El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

COMO CRISTO RESUCITADO

Releo, al mismo tiempo, los diarios de 2005 y 2016.

El principio y el final.

Nunca me recuerdo tan enamorado, ni tan triste, como la persona que escribió esos diarios.

Y volvemos a lo de siempre: parece imposible disfrutar plenamente de la felicidad, cuando efectivamente somos felices.

Porque la felicidad parece ser como Cristo Resucitado: no la reconocemos cuando está entre nosotros.

Sólo tras su marcha nos damos cuenta de haber gozado de su presencia.

SEGUIRÁN CONTEMPLANDO EL HORIZONTE

El 3 de agosto de 2016, agotado de derrotas, me fui andando al fin del mundo. Y allí encontré algo que ya había visto: vacas en un acantilado.

Lo había visto en uno de sus dibujos, aquel del que nació el nombre de este blog.

Huía de ella y a ella encontré.

El 28 de septiembre, pocos días después de cumplir treinta y nueve años, nos volvimos a ver en el despacho del abogado que iba a llevar nuestro divorcio. Le enseñé las fotos de aquella jornada.

Y aún recuerdo su cara al ver aquellas vacas junto al fin. Mi diario habla de la intensidad de nuestras miradas aquel día.

¿Por qué muere el amor?

Por exigir sin dar. Que es lo contrario del amor. Que da sin exigir.

Pero ella tiene razón: las vacas seguirán contemplando el horizonte.

Sin acabar de entender. O entendiéndolo todo, quién sabe.

Y allí, con ellas, los dos.

Para siempre.

BONUM EST NOS HIC ESSE

…y he ahí la importancia de que los niños lean El Señor de los Anillos para su formación como católicos…

Cuando terminó la homilía tuve que contener las ganas de aplaudir, igual que durante la misma tuve que contener alguna que otra carcajada. Las múltiples sonrisas las dejé revolotear ocultas en mi máscara negra.

Resultó que la misa de esa hora la oficiaba Gabriel. Así que allí estábamos, como en los viejos tiempos: Alejandro sentado justo detrás de mí, Cesareo un poco más adelante, y Gabriel elevando la sangre de Cristo a los cielos de la iglesia.

Y hoy, mira por dónde, tocaba leer sobre el monte Tabor. Y me sentí bien en aquella tienda que habíamos vuelto a levantar, tantos años después. Tantas caídas después. Tanta lejanía después.

Pero las palabras que más me impactaron del sermón de mi amigo no me hicieron reír, sino que me resultaron de una potencia deslumbrante:

estar en el cielo no es estar bien: es estar en gracia. Cuando uno está en gracia, está en el cielo, incluso en este mundo. Se sienta uno bien o se sienta uno mal, esto es secundario. El cielo es estar en gracia.

Y así es. Camina tranquilo e impasible el creyente agraciado, lluevan flores o balas a su alrededor.

UNA HISTORIA DE AMOR

Es una historia de amor.

Callar y atender inerte al suceso que acontece. La boca del sacerdote que pronuncia palabras mudas.

Recuerdo esas misas en las que sólo estábamos presentes Gabriel, Alejandro y yo, en aquellos altares laterales. Gabriel oficiaba, Alejandro acolitaba, yo observaba. Pequeños, ocultos, confabulados en el rito milenario; en su eternidad. En el mundo, fuera del mundo.

Probablemente, nunca he sido mejor.

Artesanía de la adoración y el agradecimiento, es a ella a quien he echado de menos. Es ella la que me ha llamado, a través del ruido. Es ella a la que ofrezco contento y sosegado mis rodillas y mis cicatrices.

Mesa donde se sirve Dios recién hecho, bello ritual de la misteriosa verdad primera.

El sutil bocado del origen de todo.

EL PRIMER PASO

El monje buscaba en un bolsillo interior de su capa negra. La mano reapareció acompañada de una petaca parda. Alargó el brazo para alcanzársela al guerrero de la Casa de Rilo. Éste, sin dejar de mirar el barco que allá abajo se alejaba hacia el horizonte, la agarró con una mano, la abrió con ayuda de la otra, y le dio un largo trago.

-¿Serás capaz? -preguntó el monje.

-Probablemente no -respondió el guerrero, mientras le devolvía la petaca.

El monje bebió a su vez.

-¿Qué quieres? -volvió a preguntar.

-Todo lo que quería.

El monje resopló y bajó la mirada al suelo un momento, antes de seguir preguntando.

-¿Es posible?

-No -respondió el guerrero-. No todo a la vez, al menos.

El monje volvió a rebuscar en su capa. Esta vez su mano reapareció con un trozo de queso curado. Cortó unos trozos con su navaja y se los pasó al guerrero. Siguieron bebiendo y comiendo queso durante un rato, el tiempo necesario para que los mástiles del barco desapareciesen en el horizonte púrpura.

-No tiene mucho sentido pensar ya en el último paso -dijo el monje, tras masticar un trozo de queso-. Céntrate en dar el primero.

El guerrero no dijo nada. Asintió suavemente, con la mirada perdida en los juegos de colores del cielo.

El monje se levantó y empezó a sacudirse las ropas. Buscó alrededor los caballos, que ramoneaban tranquilos en el mismo lugar donde los habían dejado.

-Ponte en marcha, simplemente -siguió el monje-. No pretendas anticipar lo que sólo el camino puede descubrir.

El guerrero volvió a asentir, esta vez con mayor énfasis, mientras se ponía también en pie. Los dos hombres se miraron por un instante, antes de dirigirse hacia los caballos.

Obra de Taeil Kim (agradecemos a la cuenta Ni aquí ni allí que nos haya dado a conocer a este pintor)

PECCATORIBUS

¿Qué haces?, preguntó, al entrar en mi habitación.

Rezo, contesté, al tiempo que la recibía con un beso.

Ella sonrió y se subió a la cama.

Qué collar más bonito… dijo, mientras acariciaba una de las cuentas de mi rosario roto.

¿Quieres que recemos por alguien? -le pregunté; me miró sin saber de qué le estaba hablando-. Tienes que pensar en alguien que quieras que esté bien, para que no le pase nada malo.

Desvió la mirada y empezó a pensar, llena de dudas.

¿Quieres que recemos por mamá?, le pregunté.

Respondió que sí, con una gran sonrisa.

Muy bien -dije yo, mientras cogía entre los dedos una de las cuentas-. Ave Maria, gratia plena…

Le fui diciendo más nombres; también ella empezó a decir los que se le iban ocurriendo. Por cada nombre, un Ave Maria.

Varias personas después, dijo, con una gran sonrisa: Y por ti.

Sonreí. Hice algún comentario que tardará muchos años en entender. Y recé.

EL MUNDO EN UNA PINCELADA

Fue el atisbo de una ilusión, pero bastó para hacer rebosar el pozo. Por unos días. En los que escribir bello estaba siempre a la mano.

No llegaba a ser un sentimiento, quizá apenas una premonición anhelante. Pero fue suficiente un destello mínimo para cimentar un futuro de sucesos.

Como me explicó la pintora que me amó, el ojo construye el mundo con recursos escasos.

Fíjate en el cuello de su blusa; donde parece haber un sinfín de matices y detalles, hay apenas una pincelada blanca.

Yo acerqué la imagen que había visto mil veces y por primera vez contemplé lo simple invisible que siempre había estado ahí.

Pues así también trabajan el deseo y la esperanza. Y de un pálpito irregular brota un amor eterno.

EN EL PARQUE

Laia tiene un lindo pelo rubio, casi blanco, y se mueve con la torpeza propia de una nena de dos años.

Se quería montar en el balancín con Ofe, pero hoy mi hija no tiene el día muy sociable.

Un hombre se acerca al parque.

-Mira quién viene ahí, Laia -dice su madre-. Es papá.

Ya en el tono se advierte algo. Y la forma en que el hombre abraza a su hija, demorándose en el tiempo perdido, confirma la narrativa de fondo.

Ese tipo de abrazos me suenan.

Nosotros seguimos a lo nuestro, tratando de que Ofe haga equilibrios sobre la barra del balancín sin romperse la crisma. Pero estamos demasiado cerca.

…creo que, a partir de ahora, podré venir todos los fines de semana…

Las frases son dichas con extremo cuidado. Hay pausas profundas entre ellas. Por ambas partes. Como si caminasen a ciegas entre minas nucleares. Nadie quiere volver a sentir ese tipo de explosiones. Y menos aún en un parque público. E infantil.

Ella le explica algunas cosas, como la forma en que suele darse cuenta de que la nena tiene ganas de hacer caca.

Ofe y yo nos alejamos, lentamente, camino ya de casa.

La mamá de Laia nos adelanta. Camina sola. Se da la vuelta y nos dice adiós.

-Adiós -dice Ofe, moviendo la manita.

Nos sonríe. Continúa andando.

Sola.

EL CUERPO COBARDE

Tratemos de examinar ese sentimiento.

Existía la posibilidad de un café con una compañera de trabajo. Posibilidad seria. Quizá aún.

Pero entonces mi imaginación empezó a girar con velocidad creciente, construyendo de forma delirante, en forma de escenas dramatizadas, posibles consecuencias de aquel encuentro inicial.

Eran imágenes que reflejaban el progresivo construirse de una relación entre hombre y mujer: la primera cita, el primer beso… todas las primeras cosas.

Y entonces empecé a notar cómo se disparaba la ansiedad. Traté de detener mi imaginación desatada, pero me veía impotente para controlarla. Lo cual incrementaba aún más la angustia.

Me vi rogándole a Dios que aquel café no se materializase nunca.

Y entonces comprendí la profundidad de mis heridas. Mi alma estaba agotada, mucho más de lo que jamás hubiese pensado.

Mi cuerpo era el de un cobarde.

No estoy acostumbrado. Pero parecía evidente que debía alejarme un poco del abismo. La brisa del cantil podría derribarme.

Y, sin embargo, días después, me descubrí queriendo pasear junto a otra conversación. ¿Qué había en ésta, que ya no asustaba, que le devolvió el arrojo a mis entrañas?

No tengo la más mínima idea. Siempre ha sido difícil poner orden en el patio de mi casa. Quizá tengan más que ver los demonios que los ángeles.

Aunque hay cierta pureza ingenua que atrae de forma trágica, como la mariposa nocturna que muere electrocutada en las bellas luces engañosas de la noche.

Hablo con Dios y le pido que no me maree demasiado. Aunque sé que no me va a hacer ni puto caso.

Así que me preparo y dispongo, otra vez, para amar. Para sufrir.

En mi áspero y hermoso acantilado.

ODA VENÉREA

Ayúdame, diosa, a cantar el sacrificio que me exigiste la primera vez que fui tuyo.

Era yo el entrenador, líder, de todos mis amigos, en el equipo del Club, del Barrio.

Los entrenaba como a espartanos, siendo yo el primero en el esfuerzo, y nuestros gritos de ánimo y combate se hacían famosos en las noches de invierno.

Aquel equipo extraordinario ganaba todos los partidos; y, entre todos, era el mejor del equipo aquel delantero, aquel amigo con el que tantas veces yo había reído y celebrado.

Se había emparejado él en aquellos días con la primera niña que me entró por los ojos al llegar a Madrid, sí, niño gallego recién llegado. Con ella, el pobre, se había emparejado.

Pero ella y el gallego tenían un destino marcado, que les acercaba y alejaba en el curso de los años juveniles, para entregarse, final y mutuamente, las flores nunca deshojadas.

Y la diosa había pedido a su esposo, el cojitranco herrero, que modelase a aquella muchacha con las líneas del deseo y las formas del placer.

¡Di, diosa, qué exigiste al joven mortal para gozar de aquella doncella!

Qué son para ti esos niños que corren tras una pelota
qué son para ti sus juegos de guerra impostada.
Qué es para ti tanta niñería, cuando puedes tenerla a ella
anhelante en tu cama.

Renuncia al cetro
a su respeto
a su amistad
para beber de este cuenco.

Acepté y bebí, oh sí, hasta que las heces descendieron amargas por mi garganta.

Al día siguiente, en el entrenamiento, no me hablaba ninguno de mis amigos, no me era ya leal ninguno de mis soldados.

Abandoné su liderazgo. Y, sin mí, ganaron.
Abandoné su amistad por la soledad de tu frenesí.

¡Canta, diosa, lo que por ti yo he entregado!

¡Y que mil veces más lo hubiese hecho
por ofrendar mi alma a tu derecho!

Y
¿cómo llamarme nihilista
si tú
diosa
nunca me has sido indiferente?

Tu eterno creyente
no hay hombre al que no sea capaz de traicionar
por un beso tuyo en mi frente.

En Compostela

NON MEA VOLUNTAS

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo