El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

CRÓNICAS DE UNA NO-FAMILIA

…si el arte consiguiera reflejar con cierta honestidad el caos actual, ya sería un gran logro; y en realidad no se le podría pedir más. Si uno se siente capaz de expresar una idea coherente, bien está; si tiene dudas, debe comunicarlas también. Personalmente, creo que el único camino es seguir expresando, sin compromisos, las contradicciones que me desgarran…

El mundo como supermercado, de Michel Houellebecq; Anagrama, 2000; pg.110.

Sentados en uno de los últimos bancos, esperan el comienzo de la misa. Por primera vez asisten juntos. Es Domingo de Resurrección.

Ella insistió en que fuera a esa iglesia. La iglesia en que fueron bautizados todos los miembros de su familia. También ella.

Él se sorprende al saber que ella ha decidido acompañarle.

La iglesia fue levantada hace casi nueve siglos. Al entrar, ella le lleva hasta la pila bautismal. Ya sentados, él se queda mirando la amenazante inclinación de los arcos interiores; bastos contrafuertes fueron añadidos en el siglo XVIII para corregir las debilidades del edificio.

Al terminar, ella se acerca a la sacristía para saludar al sacerdote: el mismo que la bautizó hace casi cuarenta años.

Poco antes, mientras miraban a la gente comulgar, ella le preguntó: ¿lo echas de menos? 

Él sonrió y se quedó pensando un momento.

, respondió, mientras acariciaba su bella barriga de embarazada.

EL SOSIEGO ACANTILADO NO ES UN BLOG CATÓLICO

Con el fin de evitar posibles engaños y malentendidos a los lectores de este blog, me creo en el deber de exponer, de forma más explícita, que el autor y responsable de este blog, no otro que yo mismo, se encuentra desde hace unos meses en situación objetivamente irregular respecto de la Doctrina de la Iglesia Católica.

Las posibles soluciones ortodoxas a tal situación son, desde mi propia conciencia, inasumibles. Siendo coherente, por lo tanto, reconozco públicamente que pongo mi propio criterio por encima del de la Iglesia, lo cual todo católico sabe que no puede ocurrir.

Consecuentemente, mi fe no es suficiente para ejecutar las obras que me son ordenadas.

Este blog seguirá mostrando el mayor de los respetos y simpatías por el Catolicismo, a pesar de que yo no me puedo considerar ya a mí mismo católico.

Sin más, valga lo que valga, que Deus lles teña no seu colo.

QUERIDA ANA OFELIA, HIJA MÍA

Querida Ana Ofelia, hija mía:

ayer, tu madre y yo nos echamos a dormir la siesta, nariz con nariz, y tú quedaste en medio, rodeada por nuestros cuerpos. Creo que te gustó la sensación, porque no parabas de moverte, y pude notar en mi propio ombligo las volteretas de tu creciente cuerpecillo.

Cuando -Dios mediante- nazcas, no podremos volver a ofrecerte tal sensación de seguridad. Llegas a un mundo complicado -¿y cuándo no lo ha sido…?-, que, me temo, no va a dejar de complicarse en los años por venir. Tus años.

Así que estoy pensando qué hacer para ayudarte. Qué ofrecerte que te pueda resultar útil en la vida.

Algunas personas piensan que se me da bien escribir. Así que, si Dios quisiera, me gustaría que me diera ideas para escribirte cuentos.

¿Por qué cuentos? Antes de nada, quiero que conozcas a alguien. Un señor inglés, que vivió hace un tiempo, y que realmente escribía muy bien. Y pensaba aún mejor. Era muy rubio, muy alto y muy gordo, y le encantaba contar historias a los niños. También le encantaban los títeres, como a mamá. Se llamaba Gilberto y, en cierta ocasión, escribió lo siguiente:

Los cuentos de hadas no le dan a los niños su primera idea de los monstruos. Lo que los cuentos de hadas le dan al niño es su primera idea clara de la posibilidad de vencer a esos monstruos. El niño sabe íntimamente del dragón desde que tiene imaginación. Lo que el cuento de hadas le trae es un San Jorge para matarlo.

No te voy a mentir, hija mía: vienes a un mundo repleto de monstruos. Tantos y tan poderosos, que a veces sentirás deseos de rendirte. Perderás la esperanza. Creerás que el mundo está mal hecho, que nada tiene sentido.

Pero no es verdad. Tu padre no lo cree así. Tu padre cree en algunos buenos cuentos que alguna buena gente le ha leído; algunos buenos cuentos que él mismo ha encontrado. Porque tu padre es un buscador de cuentos. Ese es mi auténtico oficio: soy un detective, a veces un poco salvaje, que trata de encontrar los mejores cuentos del mundo. Porque son esos cuentos los que me hacen sonreír en medio de la nada. Son los que me hacen apretar los dientes, cuando se desatan el dolor y la desesperanza.

Eso es lo que te voy a ofrecer, si Dios quiere. Y si puedo aportar alguno de mi propia cosecha, pues bienvenido sea.

En cualquier caso, espero que te ayuden a matar muchos dragones.

NO ES PAÍS PARA VIEJOS

Entra un compañero del servicio de ejecución en nuestra oficina. Nos trae una prueba de una causa, con el oficio pidiendo su destrucción.

Unos cedés. Pornografía infantil.

Las once. Hora del café. Voy a la calle. Le abro la puerta de los juzgados a una anciana que se ayuda de una muleta.

-Muchas gracias -me dice-. Ya no queda mucha gente educada por aquí.

Me intriga el referente exacto de ese aquí.

Creo que se refiere al mundo, en general.

Yendo al trabajo esta mañana, saqué la foto que acompaña a esta entrada.

Una profecía esperanzada, quizá.

A pesar de todo.

SERVIR Y PROTEGER

Lo veo pasar, de la mano de la compañera que se encarga de tramitar los asuntos de violencia doméstica, mientras meto en cajas los expedientes que hoy toca archivar.

El chaval tiene seis años. Otra compañera me ha hablado de él, mientras tomábamos el café de media mañana. Se ha pasado una hora haciéndole compañía. Estaba muy emocionada, porque el niño la ha dibujado. Me cuenta que es un pedazo de pan.

Esta compañera estaba de guardia cuando han traído el niño al juzgado. Antiguas cicatrices adornan la piel de su cara. Me dijo algo del padre; algo de su cinturón.

Mientras esperamos la llegada de los Servicios Sociales, mis compañeras entretienen al chaval, que parece bastante contento de encontrarse en su compañía. De no encontrarse en otras compañías.

El trato cara a cara encarna lo mejor de este trabajo, aquello que da sentido al frío leviatán burocrático del que formamos parte. Nos recuerda, al mirar a los ojos del que necesita justicia, que somos felices cuando podemos llevar a cabo la esencia de nuestro oficio de funcionarios: servir y proteger a los más débiles.

SI TE DEPRIMES, NO CONDUZCAS

Aprovecho los tiempos muertos en el archivo para hacer tests del examen teórico del carné de conducir.

Justo enfrente se sienta mi compañero, que trastea en su ordenador, del que sale música de Radio 3.

El día anterior le había comentado que me llamaba la atención la gran cantidad de preguntas que hacían los tests sobre la depresión. Supongo que las estadísticas que maneja la DGT muestran que cada vez tiene más influencia en los accidentes de tráfico; por eso salen tantas preguntas al respecto, le dije. De hecho, muchas de las preguntas parecen destinadas a que el futuro conductor sepa qué precauciones debe tomar si acaba sufriendo esa enfermedad.

Mientras hacía uno de los tests, volvió a salir otra pregunta sobre el tema. Me llamó la atención el enunciado y se lo leí a mi compañero:

La depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas…

Mi compañero no dijo nada.

-La pregunta que a uno le suscita inmediatamente tal aseveración es: ¿por qué la depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas…? -comenté.

Mi compañero siguió sin decir nada.

Pero la pregunta permanece, molesta, como un borrón gris en el arco iris de plástico de la Modernidad triunfante: ¿por qué en este primer mundo que nos hemos fabricado a imagen y semejanza de nuestros más insospechados deseos, la depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas?

¿Por qué?

‘Gas’, de Edward Hopper (1940)

DEMASIADO TRANQUILO

Está tranquilo. Como si el mundo alrededor estuviera entre paréntesis.

Está demasiado tranquilo.

Sentado en la mesa de al lado, a mi derecha. Acompañado de tres mujeres. Todos de unos sesenta y muchos.

Una de la mujeres, la que supongo su esposa, le tiene agarrada una mano con las dos suyas, y se la acaricia con especial cuidado y cariño. Él parece ajeno a lo que se habla en la mesa. Ellas hablan y, cada cierto tiempo, observan las tres la mirada perdida del hombre, como si estuviesen tratando de adivinar lo que está ocurriendo en su cabeza. Entonces la esposa vuelve a acariciar su mano y pronuncia palabras de cariño triste.

-¿Cuántos nietos tienes? -le pregunta ella, en determinado momento.

Él la mira y sonríe.

-¿Cuántos nietos tienes? -vuelve a preguntar.

Su sonrisa se acentúa, parece a punto de echarse a reír. Pero no responde. Las amigas, sin saber qué hacer, ríen, y hacen comentarios amables sobre lo contento que parece, tratando de rebajar el patetismo del momento. Él empieza entonces a hablar, una parrafada conexa, bien estructurada; pero que no tiene nada que ver con lo que le han preguntado.

Y su mujer vuelve a acariciarle la mano, con mirada temblorosa.

No puedo evitar observar la escena con atención. Rozando la falta de educación más elemental. En un par de ocasiones, mi mirada se cruza con la de la esposa. Durante un par de segundos, tengo la sensación de que ambos nos estamos mirando directamente al alma.

La gente me suele decir que mi rostro es transparente, que soy incapaz de ocultar lo que siento. Lo cual me suele provocar más problemas que otra cosa, porque no hay nada más necesario en determinados momentos que una buena cara de póker.

Pero no ahora. Ahora quiero que ella sepa todo lo que estoy pensando y sintiendo. Porque, como ella, yo tampoco puedo hacer nada para aliviar un dolor que ni siquiera soy capaz de concebir: ver, día a día, descomponerse a tu lado a tu compañero, a tu amante, al padre de tus hijos. A tu hombre.

Así que sólo quiero que, durante estos breves segundos en que nos miramos, sienta mi compañía. Mi compasión. Mi admiración por el infinito amor que demuestra en medio del infierno.

Mientras él continúa con la mirada fija en la pared, demasiado tranquilo.

EL LATÍN DE LOS JUZGADOS

Irrumpe en la oficina Hermes, de alados tobillos.

-Éste no está.

-¿Cuál es?

-El 304 del 12, del 4.

-¿Qué es?

-Una ETJ. ¿Estaban ya separadas de trámite, ese año?

-No, ese año aún no. ¿Quién lo pide? ¿El SCEJ?

-No, la UPAD.

Sonido de teclas interpretadas presto vivace.

-Hicieron algo hace un par de meses. Deben de tenerlo arriba.

-Les digo que busquen mejor, entonces.

-Sí.

Y el mensajero de los dioses vuelve a salir volando por las entrañas del edificio.

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UN BUEN ACTOR SECUNDARIO

Mi primo Fran es lo más parecido que hay en mi vida a un hermano.

En su compañía me encontraba aquel día de verano en el que nuestro amigo Miguel nos guio, cruzando un estrecho puente de piedra con nuestras bicicletas (puente que en realidad eran los restos, a modo de desfiladero, del techo de un antiguo edificio militar), hasta las baterías de los acantilados.

Los que desde entonces, y ya para siempre, serían mis acantilados.

Fran es una de esas personas a las que parece resultarles extraordinariamente fácil ser buenas. Algo que, a los que tenemos por amargo pasatiempo coleccionar demonios, no deja de producirnos cierta envidia; pero que, al mismo tiempo, disfrutamos admirados, como si estuviésemos contemplando una bella filigrana de madera en el majestuoso coro de una iglesia gótica.

Observar a mi primo en su cotidianidad -me encanta oírle canturrear mientras come- es un placer que sólo pueden comprender los que, como yo, se han pasado buena parte de su existencia preguntándose cómo diablos vivir: cómo ser felices y cómo ser buenas personas. Al mirarle tengo las mismas sensaciones que me produce mirar un cuadro de Hopper; me digo: este tío sabe de la vida.

En las Navidades del año 2005 estaba a punto de nacer su primer retoño, una nena. En la felicitación que me envió en aquella ocasión, escribió lo siguiente:

Aún recuerdo perfectamente nuestras búsquedas navideñas con el fin de encontrar los regalos y cómo se disparaba el corazón al dar con ellos.

Ahora se abren nuevas puertas, nuevas posibilidades en las que uno deja de ser protagonista para intentar llegar a ser un buen actor secundario, como fueron nuestras familias en aquellos días…

Un buen actor secundario.

Jamás he olvidado esa postal. La tengo ahora mismo aquí delante, mientras escribo. Y sé que me acompañará hasta el final de mis días.

He leído grandes novelas en estos años que he olvidado completamente, formidables poemas de los que no me viene a la mente ni una sílaba, enjundiosos ensayos de sabios consagrados de cuyo nombre no quiero ni acordarme.

Pero desde que leí aquella postal, he tenido claro que, llegar a ser bueno y feliz en este mundo, tiene casi todo que ver con aprender a ser un buen actor secundario.

Más, si cabe, cuando un nuevo protagonista se prepara para salir a escena. A Dios gracias.

A DON JOSÉ LUIS PÉREZ DE ARTEAGA, CON INMENSO AGRADECIMIENTO

Durante años, la rutina vespertina de mis sábados y domingos comenzaba encendiendo la pequeña radio del chiscón donde trabajaba como portero. En ese mismo instante escuchaba las notas de la sintonía de entrada de El mundo de la fonografía.

Fueron cientos de horas en las que la música sabiamente escogida y presentada por don José Luis Pérez de Arteaga me acompañó a través de innumerables manuales de derecho estudiados, novelas devoradas y ensayos subrayados.

Así que hoy, al enterarme del fallecimiento de don José Luis, he sentido que moría con él un trozo entrañable de mi vida.

Hay poco que yo pueda añadir a las muchas alabanzas bien merecidas que está recibiendo en las últimas horas; especialmente de parte de nosotros, sus oyentes.

Simplemente insistir en que, además de una catarata de conocimientos, su voz transmitía una incomparable alegría de vivir, propia de alguien que goza transmitiendo la belleza que descubre. Siempre dispuesto a la carcajada, con un humor más propio de la amable inocencia de un niño, don José Luis parecía existir en un permanente estado de entretenida beatitud. Y era ése un estado que yo le agradezco en el alma que haya sido capaz de contagiarme mil y una veces.

No habrá nunca mejor presentador para el Concierto de Año Nuevo, porque la voz de don José Luis es a la radio lo que un vals vienés es a la música: franca y danzarina pasión por la vida y la belleza.

No ha habido mejor gasto público en España que el sueldo de don José Luis.

Descanse en paz. Que Deus lle teña no seu colo.

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester