El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

DEMASIADO TRANQUILO

Está tranquilo. Como si el mundo alrededor estuviera entre paréntesis.

Está demasiado tranquilo.

Sentado en la mesa de al lado, a mi derecha. Acompañado de tres mujeres. Todos de unos sesenta y muchos.

Una de la mujeres, la que supongo su esposa, le tiene agarrada una mano con las dos suyas, y se la acaricia con especial cuidado y cariño. Él parece ajeno a lo que se habla en la mesa. Ellas hablan y, cada cierto tiempo, observan las tres la mirada perdida del hombre, como si estuviesen tratando de adivinar lo que está ocurriendo en su cabeza. Entonces la esposa vuelve a acariciar su mano y pronuncia palabras de cariño triste.

-¿Cuántos nietos tienes? -le pregunta ella, en determinado momento.

Él la mira y sonríe.

-¿Cuántos nietos tienes? -vuelve a preguntar.

Su sonrisa se acentúa, parece a punto de echarse a reír. Pero no responde. Las amigas, sin saber qué hacer, ríen, y hacen comentarios amables sobre lo contento que parece, tratando de rebajar el patetismo del momento. Él empieza entonces a hablar, una parrafada conexa, bien estructurada; pero que no tiene nada que ver con lo que le han preguntado.

Y su mujer vuelve a acariciarle la mano, con mirada temblorosa.

No puedo evitar observar la escena con atención. Rozando la falta de educación más elemental. En un par de ocasiones, mi mirada se cruza con la de la esposa. Durante un par de segundos, tengo la sensación de que ambos nos estamos mirando directamente al alma.

La gente me suele decir que mi rostro es transparente, que soy incapaz de ocultar lo que siento. Lo cual me suele provocar más problemas que otra cosa, porque no hay nada más necesario en determinados momentos que una buena cara de póker.

Pero no ahora. Ahora quiero que ella sepa todo lo que estoy pensando y sintiendo. Porque, como ella, yo tampoco puedo hacer nada para aliviar un dolor que ni siquiera soy capaz de concebir: ver, día a día, descomponerse a tu lado a tu compañero, a tu amante, al padre de tus hijos. A tu hombre.

Así que sólo quiero que, durante estos breves segundos en que nos miramos, sienta mi compañía. Mi compasión. Mi admiración por el infinito amor que demuestra en medio del infierno.

Mientras él continúa con la mirada fija en la pared, demasiado tranquilo.

EL LATÍN DE LOS JUZGADOS

Irrumpe en la oficina Hermes, de alados tobillos.

-Éste no está.

-¿Cuál es?

-El 304 del 12, del 4.

-¿Qué es?

-Una ETJ. ¿Estaban ya separadas de trámite, ese año?

-No, ese año aún no. ¿Quién lo pide? ¿El SCEJ?

-No, la UPAD.

Sonido de teclas interpretadas presto vivace.

-Hicieron algo hace un par de meses. Deben de tenerlo arriba.

-Les digo que busquen mejor, entonces.

-Sí.

Y el mensajero de los dioses vuelve a salir volando por las entrañas del edificio.

20170217_095610

UN BUEN ACTOR SECUNDARIO

Mi primo Fran es lo más parecido que hay en mi vida a un hermano.

En su compañía me encontraba aquel día de verano en el que nuestro amigo Miguel nos guio, cruzando un estrecho puente de piedra con nuestras bicicletas (puente que en realidad eran los restos, a modo de desfiladero, del techo de un antiguo edificio militar), hasta las baterías de los acantilados.

Los que desde entonces, y ya para siempre, serían mis acantilados.

Fran es una de esas personas a las que parece resultarles extraordinariamente fácil ser buenas. Algo que, a los que tenemos por amargo pasatiempo coleccionar demonios, no deja de producirnos cierta envidia; pero que, al mismo tiempo, disfrutamos admirados, como si estuviésemos contemplando una bella filigrana de madera en el majestuoso coro de una iglesia gótica.

Observar a mi primo en su cotidianidad -me encanta oírle canturrear mientras come- es un placer que sólo pueden comprender los que, como yo, se han pasado buena parte de su existencia preguntándose cómo diablos vivir: cómo ser felices y cómo ser buenas personas. Al mirarle tengo las mismas sensaciones que me produce mirar un cuadro de Hopper; me digo: este tío sabe de la vida.

En las Navidades del año 2005 estaba a punto de nacer su primer retoño, una nena. En la felicitación que me envió en aquella ocasión, escribió lo siguiente:

Aún recuerdo perfectamente nuestras búsquedas navideñas con el fin de encontrar los regalos y cómo se disparaba el corazón al dar con ellos.

Ahora se abren nuevas puertas, nuevas posibilidades en las que uno deja de ser protagonista para intentar llegar a ser un buen actor secundario, como fueron nuestras familias en aquellos días…

Un buen actor secundario.

Jamás he olvidado esa postal. La tengo ahora mismo aquí delante, mientras escribo. Y sé que me acompañará hasta el final de mis días.

He leído grandes novelas en estos años que he olvidado completamente, formidables poemas de los que no me viene a la mente ni una sílaba, enjundiosos ensayos de sabios consagrados de cuyo nombre no quiero ni acordarme.

Pero desde que leí aquella postal, he tenido claro que, llegar a ser bueno y feliz en este mundo, tiene casi todo que ver con aprender a ser un buen actor secundario.

Más, si cabe, cuando un nuevo protagonista se prepara para salir a escena. A Dios gracias.

A DON JOSÉ LUIS PÉREZ DE ARTEAGA, CON INMENSO AGRADECIMIENTO

Durante años, la rutina vespertina de mis sábados y domingos comenzaba encendiendo la pequeña radio del chiscón donde trabajaba como portero. En ese mismo instante escuchaba las notas de la sintonía de entrada de El mundo de la fonografía.

Fueron cientos de horas en las que la música sabiamente escogida y presentada por don José Luis Pérez de Arteaga me acompañó a través de innumerables manuales de derecho estudiados, novelas devoradas y ensayos subrayados.

Así que hoy, al enterarme del fallecimiento de don José Luis, he sentido que moría con él un trozo entrañable de mi vida.

Hay poco que yo pueda añadir a las muchas alabanzas bien merecidas que está recibiendo en las últimas horas; especialmente de parte de nosotros, sus oyentes.

Simplemente insistir en que, además de una catarata de conocimientos, su voz transmitía una incomparable alegría de vivir, propia de alguien que goza transmitiendo la belleza que descubre. Siempre dispuesto a la carcajada, con un humor más propio de la amable inocencia de un niño, don José Luis parecía existir en un permanente estado de entretenida beatitud. Y era ése un estado que yo le agradezco en el alma que haya sido capaz de contagiarme mil y una veces.

No habrá nunca mejor presentador para el Concierto de Año Nuevo, porque la voz de don José Luis es a la radio lo que un vals vienés es a la música: franca y danzarina pasión por la vida y la belleza.

No ha habido mejor gasto público en España que el sueldo de don José Luis.

Descanse en paz. Que Deus lle teña no seu colo.

¿QUÉ HACE UN HOMBRE?

“-¿Estás listo para recibir tu brazalete y convertirte en un hombre?

-Sí.

-¿Y qué hace un hombre?

-Lucha.

-¿Y?

-Cuida de su familia.”

MIRANDO AL MAR

No soy mucho de bizcochos, pero los del Petit me parecen riquísimos. Son caseros, y Jose, siguiendo la tradición ponferradina, te pone un trozo con cada café que pides.

El Petit Café Bar ayuda mucho a que me sienta como en casa. Me gusta subir a la planta superior y ponerme a escribir, como hago en estos precisos momentos.

También me agrada el tipo de música que se escucha, bastante variada. Hace un rato sonaba un popurrí de canciones típicas de la España de los sesenta. En determinado momento, he escuchado a Jorge Sepúlveda empezar a cantar bajo el palio de la luz crepuscular

Me ha temblado el alma, como siempre que escucho esta canción.

Ya os he hablado de mi abuelo paterno, el redero José Bastida. Os he hablado también de las largas temporadas que pasaba embarcado. No era raro que le tocase estar en medio del océano cuando su mujer, mi abuela Pacucha, estaba de cumpleaños. Así que se ponía en contacto con una cadena de radio española, para que a determinada hora del día del cumpleaños de mi abuela sonase para ella Mirando al mar.

Hace unos años, con ayuda de la Vane, grabamos una felicitación para mi abuela en la que fingíamos que habíamos llamado a una radio pidiendo la canción por su cumpleaños. Después le reproduje el falso programa en casa, como si fuera en directo. Es uno de los recuerdos más felices que me han quedado de ella.

Mi abuela Pacucha, una de esas viudas de vivos capaz de mantener la risa aunque la vida se empeñase en tragedias constantes.

Lo que antes era reciedumbre cotidiana, se ha convertido en ideal casi inalcanzable de aguante existencial. Que cada cual saque sus propias conclusiones de por qué ha ocurrido tal cosa.

INOCENTADA

Vuelvo a trabajar de agente judicial.

En esta ocasión, mi función es la de archivero. Saca expediente, mete expediente. Del juzgado 1, del juzgado 8. Civil, Penal, Social. Trámite, ejecución, faltas, previas, leves.

También nos tenemos que hacer cargo de las piezas de convicción, que es la forma rebuscada que el lenguaje jurídico de este país usa para referirse a las pruebas de toda la vida.

Cuando Antonio y yo hemos vuelto a nuestra oficina tras buscar algo que hacer, tema complicado en estos aburridos días navideños, hemos descubierto que el trabajo había venido a buscarnos a nosotros en nuestra ausencia. En la mesa de Antonio alguien había dejado una pieza de convicción. Los papeles del oficio estaban grapados a una bolsa de plástico transparente.

Los músculos de mi cara se tensaron.

Le hice un comentario a Antonio, que se confirmó al leer la palabra escrita en la hoja del atestado: fallecimiento.

Un breve silencio brotó mientras contemplábamos el interior de la bolsa de plástico.

Antonio dijo algo sobre las manchas encarnadas que ensuciaban parte de la gruesa cuerda, en las que yo ya me había fijado.

Aquel enser blanco disponía un mundo negro a su alrededor.

Hicimos nuestro trabajo. Metimos la bolsa con la soga en una caja, cerramos la caja con cinta, pegamos los datos identificadores de la pieza en el exterior de la caja. Como Antonio tenía prisa, le dije que se fuese, que ya me encargaba yo de bajarla al archivo de piezas.

El archivo de piezas está dos pisos por debajo de la planta baja, en la parte nueva del edificio. Como nadie pensó en la cercanía del cauce del río Sil, hubo que instalar tiempo después de terminada la reforma una bomba para drenar constantemente esa parte de los sótanos. El frío y la humedad son intensos allí.

El archivo de las piezas queda al final del pasillo, a la izquierda. Deposité la caja en su balda correspondiente.

Con excesivo respeto, quizá. Como si quisiese trocar en rito mortuorio aquel mero acto administrativo.

Como si fuese un enterrador en el quinto acto de Hamlet.

img-20161207-wa0001

EL CATÓLICO MONSTRUOSO

 

Yo
rey de las quimeras
amo
la paz de las chimeneas
la furia de las espadas
todo el dolor que nos ha traído hasta aquí
la mujer con la que peco
y el Dios que me prohíbe comulgar.

15385287_10209297977141329_3877010692330144460_o

 

ÍNTIMO Y METAFÍSICO ANHELO DE PATRIARCADO

He wanted to lose the madness over the mountains, he said, and begin again…

De vuelta en la pensión, me pongo Legends of the Fall en el portátil por enésima vez, para ir esperando el sueño.

El coronel Ludlow siempre me ha parecido un ejemplo casi perfecto de reaccionario. Pero el auténtico protagonista de la película no es él, ni ninguno de sus tres hijos. Es la historia de una casa, de una de esas casas de nacer de vivir de morir.

En mis 39 años de vida, he pasado ya por siete soluciones habitacionales, más o menos el mismo número que ha gastado mi madre. Mis raíces se agitan inquietas según sopla el viento. Como mi limonero, la tierra más estable que he conocido es la de una pequeña maceta, siempre dispuesta a seguir dando tumbos por el mundo.

Pero he conocido ese tipo de casas orgánicas que van creciendo y transformándose según las necesidades de la familia que las habita. He ahí mi íntimo anhelo de patriarcado. Echar raíces en una tierra a la que mi sangre mire con amor así pasen los siglos, como castillo templario contemplando cada invierno las nieves de los montes Aquilanos.

Como no le queda más remedio que acabar entendiendo al coronel Ludlow, la esencia del patriarca no es la de imponer caminos a sus vástagos, sino construir un hogar al que poder regresar cada vez que la vida les demuestre por qué es un valle de lágrimas.

La película es, por lo tanto, una sucesión de tristes despedidas y alegres regresos, a modo de variaciones sobre el eterno tema de la parábola del Hijo Pródigo. Esa casa paterna de la que tantas veces renegamos y a la que siempre acabamos deseando regresar.

Esa casa en la que la pequeña luz de una vela marca la presencia de un Padre y un Hijo elevados a la categoría de Dios.

He ahí mi anhelo metafísico de patriarcado.

20161129_172442

EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

20161118_093216

Vórtice | Blog

non mea voluntas

Prensaboxeo.com

La gran comunidad del boxeo en español al día

plan zeta

apología de mí mismo

Quijotes con azada

Huerto escolar-comunitario - CEIP El Quijote (Villa de Vallecas - Madrid)

Embajador en el Infierno

non mea voluntas

En Compostela

non mea voluntas

The Wanderer

non mea voluntas

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

New Catholic Land Movement

Restoring Catholic Rural Life

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester