El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: BACH

MAS TAMBIÉN UNA DOLOROSA ESPINA

“No estoy seguro de que pueda haber progreso en el arte. El progreso como tal está presente en la ciencia. Cualquiera entiende lo que significa el progreso en la técnica bélica. El arte presenta una situación más compleja… muchos objetos artísticos del pasado parecen ser más contemporáneos que nuestro arte actual. ¿Cómo se explica? No porque el genio supiese lo que iba a pasar doscientos años después. Creo que la modernidad de la música de Bach no se desvanecerá aunque pasen otros doscientos años, quizá nunca lo haga… la razón no es sólo que, en términos absolutos, es simplemente mejor que la música contemporánea… el secreto de su contemporaneidad reside en la cuestión: ¿con qué profundidad ha percibido el autor-compositor, no ya su propio presente, sino la totalidad de la vida, de sus alegrías, de sus tribulaciones y misterios?… Es como si se nos hubiera dado un problema a resolver, un número (el UNO, por ejemplo), terriblemente complejo cuando se rompe en pequeñas partes. Encontrar la solución es un proceso largo y requiere una intensa concentración; pero la sabiduría reside en la reducción. Si podemos pensar que diferentes partes (épocas, vidas) están unidas por una única solución (UNA), entonces ÉSA es algo más que la solución a una única parte. Es la solución correcta a todos los problemas, a todas las partes (épocas, vidas) -y siempre lo ha sido. Así que los límites de una única parte también están limitados por aquélla y esto ocurre siempre… siempre lo más contemporáneo es esa obra en la cual hay una solución más cierta y grande (UNA). El arte tiene que tratar con preguntas eternas, no sólo dar cuenta de los temas del día.

En cualquier caso, si queremos alcanzar el corazón de una obra musical, de cualquier tipo que sea, no podemos abstenernos del proceso de reducción. En otras palabras, tenemos que deshacernos de nuestro lastre -épocas, estilos, formas, orquestación, armonía, polifonía- y así llegar a una voz, a sus entonaciones. Sólo entonces estaremos cara a cara [con la cuestión]: ¿es verdad o mentira?

De una entrevista realizada a Arvo Pärt en la Radio de Estonia, en 1968 (año en el que compuso Credo, obra en la que por primera vez incluía un texto religioso; poco tiempo después se produciría su conversión y su entrada en la Iglesia Ortodoxa Rusa); citado en Arvo Pärt, de Paul Hillier; Oxford University Press, 2002; pg. 65 [traducción propia].

LA PARTITURA DE BACH

Se acercó la jarra a los labios. La mirada se le quedó perdida a mitad de trago. Cuando estaba a punto de terminarse la cerveza, la necesidad de oxígeno -cual ballena jorobada tras un largo y profundo paseo submarino- le obligó a devolver la jarra a la mesa.

-A veces llevo mal no tener las cosas más claras…

Su compañía trataba infructuosamente de atraer la atención de un camarero.

-¿Qué cosas? -preguntó, mientras agitaba una mano de náufrago sediento al servicio mudo y ciego.

-No sé… -lo sabía mejor tres jarras antes; hizo remolinos en el aire con una mano- Las cosas de la vida… Quiero decir, sé cuáles son las ideas generales. Pero, a la hora de concretar, en el momento en que uno tiene que definirse y tomar ciertas decisiones… No sé, a veces creo que Dios nos dio una libertad demasiado grande y un libro de instrucciones demasiado pequeño…

El otro dejó de prestarle atención a los camareros. Se quedó mirando el vacío de su jarra.

-Una vez me salí de un concierto de Barenboim a la mitad de la actuación -dijo por fin.

-Y eso, ¿qué tiene que ver con lo que te estoy diciendo…?

-Fui con un amigo. A mi amigo no le gustó cómo estaba interpretando El clave bien temperado. Así que decidió irse en el descanso.

-Y tú… ¿te fuiste con él?

-Sí.

-¿Por qué?

-Llevo años haciéndome la misma pregunta… -reconoció- Supongo que me pilló por sorpresa. Por otro lado, no hubiese sido justo dejarle solo en un momento tan estúpido de su vida.

-¿Tan malo estaba siendo el concierto?

-No desde mi punto de vista. Después me invitó a cenar, a modo de compensación. Y en su casa me puso la versión de Gould: estaba especialmente enfadado por cómo Barenboim había tocado una nota en concreto.

-¿Una nota…? ¿Una simple nota…? -por alguna extraña conexión mental, la nota le hizo recordar la sed de su contertulio- ¡Camarero!

-Mi amigo tenía las cosas muy claras -dijo el otro, exageradamente serio.

Pedida una nueva ronda, volvió a la conversación.

-Pero las partituras de Bach apenas tienen anotaciones, se pueden interpretar de muchas maneras… He ahí la gracia, también…

-Exacto -dijo su compañero de mesa, con sonrisa burlona.

El otro hizo gesto de haber cogido el chiste y sonrió a su vez.

-Por la partitura de Bach -brindó.

-Por la partitura de Bach -respondió el otro.

LEMÁ SABACTANÍ

“Hubo momentos de desamparo que nadie padecerá jamás. Hubo secretos en lo más íntimo e invisible de ese drama, que las palabras no alcanzan a expresar ni son equiparables a algún tipo de separación de un hombre de los demás hombres. Y no es fácil que otra expresión menos sencilla y directa que la de la pura narrativa pueda siquiera sugerir el horror de exaltación que se alzaba sobre la colina. Innumerables relatos no han llegado al término de la descripción, o aún al principio. Y si hubiera algún sonido que pudiera producir el silencio, seguramente nos quedaríamos en silencio ante el final, cuando un grito fue lanzado en la oscuridad con palabras terriblemente nítidas y terriblemente incomprensibles, que el hombre nunca entenderá en toda la eternidad que esas mismas palabras han comprado para él. Y por un instante aniquilador, un abismo insondable para nuestro limitado intelecto se abrió en la unidad de lo absoluto: Dios había sido abandonado por Dios.”

El hombre eterno, de Gilbert Keith Chesterton; Ediciones Cristiandad, 2004; pgs. 269-270.

EL SUSTITUTO

El portero de fin de semana fue muchas veces el sustituto de verano.

Le gustaba especialmente aquella portería, cerca del Parque de Berlín. Echaba muchas horas, pero también cobraba más al final de mes. El titular tenía un reproductor de CD y el portero austrohúngaro aprovechaba para traerse su colección de música, con la que acompañar las lecturas o la limpieza del portal.

Los vecinos solían apreciar el ser recibidos por Bach o Mozart al volver a sus hogares, así como ser despedidos por Prokofiev o Mahler al lanzarse a la calle a pelear con el mundo.

Había un vecino que disfrutaba especialmente con las manías musicales del sustituto. Había sido un alto cargo de una importantísima institución musical del estado. Sentía predilección por Albéniz; le regaló al sustituto un disco del compositor cuya grabación él mismo se había encargado de producir. Pero aquella responsabilidad había dejado de ejercerla muchos años antes. En aquel momento, básicamente, su principal ocupación era beber. Beber y escuchar música, suponía el sustituto. Siempre que pasaba por el portal, hacía un simpático gesto como de atender a la pieza que sonaba, antes de hacer algún comentario o intentar averiguar cuál era. Y se volvía a ir, siguiendo a veces el ritmo de la música con el movimiento de una mano.

Casi siempre que se dirigía hacia su casa ya de noche, el clin-clin de varias botellas recién compradas y cargadas en una bolsa de plástico se dejaba oír entre las líneas melódicas de la música enlatada.

Al día siguiente, el hombre volvía a pasar, en dirección al contenedor de vidrio, con la misma bolsa de plástico llena de botellas para reciclar. Sonreía, su rostro componía otra vez un gesto de escucha tras las gafas de sol, y se despedía con un amable gesto de la mano.

La noche del 6 de septiembre de 2006 sonaba en el portal el cuarto concierto para piano y orquesta de Beethoven. Ya quedaba poco para que el sustituto terminase su jornada laboral. El hombre entró en el portal, con su habitual cargamento tintineante; parte del cual había decidido traerlo directamente en sangre, así que se acercó hasta el cubículo del sustituto especialmente dicharachero.

-¡Ah, qué formidable! -dijo, mientras se quedaba de pie en la puerta, escuchando- ¿Quién dirige?

-Abbado -respondió el sustituto.

-Maravilloso… -otra pausa para seguir escuchando- ¿Quién está al piano, la Argerich?

-No, Pollini.

-Ah, qué hijo de puta Pollini, qué manera de tocar… -se extasió el hombre; se acercaba el final del primer movimiento- Beethoven… Qué genial hijo de la gran puta, Beethoven. Mirá lo que hace en el principio del segundo movimiento, con esas pocas notas, pero tan terribles… Cómo te explica la tragedia de la vida y la insignificancia del hombre… Escuchá al pobre piano, aterrorizado, casi obligado al silencio por la orquesta…

El hombre siguió hablando durante los siguientes minutos, explicando cada nota, interpretando cada sonido, hablando de la difícil búsqueda de la felicidad, de los breves instantes de belleza que la vida ofrece; y así como se va apagando el segundo movimiento, el hombre se fue callando, cada nueva palabra cada vez más distante de la anterior, hasta dejar de hablar definitivamente para escuchar las últimas notas sutiles y abandonarse en sus propias melancolías.

El sustituto, con los ojos enrojecidos, contemplaba la escena abrumado por la honesta pasión de aquel santo bebedor.

El hombre regresó de sus trasteros emocionales y sonrió al sustituto. El sustituto le devolvió la sonrisa y le vio partir, cargando nuevamente con el peso de la repleta bolsa de plástico, tambaleándose ligeramente hasta el ascensor del fondo.

Siempre que el portero austrohúngaro vuelve a escuchar ese movimiento, regresa aquel hombre amable; y el clin-clin de sus botellas.

SACRIFICIO

…todo intento de restablecer la armonía en el mundo sólo puede tener éxito a partir de la renovación de la responsabilidad individual.
…sólo puede llamarse creyente a aquel que está dispuesto a sacrificarse.

Andréi Tarkovski

 

En esas habitaciones boreales sólo parecen habitar el frío y el vacío.
Pero la mirada,
que se desplaza del mismo modo por esos cuartos
en Offret y en Ordet,
está repleta de una presencia ardiente.

Se aviva un recuerdo. Soy niño y veo con los demás el “parte” de la noche, en mi casa ferrolana, que me parece estar llena de gente -quizá sea una visita de familiares-. La voz del telediario explica los efectos de una guerra nuclear. Son mediados los ochenta, más o menos la época en que Tarkovski rueda “Sacrificio”.
La descripción del apocalipsis me impresiona sobremanera: corro desde la sala hasta mi cercana habitación, me arrodillo ante la cama, y comienzo a llorar de forma histérica.
Y repito sin cesar, entre hipos: no quiero morir, no quiero morir…

Erbarme dich,
mein Gott, um meiner Zähren willen!
Schaue hier,
Herz und Auge weint vor dir
bitterlich.

Nadie me ve. Lloro solo.
Y eso es todo: la memoria se desdibuja si intento ir más allá.
Creo que conservo este recuerdo porque, por primera vez en mi vida, fui profundamente consciente de mi condición mortal.

Mientras tanto, hemos ido aprendiendo a vivir en el acantilado,
esperanzados y confiados,
regando
con la terquedad del rito
un árbol seco.

Sabedores
de que sólo nuestra sangre
lo hará florecer de nuevo.

29 de abril de 2014

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