El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

VUESTRO ENTREGADO PERSONAJE

Llueve ahí fuera en el mundo. Así que resulta agradable recordar las sagas familiares tras la cena, en compañía de mi madre.

El hermano de mi bisabuela Maruja, carabinero como su padre, que mató a su superior y huyó para siempre, dejando mujer e hijos.

Mi bisabuela Maruja cruzando en barca la Ría, para visitar a su marido preso en el castillo de San Felipe.

La abuela Pacucha echando las cartas. La seriedad con la que lo hacía. Resultaba imposible no creer que realmente entraba en contacto con los hilos del destino. A mí no me gustaba que me las echase. Sólo se lo pedí un par de veces.

Probablemente, porque yo creía ciegamente en su condición de sibila. Y uno siempre teme el peso de las palabras de un dios.

Los relatos de los míos, la literatura en la que crecí, que no deja de incorporar nuevas historias, para sustituir a las que ya escapan de la memoria común.

Este verano conocí a los hijos de una prima muy cercana y me descubrí personaje literario, por obra y gracia de mi tía Marisa, fabulosa narradora y abuela de los zagales; que me interrogaron como si estuvieran delante del Conde de Montecristo.

Voy dejando un reguero de historias que contar, lo cual me hace especial gracia.

Vamos dejando un buen espectáculo, querido amigo, repleto de luces y oscuridades.

Somos hombres, cosas de caída fácil y formidables entusiasmos.

No ahorréis verdades al hablar de mí. Sólo espero proporcionaros un profundo entretenimiento, aunque sea a costa de mi alma.

El gran amor de la bisabuela Maruja no fue mi bisabuelo Agustín. Fue un hombre que le prometió amor eterno antes de coger un barco hacia la otra orilla del océano. Cuba o Venezuela.

Cumplió su promesa de escribirle, de cuidar de ella a través de envíos que nunca llegaron a mi bisabuela, retenidos por la familia de su amado.

El desamor hizo enfermar a mi bisabuela, que estuvo a punto de morir con apenas veinte años.

En esta foto que os ofrezco empezaba a recuperarse, preparándose para dar inicio a la rama a la que pertenezco.

Yo metí su féretro, junto a otros cinco hombres de mi sangre, en un nicho de San Vicente de Mehá, camposanto acantilado sobre la Ría.

Cumplid con vuestros papeles y dad que hablar, amigos míos, que Dios es Dios.

EROS, DIOS SINGULAR

Ella dijo que le quería dibujar.

Para ello, comenzó a examinarlo con mirada de artesana, midiendo a ojo de buen cubero las líneas de su carne, palpando ángulos con dedos sutiles.

Lo borró del espacio, mientras la piel templada de sus pechos le rozaba.

Se sintió el objeto más amado del mundo.

Años después, volvió a usarlo de modelo: en el lienzo, caído, forcejea él contra un hermoso arcángel.

EL AVISO

Hay que dar el aviso con quince días de antelación.

Y hoy lo hemos dado.

Alguien ha recibido el correo electrónico en la provincia de Guadalajara, donde alquilamos un trastero a principios del pasado año.

Un trastero donde guardar mis discos, mis libros.
Mis diarios.
Hasta que tuviese un hogar en el que cupiesen.

Hay que dar el aviso con quince días de antelación, cuando quieres recuperar tus cosas.

Y hoy lo hemos dado.

Porque, gracias a Dios, he encontrado un piso donde tratar de construir un hogar.

Hoy hemos dado aviso para que vuelvan a mi lado mi música, mi biblioteca.
Mis diarios.

Es, probablemente, el mejor día de mi vida, desde el nacimiento de mi hija. Ahora toca rezar para que nada le haya ocurrido a esos trozos exiliados de mí.

Toca rezar especialmente por mis diarios, que Deus mos teña no seu colo.

Hoy, con quince días de antelación, hemos dado el aviso.
A Dios gracias.

ODISEA

El 5 de diciembre de 2013 cesaba en el primer destino que había tenido como interino del Cuerpo de Auxilio Judicial. Me habían llamado para trabajar dos años antes, el 24 de noviembre de 2011.

Casi nueve años después, me han vuelto a llamar para trabajar en un juzgado madrileño.

Esta odisea ha incluido tres años en Ponferrada, tres meses en Santiago, trabajar de lector, trabajar de librero, volver a trabajar de portero, una mini-mili francesa, traiciones, paro, mudanzas, un divorcio, una hija, una separación, diez mil Alsas, unos cuantos aviones, una pandemia mundial (que sigue), sangre, sudor y lágrimas.

Si Dios quiere, la próxima semana volveré a trabajar en un juzgado madrileño. Lo repito y sigo sin entender apenas lo que digo, por irreal y descabellado.

Había hecho del exilio mi alma.

Y echar la vista atrás me agota y me hace feliz. Aún quedan muchas batallas furiosas por delante, pero tengo la alegre sensación de que he sobrevivido a algo con entidad propia.

