El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

NIEVA EN LOTHLÓRIEN

El temporal ha llegado a Lothlórien. Quién sabe si mañana podremos cruzar el Manzanal, cuya autopista lucía hoy blanca como un glaciar.

La mínima posibilidad de no poder pasar  en casa el fin de semana me agrieta el alma.

El temporal ha llegado a Lothlórien, trayendo noticias de las oposiciones, que seguramente no acabarán antes de abril. Contaba con poder leer algo distinto a una ley procesal en febrero. La noticia me congela más que el viento helado.

Pienso en mis libros, mis diarios, que al no caber en nuestro pequeño piso, llevan casi un año exiliados en ciertos trasteros de alquiler a las afueras de Madrid.

Hastiado de tener la existencia repartida en pedazos por el mundo.

Nacho, enfadado, me envía un artículo sobre el último Premio Cervantes. Tras leerlo, entiendo su enfado, pero a mí el día sólo me da para ver incrementado el nivel de melancolía. Otro premio político, coyuntural.

A la mierda los premios, la verdad.

Otro dialoguista. Me aburren los dialoguistas. Para mí, o son cobardes, o pretenden que los demás lo seamos. Sin que se note.

La única identidad que me interesa es la de la belleza que he de enseñar a mi hija.

Hoy, hace dieciséis años, mientras buscaba alguna película para alquilar en el videoclub del barrio, el móvil empezó a sonar. Era mi madre, tenía que volver a casa enseguida: mi abuela estaba muerta en la cama. Salí corriendo. Al llegar a casa, encontré la puerta abierta, el buen vecino del piso de abajo en el umbral con cara de circunstancias. Se escuchaba a mi madre en el salón, llorando sin límite, como nunca he visto llorar a nadie. Se pasó un día entero llorando de esa manera. Mi abuela yacía en la cama, inerte, el cuerpo contorsionado, la cara una mueca retorcida por la agonía final, espero que corta.

Hoy, hace seis años, murió mi querido tío Antonio. Mis queridos viejos. Mis formidables viejos. Qué cruel fue la vida con ellos y, sin embargo, si me acuerdo de ellos, los recuerdo riendo.

España es un país cruel… 

Lo más coherente, entonces, señor Margarit, es que rechace el premio. Digo yo.

Pero no me haga mucho caso.

Es que hoy llegó el temporal a Lothlórien
y tengo el alma saturada de nieve.

EMPAPADO EN LEJÍA

El día que cumplí catorce años una banda estadounidense publicó su segundo disco. Nevermind, lo titularon.

El suicidio de Kurt Cobain ocurrió cuando yo encaraba la recta final de 3º de BUP, casi un año después de la muerte por sobredosis de mi padre. Su música no me había llamado especialmente la atención, entonces.

Fue el curso siguiente, en COU, cuando empecé a interesarme por Nirvana. Y el interés inicial fue literario, no musical. Leí o escuché en algún sitio que la música grunge venida de Seattle contenía letras existencialistas; y a mí el existencialismo me estaba resultando interesante desde la lectura del San Manuel Bueno, mártir, que era lectura obligatoria en la asignatura de Literatura. Así que le pedí a mi amigo Jesús que me pasase el Nevermind, a ver de qué iba aquéllo exactamente.

Y Jesús me pasó una cinta en la que estaban grabadas sólo las nueve primeras canciones del Nevermind. Hasta que me compré el CD años después con el disco completo, mi Nevermind siempre terminaba con el Lounge Act.

No puedo medir exactamente el impacto que produjo ese disco, toda la música de Nirvana, en aquel momento de mi vida. Es muy difícil encontrar las palabras para explicarlo.

Angustiado por la posibilidad cierta de que la existencia no tuviera ningún tipo de sentido, incapaz de ver más allá del absurdo evidente de todo, los versos de Cobain me permitían verbalizar mis pensamientos y sentimientos; y su música me permitía gritar. Y era tan necesario gritar… Era tan necesario sacar ese desquiciamiento de las entrañas y hacerlo de alguna forma estética, bella y apasionada, honesta y brutal.

Poder cantar esas canciones a voz en grito, poder exorcizar mis demonios en esas cotidianas catarsis ante el radiocasete, en la soledad de mi habitación, me proporcionaron una compañía que ningún ser humano a mi alrededor fue capaz de igualar.

Kurt Cobain, el joven genio suicida, fue uno de los músicos que me permitieron atravesar aquellos oscuros momentos de mi adolescencia en la compañía suficiente para poder alcanzar costas más seguras.

Me sigue emocionando cada vez que veo una actuación suya en YouTube, me sigue impactando su sucia pureza, su bello rostro de ángel caído, esa voz que parece salir de lo más profundo y verdadero del alma humana.

Esas palabras repletas de sentido en su aparente incoherencia. Esa agonía nacida de un enfrentamiento directo y descarnado con lo absurdo.

Versos que nunca han dejado de ser verdad, a través de todas mis metamorfosis. Que me recuerdan lo que está bien. Que me regalan vida, desde su origen suicida.

Ven como tú eres
lleno de barro
empapado en lejía…

EL CAMINO DEL HÉROE

Es de noche. El coche está parado, en medio de un aparcamiento casi vacío. Muy cerca de donde vivo ahora con Bea y mi hija.

-Es que yo deseo ser un héroe -le confieso a mi amigo, sentado a mi izquierda.

Él lo sabe. Y por eso me advierte del peligro de convertirme en carne de cañón de otros. De los dirigentes del partido político en el que militaba por aquel entonces, por ejemplo.

Creo que fue poco después de que me detuvieran en una manifestación. Quizá aún tuviera el ojo morado, tras recibir un porrazo por gritar, ya detenido, ¡Viva la lucha de la clase obrera!.

Me vienen a la cabeza estos recuerdos, mientras pienso en el artículo escrito por Leyre Iglesias. Que nos confirma, una vez más, que la violencia en Occidente no es causa directa de la exclusión social y la pobreza. Que puede surgir perfectamente en el seno de familias acomodadas. Que para comprender ciertos fenómenos es necesario atender a ciertos aspectos más profundos del alma humana.

En las escenas de combate nocturno que Cataluña nos está ofreciendo estos días yo contemplo una religiosidad desatada y desquiciada: cientos de jóvenes tratando de realizar sacrificios a sus dioses personales. Arriesgando la propia vida, la integridad de sus cuerpos, para cumplir con el sagrado éxtasis de ofrendarse a sí mismos a aquello que consideran más importante que sus propias existencias individuales. Éxtasis real como la adrenalina que se desata en tu cuerpo cuando esquivas el golpe de un policía, cuando soportas sin gemir sus intentos de producirte dolor. El éxtasis de desobedecer sus órdenes a pesar de las amenazas físicas ciertas.

Es el camino del héroe, arquetipo sobre el que tanto escribieron Jünger y Mishima. Que hace tan fácil entender que los hijos de padres perfectamente integrados en el sistema sean tan fácilmente atraídos por las promesas de épica y combate.

El acto estético definitivo: la entrega gratuita de la propia existencia a aquello que es principio y fin de nuestro mundo.

He ahí la estructura formal básica: vale lo mismo para el mártir cristiano y para el nacionalista catalán (o español o gallego o argentino o…).

Las diferencias, por lo tanto, estriban en los dioses adorados. Estamos, como siempre, ante una teomaquia. Un combate entre divinidades (las ideologías son meras creencias incapaces de aceptar su núcleo religioso).

Como los miembros de cualquier tribu prehistórica, que limitan el concepto de ser humano a los componentes de la propia tribu, los nacionalistas articulan la narrativa de sus existencias alrededor de los conceptos que estructuran su mundo; y su mundo, en este caso, se llama Cataluña. Más allá, sólo mora el caos.

Desde el punto de vista de un cristiano, en el que el mundo a tener en cuenta es el cosmos en su totalidad, la adoración de dios tan pequeño y limitado no puede ser considerada otra cosa que pura, simple e infantil idolatría.

Como ya comenté en una entrada anterior, llevo un tiempo reflexionando sobre el cambio que supone en la existencia humana el hecho de ser padre. El arquetipo del héroe parece tener una profunda conexión con la soltería y el celibato: entregado hasta la muerte a las exigencias de sus dioses, el héroe no puede estar limitado por otro tipo de responsabilidades o ataduras terrenas. Su vida ha de poder ser ofrendada en cualquier momento.

¿Por eso son solteros los nueve miembros de la Fellowship de Tolkien?

¿Por eso la princesa sólo se puede alcanzar tras matar al dragón?

La vida del héroe y la vida del padre parecen estar separadas por un abismo ontológico, aunque aparentemente se puedan presentar entremezcladas en la existencia de todo ser humano. Pero si el padre se ve obligado a marchar como soldado para defender a su patria, automáticamente ha de abandonar el hogar: son, pues, exigencias contradictorias, que sólo pueden ser resueltas en un plano metafísico, sacramental; en definitiva, misterioso.

Contradicciones capaces de agrietar incluso la unidad de Dios dentro de la teología católica, alejándola del monoteísmo reduccionista de judíos y musulmanes, haciendo necesaria la conceptualización de una diferencia entre dos planos: el del Padre y el del Hijo. El dador de vida y el que la entrega. Sellando ese abismo con un tercer elemento, misterioso, que mantiene la unidad divina a pesar de todo: el Espíritu Santo.

Siempre me ha dado mucho que pensar el final de El Señor de los Anillos. ¿Por qué se marcha Frodo, exactamente? ¿Por qué, como le dice Sam, no se queda a disfrutar de lo que su sacrificio ha logrado salvar?

Frodo parece sentir su existencia tras la derrota de Sauron como una anomalía. Se da una incomodidad metafísica en él, como si percibiese injusto e impío que él pudiese disfrutar de aquello que su entrega ha salvado: el héroe máximo no puede sobrevivir al sacrificio que ha reinstaurado el orden del universo. El auténtico héroe sabe que esas son las verdaderas reglas del juego humano.

Es como si Frodo se preguntase: ¿por qué pasa de mí este cáliz?

Es tras la derrota del dragón que la princesa puede ser desposada por el héroe. Que entonces deja de ser héroe, para ser rey. Patriarca.

Es tras la caída de Mordor que Aragorn se convierte en padre.

Como Sam.

Pero no es ése el camino del héroe máximo.

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Paseamos por el barrio. Yo voy delante, empujando el carro de la nena. Detrás de mí, Bea lleva de la mano a nuestra hija.

Pasamos al lado del aparcamiento, donde cada domingo hay mercado.

Mientras la nena se queda alucinada al descubrir un caracol, yo fijo la mirada en el centro de la explanada casi vacía, y recuerdo a aquel joven que yo era, confesándole a su amigo que deseaba ser un héroe.

LA NARANJA

¿Qué es la amistad?

Es éste uno de los conceptos que, según va transcurriendo la vida, más perplejidades me produce. Lo cual va acompañado por un creciente vacío alrededor, que no me provoca pena, exactamente, sino más bien extrañeza; precisamente por el hecho de no vivir esa ausencia de amistades con especial melancolía.

El año pasado, se hizo viral un tweet que a mí me parece uno de los chistes más serios de los que jamás haya tenido noticia; decía así: nadie habla del milagro de Jesús de llegar a la treintena teniendo doce amigos.

Parte de la gracia, creo, estriba en la verdad profunda que subyace a la broma: las amistades son fenómenos extraordinarios en la vida de una persona. Y son pocas las que aguantan el paso de los años. El problema no creo que sea sólo que los tiempos actuales hacen muy difíciles los encuentros en las grandes metrópolis contemporáneas, por citar uno de los tópicos del conservadurismo romántico.

Realmente creo que la amistad es un hecho raro. Difícil.

Que obligue a una especial atención por parte de uno, explica ya, en primer lugar, lo complicado que resulta mantener varias relaciones de este tipo, a la vez, durante un amplio período de tiempo. Pues uno no puede estar en varios sitios a la vez. A no ser que uno mantenga el mismo grupo de amigos durante buena parte de su vida, sin moverse demasiado lejos del lugar en el que se ha criado (eso que los vascos llaman la cuadrilla; o lo que se ve en la película Días de fútbol).

He de decir que hasta yo mantengo este tipo de relaciones con antiguos amigos de la infancia, de las que aún disfruto de vez en cuando y con los que sigo en contacto de forma más o menos regular, ayudado por las denostadas nuevas tecnologías (si no, ¿de qué?).

Pero creo que este tipo de relación, por muy bella y agradable que llegue a ser, no llena el sentido de lo que yo creo entender por amistad: esa especie de unión de almas que te hace desear compartir horas eternas de conversación con el otro, que te hace sentir una confianza plena en el otro. Que te hace creer que nunca serías capaz de traicionarle.

Mi compañera, hablando de esto, me dijo que tengo un concepto adolescente de la amistad. Y creo que hay algo de razón en ello. Cuando yo pienso en un grupo de amigos, creo que, sin darme cuenta, casi siempre estoy pensando en la Fellowship del Señor de los Anillos. Y un fellow no es exactamente un amigo; es, más bien, un camarada. Alguien con el que compartes algo más grande que ambos: compartes una misión. Compartes un sentido último que te obliga a correr riesgos, a salir a la aventura en su compañía.

Cuando Bea me dijo que mi concepto de amistad era adolescente, empecé a reflexionar; y dándole vueltas al asunto, me di cuenta de que los cuatro miembros de la Fellowship de Las Casas son solteros sin hijos. Y después me di cuenta de que los nueve personajes de la Fellowship de Tolkien son solteros sin hijos.

Y esto me dio aún más que pensar.

Una amistad auténtica es realmente absorbente; pero no tanto por ella misma, creo, sino por el contexto que necesita para que surja. Sí, me vuelvo a referir a esa misión u objetivo común que ha de dar sentido a las acciones de los amigos y que les hacen ser algo más que sus meras individualidades sumadas.

Cuando volví de lavar platos durante una semana en la residencia militar de Marsella, encontré a mis camaradas en Aubagne con la moral bastante baja. Los rostros mostraban cansancio, se había perdido el entusiasmo de los primeros días. Casi todos habíamos cogido un buen resfriado, que, en algunos casos, como el de un colombiano, le habían hecho llegar a tiritar de fiebre en su litera; pero ninguno había pedido ver a un médico o ni siquiera una pastilla, porque no queríamos mostrar la más mínima debilidad ante nuestros examinadores. Así que aguantamos nuestros malestares como pudimos.

Mientras charlábamos esperando a que nos comunicaran si continuábamos como aspirantes a Legionarios o nos enviaban para casa, un compañero extrajo de un bolsillo lo que había sacado de la cocina.

Una naranja.

Yo tengo cierto trauma infantil con la fruta y no he comido apenas en lo que llevo de vida. De hecho, nunca había comido un gajo de naranja. Hasta ese día.

Mi compañero empezó a pelar la naranja. Nos ofreció. La mayoría quisimos (nadie quería despreciar ese regalo de vitamina C). Éramos muchos. Iba a tocar a gajo por cabeza.

Y a gajo por cabeza fue la cosa. Un gajo para el rumano que hablaba un español perfecto porque había trabajado varios años en nuestro país. Otro gajo para el brasileño que se había criado en España. Varios más para los muchos colombianos que allí había.

Un gajo para mí. El único que he comido nunca.

Cada vez que intento darle vueltas al concepto de amistad, la imagen de aquella naranja compartida en silencio invade mi cabeza. El contexto nos había unido. El objetivo de ser Legionarios nos conglomeraba.

Cada vez que intento pensar el concepto de amistad, recuerdo las miradas que varios de ellos, elegidos para continuar el adiestramiento, nos dirigían a los que nos quedábamos de pie en el patio, rechazados por la Comisión. Eran miradas de auténtica tristeza.

Eran miradas bellas, que recuerdo con profundo cariño.

De la mayoría de ellos, no he sabido nada más. Por Facebook descubrí que el brasileño había conseguido ser paracaidista. Me alegré mucho.

Sin embargo, soy consciente de que otro tipo de relación sería difícil, lejos de la disciplina marcial de Aubagne. Lejos de la camaradería legionaria.

Pero no puedo evitar, cada vez que pienso en qué diablos es la amistad, recordar esa naranja compartida con mis camaradas.

En aquella lejana vida, de soltero sin hijos.

Y es que las aventuras son absorbentes. No se puede tener más de una a la vez.

DONDE EL LOGOS SE HACE CARNE

No recuerdo exactamente cuál era el título de aquella asignatura optativa. Sí recuerdo que Quintín solía hacer el chiste de que le ponía esos nombres a sus asignaturas para asustar a los alumnos y evitar que se apuntasen a sus clases. Es cierto que las clases de Quintín solían estar repletas de gente; y que Quintín nunca anduvo mal de ego, tampoco es falso. La asignatura que dedicaba a los filósofos del barroco europeo, por ejemplo, se llamaba Ontopraxeología, nada menos.

Me apunté a ambas en mi segundo año de carrera, que creo fue el último de Quintín Racionero como docente en la Universidad Complutense, antes de hacerse cargo definitivamente de la cátedra que había ganado en la UNED.

Me parece que el título era Genealogía de la Metafísica. Y básicamente era una historia de la filosofía griega que, combatiendo la típica interpretación, ya muy criticada, de aquélla como un progresivo paso del mythos al logos, trataba de hacerse cargo de todo el logos presente ya, por ejemplo, en la mitología griega.

Así que muchas de las clases consistían en Quintín contándonos un cuento. El cuento era siempre un mito griego. Y tras la narración, Quintín analizaba el contenido del relato y los conceptos que en él se exponían y articulaban.

Lo buen narrador que era Quintín es algo difícilmente describible con palabras. Un regalo del cielo, sin duda alguna.

El caso es que le pedí que fuera mi director de tesis. En segundo de carrera. Y él me aceptó, aunque mi idea de tema de investigación era bastante peregrina: quería hacer lo que él hacía con los mitos griegos, pero aplicándolo a los relatos de la mitología celta. Esperando probablemente que algún día me aburriría de tal tontería, me puso deberes, y me dijo que debería irme de Erasmus a Alemania y estudiar lógica de clases. Empecé a ir a clases de alemán en una academia para completar las muy limitadas que nos impartían en la carrera.

Pero el devenir de la vida me acabó alejando de Quintín. Y tras su marcha a la UNED, poco trato mantuvimos.

Ese interés primero por examinar mitos, lo recuerdo como algo semejante al niño que desmonta un reloj para intentar descubrir cómo funciona; con el resultado lógico y terrible de no descubrir casi nada sobre el funcionamiento de un reloj, que, mientras tanto, ha quedado roto en el proceso.

Aquel estudiante de filosofía se había presentado a un concurso literario de la Complutense con un relato de unas 50 páginas, El Picotazo, que dio a leer a su profesor Quintín Racionero. Creo que le gustó algo, aunque tampoco quedó fascinado, ni mucho menos. Básicamente, porque era bastante malo y pueril. Pero sí me dijo una cosa que, me parece, intentaba ser un halago: me había enfrentado cara a cara con el problema del nihilismo. Y eso le había gustado.

A mis compañeros de Facultad de aquel entonces les parecía un poco ridícula mi idea de tesis. No se lo puedo echar en cara. Al fin y al cabo, nos preparábamos para ser filósofos, no cuentistas.

Existiendo los lenguajes científicos y filosóficos, ¿para qué rebuscar en narraciones mitológicas? ¿Cuánto logos podía morar en un cuento? ¿Y de qué calidad? La mitología griega aún tenía un pase, era la antesala de la filosofía; pero, ¿la mitología celta?…

Había que estudiar las críticas kantianas y dejarse de tonterías. Y lo cierto es que me las leí. Y leer a Kant es la mejor forma de comprender ese sarampión que sacudió Europa durante el siglo XIX, llamado Romanticismo. Encerrados en un cielo abstracto, la elite europea corrió de forma enloquecida en dirección contraria. Reacción desquiciada e histérica a una situación desquiciada y delirante.

Pero también estaba leyendo a Platón y haciéndome cargo de la molesta reaparición en sus diálogos de los mitos, cada vez que las explicaciones de Sócrates no parecían llegar a ningún lado.

Había quiebras en la filosofía que sólo parecían atacables desde la narración.

Mientras tanto, yo seguía bebiéndome los clásicos de la literatura occidental, donde el logos se hacía carne. Donde se continuaba el trabajo de los redactores del canon bíblico. Donde seguía medrando el árbol de la sabiduría de Occidente, su tradición de sentido común.

Para finalmente llegar a la conclusión de que la filosofía es la hermana cobarde de la literatura. Un nihilismo no enfrentado; un miedo a fabular encastillado tras muros de palabras. Terror al error. A decir sí a algo. A perderse. A vivir.

Quizá, por encima de todo, miedo a encontrar.

¿Era eso lo que pulsaba en aquel adolescente ridículo que sólo quería estudiar filosofía para entender mejor cuentos muertos?

¿Es eso lo que nunca cambió? ¿Es eso lo que siempre he sido, a través de todos mis avatares: un detective de relatos?

Y… ¿es, acaso, la vida, otra cosa que un relato de detectives?

Salvajes, por supuesto. Pues no pueden decir que les gusta leer, porque leer es respirar.

Leer es rezar.

Y escribir es perseguir verdad. Su existencia es un éxodo sagrado en busca del Santo Grial, un cáliz tallado en piedra basta, alrededor del cual los narradores dan sentido a sacrificios ancestrales.

Los sacrificios que hacen posible el eterno retorno de lo divino entre los seres que han de morir.

Donde se escancia el vino que nos permite morar
con sosiego
en los acantilados a los que pertenecemos.

TELÉMACO

En la foto salimos desenfocados, augurio de confusión y errancia.

Éramos niños y éramos como niños. Nos sabíamos predestinados, concebidos en la mente de Dios, ya desde la eternidad, hasta siempre. El uno para el otro.

No había dudas. Hasta que las hubo. Y fuimos expulsados (primera vez, de tantas) del Paraíso.

Nos reencontramos, muchas vidas después, en la cueva de nuestros fracasos. Alimañas apenas, desfigurados por las cicatrices.

Y desde el delirio de nuestras soledades nos aventuramos en los terrenos de la locura, persiguiendo una estrella desquiciada, eco cacofónico de nuestros dioses infantiles.

Y bajo la estrella encontramos un portal precioso e inmerecido. Decidimos refugiarnos allí. Y que fuera lo que Dios quisiera.

Y mil veces pienso, mientras la observo abrazada a nuestra hija, ¿y si aquel niño desenfocado hubiese sabido amar como un hombre? ¿Y si el hombre naciente hubiese sabido seguir creyendo como el niño moribundo?

Porque sigo creyendo, a pesar de la suciedad cometida, en morir a su lado. En que se muera a mi lado. En que seamos una sagrada familia. Para los nuestros. Para los que nos trajeron. Para la que trajimos. Para los que, Dios mediante, traigamos. Para siempre.

En embellecer nuestro pequeño portal, donde la estrella parece menos desquiciada, incipiente armonía reverberando desde nuestros dioses infantiles.

Para que esto se esté dando así, de esta manera, entonces… ¿fue todo necesario?

¿Realmente hacían falta nuestras odiseas?

Y lo más importante:
¿eres tú, Telémaco,
por fin?

WICKE

Lo conocí a los doce años. Es decir, hace unos treinta.

Hoy, como ayer, hemos estudiado juntos en la sala de lectura del centro cultural. Él prepara las oposiciones para bibliotecas; yo, para los Cuerpos Generales de Justicia.

Es uno de esos amigos ante los que no puedes inventarte ser algo que no eres, porque te ha visto en tus peores momentos. A pesar de ello, me quiere y me aprecia. A Dios gracias.

En cierta ocasión, me salvó de que me cayese la paliza de mi vida; aunque, seguramente, me la merecía.

Nos hemos visto mutuamente en carne viva, por dolores diversos (típicos de cualquier existencia humana).

Hoy, como ayer, hemos salido a descansar un rato del estudio, en compañía de un par de cafés de máquina (y un cigarro, que se ha fumado él).

-Por cierto, hace tiempo que te lo quería decir; ¿estás escribiendo algo, que ibas colgando en el blog? Una historia, como que ibas poniendo capítulos…

-Sí, así en plan apocalíptico… -le digo, esbozando media sonrisa.

-Es que me leí unos cuantos, del tirón, y me estaba gustando mucho… Me mola así el rollo apocalíptico. Y no sé, quería saber si había algo más.

Mi sonrisa se amplía.

-Sí, 129 páginas. Lo tengo parado ahora, pero me gustaría continuar cuando pase esto… Las Casas se llama.

-Sí, Las Casas. ¿Me lo puedes enviar?

-Sí, claro. Le quito los resúmenes, esquemas y apuntes para futuros capítulos y te lo envío.

Se acaban el cigarro y los cafés. Regresamos al estudio.

Y mi espíritu aún sigue sonriendo agradecido, mientras escribo esta entrada.

EL MONSTRUO DE LA CUEVA

El niño asomó la cabeza. Al parecer, en aquel local en reformas, que aspiraba a convertirse en pub, estaba su padre. Con el que nunca había hablado.

El niño intentó ver o escuchar algo, pero nada parecía acontecer en aquel interior oscuro. Su corazón palpitaba acelerado, como si se encontrara a la entrada de una cueva donde morase un monstruo mitológico. Un dragón o un minotauro.

Le acompañaba Richi, su amigo. Quien, de repente, a modo de broma, empezó a gritar el nombre del niño, para anunciar su presencia a la entrada de aquella cueva.

El niño salió corriendo, diciéndole a Richi que se callara, entre risas nerviosas.

Nada salió de la cueva.

Y el niño no volvió.

El monstruo se había escondido en aquella cueva huyendo de una casa que había confundido con una prisión. Y en su huida fue arrastrando, al interior de aquella cueva oscura, a todos los que le querían.

Cuando, mucho tiempo después, quiso salir al mundo, la luz del sol le cegó. Y, presa de la desesperación, se precipitó por el acantilado que se encontraba a escasos metros de la cueva.

Así supo el niño de la existencia de aquel acantilado.

Y de aquella cueva.

Y agarrando de la mano a su hija, que caminaba ya en su alma, rogó a Dios que le mantuviese alejado, por toda la eternidad, de aquel lugar.

EL SOSIEGO ACANTILADO EN YOUTUBE

Aún no tengo demasiado claro qué voy a hacer con él, pero el caso es que he abierto un canal en YouTube de El Sosiego Acantilado. Y acabo de colgar mi primer vídeo, de la visita a las Médulas que hice con mi familia el verano pasado (podéis oír a mi madre de fondo, mientras se ocupa de Ana Ofelia).

Quizá sea eso lo único que haga en el canal: colgar vídeos de lugares que me resultan especialmente bellos. O importantes.

Pero tengo otras ideas en la cabeza. Que no sé si llegarán a ser. Entrevistas, por ejemplo. O charlas de taberna (en casa) con amigos de toda la vida; o de no tanta vida, pero sí buenos amigos.

En fin, ya veremos. En cualquier caso, no será pronto. Porque las oposiciones me van a tener liado, como mínimo, hasta febrero-marzo del año que viene.

Luego, Dios dirá.

LAS FELICIDADES

La felicidad se dice de muchas maneras. Y por ello es necesario matizar.

Me referiré a dos tipos de felicidad, aunque es probable que haya más. Un ejemplo del primer tipo me vino a la memoria tras sentir hace unos días una felicidad del segundo tipo; porque la peculiaridad de éste me hizo presente la extrema diferencia con respecto a aquél. Hasta el punto de resultar extraño dar un mismo nombre a ambos hechos.

Mi recuerdo me devolvió a los veinte años, sentado en los sillones de la sala Morocco. A mi lado está uno de mis mejores amigos, o quizá dos. Descansamos un momento, agotados. Delante de nosotros, a pocos metros, sigue bailando en completo estado de alegría el resto de nuestra gente; entre ellos, mi novia de aquel entonces, que ríe luminosa mientras comenta algo con una de mis mejores amigas.

No sé si les digo algo a los que están a mi lado. O simplemente nos miramos. Y lo sabemos. Todo es perfecto. La eternidad es esto.

Así se sienten los dioses.

El segundo tipo de felicidad lo sentí, como ya he dicho, hace unos días. Sentado junto a Bea y mi hija en el sofá de nuestra pequeña casa, tuve la repentina necesidad de abrazarlas a ambas a la vez. Todo parecía perfecto, como hace veinte años; pero, al mismo tiempo, o quizá justo después de esa sensación de plenitud, inmediatamente me vi angustiado por la fragilidad de todo aquello, por la extrema debilidad de aquella belleza, por la fugacidad de aquel momento, tan precioso, pero de eternidad tan exigua. Una felicidad preñada de miedo e impotencia.

Así no se sienten los dioses.

Así se sienten los mortales.

Y lloré, feliz y aterrado.

Agradecido y minúsculo.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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A Día de Hoy

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