en repúblicas, o como ciudadanos libres en estados esclavistas. En el caso de Penn Ar Bed es aún peor, porque el régimen democrático de la Unión resulta muy atractivo. Y su territorio está completamente taponado por las fronteras con la Unión. La Unión o el mar…

Frances miró alternativamente a sus dos hermanos, con gesto interrogador.

-¿Y a vosotros os parece bien lo que ha hecho el abuelo Auguste? –les preguntó.

-Sí –respondió Joan.

-No –respondió Jeanne.

-Ya… –dijo Frances, quedándose pensativa-. Yo no sé qué pensar, la verdad. Desde luego, el abuelo ha de estar desesperado, si ha tomado una decisión así… ¿Qué tal se ha tomado madre todo esto?

Los rostros de sus hermanos fueron respuesta suficiente.

-Hay muchos nervios en la Casa de Rilo, últimamente –dijo Jeanne, cogiendo una mano de Frances entre las suyas-. Tenemos que hacer lo posible por mantenernos unidos. Vienen tiempos duros. Así que me alegro mucho de que hayas vuelto a casa, hermana.

Frances acarició a Jeanne, y miró a Joan, que le sonrió con ternura.

-¿Llegaste a ver el Cráter, Frances? –preguntó Joan, inclinándose hacia delante en la silla.

Frances bajó la cabeza y asintió.

-Me conocéis bien y sabéis que no soy la más pía de las mujeres, pero… -la mirada de Frances volvió a huir hacia el mar-. Es difícil explicar lo que siente uno al contemplar aquello. Es… bueno, pues eso: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento… -dijo, forzando una sonrisa triste-. Es la Nada. La Nada del hombre. La que sólo él puede crear…

Los tres hermanos se quedaron callados. Joan se quedó con la mirada perdida entre las maderas del suelo. Jeanne apretó la mano de su hermana y se la llevó a la boca para besarla.

-Haremos lo posible para protegernos de esa Nada, aquí, la familia, la Casa –dijo a Frances-. Juntos, con la ayuda de Dios.

Frances miró a su hermana con inmenso cariño y finalmente la acercó a sí para abrazarla. Joan se puso de pie, se acercó a ellas, y acarició el pelo de ambas.

A través de la ventana, un sol sin luz se ponía en el horizonte.

“Retrato de una muchacha”, de Arthur Hacker (1896)

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UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR HOMOSEXUAL

Como un cíclope de piel bermeja al que le estuviese ardiendo el único ojo, una columna de humo se elevaba desde la ventana superior de la Cantine Royale: Michel Hundt fumaba su pipa contemplando la calle, sin prestar la más mínima atención a lo que en la calle ocurría. Entre otras cosas, porque en la calle no pasaba nada.

Michel Hundt debería estar preparando su próxima clase de historia, y a eso precisamente había venido; pero la peculiar forma de concatenación de pensamientos propia del sopor y el tedio le habían llevado hasta un pasado remoto de su vida, sin ninguna razón aparente.

En determinado momento, devolvió la mirada al interior de la cafetería, vacía en su piso superior; y acabó fijándose, por pura inercia de la disposición de su estructura corporal, en las dos estanterías excavadas en la pared de enfrente. Se trataba de la típica biblioteca para intercambiar libros. Michel reconoció los ejemplares de siempre; apenas ocurría algún intercambio muy de vez en cuando.

Pero hace años, la biblioteca de intercambio era muy usada. Y Michel Hundt, de repente, regresó a aquellos años.

-La estantería superior es de Peter Ramos-Hollande -le decía alguien en su recuerdo-; bueno, evidentemente no es suya, pero sólo él la ordena, y todo el mundo sabe que sólo él la ordena: siempre verás un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo; lo sustituyan por el libro que lo sustituyan, Ramos-Hollande siempre vuelve a colocar un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo. Con respecto a los otros libros, casi siempre son los mismos; a veces, por su propio gusto, él mismo cambia alguno o incluye uno nuevo; y, en muy raras ocasiones, acepta hacer permanente algún intercambio propuesto por otro lector. Así que, en cierto modo, se puede decir que tienes delante de ti el canon de Peter Ramos-Hollande.

Y Michel se ve mirando los títulos a la derecha de El Amanecer (el Metamanecer, como bromearían después al recordar juntos estos mismos momentos): el libro primero de El Capital; los tres tomos de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault; Guerra y paz; la poesía completa de Rimbaud; la poesía completa de Catulo; la poesía completa de Arda Lobo; los siete tomos de En busca del tiempo perdido; los diez tomos de Los amores de un libertino filipino; Los placeres y los días; el Anti-Sade, de Federico Bertranou (esta presencia sorprendió sobremanera a Michel); y, por último, 2666.