He superado algo formidable; y aquí sigo, vivo y en pie.

Mi próximo objetivo es claro: crear un pequeño hogar, un lugar del que nadie me pueda echar. Una posada amable para la gente que quiero. Un habitáculo donde reinen los dioses a los que venero: la Cruz, la belleza y el amor al saber.

Una Taberna menos errante, donde cocinar tortillas para los buenos amigos, donde dar reposo y ricas viandas a mis queridos mayores, donde compartir tertulias sobre libros y música que conformen el paisaje infantil en el que vaya creciendo la curiosidad de mi pequeña.

Le doy gracias a Dios, por la fortaleza que me ha dado en este camino; y le ruego que no me abandone en lo por venir.

Que Deus nos teña no seu colo.

CAUTO Y DISCIPLINADO

En una vida anterior, yo empezaba a ser algo bello.

Pero, huyendo del camino del héroe ideológico, aposté todo al ensueño de una civilización que anhelaba estática, mintiéndome una vez más.

Presiento el regreso del héroe, sosegado tras una larga conversación con su padre.

Sonrío, mortal,
y contemplo con curiosidad las revoluciones del caos misterioso;
confiado
más que nunca
en que todo tiene sentido
y es profundamente bello.

LEJOS DE AQUÍ

Tras asaltar nuevamente Follas Novas, me fui de cañas con uno de los pocos camaradas (casi el único) que mantengo de mis años de nacionalismo militante.

Nos hemos vuelto a reencontrar debido a mi llamamiento compostelano y creo que estamos llegando a la conclusión de que podemos continuar la relación donde la dejamos, pasadas ya efervescencias doctrinales adolescentes.

Me volví a escacharrar de risa con sus viejas anécdotas de joven militante revolucionario. De hecho, le dije que debería ponerlas por escrito. Espero que algún día me haga caso.

Entre cerveza y cerveza, no sé cómo, acabamos hablando de Garci, y eso nos llevó a mentar al director Eloy de la Iglesia (culpable de títulos ya míticos como El Pico La estanquera de Vallecas). Al respecto, le dije a mi camarada que, trabajando de lector en el submundo editorial, había informado sobre una novela que me había parecido muy buena, aunque necesitaba un potente trabajo de edición.

Yo ya os he hablado de ella, pero sin que vosotros lo sepáis. Lo hice en esta entrada.

Resultó que mi camarada también la había leído. Yo no daba crédito. ¿Cómo era posible? ¿Había conseguido el autor, finalmente, que alguien se la publicase?

No. Harto de rechazos editoriales, había decidido autopublicar la novela.

Aquí la tenéis. Desgraciadamente, creo que está agotada.

Seguíamos mi camarada y yo fascinados por la casualidad de nuestra común lectura, casi tanto como nos fascinó la novela. Así que me puse a rebuscar entre los correos prehistóricos de mi cuenta de Yahoo para ver si encontraba el dichoso informe que había escrito. Lo encontré y se lo envié al camarada.

En el informe, entre otras cosas, decía yo:

Se trata de una gran novela, con una temática interesantísima y un tratamiento
exquisito de los distintos métodos de aproximación a la verdad de la vida de José Luis
Manzano (está formidablemente documentada). Y a través de ésta, de la verdad de la
época histórica que tan descarnada y verazmente consigue describir: el paso del
franquismo a la democracia, las oscuridades de dicho proceso, las imperfecciones del
estado democrático que se va construyendo, el inicio del consumo masivo de drogas,
el terrorismo; pero también las derivas ideológicas de los militantes y partidos de
izquierdas que se habían enfrentado al franquismo; la creación durante los años 80 de
una cultura de estado, adicta a las subvenciones y, por lo tanto, ideológicamente
inocua frente al poder establecido…

En el fondo, lo que se nos está narrando es el proceso de aparición de esa categoría
sociológica que podemos llamar progresía: una supuesta visión del mundo de
izquierdas, que ya no pretende ningún enfrentamiento contra el status quo de la
modernidad capitalista, sino simplemente disfrutar de ella.

En ese sentido la novela es perfecta.

Y después de tanto tiempo, resulta que ahora tengo la posibilidad de ponerme en contacto con el autor. Mi camarada me ha dado una dirección electrónica.

Verdaderamente, nada hay más fascinante que la realidad.

NO ERA UNA MODERNA ABSOLUTA

Yo era feliz, nunca había sido tan feliz y nunca volvería a serlo tanto; sin embargo, no olvidaba en ningún momento el carácter efímero de la situación. Camille solo estaba de prácticas en la DRAF, inevitablemente tendría que marcharse a finales de enero para reanudar sus estudios en Maisons-Alfort. ¿Inevitablemente? Podría haberle propuesto que dejara sus estudios, que se convirtiera en ama de casa, o sea, que fuese mi mujer, y con la distancia cuando pienso en ello (y pienso en ello continuamente), creo que ella hubiera dicho que sí, sobre todo después de la granja industrial de gallinas. Pero no lo hice y sin duda no podía hacerlo, no había sido formateado para una propuesta semejante, no formaba parte de mi software, yo era un moderno y para mí, como para todos mis contemporáneos, la carrera profesional de las mujeres era algo que debía respetarse ante todo, era el criterio absoluto, la superación de la barbarie, la salida de la Edad Media. Al mismo tiempo yo no era un moderno absoluto, puesto que había podido, al menos durante unos segundos, pensar en eludir este imperativo, pero una vez más no hice nada, no dije nada, dejé que los acontecimientos siguieran su curso, a pesar de que en el fondo no tenía la menor confianza en aquel regreso a París; París, como todas las ciudades, estaba hecha para engendrar soledad, y no habíamos pasado suficiente tiempo juntos en aquella casa, un hombre y una mujer, solos y frente a frente, durante algunos meses habíamos sido el uno para el otro el mundo entero, ¿conseguiríamos mantener eso? Ya no lo sé, ahora soy viejo, no consigo recordarlo bien pero me parece que ya tenía miedo, y que había comprendido, ya en aquella época, que el entorno social era una máquina de destrucción del amor.

Serotonina, de Michel Houellebecq; Anagrama, 2019; pgs. 140-141.

Escolio:

sin duda el miedo; y ésta es una historia de seres jóvenes. Pero, ¿y aquéllos que ya portan varias vidas sobre la espalda? Su miedo se ha incrementado de forma geométrica, los dolores sufridos los ha convertido en animales condicionados por descargas eléctricas.

Y la electricidad destruye sus cuerpos en el mismo momento en que sus almas se atreven a rememorar sus aspiraciones y deseos más profundos.

Impidiendo precisamente aquello que hace posible la auténtica felicidad: la valentía para arriesgar nuevos dolores, para superar las adversidades que se interponen en el camino hacia lo deseado.

Y nadie se puede engañar eternamente sobre su propia cobardía e impotencia, sin que su cuerpo -materia de su alma- enferme.

Seres ya condenados a la infelicidad y a la tristeza.

Sucesivos amores fracasados los ha hecho desconfiados para siempre.

Mas, ¿cómo amar
sin confiar?

YA ES USTED ESPAÑOL

Mi compañero Miguel, que se encarga de tramitar los expedientes de nacionalidad, ha hecho resonar en el local del Registro Civil su vozarrón para anunciarle a la persona que estaba atendiendo: ya es usted español.

Lo ha dicho con el tono de alguien que sabe que está dando una buena noticia. Para el que la recibe y por el hecho en sí. Disfrutando de poder alegrar la vida de otra persona.

Al escucharle, detengo dos segundos mi tarea, sonrío, y enseguida vuelvo a hacer correo o una fe de vida (ya no recuerdo bien).

Me gusta mi nuevo trabajo.

He hablado bastante esta semana sobre Galicia y los gallegos, debido a las últimas elecciones celebradas el pasado domingo. He escuchado y leído cosas que me han resultado bastante extrañas.

Sólo puedo decir que mi alma austrohúngara se siente ahora mismo muy cómoda en este trozo de España que, en general, vive con tanta naturalidad sus identidades.

Y me siento así por gente como mi compañero Miguel, que pasa buena parte del día hablando en gallego, pero siempre dispuesto a hablar en castellano para hacerse entender por los ciudadanos a los que sirve, y que puede expresar con tranquilo orgullo y alegría ya es usted español.

Ese bonito regalo al que se dedica mi compañero Miguel.

Sí, me gusta mi nuevo trabajo. A Dios gracias.

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

ESTATUA ERGUIDA EN HOMENAJE A LA ADOLESCENCIA ETERNA

Mientras esperábamos el autobús que nos iba a llevar de vuelta a Marsella, tras nuestra declaración de no aptitud, aconteció un hecho que apenas merecería el apelativo de anécdota.

Uno de los aspirantes declarados no aptos, de oscurísima piel negra, muy enfadado, empezó a gritar acusando de racistas a los que habían decidido su no aptitud.

Desde donde yo estaba, la situación resultaba tragicómica: aquel aspirante rechazado llamando racistas a voz en grito al multicultural elenco de caporales (cada uno de un color distinto) que allí se encontraban, quienes observaban la escena divertidos.

La conclusión que uno sacaba en aquel momento era que la propia reacción del tipo explicaba su declaración de no aptitud. Básicamente, que no se aceptan desequilibrados en la Legión Extranjera.

A la luz de los últimos acontecimientos, la anécdota parece devenir signo de los tiempos.

Lo que en aquel momento no era más que una ridícula pérdida de papeles, ha resultado ser intuición fundamental de la mejor juventud para cambiar el mundo: ningún mal que me ocurre es culpa mía, cualquier cosa que me limita es de suyo injusta.

Exactamente así razona mi hija.

Que aún no tiene tres años.

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