El sosiego acantilado

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

EL REGRESO A CASA DE XACOBE GONZALEZ

Es la noche del miércoles 16 de noviembre de 2016.

Xacobe Gonzalez contempla el cielo estrellado sobre el Mediterráneo, enfundado en el chándal blue del ejército de tierra francés.

Reza el Rosario por ella.
Reza el Rosario por su madre.
Reza el Rosario por él mismo.

A la mañana siguiente abandonará con sus tres compañeros la residencia de Malmousque y regresará a Aubagne, donde se decidirá su destino.

Y el de tantos otros.

También el de su hija
cuyo ser mora aún
en la sustancia del futuro
en los cimientos del océano
en el primer color del universo.

En la inquieta nada del misterio.

Advertisements

SOY LO QUE VES

Desayunamos temprano, de madrugada, tras el último biberón, mientras Ana Ofelia duerme.

Ella me pregunta si creo en dios.

Supongo que sí, respondo, aunque no tengo muy claro a qué me obliga tal cosa.

Ella quiere que Ana Ofelia crezca en una casa donde se celebre la Navidad. Y quiere explicarle de dónde viene esa tradición. Hablarle de Jesús y de un dios de amor.

No sé qué pensar al respecto. Por un lado, me parece bien. Por otro, me siento raro ante la idea de un Cristianismo a la carta, en el que uno coge del menú lo que le viene bien.

Si algo tengo claro es que ser cristiano es muy complicado. Sobre todo si uno quiere ser cristiano católico. Pero ella no quiere ser católica.

Y yo tampoco.

Según la doctrina de la Iglesia, si yo ahora muriese sin confesión, iría de cabeza al Infierno. Es un hecho objetivo, que no admite dudas dentro de la estructura de principios del Catolicismo.

Pero lo que sí puedo confesar es que dudo profundamente de que mi actual situación vital merezca tal castigo. Y sé que es una duda que me arrastra definitivamente fuera de la Iglesia católica. No doy la talla como católico. Y no me importa.

A mi hija, si le interesa, le contaré qué hay que hacer para ser católico. Insistiendo en las exigencias y en los sacrificios que tal postura existencial conlleva. Pero mi ejemplo será otro.

Así que, desde la perspectiva católica, siempre seré un cristiano de baja intensidad. O un simple hereje. Y es cierto. No doy la talla, porque no me interesa darla. No creo en ella. No me siento concernido por una religión que, en determinado momento de este último año, me dijo: ¿de qué dragones pretendes proteger a esta pobre niña, que vendrá al mundo sin padre ni madre legítimos, sin una verdadera familia, si el dragón más peligroso que amenazará su alma eres tú mismo y tu mal ejemplo?

Me dijo la verdad. La verdad católica. Y he llegado a entender que no es mi verdad. Mi apuesta es otra. Espero que sea acertada. Sólo hará falta morir, para saberlo. Cuando Dios lo tenga a bien. Mientras tanto, seguiré haciendo lo que creo que debo hacer. Tratando de ajustar mis palabras a mis hechos. Sin exigir a los demás lo que yo no soy capaz de dar.

Poder decir, sin dobleces: soy lo que ves.

RECOMENDACIÓN LITERARIA A LOS NACIONALISTAS CATALANES

Perante Castelao e máis Rosalía fun erguer por primeira ves a miña mau cós dedos aferrollados; hoxe por primeira ves fun ergue-la miña vos pra canta-lo poema que Pondal deixáralle ós galegos pra maldeci-los coa imposibilidade de ficar quedos ó ollar coma escarallan a súa patria. Viva Galiza Ceibe [sic]

Escrito en mi diario de 1999, en la página correspondiente al 23 de julio; aunque muy probablemente escrito el día 24.

Tenía 21 años, era estudiante de Filosofía en la Universidad Complutense y acudía por primera vez a Santiago de Compostela para participar en los actos del 25 de Xullo, el Día de la Patria Gallega. Pocas semanas antes me había convertido oficialmente en militante del Bloque Nacionalista Galego.

Nada más fácil para mí, por lo tanto, que ejercer la comprensión imaginativa del nacionalista catalán medio. Sólo tengo que recordar.

Y recuerdo entrar en el Panteón de Galegos Ilustres con el corazón encogido. Algunos compañeros de Galiza Nova (las juventudes del BNG) llevaban flores para adornar las tumbas de Rosalía de Castro y Castelao. Y allí parados, creo que acompañados por el sonido de una gaita, levantamos el puño para cantar el himno gallego, que resonó en las secularizadas paredes de piedra de Santo Domingo de Bonaval. El efecto en mi alma fue apoteósico.