Unos días más tarde, Michel decidió coger el ejemplar de Guerra y paz y sustituirlo por Vida y destino de Grossman. Una semana después, volvía a haber un ejemplar recién comprado de Guerra y paz; pero Vida y destino permanecía a su lado, para gran diversión de Michel.

En la siguiente ocasión, Michel decidió intercambiar la poesía completa de Rimbaud por la de Baudelaire, con un papel que marcaba la página en la que se encontraba Enivrez-vous.

Michel esperó muchos días el regreso de Rimbaud. Pero sólo lo hizo, un par de semanas después, para permanecer al lado de Baudelaire. La estantería superior de la biblioteca de intercambio empezaba a quedarse sin sitio.

En el tercer intercambio, Michel se atrevió a sustituir El Amanecer por Los demonios de Dostoyevski.

Al día siguiente comprobó, con cierta decepción -y un poco de susto-, que un nuevo ejemplar de El Amanecer había ocupado el puesto de Los demonios. Sin más.

Michel perdió entonces interés en el jueguito; y, por circunstancias de la vida, estuvo una buena temporada sin ir por la Cantine Royale.

Pero cuando volvió a aparecer por allí, unos meses más tarde, en compañía de un novio con el que salía por aquel entonces, justo antes de sentarse en la misma mesa en la que ahora recordaba todo aquello, se fijó en la estantería superior de la biblioteca de intercambio. Y vio que no estaba El Amanecer. Y vio que sí estaban Los demonios. Y El idiota. Y Crimen y castigo. Y Los hermanos Karamazov. Ya no cabía ningún libro más en la estantería superior de la biblioteca de intercambio de la Cantine Royale.

Michel sonrió. Y siguió sonriendo mientras su novio de por aquel entonces le hablaba de algo a lo que no prestó demasiada atención y que ahora era incapaz de recordar.

Al día siguiente, Michel cambió la poesía completa de Catulo por la Divina Comedia. Con un papel que marcaba la página en la que empezaba el Canto XVI del Infierno.

Catulo no regresó. No regresó nunca más. Un día, mientras pensaba en otro intercambio, Michel tomó el ejemplar de la Divina Comedia y lo hojeó; aunque era una edición distinta, también tenía marcada la página del Canto XVI del Infierno con un papel. Michel se dio cuenta de que aquel papel era, en realidad, una carta. Divertido y nervioso, Michel desdobló el papel y leyó:

Antes de nada, debes saber que has de ser paciente conmigo, pues soy ese tipo de persona que no compra cotidianamente alcohol; pero si le regalan una botella de licor, no deja de beberla hasta que se acaba, no mucho tiempo después; y una vez terminada la botella, no compro más. Sólo espero a que me regalen otra. Pero sin ningún tipo de impaciencia. No me quedo a la espera. Simplemente sigo con mi vida. Y si me regalan otra botella, pues la abro, y no dejo de beberla hasta que se acaba, poco tiempo después. Y así, igual, hasta que me muera.

Aplicado a las relaciones humanas, es la mejor manera de confesarte que soy un desastre. No quiero, no me gusta, pero soy un desastre.

Pero no es que sea un maricón lujurioso, ni mucho menos. Lo que ocurre es que quiero ser amado de una determinada manera; no me preocupa demasiado la furia de los sentidos, aunque, por supuesto, te ofreceré mi cuerpo para tu placer; te informo, además, de que prefiero penetrar a ser penetrado; pero rendiré mi virilidad cuando fuere menester a tu deseo, si mi culo, como el resto de mi persona, es amado por ti; y esto lo demostrarás no tanto en el placer, sino en la vejez, cuando quizá no sea capaz de limpiar mis propios excrementos y quizá tú sí seas capaz. Eso quiero que hagas, si tienes mejor salud que yo. Pues yo te prometo hacerlo si mi salud es mejor que la tuya, para aquel entonces. Que me limpies y cuides cuando yo no sea capaz de hacerlo, esperando sosegadamente la muerte, a tu lado, que me amas, porque me limpias y cuidas, aunque ya mi culo, pobrecillo, sólo sirva para ser limpiado.

