El sosiego acantilado

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Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

MIRANDO AL MAR

No soy mucho de bizcochos, pero los del Petit me parecen riquísimos. Son caseros, y Jose, siguiendo la tradición ponferradina, te pone un trozo con cada café que pides.

El Petit Café Bar ayuda mucho a que me sienta como en casa. Me gusta subir a la planta superior y ponerme a escribir, como hago en estos precisos momentos.

También me agrada el tipo de música que se escucha, bastante variada. Hace un rato sonaba un popurrí de canciones típicas de la España de los sesenta. En determinado momento, he escuchado a Jorge Sepúlveda empezar a cantar bajo el palio de la luz crepuscular

Me ha temblado el alma, como siempre que escucho esta canción.

Ya os he hablado de mi abuelo paterno, el redero José Bastida. Os he hablado también de las largas temporadas que pasaba embarcado. No era raro que le tocase estar en medio del océano cuando su mujer, mi abuela Pacucha, estaba de cumpleaños. Así que se ponía en contacto con una cadena de radio española, para que a determinada hora del día del cumpleaños de mi abuela sonase para ella Mirando al mar.

Hace unos años, con ayuda de la Vane, grabamos una felicitación para mi abuela en la que fingíamos que habíamos llamado a una radio pidiendo la canción por su cumpleaños. Después le reproduje el falso programa en casa, como si fuera en directo. Es uno de los recuerdos más felices que me han quedado de ella.

Mi abuela Pacucha, una de esas viudas de vivos capaz de mantener la risa aunque la vida se empeñase en tragedias constantes.

Lo que antes era reciedumbre cotidiana, se ha convertido en ideal casi inalcanzable de aguante existencial. Que cada cual saque sus propias conclusiones de por qué ha ocurrido tal cosa.

INOCENTADA

Vuelvo a trabajar de agente judicial.

En esta ocasión, mi función es la de archivero. Saca expediente, mete expediente. Del juzgado 1, del juzgado 8. Civil, Penal, Social. Trámite, ejecución, faltas, previas, leves.

También nos tenemos que hacer cargo de las piezas de convicción, que es la forma rebuscada que el lenguaje jurídico de este país usa para referirse a las pruebas de toda la vida.

Cuando Antonio y yo hemos vuelto a nuestra oficina tras buscar algo que hacer, tema complicado en estos aburridos días navideños, hemos descubierto que el trabajo había venido a buscarnos a nosotros en nuestra ausencia. En la mesa de Antonio alguien había dejado una pieza de convicción. Los papeles del oficio estaban grapados a una bolsa de plástico transparente.

Los músculos de mi cara se tensaron.

Le hice un comentario a Antonio, que se confirmó al leer la palabra escrita en la hoja del atestado: fallecimiento.

Un breve silencio brotó mientras contemplábamos el interior de la bolsa de plástico.

Antonio dijo algo sobre las manchas encarnadas que ensuciaban parte de la gruesa cuerda, en las que yo ya me había fijado.

Aquel enser blanco disponía un mundo negro a su alrededor.

Hicimos nuestro trabajo. Metimos la bolsa con la soga en una caja, cerramos la caja con cinta, pegamos los datos identificadores de la pieza en el exterior de la caja. Como Antonio tenía prisa, le dije que se fuese, que ya me encargaba yo de bajarla al archivo de piezas.

El archivo de piezas está dos pisos por debajo de la planta baja, en la parte nueva del edificio. Como nadie pensó en la cercanía del cauce del río Sil, hubo que instalar tiempo después de terminada la reforma una bomba para drenar constantemente esa parte de los sótanos. El frío y la humedad son intensos allí.

El archivo de las piezas queda al final del pasillo, a la izquierda. Deposité la caja en su balda correspondiente.

Con excesivo respeto, quizá. Como si quisiese trocar en rito mortuorio aquel mero acto administrativo.

Como si fuese un enterrador en el quinto acto de Hamlet.

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EL CATÓLICO MONSTRUOSO

 

Yo
rey de las quimeras
amo
la paz de las chimeneas
la furia de las espadas
todo el dolor que nos ha traído hasta aquí
la mujer con la que peco
y el Dios que me prohíbe comulgar.

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ÍNTIMO Y METAFÍSICO ANHELO DE PATRIARCADO

He wanted to lose the madness over the mountains, he said, and begin again…

De vuelta en la pensión, me pongo Legends of the Fall en el portátil por enésima vez, para ir esperando el sueño.

El coronel Ludlow siempre me ha parecido un ejemplo casi perfecto de reaccionario. Pero el auténtico protagonista de la película no es él, ni ninguno de sus tres hijos. Es la historia de una casa, de una de esas casas de nacer de vivir de morir.

En mis 39 años de vida, he pasado ya por siete soluciones habitacionales, más o menos el mismo número que ha gastado mi madre. Mis raíces se agitan inquietas según sopla el viento. Como mi limonero, la tierra más estable que he conocido es la de una pequeña maceta, siempre dispuesta a seguir dando tumbos por el mundo.

Pero he conocido ese tipo de casas orgánicas que van creciendo y transformándose según las necesidades de la familia que las habita. He ahí mi íntimo anhelo de patriarcado. Echar raíces en una tierra a la que mi sangre mire con amor así pasen los siglos, como castillo templario contemplando cada invierno las nieves de los montes Aquilanos.

Como no le queda más remedio que acabar entendiendo al coronel Ludlow, la esencia del patriarca no es la de imponer caminos a sus vástagos, sino construir un hogar al que poder regresar cada vez que la vida les demuestre por qué es un valle de lágrimas.

La película es, por lo tanto, una sucesión de tristes despedidas y alegres regresos, a modo de variaciones sobre el eterno tema de la parábola del Hijo Pródigo. Esa casa paterna de la que tantas veces renegamos y a la que siempre acabamos deseando regresar.

Esa casa en la que la pequeña luz de una vela marca la presencia de un Padre y un Hijo elevados a la categoría de Dios.

He ahí mi anhelo metafísico de patriarcado.

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EL ESCRITOR DE PENSILVANIA

La primera vez que le vi, se sacaba unos trocitos de papel y un boli de uno de los bolsillos del chubasquero de camuflaje. Se juntaba con Denman (con el que compartía nacionalidad estadounidense) y con Larsson, el sueco con varias causas pendientes en su país por pelearse con la policía.

Mientras ponía orden en sus mini apuntes, hizo un comentario sobre el libro que estaba escribiendo. Evidentemente, me sentí interesado.

-¿Estás escribiendo un libro?

-Sí -dijo sonriente-. Un diario sobre mi experiencia en la Legión Extranjera.

Era de algún lugar de Pensilvania; Pittsburgh, creo. No sé si esa misma noche o al día siguiente, se convirtió en gracioso protagonista durante el castigo a los rusos.

Los rouge rusos (lo cual incluye a todos los eslavos que entendían el idioma), habían organizado una mafia en las duchas para permitir a sus hermanos eslavos más tiempo debajo del agua, limitando el de todos los demás. Un caporal chef que pasaba por allí se enteró del asunto y nos hicieron formar en el patio a las 9 de la fría noche, cuando ya nos habían mandado a las habitaciones. Formamos como pudimos, la mayoría con menos ropa de la apropiada. Mientras explicaba el motivo de la convocatoria, el caporal chef obligaba a hacer fondos a todos los rouge, culpables e inocentes. Los castigos en la Legión suelen ser comunes. Si la caga uno, la cagan todos.

Yo observaba profundamente emocionado todo aquello. Era la encarnación del segundo principio del código de honor del legionario: Chaque légionnaire est ton frère d’arme, quelle que soit sa nationalité, sa race, sa religion. Tu lui manifestes toujours la solidarité étroite qui doit unir les membres d’une même famille.

Mientras el caporal chef mandaba a correr a los agotados rouge, yo pensaba que éste era mi sitio y que no podría ser más feliz en ningún otro lugar del mundo.

El caporal chef dirigió su atención a los blue que estábamos formados contemplando el espectáculo. Entonces se fijó en el escritor de Pensilvania: en chancletas, el jabón en una mano, mientras con la otra sujetaba la toalla que le tapaba la cintura. El aviso de formación le había pillado en la ducha.

El caporal chef, divertido, le dio permiso para volver a la habitación.

-Merci, caporal chef! -voceó el escritor de Pensilvania, mientras los demás reíamos.

Poco más contacto tuve con él. Enseguida nos enviaron a lavar platos a Marsella. Allí, Denman me dijo que pensaba que lo habían mandado para casa. Al parecer, el afán de aventura y ver mundo no eran suficiente motivación para la Comisión. No puedo estar más en desacuerdo.

Quizá algún día encuentre un libro sobre la Legión Extranjera, escrito por alguien de Pensilvania. Y sonreiré recordando aquella fría noche en Aubagne.

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BUON UOMO

Estaba llevando bastante bien mi declaración de no aptitud.

La decepción era amortiguada por la posibilidad que ya contemplaba cercana de reencontrarme con los míos. Así que dedicaba el tiempo de espera a tratar de animar a los que no lo estaban llevando tan bien; en la medida de lo posible, porque había gente que, al no haber pasado el corte, se quedaba literalmente atrapada en un país extraño, sin apenas dinero, a mucha distancia de sus lugares de origen. Ver aquello convertía mi propia situación en algo nimio, lo que me ayudaba a mantener la calma.

Hasta que entramos en el autobús que nos iba a llevar de Aubagne a la estación de Saint Charles de Marsella. Decidí sentarme junto al joven camarada italiano. Él tenía cara de estar muy decepcionado, a pesar de que sólo había recibido un no apto temporal; en 6 meses podrá volver a intentar ser legionario. Una medida típica para fortalecer la vocación militar de algunos jóvenes que la Comisión aún ve demasiado verdes. El italiano sólo tiene 21 años; como Baptiste, el medio melé sudafricano de Ciudad del Cabo, al que expliqué un día, mientras lavábamos platos, por qué los marineros gallegos llamaban Capetón a su ciudad. También él podrá volver dentro de medio año. Trato de animar a ambos diciéndoles que no tardando mucho formarán parte de la Legión Extranjera.

Pero el italiano sigue tristón, mirando a través de la ventana los edificios de la base de Aubagne. Aprendió algo de español en el instituto y habla conmigo en una mezcla diglósica de idiomas:

-Mi dispiace… Tanto buon uomo que va para casa…

Lo dice señalando con un gesto a los que llenamos el autobús y vuelve a fijar la mirada a través de la ventana, quizá para esconder su emoción.

Estaba llevando bastante bien mi declaración de no aptitud, hasta que el joven italiano dijo aquello. Tuve que hacer de tripas corazón para no echarme a llorar como un niño, en medio de aquel autobús repleto de rechazados aspirantes a legionarios, venidos desde las cuatro esquinas del planeta.

En tan poco tiempo, ya se nos había metido el bicho dentro.

Chaque légionnaire est ton frère d’arme…

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ALLONS VOIR UN COUCHER DE SOLEIL…

Andaba yo ensimismado en la lectura de una revista de la Legión Extranjera, cuando Thibaut, el joven de 21 años de Toulouse, me sacó repentinamente de mi recogimiento:

-Espagne! -voceó a mi izquierda.

-What?… -contesté yo, sobresaltado.

-The sunset -respondió Denman a mi derecha.

El neoyorquino de padres brasileños tenía la mirada fija en el horizonte. Iba a ser nuestra última noche en Malmousque. Ambos conocían ya mi amor por las puestas de sol. Las hermosas puestas de sol de Marsella, de las que gozábamos cada día durante la cena.

Nos quedamos los tres hipnotizados por la belleza del círculo rojo que se ocultaba sosegadamente tras el Frioul.

Ese rojo que ellos portan ahora en la manga y para el que yo no he sido encontrado apto.

Por todos ellos, para los que siguen soñando con un Noël à Castel, o los que, como yo, han tenido que partir civil, fueron dirigidas mis oraciones la mañana de ayer en la basílica de Notre Dame de la Garde.

Que Deus lles teña no seu colo, camarades.

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SÓLO TÚ LO HACES DIFÍCIL

Venencia.
De avenencia.
1. f. Utensilio formado por un pequeño recipiente cilíndrico en el extremo de una larga varilla, que se emplea para extraer pequeñas cantidades de vino de una cuba.

Desde el derrumbe del pasado verano, decidimos hacernos cargo del papel que tanto hemos defendido en estas páginas, dejándonos despeinar por los huracanes marinos al borde del acantilado.

Nos hemos dejado la media piel que nos quedaba en el intento, pero la cercanía del abismo nos ha permitido afinar la vista.

Condenando todo a una carrera contrarreloj, hemos descubierto las costumbres y tradiciones que queremos para nuestra existencia:

Ir a comer al Candela después de un partido de rugby.

Acariciar borrachos a la gata de la Venencia.

Comerle la oreja a Jaime. Y las mollejas.

Y, sobre todo, dejarse robar el aliento por el asma en tu cama. O el vermú cotidiano (cotidianidad de tres días) al lado del árbol, en nuestro Barrio. O el paseo a través de las décadas y las cataratas.

Todo ha sido verdad al abalanzarnos sobre la distancia. Descubrí la felicidad al amagar exilio.

Puta vida, siempre igual. Pero estas son tus normas, mi Dios, y las acepto y las acato.

Sólo te ruego que protejas a los míos. Que los hagas felices, buenos y bellos.

Y que me concedas la gracia del retorno.

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TAMBOR DE GUERRA 

Cómo me gustaría escribir hoy
algo verdadero.

Escribir un adiós
que sea sólo un hasta luego.

Una caricia
en forma de cuento.

Una sonrisa con rima
con tinta
con tiento.

Con manos ágiles de poeta
recias de guerrero.
Que consuelan, que irritan,
que aman, que matan,
que dan, que quitan.

Soñar que el mundo no me asusta
y vivo
en la muerte siendo.

Que me convierto en el hombre
que mi niño profetizaba:
aspirante a soldado
aprendiz de viejo
escritor de taberna
borracho de cielo.

Que cruzo el fuego
que lleno la nada.

Que invado el infierno
y regreso a casa.

CAD 7

Salgo a dar una vuelta, para bajar la cena y matar el aburrimiento.

Cuando uno vuelve a vivir en el Barrio de su juventud, los paseos abandonan el ámbito de las meras tres dimensiones y pasan a tener cuatro: el tiempo se convierte en protagonista, haciendo brotar un recuerdo en cada vistazo que uno le echa al mundo alrededor.

Durante el paseo, he vuelto a cruzar por delante del edificio de la foto. Es el CAD de Hortaleza. CAD significa: Centro de Atención al Drogodependiente. Lo visité no pocas veces, hace casi veinte años.

Durante un viaje a Galicia, me cogieron con media bellota de hachís en un parque de Santiago de Compostela. Me sorprendió a traición un policía de paisano mientras me liaba un porro; digo a traición porque ni siquiera Mortadelo se habría disfrazado mejor de abuelo de parque. Me cogió completamente desprevenido, ese agente a punto de jubilarse.

Poco tiempo después, llegaba a mi casa madrileña una alegre carta con su peculiar versión de la diatriba de las pastillas de Matrix: si elegía la pastilla roja, tenía que pagar una multa; si escogía la azul, el premio era un proceso de desintoxicación en el CAD más cercano. Yo, de natural pobre, opté por la pastilla azul.

Como el caso era bastante común entre los jóvenes de mi generación, pude oír docenas de historias que me decían que el trámite era una parida y con un fin de semana de charlas quedaría limpio de polvo y multa. Pero claro, nadie había oído hablar del CAD 7, el de Hortaleza, mi Barrio.

Resultó ser el CAD más eficiente de Madrid. Sus funcionarios se tomaban muy en serio su trabajo. Nadie tardaba menos de nueve meses en librarse de la dichosa multa. Tenía que ir una vez a la semana. Según llegaba, me hacían un análisis de orina para confirmar que lo estaba dejando; para evitar trapicheos con el pis como los que se pueden ver en The Wire, teníamos que mear delante de un funcionario, que además siempre era una funcionaria. Lo cual complica bastante la paz de ánimo necesaria para alguien que quiere miccionar, he de decir.

Tras la meada semanal, tocaba una hora de sesión de grupo con todos los porreros del Barrio lo suficientemente torpes como para dejarse pillar liándose un canuto. La media de edad era de unos 18 años, salvo por la psicóloga, la asistenta social y un politoxicómano muy majo de unos cuarenta y tantos, al que habían bajado de división porque había conseguido concentrarse más en su trabajo de pintor de brocha gorda que en la ingesta de cocaína.

Como yo ya había tenido clases en la Facultad de Filosofía con el profesor Fuentes (ya sabéis… pertenezco a una escuela de pensamiento que considera que la psicología ni es una ciencia ni lo será jamás…) iba a mis reuniones de porreros anónimos con la tensión del militante, dispuesto a ignorar y/o despreciar cualquier tontería que la psicóloga y la asistenta social pudieran decir. Cuando comprendí que aquella actitud sólo iba a conducirme a pasar el resto de mi vida meando una vez a la semana delante de una funcionaria, decidí relajarme y dedicar aquella hora de charla a eso, a charlar.

Como había dejado de fumar hachís en cuanto me llegó la condenada carta, me convertí rápidamente en un alumno aventajado del sistema estatal de lucha contra la drogodependencia. Al mismo tiempo, para no perder habilidades básicas, durante los meses que estuve en tratamiento me dediqué a liarle los porros a los colegas.

El día que me liberaron, uno de ellos me esperó a la salida del CAD, con un canuto listo para ser encendido. Nos saludamos, me lo pasó junto con el mechero, y yo me lo encendí con una profunda y satisfecha calada. Después nos fuimos por ahí a celebrarlo.

La verdad es que yo nunca dejé las drogas. Más bien, se me cayeron. Por desidia o aburrimiento. En cualquier caso, sigo consumiendo algunas que me parecen esenciales para una buena vida: alcohol y tabaco.

Entiendo perfectamente que la gente se drogue de una forma desmedida en este mundo que nos hemos construido. Entre drogas ilegales, legales y las recetadas por el mafioso sistema fármaco-psiquiátrico, dudo que quede alguien sereno sobre la faz de la tierra.

Y no me extraña.

Entre otras cosas, he probado el éxtasis (el MDMA, no el de Santa Teresa), una única vez en la vida. La sensación de felicidad y plenitud es de una potencia tal, que resulta indescriptible. Todo es bueno, todo está bien, la vida es maravillosa, todos son mis amigos, todo tiene sentido. Exactamente igual que el típico eslogan de cualquier nueva campaña de evangelización de la Conferencia Episcopal. Pero claro, con la verdad química haciendo realidad lo que la Conferencia Episcopal sólo puede impostar con risas y sonrisas, éstas sí, estupefacientes.

En cualquier caso, mi Dios no es el de la Conferencia Episcopal, ni el de cualquier otra secta protestante. Se parece más al geniecillo maligno de Descartes. Goza viéndome caer, disfruta arrastrándome por el fango. Mi Dios tiene un negro sentido del humor.

Por eso precisamente creo en Él. Creo que realmente me ama cuando me humilla. Creo que realmente todo el mal que me hace acabará siendo mejor para mí.

En el fondo, creo que no me abandono a los paraísos artificiales porque amo profundamente, más de lo que soy capaz de entender, el sufrimiento que mi Dios me inflige. Quizá porque sólo en la plena consciencia del dolor puedo dar la medida auténtica de mi ser, sea ésta la que fuere, ante las tribulaciones que mi Dios me envía.

Sólo en la dramaticidad que el dolor y el sufrimiento permiten puede el mundo tener sentido.

Sólo en un mundo donde se puede estar mal tiene sentido la palabra mejorar.

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