El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: AUTOBIOGRAFÍA

WICKE

Lo conocí a los doce años. Es decir, hace unos treinta.

Hoy, como ayer, hemos estudiado juntos en la sala de lectura del centro cultural. Él prepara las oposiciones para bibliotecas; yo, para los Cuerpos Generales de Justicia.

Es uno de esos amigos ante los que no puedes inventarte ser algo que no eres, porque te ha visto en tus peores momentos. A pesar de ello, me quiere y me aprecia. A Dios gracias.

En cierta ocasión, me salvó de que me cayese la paliza de mi vida; aunque, seguramente, me la merecía.

Nos hemos visto mutuamente en carne viva, por dolores diversos (típicos de cualquier existencia humana).

Hoy, como ayer, hemos salido a descansar un rato del estudio, en compañía de un par de cafés de máquina (y un cigarro, que se ha fumado él).

-Por cierto, hace tiempo que te lo quería decir; ¿estás escribiendo algo, que ibas colgando en el blog? Una historia, como que ibas poniendo capítulos…

-Sí, así en plan apocalíptico… -le digo, esbozando media sonrisa.

-Es que me leí unos cuantos, del tirón, y me estaba gustando mucho… Me mola así el rollo apocalíptico. Y no sé, quería saber si había algo más.

Mi sonrisa se amplía.

-Sí, 129 páginas. Lo tengo parado ahora, pero me gustaría continuar cuando pase esto… Las Casas se llama.

-Sí, Las Casas. ¿Me lo puedes enviar?

-Sí, claro. Le quito los resúmenes, esquemas y apuntes para futuros capítulos y te lo envío.

Se acaban el cigarro y los cafés. Regresamos al estudio.

Y mi espíritu aún sigue sonriendo agradecido, mientras escribo esta entrada.

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EL MONSTRUO DE LA CUEVA

El niño asomó la cabeza. Al parecer, en aquel local en reformas, que aspiraba a convertirse en pub, estaba su padre. Con el que nunca había hablado.

El niño intentó ver o escuchar algo, pero nada parecía acontecer en aquel interior oscuro. Su corazón palpitaba acelerado, como si se encontrara a la entrada de una cueva donde morase un monstruo mitológico. Un dragón o un minotauro.

Le acompañaba Richi, su amigo. Quien, de repente, a modo de broma, empezó a gritar el nombre del niño, para anunciar su presencia a la entrada de aquella cueva.

El niño salió corriendo, diciéndole a Richi que se callara, entre risas nerviosas.

Nada salió de la cueva.

Y el niño no volvió.

El monstruo se había escondido en aquella cueva huyendo de una casa que había confundido con una prisión. Y en su huida fue arrastrando, al interior de aquella cueva oscura, a todos los que le querían.

Cuando, mucho tiempo después, quiso salir al mundo, la luz del sol le cegó. Y, presa de la desesperación, se precipitó por el acantilado que se encontraba a escasos metros de la cueva.

Así supo el niño de la existencia de aquel acantilado.

Y de aquella cueva.

Y agarrando de la mano a su hija, que caminaba ya en su alma, rogó a Dios que le mantuviese alejado, por toda la eternidad, de aquel lugar.

EL SOSIEGO ACANTILADO EN YOUTUBE

Aún no tengo demasiado claro qué voy a hacer con él, pero el caso es que he abierto un canal en YouTube de El Sosiego Acantilado. Y acabo de colgar mi primer vídeo, de la visita a las Médulas que hice con mi familia el verano pasado (podéis oír a mi madre de fondo, mientras se ocupa de Ana Ofelia).

Quizá sea eso lo único que haga en el canal: colgar vídeos de lugares que me resultan especialmente bellos. O importantes.

Pero tengo otras ideas en la cabeza. Que no sé si llegarán a ser. Entrevistas, por ejemplo. O charlas de taberna (en casa) con amigos de toda la vida; o de no tanta vida, pero sí buenos amigos.

En fin, ya veremos. En cualquier caso, no será pronto. Porque las oposiciones me van a tener liado, como mínimo, hasta febrero-marzo del año que viene.

Luego, Dios dirá.

LAS FELICIDADES

La felicidad se dice de muchas maneras. Y por ello es necesario matizar.

Me referiré a dos tipos de felicidad, aunque es probable que haya más. Un ejemplo del primer tipo me vino a la memoria tras sentir hace unos días una felicidad del segundo tipo; porque la peculiaridad de éste me hizo presente la extrema diferencia con respecto a aquél. Hasta el punto de resultar extraño dar un mismo nombre a ambos hechos.

Mi recuerdo me devolvió a los veinte años, sentado en los sillones de la sala Morocco. A mi lado está uno de mis mejores amigos, o quizá dos. Descansamos un momento, agotados. Delante de nosotros, a pocos metros, sigue bailando en completo estado de alegría el resto de nuestra gente; entre ellos, mi novia de aquel entonces, que ríe luminosa mientras comenta algo con una de mis mejores amigas.

No sé si les digo algo a los que están a mi lado. O simplemente nos miramos. Y lo sabemos. Todo es perfecto. La eternidad es esto.

Así se sienten los dioses.

El segundo tipo de felicidad lo sentí, como ya he dicho, hace unos días. Sentado junto a Bea y mi hija en el sofá de nuestra pequeña casa, tuve la repentina necesidad de abrazarlas a ambas a la vez. Todo parecía perfecto, como hace veinte años; pero, al mismo tiempo, o quizá justo después de esa sensación de plenitud, inmediatamente me vi angustiado por la fragilidad de todo aquello, por la extrema debilidad de aquella belleza, por la fugacidad de aquel momento, tan precioso, pero de eternidad tan exigua. Una felicidad preñada de miedo e impotencia.

Así no se sienten los dioses.

Así se sienten los mortales.

Y lloré, feliz y aterrado.

Agradecido y minúsculo.

EL INSOPORTABLE PESO DEL TIEMPO PERDIDO

Mi hermana me envía una foto.

Si no me equivoco, es del verano de 2004. Hace quince años. En algún lugar cerca de la ermita de Chamorro, en Ferrol.

Fue un viaje triste, finiquito de un amor espinoso que apenas había durado un año. Poco después de haber abandonado la militancia nacionalista, el estudio del Derecho y el proyecto vital que había articulado mi existencia durante un lustro.

A pesar de todo ello, lo que más me ha llamado la atención al ver la foto es la fuerza que aquel ser que yo era parecía albergar. Las inmensas posibilidades. Los múltiples futuros disponibles.

Parece el momento perfecto para casarse y formar una familia. Para ser padre. Con la fuerza necesaria para enfrentar todas las asperezas de una vida madura.

Pero no era eso en lo que estaba pensando. Desarbolado, aquel barco a la deriva había decidido permitirse un retorno a la adolescencia. Un nuevo comienzo, porque no tenía ni idea de por qué camino continuar.

Un par de meses más tarde, empecé los estudios de Filología Alemana. Y conocí a mi ex-mujer.

El día que me sacó esa foto una muchacha que ya no me amaba, el sol me quemó. Pasé una semana rojo como un cangrejo. Un epílogo ridículo para una de las peores épocas de mi vida. Qué poco aprendí de todo aquello. Quizá es que tampoco había demasiado que aprender.

Y qué de tiempo perdido. Qué de fuerzas malgastadas. Qué despilfarro.

Lo que pudo ser y no fue y ya no será.

Esta foto me produce una melancolía monstruosa. Pero tampoco tengo claro que las cosas hayan podido ser de otra manera. No sé si existía otra forma de alcanzar el conocimiento sobre lo que quiero ser que a través de esta existencia cuyo recuerdo, ahora mismo, me hace sufrir.

Nadie aprende en cabeza ajena, solía decir mi abuela Pacucha. Lo trágico del asunto es que esta forma de aprender suele llegar tarde.

En fin, tratemos de centrarnos en lo que aún queda por hacer, Dios mediante.

No hay tiempo que perder.

FÚTBOL

No es el fútbol algo de lo que se haya hablado demasiado en este blog, siempre centrado en cosas más elevadas (seguramente para mal); pero el ascenso de la Ponferradina a segunda división me ha llevado hoy a descubrir a Rafael Escrig, un youtuber experto en el fútbol modesto español.

Él mismo hincha del Castellón, histórico equipo venido a menos (tiene un vídeo muy chulo sobre el ascenso del año pasado a segunda B), su linda pasión me ha hecho recordar mis primeros partidos en el vetusto Manolo Rivera, cuando pagaba veinte duros para ver al Racing de Ferrol jugar en tercera división. Eran las cien pesetas que me daba mi madre de paga semanal y me las gastaba para ir solo al estadio, que estaba a doscientos metros de mi casa (de hecho, desde nuestras ventanas se veía uno de los córners). Me sentaba en las gradas de cemento, en escasa compañía, y sufría (era lo más normal) con las cuitas de mi equipo en sus enfrentamientos con el Lalín, el Arosa, etc., etc.

También he vivido buenos momentos (este año, por ejemplo, el Racing ha regresado a segunda B): como aquel ascenso a segunda división que viví en el estadio de A Malata ante el Ceuta. Nunca olvidaré el abrazo que me di con un señor gordo que estaba sentado a mi lado, al que no conocía de nada, cuando Pablo marcó de penalti el segundo gol del Racing.

Con el paso de los años, mi gusto por el fútbol ha llegado casi a desaparecer. Cosa extraña para alguien que se planteaba, a los 16 años, dedicar su vida a animar al Atlético de Madrid, club al que sigo profesando un amor metafísico. Algún día contaré la historia de cómo se hizo del Atleti aquel chaval ferrolano, si es que no la he contado ya; que también puede ser.

El caso es que hoy he descubierto a Rafael Escrig y me apetecía dároslo a conocer.

Hay algo profundamente verdadero en los hombres de entretenimientos sencillos. Un saber vivir que en no pocas ocasiones envidio y echo de menos.

Y es que había pocas cosas mejores que ver un partido de fútbol con los amigos de uno.

Ese fútbol de taberna y cuadrilla que aún se vive en los clubes modestos que no han perdido la escala humana.

ESA LUZ INFANTIL

Paseo de descompresión en esta ciudad que hoy me resulta especialmente ajena.

Y al fondo de la calle, la mirada es arrastrada hacia el cielo aún azul, aún diurno, subiendo por una masiva escalera de nubes, envuelta en una luz infantil, que me transporta más de treinta años atrás, hacia otro cielo azul, con otra masiva escalera de nubes, elevándose sobre las vías del tren que te llevaban lejos de Ferrol.

Era una luz misteriosa y profética, que anunciaba desarraigos y viajes y lejanías para ese niño que crecía entre aspiraciones heroicas y ansias de aventura.

Es como si ese niño pudiese presentir, al dejarse confundir por aquella luz, toda la melancolía que el dolor de la vida le tenía destinada.
Un anuncio de cruz
que condena y previene,
que aplasta y prepara.

La inmensidad de la condición humana se me vuelve a hacer presente en esta luz infantil y eterna, mientras paseo por las calles del puente de hierro a través del cual trato de llegar al otro lado del acantilado, donde me esperan los míos.

Qué solo estoy sin ellos.

Mientras paseo en varios mundos a la vez, una mujer, que trata de aparentar varias derrotas menos de las que su rostro refleja, combatiendo a la desesperada contra su propia soledad, me pregunta cuál es el libro que llevo en la mano.

-Es una agenda -respondo, sonriendo con toda la amabilidad de la que soy capaz, sin detenerme.

Y sigo caminando hacia el hostal, desvanecida ya la luz eterna e infantil, sumergido en la profecía cumplida.

Tratando de atisbar entre la niebla el final del puente de hierro.

UNA DE ESAS IMÁGENES INSOPORTABLES

Es una de esas imágenes insoportables.

Porque Valeria tenía un año y once meses, casi la misma edad de Ana Ofelia.
Supongo que por eso se me hace insoportable.

Es una de esas imágenes que te hacen dar gracias a Dios
y maldecirlo
en el mismo pensamiento.

Porque sabes lo que son ese año y once meses:

se ha quedado dormida sobre tu pecho
se ha reído con tus bromas
ha bailado contigo por las mañanas.

Se te ha roto el alma al ver su dolor tras un accidente mínimo.
Y ha sido ella la que te ha consolado
rodeando tu cuello con sus bracitos
al ver cómo lloras de preocupación.

Un año y once meses.

Harías cualquier cosa por ella.
Arriesgarías cualquier frontera
cualquier dragón
por darle un futuro.

Es una de esas imágenes insoportables.
De esas que te hacen escribirle a su madre para decirle que la amas
y que la vida sin ellas es una broma absurda.

Es una de esas imágenes insoportables
que habría que graparse en la frente
para verla cada vez que te enfrentes
a un espejo.

Para saber lo que el mundo es
lo que te puede dar
lo que te puede quitar.

Para acostumbrarte a soportar
lo que no quieres ni imaginar.

Porque es una de esas imágenes insoportables.

LA RISA DE DIOS

Una de las cosas que más refuerzan mi fe es que Dios se ría de mí.

Cuando uno cree ser causa de una carcajada cósmica que se expande por las galaxias, haciendo eco en la materia oscura y pegando saltos cuánticos entre agujeros negros de masa infinita, no le queda más remedio que inferir la existencia de un ser superior, al que le ha hecho mucha gracia la estupidez y soberbia propias.

Ese ser burlón es Dios.

Si a mí me hubiesen dicho hace no mucho tiempo que en estos momentos estaría intelectualmente fascinado por un profesor universitario de psicología, él mismo psicólogo clínico, hubiese sido yo el que se hubiese carcajeado hasta el infinito.

Creo que todos conocéis ya que, buena parte de mis años de estudiante de Filosofía, los pasé siendo discípulo de Juan Bautista Fuentes, quien era a su vez discípulo de Gustavo Bueno. De hecho, se puede decir que el profesor Fuentes era el experto buenista en el ámbito de la psicología: el encargado de aplicar la Teoría del Cierre Categorial (la teoría de la ciencia de Gustavo Bueno) a la psicología académica.

El resultado de la crítica que mi maestro hacía de la ciencia psicológica era que ésta no podía ser considerada una ciencia estricta. Así que la mayor parte de los alumnos del profesor Fuentes nos tomábamos a coña cualquier cosa con pretensiones de rigor científico que saliese de boca de un psicólogo; y solíamos considerar a éstos meros curas laicos, ridícula imitación del sacramento de la confesión para los decadentes y depresivos habitantes del Occidente postmoderno.

Convertimos en cliché, hasta transformarlo en broma, repetir la siguiente exposición de principios: pertenezco a una escuela de pensamiento que considera que la psicología ni es, ni puede llegar a ser, un saber científico.

Cuando alguna vez te encontrabas con alguien que realmente había tenido una buena experiencia acudiendo a algún tipo de terapia psicológica, le mirabas de reojo, con cierta desconfianza, pensando que aquel pobre había sido engañado por otro charlatán.

Aún así, podíamos llegar a admitir la posibilidad de que un psicólogo realmente resultase beneficioso para alguien; pero, matizábamos, sólo será así en la medida en que dicho psicólogo sea “buena persona”. Es decir, sería beneficioso por bueno, no por psicólogo.

Y si los psicólogos nos parecían un horror, los psicoanalistas eran directamente demonios encarnados. Todo lo que provenía de Freud olía a azufre. Aprendida su crítica en las clases de mi maestro, no valía la pena perder mucho más tiempo con ellos.

¿En qué punto me encuentro ahora mismo? Pues comiéndome los dedos por no poder ponerme a leer a Carl Jung, entre otras cien mil cosas que me dan ganas de leer y ver y conocer tras haber dejado entrar en mi vida al psicólogo Jordan Peterson.

¿Lo escucháis? Es la risa de Dios.

Aunque también es obligado reconocer que, el señor Peterson, por sus lecturas y por sus intereses, no puede ser considerado un mero profesor de Psicología. De hecho, él mismo hace unas críticas a ciertos aspectos de la academia psicológica y psiquiátrica que le acercan no poco a mi maestro Fuentes.

En realidad, el señor Peterson es un filósofo en el sentido estricto del término, si se acepta la definición de Filosofía que los discípulos de Gustavo Bueno consideramos canónica: un saber de segundo grado; el cual sólo es posible alzándose sobre el dominio de una amplia multitud de saberes de primer grado; en el caso de Jordan Peterson: la psicología, la biología, neurología, psiquiatría… pero también teología, literatura, antropología, mitología…

He ahí la clave de la potencia de su pensamiento: esa amalgama de conocimientos diversos tan difíciles de encontrar a la vez en un mismo individuo. Y el hecho de que esos conocimientos son realmente cruciales, fundamentales para realizar las preguntas críticas para todo ser humano.

Todo ello con la intención apasionada de buscar la Verdad; de desentrañar la esencia de la Bondad, para así poder encarnarla.

Dios, no te rías tanto; en el fondo no estábamos tan equivocados.

Pues no deja de ser cierto que, la única manera de ser un buen psicólogo, es ser una buena persona.

[El vídeo tiene subtítulos en español que hay que activar en el menú de ajustes]

EL SOSIEGO ACANTILADO ES UN BLOG CRISTIANO

¿Echo de menos la Iglesia Católica?

No lo sé.

Tampoco creo que se pueda decir que me he despreocupado completamente. Sigo con bastante atención las noticias más relevantes del mundo católico, sobre todo a través del blog argentino The Wanderer.

Hoy, en cuanto he podido, he leído el texto que el Papa Emérito, mi admirado Benedicto XVI, tenía intención de publicar en un periódico alemán, y que, a estas horas, ya ha sido filtrado a las cuatro esquinas del universo mundo.

Creo que sigue valiendo lo que escribí en agosto de 2016, mientras solidificaba el fracaso de mi matrimonio. Y sí, siempre ha quedado a la vista la cruz de alguna iglesia.

¿Sigue sin haber propósito de enmienda? Desde luego, sigue sin haber propósito de enmienda de aquel matrimonio. Pero también hay dolor por la responsabilidad que tengo en aquel fracaso. Dolor y culpa por la inmadurez demostrada en mi práctica del sacramento. No estaba suficientemente preparado. Y me arrepiento de muchas decisiones tomadas.

Pero, aunque había inmadurez, mi voto fue sincero. Y la única salida católica honesta y verdadera hubiera sido permanecer fiel a dicho voto. Cosa que, conscientemente, decidí no hacer.

Ser católico, como muchos de ustedes saben, es bastante complicado.

¿Se ha ido el cristianismo de mi vida? No. Jamás. De hecho, creo que hubiese sido imposible atravesar estos tres últimos años de existencia sin el referente trascendental cristiano. Sin la Cruz.

Y ser padre creo que ha supuesto una profundización radical en mi conocimiento del cristianismo. Y de mí mismo.

No sé medir si era mejor persona durante mi período católico o lo soy ahora. Tampoco tengo muy claro que tenga demasiado sentido ponerse a echar cuentas al respecto. Supongo que tuve buenos momentos entonces y supongo que los sigo teniendo ahora.

Pero abandonar el catolicismo me ha permitido dejar de ser un fariseo. Lo cual está muy bien. Siento que haya tenido que ser por el lado débil, pero mis propias decisiones (malas decisiones), me pusieron en situación de obligarme a una serie de actos que, sin duda alguna, superaban mi fe y mis fuerzas. Podría haber dejado de ser un fariseo cargando sobre mis espaldas una cruz más pesada; pero no he sido yo agraciado con tal grado de fe. Y mi mera voluntad sólo habría producido desastres más perniciosos aún de los que ya estaba produciendo.

¿Echo de menos comulgar? No lo sé. A veces creo que sí. Me imagino una vieja iglesia, oscura, el sacerdote oficiando solo, ensimismado en el rito, sin prestar atención a otra cosa que no sea la mesa sacrificial del altar. Hay tal silencio que puedo escuchar el roce de las telas que visten al sacerdote cuando hace la señal de la cruz repetidas veces sobre la hostia. Nadie nos ve. Solos en la oscura iglesia, Dios, el sacerdote y yo. Inclino la cabeza, abro la boca y Dios reposa en mi lengua. El Dios que se entrega. El Dios que muere por mí. El Dios al que tengo que imitar. El Dios al que tengo que encarnar. Y morir, así, por Él y para otros.

Intento, desde mis múltiples limitaciones y debilidades, ser, para mi compañera y para mi hija, un buen esposo y un buen padre. Mi fe, cada vez más firme, es que, para ello, no tengo mejor camino que la Cruz.

Morir, cada día un poquito más, cada día un poquito mejor, por y para ellas.

Y que Dios me perdone si me equivoco.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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Peripecias de un aprendiz de campesino