Por primera vez sintió que la vida tenía sabor y sentido, un gran sentido…

Mi bucle melancólico duró unos cinco años. Para la posterior racionalización de mis sentimientos identitarios resultó crucial la aportación de Santiago Gerchunoff, que me dio a leer un día, en la librería Muga, un pequeño librito de un autor desconocido hasta entonces para mí: un tal Joseph Roth.

Santiago me lo recomendó advirtiéndome antes que igual el contenido me chirriaba, porque era un libro profundamente enfrentado a la idea de nacionalismo. De cualquier nacionalismo.

El libro era El busto del emperador, que se convirtió, junto al propio Roth, en uno de los pilares de mi actual forma de entender la vida. Así que esta entrada es también una forma de dar las gracias públicamente a Santiago, que sigue siendo la persona que más y mejores libros me ha recomendado en el tiempo que llevo dando tumbos por el mundo.

Santiago me había colocado en el alma una bomba de mecha larga, de una potencia parecida a la que tuvieron Houllebecq o Chesterton.

La lectura de Joseph Roth me abrió las puertas de la civilización austro-húngara, a la que tanto admiro y de la que tanto he aprendido. Y que ayudó a elevar mi bucle melancólico a escala metafísica.

Tiempo después, alguna noche encharcada en demasiadas cervezas, le he comentado con agorera tristeza a algún Errante Tabernero que quizá un día nos tocase ser los Joseph Roth de una España muerta y troceada.

Y cantar, a toro pasado, las bellezas ya invisibles de un pequeño universo diverso que se mantuvo plural y múltiple durante unos cuantos siglos, en los cuales los hechos diferenciales se conformaban con ser meros accidentes de todo hijo de Dios.

En los que toda conversación, no por casualidad, fuera en la lengua que fuese, era interrumpida a las doce del mediodía por el sonido de una campana.

EL DEMONIO DE LA MELANCOLÍA

Probablemente, toda melancolía tiene su origen primero en la pérdida de la forma de sentir el paso del tiempo en la infancia.

Esa irrecuperable profundidad y anchura de los minutos y las horas. El interminable espectáculo de los días. El pormenorizado detalle de los instantes.

Con qué amable diligencia accedía la luz de un determinado paisaje a su contemplación extática.

La misteriosa y embriagadora animación de todo lo que existe -el niño siempre es politeísta, su mundo está repleto de dioses-. Esa plena sensación de vivir agradablemente sumergido en el mundo, ligado por mera intuición a sus más inasibles y fascinantes secretos.

Permanecen en nuestra memoria, como si hubiesen sido largas reflexiones de sobremesa adulta, momentos que seguramente no llegaron a suponer más que fugaces interrupciones de lo cotidiano.

Creo que era Hegel el que veía en el relato de la expulsión del Paraíso, en el libro del Génesis, la descripción mítica del surgimiento de la autoconciencia adulta en toda vida humana. El paso del niño al hombre. El paso quizá, más ancestral aún, del animal al hombre.

En determinado momento, tras una acción que apenas era otra cosa que un juego más, la mirada cambia. Y el niño se descubre desnudo. Su mirada ha cambiado, sin querer. Una maldición parece haber caído sobre el mundo alrededor y donde antes veía dioses, ahora empieza a ver demonios.

El niño se descubre desnudo y en su debilidad recién descubierta, en su repentino hallarse a la intemperie, en la frialdad de un mundo antes cálido, el tiempo se presenta ante él no como una circularidad lúdica, sino como una amenaza constante de quiebra definitiva.

Toda acción va ya preñada con la posibilidad de una nueva caída, de un nuevo error. Durante el resto de nuestra existencia, el retorno a ese jardín infantil queda vedado por la presencia de dos ángeles armados con espadas llameantes.

Nada vivo puede regresar.

Probablemente, toda melancolía tiene su origen en la pérdida de la eternidad que gozamos siendo niños.

Pero nuestra principal tarea como hombres quizá sea vivir con dignidad ese exilio, que es la misma esencia de nuestra condición humana.

El recuerdo melancólico de lo perdido siempre hará del mundo presente un lugar peor. Es por ello que la melancolía necesita ser domesticada, como cualquier otro demonio.