Es la ausencia de este tipo de amor la que me hace inconstante, infiel y lujurioso. Un amor tan difícil de hallar para nosotros, los sodomitas, sabedores de la condición trágica, por estéril, de nuestros amores; pues mi naturaleza jamás podrá acompañar a mi espíritu a la hora de preñarte, salvo a modo de metáfora, así que nunca seremos causas segundas de una nueva vida, y eso es triste cuando se ama a otro ser humano, ¿verdad?, mas, ¿qué otra cosa puede esperar un hombre que ama a otro hombre? Y parece que esa esterilidad trágica se nos mete en el alma como un castigo de los cielos y en nuestro resentimiento contra el cosmos escupimos aún más si cabe en todo lo que es eterno y dura y es para siempre.

Pero es ese amor, precisamente, el que yo te exijo, que es eterno y dura y es para siempre. Sólo así gozarás del culo de Peter Ramos-Hollande, maldito maricón desconocido.

Michel estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas al terminar de leer, pero algo le detuvo. No tenía nada claro si estaba ante una broma o ante una proposición de matrimonio.

Cogió el ejemplar de la Divina Comedia. En el hueco no puso ningún otro libro, sino un trozo de papel que sólo tenía escrito: ¿Qué amor es este del que me hablas?

Una semana más tarde, Michel encontró que el hueco había sido rellenado con una Biblia. Desconcertado, se aproximó, tomó el libro, y lo abrió por el lugar en que sobresalía un papel rasgado. Las páginas estaban brutalmente subrayadas y comentadas en los márgenes con una letra diminuta escrita a lápiz. Era el capítulo 13 de la primera epístola de San Pablo a los corintios.

Michel dejó la Biblia de nuevo en el hueco, sobre un papel en el que escribió un lugar, un día, una hora. Hecho esto, se dispuso a hacer guardia en el piso superior de la Cantine Royale, para que nadie, salvo el mismo Peter Ramos-Hollande, se acercase a esa Biblia.

No tuvo que esperar mucho. Un par de horas más tarde, con la cafetería a rebosar de gente, el escritor apareció con gesto impaciente y se abalanzó sobre la estantería superior de la biblioteca de intercambio; la que sólo él controlaba. Cogió ansioso el papel. Miró a su alrededor, momento en el que Michel se escondió tras el libro que estaba leyendo, y volvió a marcharse con la misma velocidad con la que había llegado.

Un mes después, Ramos-Hollande se trasladó a vivir a la casa de Michel.

De eso hacía ya casi quince años.

Michel Hundt sonrió, le dio una chupada a su pipa, y se puso a preparar su clase de historia.

JEANNE DE RILO

Jeanne despertó sobresaltada. Se quedó sentada en la cama, recuperando el aliento, esperando a que su corazón se tranquilizase.

Miró por la ventana que quedaba a la izquierda de su cama. La aurora empezaba a avisar de la llegada de un nuevo día.

Se levantó, recogió sus rizos castaños en una coleta y se acercó al reclinatorio situado en una de las esquinas de la habitación. Se arrodilló, se persignó y juntó las manos para rezar, clavando la mirada en el crucifijo que tenía ante ella. Tras esta primera plegaria, abrió un pequeño libro de oraciones que tenía sobre el reclinatorio; la página estaba marcada por un pequeño boceto que había hecho de su hijo, Iván. Lo miró durante unos momentos con rostro tenso. Puso el dibujo delante de ella, sobre el atril del reclinatorio. Justo debajo del dibujo colocó el devocionario y comenzó a rezar una de las oraciones.

La habitación de madera se iba definiendo lentamente. Diversos enseres tomaban forma: estanterías repletas de libros, una mesa con un espejo donde reposaban un aguamanil y una jofaina bellamente decorados, un armario de tres puertas, varios cuadros que ocupaban buena parte de las paredes…

Cuando Jeanne terminó sus oraciones, la habitación ya estaba completamente iluminada. Devolvió con delicadeza la imagen de su hijo a las páginas del devocionario y se puso de pie. Caminó lentamente hasta el centro de la habitación, con la mirada baja, perdida en sus pensamientos. Levantó la cabeza y miró el océano a través de la ventana. El mar parecía en calma y no había apenas nubes en el cielo. No sentía frío ni calor. Era un día más, al final del verano.

Cuando bajó a la gran sala, ya había un atareado trasiego de siervos y familiares. Se acercó a saludar a varios de sus sobrinos que desayunaban juntos en una de las mesas. Todos le devolvieron el saludo con alegría. Jeanne sonrió; adoraba a los niños. Adoraba vivir en una gran casa repleta de niños. Probablemente, ella era la tía favorita de buena parte de la chiquillería; les encantaba leerles cuentos, enseñarles a dibujar, jugar con ellos al escondite y buscarlos en los mil recovecos de la enorme casa. Sobre todo tras la marcha de Iván.

Como en tantas otras ocasiones, se sentó a desayunar con los pequeños. Decidió hacerlo junto a Jon, el hijo de su hermano Joan, que llevaba varios días apesadumbrado, tras la trifulca que se había montado por su zancadilla a Brais. Abrazó al chaval, le dio un sonoro beso en la mejilla y empezó a servirse lo que iba a desayunar. A base de preguntas, consiguió sacar a Jon de su retraimiento. Cuando el desayuno había terminado, Jon ya sonreía como solía.

-¿Dónde está tu padre? -le preguntó su tía, al levantarse de la mesa.

-En las cuadras, me parece -respondió el muchacho.

Jeanne besó otra vez a su sobrino, se despidió de los otros niños y se dirigió sonriente hacia la puerta principal. Todos los sirvientes saludaban con reverencias el paso de Jeanne, pues era uno de los miembros de la Casa más queridos por los vasallos, que reconocían en ella la misma capacidad de entrega a los demás de la que siempre había hecho gala su padre. Era incontable el número de ocasiones en que les había dado pruebas de su bondad, en casi todas sus formas. Se ocupaba, además, de dar clases de varias lenguas en la escuela superior, donde estudiaban los hijos más talentosos de los vasallos de la Casa de Rilo. Disfrutaba enseñando las lenguas que mejor conocía: latín, griego, francés y ruso. Algunos de sus alumnos, ya adultos y entregados a la responsabilidad de capitanear barcos, criar caballos o dirigir plantaciones, le pedían, al verla pasear por los caminos de Rilo a lomos de su yegua favorita, que se acercase a tomar algo en sus casas y compartir con sus familias la lectura en voz alta de poemas de Horacio, Baudelaire o Pushkin, o a declamar cantos de la Ilíada o la Odisea; ofrecimientos que agradecía y solía aceptar con el mayor de los gustos.

Al llegar a las cuadras, le dijeron que su hermano estaba al final del largo edificio, en compañía de su madre. Jeanne tardó bastante en llegar hasta ellos, pues se iba deteniendo para saludar y acariciar a muchos caballos, cuyos nombres conocía casi en su totalidad. Se detuvo un buen rato con Aglaya, su yegua favorita, que había traído con ella tras su estadía en Rusia. El animal resopló contento al ver aparecer a su dueña, aunque pareció quedar un poco decepcionado al ver que se volvía a marchar sin el acostumbrado paseo por los acantilados.

Jeanne vio a su hermano al fondo, inconfundible por su pelo tan corto, en abierto contraste con las largas cabelleras que solían lucir los hombres de la Casa de Rilo. Parecía serio, escuchando lo que le decía Aliénor, que hablaba con enfado contenido. Jeanne prefirió esperar a que terminasen la conversación, así que se acercó a otro caballo, mientras vigilaba de reojo lo que hacían su madre y su hermano.

Finalmente, Aliénor se despidió de su hijo con un beso y se dirigió hacia la puerta contraria a aquella por la que había entrado Jeanne. Ésta aprovechó la ocasión para acercarse y abrazar a su hermano por la espalda.

Joan se sorprendió, pero enseguida reaccionó apretujando a su hermana pequeña y dándole muchos besos en la frente y en las mejillas. A Jeanne le encantaban los mimos de los suyos y se dejó hacer.

-Justo acaba de irse madre -dijo Joan.

-Lo sé -reconoció su hermana-. No quise acercarme antes, para que terminaseis de hablar tranquilamente.

Joan sonrió, pero su atención se dirigió casi de inmediato a un vasallo que acababa de entrar en las cuadras. Comenzó a hablar con él, seco, pidiendo explicaciones sobre el retraso en el cumplimiento de cierta tarea. El vasallo pidió disculpas, pero el tono de Joan se agriaba cada vez más. El vasallo acabó yéndose por donde había venido, con la cabeza baja.

Jeanne se acercó a su hermano y tocó con sus dedos su mano derecha. Joan apartó la mano.

-Si alguna vez he tenido alguna autoridad sobre nuestros vasallos, padre me la acabó de quitar toda el día que me golpeó en público -dijo Joan, con la mirada baja-. Nunca podré ser el señor de esta Casa.

-¿Has hablado con él? -preguntó Jeanne.

-No antes de que se disculpe -respondió Joan-. Madre está de acuerdo conmigo.

Jeanne apoyó la cara en el brazo de su hermano y apretó su mano.

-Perdónale tú antes, Joan, te lo ruego -pidió su hermana-. Habla con él. Hazlo por mí, si me quieres algo.

Joan miró a su hermana con ternura.

-Sabes que te adoro -dijo-. Pero el vaso ya rebosa. Nada de lo que he hecho ha sido nunca suficiente para él. He soportado responsabilidades que no me correspondían y nunca lo ha tenido en cuenta. Nada de lo que pueda llegar a hacer sería capaz de compararse a la alegría que le produciría que mañana Frances apareciera por la puerta…

-No puedes echarle en cara eso, Joan. Todos estamos tristes por la ausencia de Frances. Cuánto más él, siendo su padre -replicó Jeanne, tirando dulcemente de su mano.

-…y nunca hace caso de mis avisos con respecto a la situación de nuestros vasallos -continuó Joan, que ya no parecía escuchar a su hermana-. Es cierto que no perdemos tanta población como otras Casas, pero la perdemos. Nos debilitamos. Y padre sigue siendo demasiado blando con ellos. Algún día estaremos en la misma situación que el abuelo Auguste y no habremos hecho nada para evitarlo…

-Yo tampoco creo que la solución del abuelo sea la más adecuada, Joan -confesó Jeanne.

Joan se apartó de su hermana.

-Pues alguna habrá que buscar -replicó-. Lo que no podemos hacer es quedarnos de brazos cruzados, esperando que los problemas se resuelvan solos.

Jeanne se sentó en un taburete cercano, mirándose las manos, con cara preocupada.

-No creo que exista el miembro de una Casa que no esté pensando en ello, Joan -dijo su hermana-. Eso también explica que padre esté más… nervioso, últimamente. Pero no creo que sea un problema con una solución fácil, si es que tiene alguna. Su raíz es profunda. Muy profunda.

Joan bufó y puso brazos en jarras. Movió la cabeza nervioso, negando.

-Las Casas, la más bella artesanía civilizatoria jamás creada por el ser humano, desaparecerá de la historia consumida en un inútil, apático y culpable mar de dudas -dijo Joan, con vehemencia-. Sinceramente, prefiero la actitud del abuelo Auguste. Quizá sea errada, pero al menos está intentando hacer algo.

Jeanne bajó la mirada un momento; pero la volvió a elevar y la clavó en los ojos de su hermano.

-Estoy de acuerdo en que la actitud es importante, hermano. Empezando por la diferencia crucial que existe entre creer que las Casas son un artefacto humano o un regalo del Cielo.

La cara de Joan se retorció en una mueca de disgusto aburrido.

-Con vuestra piedad quietista lo único que lograremos es volver a ver el mundo sometido a la máquina y a las pasiones más diabólicas.

-Nuestro reino no es de este mundo, Joan.

-Cierto, hermana; pero por nuestras acciones seremos juzgados; y la omisión también es acción. Si no te enfrentas al Mal, le estás ayudando a vencer.

Jeanne cruzó las piernas y se inclinó sobre ellas, como si así fuera más fácil que llegase a oídos de su hermano lo que estaba intentando explicarle.

-De eso precisamente estamos hablando, Joan. En esta situación, ¿qué es el Mal, exactamente? ¿Vale la pena hacer cualquier cosa para salvar las Casas, aún a riesgo de que se transformen en algo completamente distinto a lo que han sido hasta ahora?

-¿No haremos nada, entonces, para evitar su destrucción, por miedo a provocar su corrupción? -Joan gritaba-. ¿Dejaremos que nuestros enemigos nos aplasten, que maten o esclavicen a nuestros hijos, que nos conviertan en cómplices asalariados de la destrucción de todo lo que es bueno y bello en la Creación, sólo para demostrar que somos mejores que ellos? Eso también es el Mal desde mi punto de vista, hermana. Casi peor que el del Mundo.

Joan miró furioso a su hermana durante unos segundos. Con un último gesto de fastidio, se fue de las cuadras sin despedirse.

Jeanne permaneció sentada, con la mirada perdida entre la paja del suelo, enmarañada en negros pensamientos. Los pocos vasallos que había alrededor acompañaban en silencio la pesadumbre de su señora, mientras trataban de continuar con sus tareas.

 

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