El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

EL MUNDO EN UNA PINCELADA

Fue el atisbo de una ilusión, pero bastó para hacer rebosar el pozo. Por unos días. En los que escribir bello estaba siempre a la mano.

No llegaba a ser un sentimiento, quizá apenas una premonición anhelante. Pero fue suficiente un destello mínimo para cimentar un futuro de sucesos.

Como me explicó la pintora que me amó, el ojo construye el mundo con recursos escasos.

Fíjate en el cuello de su blusa; donde parece haber un sinfín de matices y detalles, hay apenas una pincelada blanca.

Yo acerqué la imagen que había visto mil veces y por primera vez contemplé lo simple invisible que siempre había estado ahí.

Pues así también trabajan el deseo y la esperanza. Y de un pálpito irregular brota un amor eterno.

EN EL PARQUE

Laia tiene un lindo pelo rubio, casi blanco, y se mueve con la torpeza propia de una nena de dos años.

Se quería montar en el balancín con Ofe, pero hoy mi hija no tiene el día muy sociable.

Un hombre se acerca al parque.

-Mira quién viene ahí, Laia -dice su madre-. Es papá.

Ya en el tono se advierte algo. Y la forma en que el hombre abraza a su hija, demorándose en el tiempo perdido, confirma la narrativa de fondo.

Ese tipo de abrazos me suenan.

Nosotros seguimos a lo nuestro, tratando de que Ofe haga equilibrios sobre la barra del balancín sin romperse la crisma. Pero estamos demasiado cerca.

…creo que, a partir de ahora, podré venir todos los fines de semana…

Las frases son dichas con extremo cuidado. Hay pausas profundas entre ellas. Por ambas partes. Como si caminasen a ciegas entre minas nucleares. Nadie quiere volver a sentir ese tipo de explosiones. Y menos aún en un parque público. E infantil.

Ella le explica algunas cosas, como la forma en que suele darse cuenta de que la nena tiene ganas de hacer caca.

Ofe y yo nos alejamos, lentamente, camino ya de casa.

La mamá de Laia nos adelanta. Camina sola. Se da la vuelta y nos dice adiós.

-Adiós -dice Ofe, moviendo la manita.

Nos sonríe. Continúa andando.

Sola.

EL CUERPO COBARDE

Tratemos de examinar ese sentimiento.

Existía la posibilidad de un café con una compañera de trabajo. Posibilidad seria. Quizá aún.

Pero entonces mi imaginación empezó a girar con velocidad creciente, construyendo de forma delirante, en forma de escenas dramatizadas, posibles consecuencias de aquel encuentro inicial.

Eran imágenes que reflejaban el progresivo construirse de una relación entre hombre y mujer: la primera cita, el primer beso… todas las primeras cosas.

Y entonces empecé a notar cómo se disparaba la ansiedad. Traté de detener mi imaginación desatada, pero me veía impotente para controlarla. Lo cual incrementaba aún más la angustia.

Me vi rogándole a Dios que aquel café no se materializase nunca.

Y entonces comprendí la profundidad de mis heridas. Mi alma estaba agotada, mucho más de lo que jamás hubiese pensado.

Mi cuerpo era el de un cobarde.

No estoy acostumbrado. Pero parecía evidente que debía alejarme un poco del abismo. La brisa del cantil podría derribarme.

Y, sin embargo, días después, me descubrí queriendo pasear junto a otra conversación. ¿Qué había en ésta, que ya no asustaba, que le devolvió el arrojo a mis entrañas?

No tengo la más mínima idea. Siempre ha sido difícil poner orden en el patio de mi casa. Quizá tengan más que ver los demonios que los ángeles.

Aunque hay cierta pureza ingenua que atrae de forma trágica, como la mariposa nocturna que muere electrocutada en las bellas luces engañosas de la noche.

Hablo con Dios y le pido que no me maree demasiado. Aunque sé que no me va a hacer ni puto caso.

Así que me preparo y dispongo, otra vez, para amar. Para sufrir.

En mi áspero y hermoso acantilado.

ODA VENÉREA

Ayúdame, diosa, a cantar el sacrificio que me exigiste la primera vez que fui tuyo.

Era yo el entrenador, líder, de todos mis amigos, en el equipo del Club, del Barrio.