En los últimos años de su larga vida, mi bisabuela era incapaz de recordar lo que había hecho cinco minutos antes, pero podía hablar durante horas sobre sus recuerdos de infancia.

Si insistimos demasiado en querer vivir como niños, la existencia adulta se volverá insoportable. En la superación de sus durezas, en resistir sus fríos, en aguantar de pie sus golpes, es donde el hombre puede hallar satisfacción y alegría de vivir. ¿No son esas las historias que nos gusta leer y escuchar? ¿No son esos los ejemplos que nos gustaría imitar?

Volver al Paraíso ya no está en mis manos. Sólo asumirme como desterrado y dar amor a mis compañeros de viaje, tan desamparados como yo.

Seguir aprendiendo a mirar con indiferencia el revoloteo de la melancolía, cuando la jornada ya claudica en sus horas más agotadas.

VILLALPANDO

Villalpando.

Cinco minutos para que el autobús vuelva a la carretera.

Un revoltijo de gorriones entre los andenes.

Hasta que sólo queda una cría. Recién caída del nido, supongo. Se queda quieta y pía. Pía un buen rato. Hasta que se calla. Y mira alrededor. Se acercan de vez en cuando otros gorriones, que parecen sentir curiosidad. O, simplemente, intentan saber si esa cría es suya.

El autobús arranca.

El pequeño gorrión sigue solo y quieto, entre los andenes.

¿Cuál es la función de la angustia de este pequeño gorrión en el destino del universo?

Que sea escrita, quizá.

Y que retumbe en un pequeño ejemplo cotidiano el cósmico y rebosante despliegue de dolor que ha sido necesario montar como escenario, para que pueda ser representado cada uno de nuestros dramas.

Si vuestro Dios no es el autor de ese teatro sangriento, entonces no adoráis al verdadero Dios.

No os preocupéis: suele pasar.

También en Villalpando.

LITERATURA ADMINISTRATIVA II

“El proceso se inicia mediante una solicitud o petición. Se trata de una solicitud y no de una demanda, porque no existe aquí actor y demandado, ni una pretensión deducida de una parte frente a otra, sino que los legitimados para pretender la separación o el divorcio (los cónyuges y solo ellos), convienen en ello.

Al escrito por el que se promueva el procedimiento deberá acompañarse la certificación de la inscripción del matrimonio y, en su caso, las de inscripción de nacimiento de los hijos en el Registro Civil, así como la propuesta de convenio regulador conforme a lo establecido en la legislación civil y el documento o documentos en que el cónyuge o cónyuges funden su derecho, incluyendo, en su caso, el acuerdo final alcanzado en el procedimiento de mediación familiar.”

Apuntes de la editorial CEF para la oposición al Cuerpo de Gestión Procesal y Administrativa; tema 30, pgs. 5-6.

BASTIDA

Paciencia feita arma.

Rodas de vagar cara os muros do cantil.

No colo de madeira, ata o día for chegado.

LEYENDAS PARA UNA PEQUEÑA VALQUIRIA

Es una historia que mi bisabuela solía repetir en sus últimos años de vida.

Mi tatarabuela Dolores, la madre de la madre de la madre de mi madre, murió nueve meses antes de nacer yo. Por lo que se cuenta, fue una mujer extraordinaria. Casada con un carabinero, tuvieron una decena de hijos. Lo cual no les impidió adoptar a un niño que encontraron abandonado en una cuneta. Donde comen doce, comen trece.

De una reciedumbre extrema, tenía frases del tipo: la mujer que no quiere tener más de un hijo es una fulana.

La historia que le gustaba repetir a mi bisabuela trataba sobre una cuñada de su madre Dolores, a la que su marido solía insultar y pegar cuando se le iba la mano con el alcohol. También solía pegarles a sus hijos.

Así que mi tatarabuela decidió ir a verla para darle el siguiente consejo: cuando él empezase a insultarla, ella debía irse a la cocina. Antes tenía que haber escondido allí un buen palo. Cuando el marido hiciese amago de pegarle, ella debía tirarle a los ojos una presa de ceniza, para cegarlo. Hecho esto, debía coger el palo y pegarle en la espalda (no en ninguna parte delicada o peligrosa) hasta que se quedase sin fuerzas.

La cuñada de la tatarabuela Dolores siguió el consejo. El marido se pasó varios días recuperándose de la paliza. Nunca más volvió a ponerle la mano encima.

Éstas son el tipo de historias que escuchará mi Pequeña Valquiria, si Dios quiere. Para que sepa la sangre que corre por sus venas. La sangre a la que tiene que rendir honores.

‘La Vigilia de la Valquiria’, de Edward Robert Hugues (alrededor de 1915)

LUME

-¿Tiene muebles viejos?

La señora escrutaba los varios pares de ojos que le devolvían la mirada más allá del umbral de la puerta recién abierta. La mujer se quedaba pensativa un momento y se metía dentro de casa. Los chiquillos esperábamos ansiosos.

Había habido suerte: una mesilla de noche. No era muy grande, así que podíamos llevarla sin problemas entre todos.

Hasta la luminaria.

Alguien había traído el enorme palo central una semana antes y lo había apuntalado en el descampado al lado de la Plazoleta. Nunca tuve muy claro de donde lo sacaban los mayores (los chavales de 15 o 16 años). Por allí cerca teníamos la cabaña donde leíamos nuestros primeros cómics pornográficos. Dejamos la mesilla de noche en la base de la luminaria, en constante crecimiento.

Se acercaba San Juan. El cole había terminado. Empezaba el verano. No podíamos ser más felices.

Cada barrio de Ferrol preparaba su propia luminaria. Alrededor de la hoguera principal se encendían otras más pequeñas, que eran las que se saltaban para cumplir con el anual bautismo de fuego. Se asaban sardinas y todo el barrio se reunía alrededor del fuego.

No hay día del año que me duela más estar lejos de La Ría.

Años más tarde, pude vivir San Juan de otra manera. Pasaba unos días en la Seaña, en casa de mi tía Marisa. La Seaña es un lugar de Mugardos, en la margen izquierda de la ría de Ferrol. De ahí proviene mi familia materna.

Cuando se va acercando La Noche, en cada casa se va preparando una hoguera. Y entonces, según va creciendo la oscuridad, y en el cielo van naciendo a docenas las estrellas, La Ría se va poblando de pequeños puntos de luz, que reflejan en la tierra el portentoso espectáculo cósmico de la Creación.

No hay día del año que duela más estar lejos de La Ría.

Pero ahora regresar por San Juan sólo tendrá sentido si es para mostrarles esa belleza a sus ojos de niñas curiosas. Madre e hija. Dios mediante.

EL CABALLERO DE LA ROSA

Decido dejarme acompañar durante las comidas por mi colección de óperas aún no vistas. Entre las cuales figuran aquellos DVD que me fueron regalados hace años, durante mi época de portero de fin de semana.

Era una importante familia burguesa, de histórico renombre, acostumbrada a vivir con el dinero suficiente como para no jerarquizar sus prioridades en base a criterios cuantitativamente superficiales. Sus coches eran baratos, funcionales y no les importaba que cumpliesen años; pero todos los veranos tenían plaza reservada en Salzburgo o en Bayreuth. Lo primero es lo primero; y lo primero, para aquella familia, era el arte elevado a su más alta expresión. Algunos de los regalos que ellos recibían en aquellos festivales me eran ofrecidos a mí a la vuelta. Mostraban cariño e interés por ese portero que siempre estaba leyendo, estudiando y escuchando música. Le hacían recomendaciones, conversaban con él sobre literatura.

La familia tenia un amigo que, más que amigo, era otro miembro de la misma. Pasaba el hombre más tiempo en aquel edificio que en su propia casa. Una persona jovial, con una cultura portentosa, apasionado de la ópera y la literatura. Adoraba las obras de Richard Strauss, especialmente las que tenían libreto de Hofmannsthal. Y se empeñó en que yo también las amase. Así que le dijo a su fiel y viejo amigo, uno de los miembros de aquella familia, que me grabase un buen puñado de las que ellos tenían.

Sonrío al recordar su pasión por Florencia. Es inagotable -me dijo tras pasar allí una semana, por enésima vez-; uno podría demorarse durante días en los detalles de una sola de sus iglesias…

Una vez me dio a leer un artículo suyo sobre El Anillo wagneriano, en el que pude vislumbrar cierta tristeza profunda tras su alegre y campechana fachada.

He tardado cierto tiempo en cumplir los deseos de aquel hombre. Aún me emociona recordar el sincero y cariñoso abrazo de despedida que me dio el último día que trabajé en aquel chiscón.

Me gustaría que supiese lo feliz que me ha hecho hoy con su regalo.

Porque yo sé que él piensa, como pienso yo, que el placer de gozar la belleza sólo es superado por el placer de regalarla a quien aún no la conoce.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester