El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

YA ES USTED ESPAÑOL

Mi compañero Miguel, que se encarga de tramitar los expedientes de nacionalidad, ha hecho resonar en el local del Registro Civil su vozarrón para anunciarle a la persona que estaba atendiendo: ya es usted español.

Lo ha dicho con el tono de alguien que sabe que está dando una buena noticia. Para el que la recibe y por el hecho en sí. Disfrutando de poder alegrar la vida de otra persona.

Al escucharle, detengo dos segundos mi tarea, sonrío, y enseguida vuelvo a hacer correo o una fe de vida (ya no recuerdo bien).

Me gusta mi nuevo trabajo.

He hablado bastante esta semana sobre Galicia y los gallegos, debido a las últimas elecciones celebradas el pasado domingo. He escuchado y leído cosas que me han resultado bastante extrañas.

Sólo puedo decir que mi alma austrohúngara se siente ahora mismo muy cómoda en este trozo de España que, en general, vive con tanta naturalidad sus identidades.

Y me siento así por gente como mi compañero Miguel, que pasa buena parte del día hablando en gallego, pero siempre dispuesto a hablar en castellano para hacerse entender por los ciudadanos a los que sirve, y que puede expresar con tranquilo orgullo y alegría ya es usted español.

Ese bonito regalo al que se dedica mi compañero Miguel.

Sí, me gusta mi nuevo trabajo. A Dios gracias.

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

ESTATUA ERGUIDA EN HOMENAJE A LA ADOLESCENCIA ETERNA

Mientras esperábamos el autobús que nos iba a llevar de vuelta a Marsella, tras nuestra declaración de no aptitud, aconteció un hecho que apenas merecería el apelativo de anécdota.

Uno de los aspirantes declarados no aptos, de oscurísima piel negra, muy enfadado, empezó a gritar acusando de racistas a los que habían decidido su no aptitud.

Desde donde yo estaba, la situación resultaba tragicómica: aquel aspirante rechazado llamando racistas a voz en grito al multicultural elenco de caporales (cada uno de un color distinto) que allí se encontraban, quienes observaban la escena divertidos.

La conclusión que uno sacaba en aquel momento era que la propia reacción del tipo explicaba su declaración de no aptitud. Básicamente, que no se aceptan desequilibrados en la Legión Extranjera.

A la luz de los últimos acontecimientos, la anécdota parece devenir signo de los tiempos.

Lo que en aquel momento no era más que una ridícula pérdida de papeles, ha resultado ser intuición fundamental de la mejor juventud para cambiar el mundo: ningún mal que me ocurre es culpa mía, cualquier cosa que me limita es de suyo injusta.

Exactamente así razona mi hija.

Que aún no tiene tres años.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LVI)

Buena experiencia en una peluquería del barrio.

Solía cruzar la ciudad para cortarme el pelo en Argüelles. Peluquería que conocí gracias al padre Gabriel. Me encanta, parece un trozo de los años 50 congelado en el tiempo.

Allí fui a cortarme la coleta, tras veinte años. Para tan magno evento, me hice acompañar, incluso, de mi madre. Sobre todo, porque días después volaba yo a Marsella. Durante el proceso de selección para entrar en la Legión Extranjera iba a estar completamente incomunicado, así que quería compensar un poco a mi madre la inquietud consiguiente.

Al final sí que fue posible una mínima comunicación, a través de un colombiano con hermana en Galicia, que fue eliminado muy pronto, y que nos hizo el favor a unos cuantos de ponerse en contacto con nuestras familias para decirles que estábamos bien.

Desgraciadamente, ni siquiera recuerdo su nombre.

El caso es que, en los últimos años, lo normal ha sido que me cortase el pelo en Ponferrada. En Boya, junto a la Torre del Reloj. Una de esas peluquerías de toda la vida. La típica del paisanaje al uso.

-Parecía que no, pero mira que hemos sacado pelo…

Siempre me decía lo mismo, cuando estaba terminando. Yo sonreía y le daba la razón. Adoro las rutinas.

La situación me ha hecho buscar una opción más a mano, que no implique coger medios de transporte. Bea me recordó ayer que había una peluquería cerca de la oficina de Correos. Aprovechando el paseo de esta manaña con la nena, pedí cita para la tarde.

No parece una peluquería de las de toda la vida, sobre todo por el típico adorno de poste coloreado; que es típico en Anglosajonia, no aquí. Creo que el dueño es de origen paraguayo. Quizá haya recibido el negocio de algún español ya cansado de trabajar.

Ha sido educado, aunque silencioso. Era nuestra primera vez y ninguno de los dos hemos querido tomarnos demasiadas libertades. Además, en algunos momentos he creído percibir cierto aburrimiento en el ademán, como si la tarde de peluquería se le estuviese haciendo demasiado larga. Pero tampoco me hagáis mucho caso: me quito las gafas mientras me cortan el pelo.

El resultado me ha dejado muy contento. Ha hecho exactamente lo que le he pedido, con una gran economía de movimientos. Mi peluquero ponferradino, sin embargo, parecía disfrutar haciendo sonar sus tijeras. Ambos estilos tienen su gracia, me parece a mí.

Así que, Dios mediante, el mes que viene volveré a ver a mi peluquero paraguayo. Quizá entonces nos lancemos a hacer algún comentario sobre fútbol o política. Aunque, por ahora, creo que nos vamos a ir conociendo tranquilamente en el silencio. No hay ninguna prisa.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LIV)

A nivel personal, una de las pocas cosas buenas que ha traído la pandemia es poder recuperar algo de forma física. Tras más de un año sin apenas hacer ejercicio, impedido por el trabajo, las oposiciones y la vida de bus y hostal, este paréntesis obligado me ha permitido volver a salir a correr.

Uno de los grandes placeres de mi vida.

Correr suele ser un buen momento para pensar. Y yo pienso en lo importante que es tener una casa decente para vivir una existencia decente. Y también pienso en lo difícil que es tener una casa decente en Madrid, si no eres rico.

Porque, cuando pienso en casa decente, a mí me viene a la mente la casa de mi tía Marisa. Casa individual de dos alturas, rodeada de campo y huerto. Algo tan típico en Galicia, pero que, en Madrid, es directamente un lujo asiático.

No tengo demasiado claro que algún día pueda escapar de Madrid. En cualquier caso, tengo un sueño de menor calibre, más realizable, pero que me ilusiona muchísimo.

Todos los veranos, me gustaría alquilar una casa durante dos semanas, en algún lugar entre Ferrol y Ortigueira.

A principios de 2020, pensé que, con mucha suerte, quizá podría cumplir ese sueño este mismo año. Los acontecimientos posteriores me hacen dudar de que pueda cumplir ese sueño el año que viene.

Pero, Dios mediante, quizá algún día lo consiga. Porque creo que, a partir de ahora, según vaya cumpliendo años, voy a ir necesitando cada vez más la presencia de mi mar, de mis acantilados. Y también deseo dárselos a conocer a la gente que quiero. Me gustaría reunir a los míos allí. Quiero que los veranos de mi hija tengan esa presencia indeleble en su memoria.

Ese mar. Esos acantilados.

Dos semanas en las que nuestras puertas estarían abiertas a familiares y amigos. Una Taberna Errante pausada, en la que podrían hospedarse tantos caminantes exhaustos. Donde comer y beber y conversar. Yendo cada atardecer a los acantilados, paseando entre caballos salvajes, para gozar de la belleza insoportable de la Creación.

Dos semanas como un rito de agradecimiento anual. Como ingenuos paganos al principio de los tiempos, como niños de un mundo no caído, como diminutos seres que no reparan en su importancia mínima.

En estas cosas pienso, mientras corro por las mañanas por las calles de Madrid.

PROCESOS DE FORMACIÓN DE LA CASTA

Si no recuerdo mal, la última vez que nos encontramos fue en el metro.

Ya hacía un tiempo que yo había abandonado la vida política. Fue muy amable, a pesar de la triste amargura con la que hablaba.

Huido de la dictadura argentina, encontró refugio en la Galicia de la que habían emigrado sus antepasados. Su experiencia le permitió hacerse un hueco dentro del emergente sindicalismo nacionalista, aunque siempre estuvo más interesado en la literatura que en la política. Cumplió su papel con la eficacia justa para conseguir un puesto en Madrid, ciudad que prefería mil veces a cualquier rincón de la patria que supuestamente defendía; sobre todo por su condición homosexual, mucho más fácil de llevar en la capital del estado opresor.

Tenía fama de estar un poco trastornado, pero nunca consiguió caerme mal. En realidad, era un personaje profundamente trágico. Fue él quien me llevó por primera vez al Café del Real, cosa que nunca le podré agradecer lo suficiente.

Aquel día, en el metro, se permitió una sinceridad extrema. Se alegraba de que me hubiese ido, antes de que la necesidad me atrapase en una vida en la que no creía.

Evidentemente, hablaba de su propia vida.

Su gallego siempre fue patético; básicamente porque, en el fondo, le parecía una lengua propia de paletos. Pero nunca se atrevería a decir tal cosa en voz alta, porque su sueldo, su vida madrileña, su militancia lejana, dependían de interpretar un papel que, en el fondo, despreciaba.

No sé si siempre fue así. Sé que vi a otros atrapados en la misma situación vital. Y a compañeros de edad y de partido que empezaban a construise una cárcel semejante.

Los que menos horas dedicaban al estudio y más a los actos de propaganda del partido eran los que iban obteniendo puestos que les permitían acceder a una casa, a formar una familia, a pagarse unas buenas vacaciones.

Décadas más tarde, cuando ya nada quedaba de los ideales de juventud, la única lealtad que sobrevivía era aquella que les ataba a los privilegios ofrecidos por el partido. Lo único importante era que el movimiento lograse la mayor base social posible, a través de votos, de liberados sindicales, de subvenciones culturales, de editoriales afines, de universidades donde se colocaba a los intelectuales del aparato.

Era imposible renunciar a aquello en que ya no creías, porque tenías a tus hijos estudiando en universidades muy caras. Probablemente en el extranjero. O porque no tendrías otra forma de pagar la hipoteca de tu casa. O la residencia de tus padres.

Y esa ausencia de libertad producía la triste amargura con la que me hablaba aquel antiguo camarada, al encontrarnos por última vez en el metro de Madrid.

Por eso creo que es mejor que tus ideas no te den de comer. Porque entonces tus ideas no pueden cambiar.

Con lo cual, salvo que la gracia divina te otorgue la sabiduría a muy temprana edad, lo único que habrás logrado es impedirte aspirar a ser en todo momento mejor persona de lo que eres.

OTRA VEZ, TAN DISTINTO

Sorprende la cantidad de escoria que me descubro haber portado.

Otra vez, tan distinto.

Demasiada militancia. Pegajosa. Otra vez. También esa vez; que ya pasó, al parecer.

Exigiendo eternidad a las tesis de mi voluntad. Qué error más tonto…

Sólo ya una militancia: caminar. Tomar notas. Refugiarme en las pequeñas verdades que he ido encontrando; y que no sé cuánto me durarán.

Compartirlas, como el que ofrece una silla a su mesa a la hora de comer. Por regalar.

Hasta que vuelva a descubrirme, una vez más, distinto.

Y la curiosidad de saber qué cosas aguantarán hasta el final del viaje.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LI)

Teniendo en cuenta la versatilidad del Bicho, es probable que la hipocondría sea la enfermedad mental de moda durante los próximos años.

Hipocondría severa. Que impida a la gente salir de sus casas y relacionarse aliento a aliento. Que intensifique la ya extrema soledad reinante.

El infierno, más que nunca, serán los otros. Que tendrán la mala costumbre de formar enormes y peligrosos rebaños, como los zombis de The Walking Dead.

Teniendo en cuenta la versatilidad del Bicho, la vida en común será tabú.

O, visto desde otro punto de vista, será algo más arriesgada de lo que ya era.

La vida en común.

Que te podía provocar terribles dolores en el corazón y en el alma.

Ahora, además, te puede matar.

La muerte, tan olvidada…

Nunca se fue.

Salí temprano con la nena. La gente nos sonreía. Algunos nos saludaban desde los balcones. Nos cruzamos con otros padres madrugadores. Todo dentro del más estricto sentido común.

Después, en internet, llegué a pensar que Hortaleza era el único barrio con sentido común de España.

Lo dudo mucho.

Pero el sentido común no vende. Las mayorías rutinarias aburren. Son difíciles de odiar.

Convirtamos entonces cinco fotos en una realidad masiva. Para odiar mejor. Para justificar nuestra ira impotente, aterrorizada ante la versatilidad del Bicho.

Que se nos permita al menos la histeria…

Ciertamente, es fútil tratar de pedir sosiego al que nunca quiso saber del acantilado.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XLIV)

Es verano.

Estamos en la casa que solemos alquilar desde hace años, entre mis acantilados.

Sentados en el porche, mi hija y yo, observamos cómo se acerca una tormenta desde el horizonte.

Los últimos rayos de sol centellean en el palo cortado de nuestras copas.

Ana Ofelia acaba de leer Los hermanos Karamazov. Me da su opinión, mientras escuchamos las risas de los nuestros en el interior de la casa.

Bea sale un momento, con un plato de cecina para nosotros. Lo deja en la mesita, nos besa a ambos en la frente y regresa al barullo de familiares y amigos.

-Papá.

-¿Qué?

-Creo que el primer recuerdo de mi vida es de aquella terraza que teníamos en Hortaleza… Me veo allí, en brazos de mamá. Creo que estoy aplaudiendo…

Se me escapa una sonrisa agria.

-¿Crees que puede ser un recuerdo de la Pandemia? -me pregunta.

-Probablemente.

La mirada se me hunde en el océano, con el sol poniente.

-¿Qué recuerdos tienes tú de aquello? -me vuelve a preguntar.

La negrura de las nubes parece cada vez mayor.

-Mi pequeñez -respondo-. Y el profundo deseo de algo como esto.

Mi hija me mira un momento y después baja la mirada, sonriendo.

-Vamos dentro, papá -me dice-. La lluvia ya no tardará.

Y con nuestras copas y nuestro plato de cecina entramos en la casa, mientras se deja oír el primer trueno.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXXIII)

Me noto dolorida una pierna al levantarme.

Pienso si habrá sido por el ejercicio. Pero no. Seguramente habrá sido por haberme arrodillado ayer.

Después de tanto tiempo.

La madre de una amiga está ingresada con respirador. Tiene el Bicho.

Mi amiga vive en el extranjero. Su padre salió hace dos días del hospital.

Mi amiga no encuentra forma de venir a España. Dice que no ha rezado más en toda su vida.

Me pide que tenga presente a su madre en mis oraciones.

Mis oraciones.

Busco mi rosario en el bolsillo de la mochila. Está roto. Entre el segundo y el tercer misterio.

Me arrodillo solo en nuestra habitación. Busco en el móvil una página con el rosario en latín. Al principio cuesta un poco. Pero es como montar en bicicleta.

Mientras escribo esto, me fijo en el rosario que hay encima de la mesa, a mi izquierda. Lo ha encontrado, entonces. Lo compró Bea en un viaje por Italia.

Rezaré mientras amanece.

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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