Los entrenaba como a espartanos, siendo yo el primero en el esfuerzo, y nuestros gritos de ánimo y combate se hacían famosos en las noches de invierno.

Aquel equipo extraordinario ganaba todos los partidos; y, entre todos, era el mejor del equipo aquel delantero, aquel amigo con el que tantas veces yo había reído y celebrado.

Se había emparejado él en aquellos días con la primera niña que me entró por los ojos al llegar a Madrid, sí, niño gallego recién llegado. Con ella, el pobre, se había emparejado.

Pero ella y el gallego tenían un destino marcado, que les acercaba y alejaba en el curso de los años juveniles, para entregarse, final y mutuamente, las flores nunca deshojadas.

Y la diosa había pedido a su esposo, el cojitranco herrero, que modelase a aquella muchacha con las líneas del deseo y las formas del placer.

¡Di, diosa, qué exigiste al joven mortal para gozar de aquella doncella!

Qué son para ti esos niños que corren tras una pelota
qué son para ti sus juegos de guerra impostada.
Qué es para ti tanta niñería, cuando puedes tenerla a ella
anhelante en tu cama.

Renuncia al cetro
a su respeto
a su amistad
para beber de este cuenco.

Acepté y bebí, oh sí, hasta que las heces descendieron amargas por mi garganta.

Al día siguiente, en el entrenamiento, no me hablaba ninguno de mis amigos, no me era ya leal ninguno de mis soldados.

Abandoné su liderazgo. Y, sin mí, ganaron.
Abandoné su amistad por la soledad de tu frenesí.

¡Canta, diosa, lo que por ti yo he entregado!

¡Y que mil veces más lo hubiese hecho
por ofrendar mi alma a tu derecho!

Y
¿cómo llamarme nihilista
si tú
diosa
nunca me has sido indiferente?

Tu eterno creyente
no hay hombre al que no sea capaz de traicionar
por un beso tuyo en mi frente.

ECLIPSE PARCIAL

La conocí en un ALSA, Galicia-Madrid. Siempre he tenido muy mala suerte con mis compañeros de viaje. Aquel día no.

Estudiaba Biología y tenía una hermana gemela. Y un primo suyo en Madrid en el mismo barrio de un primo mío.

Ocho horas de viaje. Ocho horas de conversación entretenida. Me contó que tenía novio. A mí no me importaba. Intercambiamos teléfonos y la cosa quedó ahí.

Nos reencontramos en una de esas épocas en que yo dejo sueltos mis demonios, para que les dé el aire. Ella seguía con novio. A mí me importaba aún menos.

Paseamos por Bravo Murillo y tomamos café en un bar, donde me encontré con mi mejor profesor del instituto. El de Historia. Me acerqué a su mesa, le saludé, le dije quién era yo y, delante de su acompañante, le di las gracias por haber sido tan buen profesor.

Le alegré la noche al hombre.

Sigue siendo una de las mejores cosas que he hecho en mi vida.

El caso es que volvimos a la calle, ella y yo, a pasear. Y llegamos hasta su portal, que parecía punto final. Pero no.

Ella seguía con novio, pero se le había olvidado un poco. Lo justo para decirme que las cosas no iban bien entre ellos.

Como todos sabéis, ese tipo de confesiones suele ser preámbulo de adulterio e invitación a la complicidad.

Así que me dijo si quería subir a su casa.

Y yo, que tenía a los demonios de paseo, me dejé hacer. Me dijo que en aquella habitación dormía ya su gemela, que no hiciese mucho ruido; yo, que llevaba los demonios sueltos, miré hacia aquel cuarto con la imaginación encendida.

El caso es que me dijo que me sentase a su lado, en el sofá. Seguía teniendo novio, pero ya no le importaba a nadie.

Y por alguna extraña razón, mis demonios se despistaron, y decidí que aquel sexo no me apetecía.

Quizá porque veía una extraña necesidad en ella de demostrarse a sí misma lo zorra que podía llegar a ser.

Para su disgusto, me largué.

Cinco minutos después, ya en la calle, mis demonios volvieron a la carrera para preguntarme si estaba gilipollas. Así que la llamé.

Pero a ella se le había pasado la debilidad momentánea; y supongo que un mínimo orgullo de mujer rechazada cuando ya estaba dispuesta a pecar, me cerró para siempre las puertas de aquel portal.

El siguiente encuentro, un año más tarde, fue en el aeropuerto de La Coruña.

Había eclipse de sol. Ella hizo un comentario sobre el hecho de que antes nos encontrábamos en estaciones de autobuses y ahora en aeropuertos. Parecía que la vida nos iba bien.

No le hice mucho caso. Me senté en una mesa a escribir y a mirar el eclipse.

No era total.

Astros desacompasados, como nuestras caídas aquella noche.

A FELICIDADE É UNHA BOLBORETA

Mi tía Marisa hacía las tareas de la casa, allí en la Seaña (allí, en la Ría), y yo le hacía compañía, mientras conversábamos, y ella dijo aquello -¿por qué hay cosas que se incrustan así en la memoria y se nos agarran para el resto de nuestra vida?-:

-La felicidad no existe. Existen momentos felices…

Me puse la canción y pensé que le pegaba al vagón de metro, a la calma en la que todos esos viajeros subterráneos coexistían. La música se ajustó al curso de la vida, como sábana bajera a colchón.

Y la sensación de armonía se me agarró al cuerpo, salió al mismo tiempo del vagón, subió conmigo las escaleras mecánicas. Aquella música en mí. Emergí de la estación y el día seguía construido sobre esa bella luz de invierno madrileño, bajo ese azul intenso del que sólo esta ciudad parece gozar.

Me acercaba sin prisa al colegio de la nena, encarnándome pleno en el paseo. Como si aquel andar fuese lo que el orden del universo exigía en aquel preciso instante, como si cualquier otra acción por mi parte pudiese desatar cataclismos capaces de destruir galaxias enteras.

Pero nada semejante podía ocurrir, porque ni siquiera se me planteaba tal opción. Porque aquella sensación que se había apoderado de mí me había hecho ciego a cualquier otra cosa que no fuese caminar lentamente hacia el colegio de mi hija, dejándome mimar por el sol, observando la -otros días invisible- belleza de los edificios y de las calles.

Y aquella sensación se iba agarrando al centro de mi pecho, apretándolo. Y de esa presión mis ojos no conseguían escapar sin humedecerse.

Y comprendí que estaba viviendo uno de esos momentos felices.

En los actos más humildes y rutinarios, estimulado por esa canción que había acompañado de repente de forma tan perfecta el transcurrir de mi día, yo estaba siendo feliz.

Sin comprender por qué recibía ese regalo, por qué todo estaba bien en esta cotidianidad tan simple e incompleta, mi alma seguía paseando ligera, en círculos, como si sólo necesitase andar, sin que importase ya realmente llegar a ningún lugar.

Y cuando ya la sensación comenzaba a desvanecerse y abandonarme, la encontré a ella, perfectamente acurrucada en su morir.

Con un ojo ya ciego mirando cara a cara mi ser.

Le hice una foto y la tuiteé. Y continué caminando hacia el colegio de mi hija.

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(Gracias a Hispana por darme a conocer la canción que ha provocado todo esto)

ANTIDISTURBIOS

El 19 de febrero de 1994 recibí mi primera carga policial, en el tercer anfiteatro del estadio Santiago Bernabéu.

Por entonces, era entrenador del Real Madrid Benito Floro, que obligaba a sus jugadores a volver a calentar tras el partido, con el objeto de evitar lesiones. Así que el equipo había vuelto al campo, a dar unas vueltas de carrera suave.

En el estadio, ya vacío, sólo quedaba el Frente Atlético esperando a que le diesen permiso para abandonar las instalaciones. Aburridos de esperar, algunos aficionados empezaron a tirar pelotitas de papel de aluminio a los jugadores del Real Madrid. Desde el tercer anfiteatro. Ninguna alcanzó su objetivo, evidentemente; pero el mando de la policía decidió que aquello tenía que parar. Así que dio a sus hombres la orden de cargar, los cuales sólo se detuvieron cuando ya varios hinchas corrían serio riesgo de acabar en el anfiteatro inferior.

Justo cuando ya me tocaba recibir mi primer porrazo.

No mucho después, viví mi primera carga como manifestante estudiantil. Aprendí a cubrirme la nuca, mientras corría Gran Vía abajo, buscando refugio en la Plaza de España de las pelotas de goma que rebotaban a nuestro alrededor.

Mis años de universidad están repletos de recuerdos de ese tipo.

Una manifestación ilegal que pretendía salir de la plaza de Chueca y que enseguida estalló en una lluvia de botellas sobre la policía, que pintaron de verde el cielo de aquella tarde. Míguel y yo uniéndonos a un grupo de gente que movían a pulso un coche para hacer una barricada.

Nos tuvieron toda la tarde corriendo. Mientras descansábamos en un banco cerca de Cibeles, pensando que todo había acabado ya, vimos cómo un grupo de furgonetas de la policía bajaba por Gran Vía. Éramos cuatro gatos agotados y no pensamos que pudiéramos ser su objetivo.

Lo éramos. Así que, cuando vimos que saltaban de las furgonetas y se lanzaban hacia nosotros, volvimos a salir corriendo; mientras Félix, que había decidido tomarse un tripi justo antes de empezar la manifestación, rogaba, nuevamente a la carrera, que le dejasen en paz de una santa vez.

Recuerdo a otro grupo de policías haciendo la tortuga para protegerse de una lluvia de cascotes, en medio de la furia del combate, delante del Ministerio de Educación; y uno de ellos caer redondo al suelo, al impactar un ladrillo contra su casco.

Recuerdo mi mano agarrada nuevamente a la mano de la mujer que había amado durante el último año, recién terminada la relación, para formar una línea de seguridad entre estudiantes y un grupo de antidisturbios que pretendían situarse justo en medio de la manifestación.

Y recuerdo, detenido en el interior de aquella furgoneta, mientras sangraba la cabeza de Martín a mi lado, la llamada que recibió uno de los antidisturbios.

No, no creo que llegue a comer, aquí tenemos lío para rato…

Aquella conversación telefónica situó mi épica juvenil a su auténtica escala de banalidad: más que un héroe proletario, era un mero estorbo en la vida familiar de aquel funcionario. Mi máximo logro ese día fue impedir que aquel hombre llegase a tiempo a la comida dominical.

Durante las protestas universitarias en las que se fue forjando la futura militancia de Podemos, yo me reencontré con un antiguo amigo de la infancia, de los maravillosos veranos en el Club de Suboficiales de la Armada. Me alegré mucho de verle y estuvimos hablando un rato. Le pregunté qué hacía por la Complu. Me mintió.

Pero no tardó en confesarme que era policía nacional y que estaba de paisano, vigilando las concentraciones estudiantiles. En las que él sabía que yo participaba.

No sé por qué me dijo la verdad. No era necesario. Podía suponer incluso un problema para él, dependiendo de mi reacción.

Confió en mí. Por nuestra infancia común, supongo.

Nos volvimos a encontrar un par de veces más, tiempo después. Él ya vestido de policía, yo manifestándome.

No nos dirigimos la palabra. Simplemente, nos miramos, sonreímos, y nos saludamos discretamente.

Y por alguna razón, esa clandestina camaradería, enraizada en una hermosa juventud junto a una piscina, es uno de los mejores recuerdos que conservo de aquellos días de batallas callejeras.

Como una pequeña pero robusta verdad, brotando entre un amasijo de pasiones intrascendentes.

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Fotografía de Miguel Ángel Gutiérrez.

TODO SOBRE MI PADRE

El miércoles 12 de mayo de 1999 quedé con ella en un bar cerca del ambulatorio al que solía ir de niño, cuando aún vivía en Ferrol.

En la Plaza de España. Aún bajo la atenta mirada de la estatua del Generalísimo.

Ella iba a ser mi puerta de entrada al Bloque Nacionalista Gallego.

Como les ocurría a todas las personas que habían conocido a mi padre, noté la turbación profunda cuando me vio por primera vez.

Pues el parecido es angustiante.

Mi parecido con un muerto.

Teniendo en cuenta que sus cuatro abuelos fueron yonquis, la cosa no ha ido nada mal…

La frase es de mi hermana, hablando de su hija. Mi sobrina.

Ambos hemos cambiado el orden de nuestros apellidos. Aunque sus recuerdos eran mejores que los míos. Más que nada, porque ella los tiene. Gracias a ellos, he llegado a saber que mi padre hablaba mucho de mí.

Poco después de hacernos saber que quería volver a tener contacto conmigo, apareció muerto en el suelo de la cocina de su madre. Con una jeringuilla clavada en el brazo. 

Así lo encontró mi abuela cuando llegó a casa de trabajar.

…aquella mujer iba a ser mi puerta de entrada al Bloque Nacionalista Gallego.

Años después supe -me lo contó mi padrino, hermano de mi padre- que aquella mujer, que ese miércoles 12 de mayo de 1999 me trajo como regalo un Sempre en Galiza, había dado trabajo a mi padre en sus invernaderos para que pudiera salir adelante durante una de sus múltiples malas rachas.

De hecho, fue su marido el que le dio trabajo a mi padre.

Mi padre se lo agradeció follándose a su mujer en sus invernaderos.

Aquella mujer, puerta de entrada al Bloque Nacionalista Gallego, que aquel miércoles 12 de mayo me quiso regalar un Sempre en Galiza.

Otra de las muchas mujeres que amaron hasta la locura a mi padre.

La noche del día que mi madre me dijo que mi padre había muerto, lloré en mi cama.

Nunca más.

A MI ESPOSA

Mi relación más duradera. Probablemente porque, más que amarla a ella, durante todos aquellos años de quien realmente me enamoré fue de Dios.

Así que me tomé su amor adolescente como una misión. Decidí ser eso que ella más deseaba: el hombre de su vida.

Aunque son innegables todos los placeres que me llegó a proporcionar. Elevando la mera carne a planos que yo no había conocido antes. Podía hacer contener el aliento a una Taberna vociferante explicando la verdad en Yukio Mishima. Podía pintar la melancólica belleza de la muerte.

Y podía hacerme enloquecer con los trucos de su boca.

En su furioso amor juvenil, me pidió que la preñase. Años después, la paternidad nos separó. Y por separado hemos sido padres ambos, aún casados a los ojos de Dios.

El matrimonio es un misterio sagrado.

Me planteé la nulidad, pero sería forzar el espíritu de la ley. Mis promesas fueron sinceras, en su momento. Simplemente, dejé de estar a la altura de las mismas; pero la responsabilidad es mía, no de Dios o su Iglesia.

Así que me limito a pedir al Señor que proteja a su hijo, a ella y al hombre que finalmente la preñó.

Ella me dio tanto, que hasta me regaló la inspiración que dio nombre a este blog, a través de uno de sus dibujos.

Y la fotografía de unas vacas acantiladas junto a la Garita de Herbeira son constante recuerdo de aquel regalo. Y de nuestro amor.

Hasta que la muerte nos separe.

UN AÑO DE AMOR

Nunca he amado con la pasión con que la amé a ella.

(¿Se vuelve a amar alguna vez como se ama a los veinte años?)

Recuerdo mi desesperación ante el estorbo que un amigo había supuesto al encontrarme con ella en el autobús.

Recuerdo el efecto de su mano apoyada sobre mi rodilla, mientras le enseñaba mi colección de cómics de la Marvel.

Recuerdo mi carrera por la Facultad de Filosofía, en busca de un amigo al que contar que ella me acababa de besar por primera vez. Ella allí sentada, en aquel alféizar entre aulas, balcón de mis deseos.

Pensar que ella me amaba era lo más insólito en la historia del universo. Su belleza inalcanzable se me entregaba como el más inmerecido de los regalos. En su deseada boca, incomprensiblemente, yo era el invitado de honor.

Cuatro meses más tarde, al comprobar que disfrutaba de mi soledad paseando por la Gran Vía, empecé a sospechar que aquel amor eterno se acababa.

¿Cómo es posible que un amor así se acabe?

Todo tan agarrado a las entrañas. El final me tuvo un mes sin apenas comer.

Tan apasionado y tan joven… Sentir deseo por otra mujer me provocaba un dolor insoportable. No quería que nada manchase ese amor tan puro.

¿Cómo es posible que un amor así no te haga puro?

Pero deseaba a otras y yo no entendía nada. Una educación escasa y superficial, sin duda. Excesivamente romántica.

Tan joven e ignorante…

Por primera vez, también, los acantilados surgieron como refugio posible a todos mis pesares; como lugar de reposo y renacimiento. Comienzo de confusión que dio pie a una incipiente idolatría.

Y aprender, bien joven, que el tiempo todo lo cura.

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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