El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ARVO PÄRT

ESA CLASE DE HOMBRES

Desde los jardines del campus llegaba el eco de otra concentración en apoyo de los ejércitos de la Unión.

-Lo mejor es dejar que los personajes describan su propio carácter a través de la narración de sus acciones. No presenten a un personaje diciendo que es un hipócrita; simplemente, muestren a ese personaje actuando de una manera contraria a lo que dice. Fabio Carlsen comienza el segundo capítulo de las Crónicas de un misterio encarnado con la siguiente frase: era de esa clase de hombres que, al salir del baño de un bar, siempre lo dejaban más limpio de lo que lo encontraban -Ramos-Hollande lanzó una mirada al conjunto de su clase-. ¿Qué les da a entender esta frase? ¿Qué piensan ustedes de un hombre que es definido de esta manera?

Ramos-Hollande vio muchas sonrisas entre sus alumnos y algún que otro rostro pensativo; uno de ellos, el de Patricia, que asistía de oyente por primera vez a una de sus clases. Unas sillas más allá de donde estaba ella sentada, un joven de aspecto tímido levantó la mano de forma casi imperceptible. Cuando estaba a punto de devolverla a su estado de reposo inicial, Ramos-Hollande le señaló, obligándole a ponerse de pie.

-Todo dependerá… -balbuceó el joven-… del contenido de la siguiente frase que nos presente el autor.

La cara de Ramos-Hollande mostró sorpresa. Hizo un gesto con la mano, pidiendo al alumno que desarrollara su respuesta.

-Quiero decir… -prosiguió el joven, de forma atropellada-… necesitamos más datos para saber si estamos ante un simple maniático de la limpieza, impulsado por un desequilibrio mental; o ante una personalidad generosa, que se preocupa por los demás.

-¿Y no podrían darse ambas cosas en un mismo personaje? -preguntó otra alumna, sentada casi al final del aula.

-No, claro que no -replicó el joven-. No se puede estar centrado en uno mismo y en los demás al mismo tiempo.

Ramos-Hollande sonrió y bajó la cabeza, divertido.

-Ciertamente, el señor Torres tiene razón -explicó el escritor-, quizá sea necesario un nuevo matiz para concretar más al personaje. Pero yo quería hacer hincapié, con esta definición, en el hecho de que el escritor nos presenta a un hombre que se plantea la mejora del mundo en las acciones más cotidianamente oscuras. Este hombre no está pensando en grandes movimientos políticos y culturales, no está pensando en guerras o revoluciones -la mirada de Ramos-Hollande se volvió desafiante-. No, en lo que está pensando es en el asco que le da encontrar sucios los baños de los bares a los que va. Y para evitar esa desagradable sensación a cualquier persona que ocupe su lugar ante la misma taza de váter, este hombre se esmera en que no se note su paso por ella. O, si se nota, que sea para bien. Porque a todos nos gusta entrar en los servicios de un bar o de una cafetería, y encontrarlos limpios, ¿no?

Unas pocas cabezas se movieron afirmativamente entre el público.

-Es una acción muy pequeña y fácil de realizar, que cambia el mundo -continuó el profesor-. Vivimos tiempos en los que pronto podréis comprobar cómo la mayoría de los que aspiran a ser grandes transformadores del mundo, aquellos que dicen querer cambiarlo de verdad, a lo grande, desprecian estas pequeñas acciones; y se excusan en sus grandes ideales para dejar las tazas de váter mucho más sucias de lo que las encontraron.

Unos pocos alumnos rieron. Patricia sonreía, hasta que se dio cuenta de la extraña seriedad que reflejaban los rostros de la mayoría de los presentes.

El alumno tímido se volvió a levantar, con gesto de ligero enfado.

-¿Nos está queriendo decir que hasta un maniático de la limpieza es mejor persona que alguien que aspira a transformar la sociedad? -dijo el joven, visiblemente excitado.

Ramos-Hollande tensó los músculos de su cara.

-Yo sólo hablo de literatura, señor Torres -dijo el escritor, con tono seco-. Sólo les explico cómo presentar a un personaje humilde -hizo una pausa antes de continuar-. Y no se equivoque, señor Torres; no existe esa distancia sideral que usted parece encontrar entre las necesidades del individuo y las necesidades del grupo. Ambas cosas no son excluyentes. No es necesario negarse a uno mismo para satisfacer al grupo, ni negar al grupo para afirmarse a uno mismo. La mejor forma de encontrar el modo adecuado de amar a los otros es amarse adecuadamente a uno mismo.

-¿Y a dios por encima de todas las cosas? -preguntó el señor Torres, transformando de repente la timidez en sarcasmo.

Ramos-Hollande, con gesto serio, dio por terminada la clase.

Patricia permaneció sentada, mirando con preocupación al joven señor Torres, que se dirigía en ese momento hacia la salida del aula.

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EL HERMANO DEL SEÑOR

Y llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, mandaron a por él, llamándole. Y la gente estaba sentada a su alrededor, y le dijeron: “¡Mira! Tu madre y tus hermanos están fuera, buscándote”. Y respondiendo les dijo: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor, en corro, dijo: “He aquí mi madre y mis hermanos. Pues cualquiera que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Evangelio según San Marcos 3, 31-35

hermanos [adelphoi]. Este término supone que, después del nacimiento de Jesús, su madre, María, concibió y dio a luz más hijos, lo cual es compatible con Lc 2, 7 (su hijo primogénito) y Mt 1, 25 (José y María no mantuvieron relaciones sexuales hasta después del nacimiento de Jesús). La postura oficial de la Iglesia católica defiende, sin embargo, que María se mantuvo perpetuamente virgen y, en esa línea, a partir del siglo IV d. C., los teólogos católicos y algunos protestantes (¡como Martín Lutero y Juan Calvino!) han opinado que aquellos a quienes el Nuevo Testamento llama hermanos de Jesús son de hecho primos (san Jerónimo) o hermanastros, hijos que tuvo José en un matrimonio anterior (san Epifanio). Sin embargo, actualmente la mayoría de los estudiosos, incluyendo un número creciente de católicos, prefieren una interpretación literal de hermanos.

Esta última postura se asienta en buenas razones, mientras que las alternativas carecen de argumentos convincentes para defenderse.

a) Sobre la hipótesis de los hermanos de Jesús como hermanastros. En el Nuevo Testamento, fuera de nuestro pasaje y del pasaje paralelo de 6, 3, adelphos es un término de familia que se refiere prácticamente siempre a un hermano en sentido estricto, con la única excepción importante de Mc 6, 17 // Mt 14, 3, donde tiene el sentido de medio hermano, es decir, de alguien con quien se comparte sólo uno de los padres biológicos (el padre o la madre), y no de hermanastro, es decir un hermano por matrimonio de uno de sus padres, sin relación biológica. Además, no hay ninguna evidencia independiente para hablar de un matrimonio previo de José.

b) Sobre la hipótesis de los hermanos de Jesús como primos. En toda la Biblia sólo hay un caso en que la palabra hermano tenga este sentido (1 Cr 23, 22) y se trata de un caso en el que el significado queda claro por el contexto inmediato, cosa que no sucede en modo alguno en Mc 3, 31-35. Además, la lengua griega tiene una palabra clara y sin ambigüedades para referirse a primo, la palabra anepsios (cf. Col 4, 10), y aquí se hubiera empleado probablemente esa palabra si se hubiera tratado de primos. La aplicación de esta hipótesis de los primos de Jesús exige que se trace una complicada e improbable genealogía, en la que una hermana de María -llamada también María, por más coincidencia- se casó con un hombre llamado Cleofás (Jn 19, 25), o Alfeo (Mc 3, 18; cf. 6, 3; 15, 40). Por otra parte, como ha puesto de relieve J. P. Meier, el impacto retórico de nuestro pasaje (Mc 3, 35) quedaría considerablemente debilitado en el caso de que adelphos se tomara como primo.”

El Evangelio según Marcos (Mc 1-8), de Joel Marcus; Sígueme, 2010; pgs. 312-313.

CONCILIO

Marie, Abadesa y Señora de Rocamadour, a las iglesias:

Hermanos en la fe, pidiendo la intercesión de Nuestra Señora Santa María Virgen del Monte Carmelo, rogando por la protección de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Lisieux, Santa Teresa Benedicta de la Cruz y San Juan Benedicto de Rocamadour, me dirijo a vosotros en esta grave hora, con la más honda preocupación.

Creo que somos todos conscientes de que el mundo que hasta ahora habíamos conocido, está cambiando. Aunque los retos que los fieles de Cristo tuvieron que soportar tras la Caída fueron de tal calibre que sólo se puede explicar su superación gracias a la ayuda divina y de todos los santos, lo cierto es que la situación en la que quedó el mundo hizo factible el resurgimiento de formas de vida que el estado de cosas anterior había hecho imposible.

La creación de las Casas, o la propia vida en poblaciones de un tamaño drásticamente menor, permitieron de nuevo la existencia de comunidades organizadas en base a nuestra fe. Lo cual fue bueno, no sólo para nosotros, sino también para el mundo, el cual ayudamos a reconstruir. Coepitque Noe agricola plantare vineam.

Pero el mundo ha vuelto a crecer en la misma dirección que lo había hecho antes de la Caída. Y las comunidades de fieles, ahora como entonces, vuelven a estar en serio peligro.

Si nos atenemos a lo que la Historia nos enseña, nada podemos esperar del desarrollo de estos acontecimientos, que amenazan con volver a repetir lo que ya todos conocemos, quién sabe si esta vez de forma definitiva.

Así las cosas, son muchas las dudas que se nos plantean a todos los fieles sobre qué actitud hemos de tomar ante las nuevas circunstancias: si es necesario cambiar algo en nuestras comunidades para intentar superar el nuevo desafío, si es nuestra obligación enfrentarnos con todas las armas a nuestra disposición a este enemigo, o simplemente intentar sobrevivir en los huecos que nos vaya dejando el desarrollo de la Historia.

Es por ello que, en base a la autoridad que me otorga mi condición de Abadesa y Señora de Rocamadour, convoco a Concilio Católico a todas las comunidades y congregaciones de fieles; y con tal objeto, les exhorto a que envíen sus representantes a las Santas Ruinas, para iniciar las sesiones el próximo Lunes de Pascua.

Que sea todo para mayor gloria de Dios.

RILO

El día era completamente azul en los acantilados.

Salió de la Gran Casa y subió por el camino que llevaba hasta el viejo limonero. A su izquierda, el vacío. Allá abajo, el mar.

Los niños jugaban entre las tumbas. Todas limpias y bien cuidadas. Todas a la sombra del limonero. Una figura, sentada, apoyaba la espalda en el tronco del árbol.

Al darse cuenta de la irrupción del recién llegado, los niños lo rodearon un momento, antes de volver a sus juegos. El anciano se irguió en su asiento y le saludó con una sonrisa.

-¿Te vas ya? -preguntó el viejo.

-Sí, bisabuelo.

El joven se sentó en la hierba. Ambos se quedaron en silencio, observando entretenidos los juegos de los niños.

-Sé que no te parece bien… -empezó el joven.

El viejo sonrió.

-Oh, chiquillo. No hagas caso a mi cansancio. Haces lo que crees que debes hacer. Esa es la única forma de aprender en la vida.

-Equivocarse… -musitó el joven, mirando a su bisabuelo con media sonrisa.

El viejo también sonrió.

-Tu bisabuela solía decir: nadie escarmienta en cabeza ajena -el anciano dirigió la mirada hacia una de las lápidas que los rodeaban-. Yo viví mi vida. Tú tienes que vivir la tuya.

El alboroto infantil volvió a reinar.

-La situación cada vez es más complicada, es necesario hacer algo, ayudar a que… -el joven calló, al ver que el viejo meneaba la cabeza.

-Hagas lo que hagas, Iván, recuerda que éste es tu hogar -le dijo el viejo, mirándole a los ojos-. Siempre podrás regresar a él.

Ambos volvieron a mirar a los niños, que parecían discutir sobre algo. Iván dejó que la mirada se le perdiera en el horizonte, apenas distinguible entre el azul del mar y el azul del cielo.

Una niña se separó del grupo y se acercó corriendo al árbol, seguida de cerca por el resto de chavales.

-Tata, ¿qué es la felicidad? -preguntó al viejo.

Iván rio la ocurrencia y miró curioso a su bisabuelo, que sonreía divertido. Giró el cuerpo y, mirando fijamente a los niños, acarició la corteza del limonero.

-Este árbol lo plantó el tatarabuelo del tatarabuelo de mi tatarabuelo. Y ahora os veo a su sombra. Esa es la felicidad, mi querida niña.

Los niños se quedaron mirando el árbol como si nunca antes lo hubiesen hecho. Como si pudiesen ver sus raíces abrazar las rocas del acantilado, como si las ramas fuesen capaces de acariciar el mismo cielo.

Iván se levantó e intercambió besos con el viejo.

-Quizá me haya convertido en piedra cuando regreses -dijo el anciano, con una sonrisa, indicando las lápidas-. Cuídame también entonces.

Iván sonrió y volvió a besar a su bisabuelo.

Recorrió de vuelta el camino hacia la Gran Casa. Al fondo quedaban las risas de los niños.

¿LE HAS DADO YA GRACIAS A DIOS POR ESTE FRACASO?

DEMASIADO TRANQUILO

Está tranquilo. Como si el mundo alrededor estuviera entre paréntesis.

Está demasiado tranquilo.

Sentado en la mesa de al lado, a mi derecha. Acompañado de tres mujeres. Todos de unos sesenta y muchos.

Una de la mujeres, la que supongo su esposa, le tiene agarrada una mano con las dos suyas, y se la acaricia con especial cuidado y cariño. Él parece ajeno a lo que se habla en la mesa. Ellas hablan y, cada cierto tiempo, observan las tres la mirada perdida del hombre, como si estuviesen tratando de adivinar lo que está ocurriendo en su cabeza. Entonces la esposa vuelve a acariciar su mano y pronuncia palabras de cariño triste.

-¿Cuántos nietos tienes? -le pregunta ella, en determinado momento.

Él la mira y sonríe.

-¿Cuántos nietos tienes? -vuelve a preguntar.

Su sonrisa se acentúa, parece a punto de echarse a reír. Pero no responde. Las amigas, sin saber qué hacer, ríen, y hacen comentarios amables sobre lo contento que parece, tratando de rebajar el patetismo del momento. Él empieza entonces a hablar, una parrafada conexa, bien estructurada; pero que no tiene nada que ver con lo que le han preguntado.

Y su mujer vuelve a acariciarle la mano, con mirada temblorosa.

No puedo evitar observar la escena con atención. Rozando la falta de educación más elemental. En un par de ocasiones, mi mirada se cruza con la de la esposa. Durante un par de segundos, tengo la sensación de que ambos nos estamos mirando directamente al alma.

La gente me suele decir que mi rostro es transparente, que soy incapaz de ocultar lo que siento. Lo cual me suele provocar más problemas que otra cosa, porque no hay nada más necesario en determinados momentos que una buena cara de póker.

Pero no ahora. Ahora quiero que ella sepa todo lo que estoy pensando y sintiendo. Porque, como ella, yo tampoco puedo hacer nada para aliviar un dolor que ni siquiera soy capaz de concebir: ver, día a día, descomponerse a tu lado a tu compañero, a tu amante, al padre de tus hijos. A tu hombre.

Así que sólo quiero que, durante estos breves segundos en que nos miramos, sienta mi compañía. Mi compasión. Mi admiración por el infinito amor que demuestra en medio del infierno.

Mientras él continúa con la mirada fija en la pared, demasiado tranquilo.

PARA MI COMPAÑERA, LA SIN PAR LIBRERA VANESA

“Era incomparablemente bello, aquel De profundis así cantado. Le retorció los nervios a Durtal aquella sublime súplica acabada en sollozos en el momento en que el alma iba a traspasar las fronteras humanas, sobresaltándole el corazón. Luego quiso abstraerse, deteniéndose sobre todo en el sentido de la triste queja con la que el ser caído, lamentablemente, implora, gimiendo, a su Dios. Y le volvían aquellos gritos de la tercera estrofa, esos con los que suplicando, desesperado, desde lo hondo del abismo, a su Salvador, el hombre, sintiéndose escuchado, vacila, avergonzado, sin saber qué decir. Las excusas preparadas le parecen vanas, los argumentos ajustados le parecen anodinos y entonces balbucea: si tienes en cuenta las iniquidades, Señor, Señor, ¿quién hallará gracia?

En camino, de Joris-Karl Huysmans; Homo Legens, 2006; pgs. 7-8.

MAS TAMBIÉN UNA DOLOROSA ESPINA

“No estoy seguro de que pueda haber progreso en el arte. El progreso como tal está presente en la ciencia. Cualquiera entiende lo que significa el progreso en la técnica bélica. El arte presenta una situación más compleja… muchos objetos artísticos del pasado parecen ser más contemporáneos que nuestro arte actual. ¿Cómo se explica? No porque el genio supiese lo que iba a pasar doscientos años después. Creo que la modernidad de la música de Bach no se desvanecerá aunque pasen otros doscientos años, quizá nunca lo haga… la razón no es sólo que, en términos absolutos, es simplemente mejor que la música contemporánea… el secreto de su contemporaneidad reside en la cuestión: ¿con qué profundidad ha percibido el autor-compositor, no ya su propio presente, sino la totalidad de la vida, de sus alegrías, de sus tribulaciones y misterios?… Es como si se nos hubiera dado un problema a resolver, un número (el UNO, por ejemplo), terriblemente complejo cuando se rompe en pequeñas partes. Encontrar la solución es un proceso largo y requiere una intensa concentración; pero la sabiduría reside en la reducción. Si podemos pensar que diferentes partes (épocas, vidas) están unidas por una única solución (UNA), entonces ÉSA es algo más que la solución a una única parte. Es la solución correcta a todos los problemas, a todas las partes (épocas, vidas) -y siempre lo ha sido. Así que los límites de una única parte también están limitados por aquélla y esto ocurre siempre… siempre lo más contemporáneo es esa obra en la cual hay una solución más cierta y grande (UNA). El arte tiene que tratar con preguntas eternas, no sólo dar cuenta de los temas del día.

En cualquier caso, si queremos alcanzar el corazón de una obra musical, de cualquier tipo que sea, no podemos abstenernos del proceso de reducción. En otras palabras, tenemos que deshacernos de nuestro lastre -épocas, estilos, formas, orquestación, armonía, polifonía- y así llegar a una voz, a sus entonaciones. Sólo entonces estaremos cara a cara [con la cuestión]: ¿es verdad o mentira?

De una entrevista realizada a Arvo Pärt en la Radio de Estonia, en 1968 (año en el que compuso Credo, obra en la que por primera vez incluía un texto religioso; poco tiempo después se produciría su conversión y su entrada en la Iglesia Ortodoxa Rusa); citado en Arvo Pärt, de Paul Hillier; Oxford University Press, 2002; pg. 65 [traducción propia].

LA DESCONFIANZA DE NOSOTROS MISMOS

“La desconfianza de sí mismo es tan indispensable en este combate, que sin ella no solo no se obtendrá jamás la deseada victoria, sino que ni siquiera se llegaría a dominar una pequeña pasión. Hay que grabar bien esa idea en la mente, pues nuestra naturaleza corrompida nos inclina fácilmente hacia una falsa estima y aprecio de nosotros mismos. Siendo, como somos, una simple nada, nos convencemos, no obstante, de que valemos algo; y sin motivo alguno, llegamos a presumir vanamente de nuestras fuerzas. Se trata de un defecto difícil de descubrir y que resulta odioso a los ojos de Dios, que quiere y ama en nosotros un leal conocimiento de esta gran verdad, a saber, que toda gracia y toda virtud provienen solo de él, que es la fuente de todo bien; y que, en cambio, por nosotros mismos no somos capaces de producir nada, ni siquiera un buen pensamiento que le agrade (2Cor 3,5).

Esta desconfianza de nosotros mismos, tan importante, es obra de su mano divina, y suele darla Dios a sus amigos a través de santas inspiraciones o de duras pruebas, o de violentas y casi insuperables tentaciones, o de otras mil maneras que jamás sospecharíamos. Y sin embargo, quiere él que hagamos por nuestra parte lo que podemos hacer. Por eso te propongo cuatro medios con los que, ayudado por el favor de Dios, podrás alcanzar esa desconfianza de ti:

-Primero: conocer y considerar tu propia nada: por ti solo no puedes hacer ningún bien por el que merezcas entrar en el reino de los cielos.

-Segundo: pedirla con ferviente y humilde oración al Señor, pues es don suyo. Para obtenerla, es preciso, ante todo, que te veas y te consideres privado de ella, y absolutamente incapaz de lograrla por ti solo. Por eso, si te presentas a menudo ante él con la certeza de que su bondad quiere concedértela, y si sabes esperarla con perseverancia a lo largo de todo el tiempo que su providencia disponga, no te quepa duda que la obtendrás.

-Tercero: acostumbrarte a tener miedo de ti mismo, de tu forma de pensar, de tu inclinación al pecado, de tus innumerables enemigos a los que no eres capaz de ofrecer la mínima resistencia, de su experiencia en el combate, de sus estratagemas y su facilidad en convertirse en ángeles de luz, de las innumerables artimañas y trampas que a traición nos tienden en el camino mismo de la virtud.

-Cuarto: aprovechar la caída en un defecto cualquiera, para adentrarte más y con más fuerza en la consideración de lo grande que es tu debilidad. Justamente por eso Dios permitió tu tropiezo, para que, iluminado con mayor luz por esa inspiración, y conociéndote ya mejor, aprendas a despreciarte como cosa vil que eres, y desees ser tenido y despreciado como tal por los demás. Y has de saber que, sin esa voluntad, no existe desconfianza virtuosa, que tiene su fundamento en la verdadera humildad y en el conocimiento que da la experiencia.

Quede claro, pues, que para todo el que desea acercarse a la suprema luz y a la verdad increada, es necesario el conocimiento de sí mismo. Un conocimiento que la bondad de Dios concede ordinariamente a los soberbios y presuntuosos, a través de sus caídas: les deja resbalar justamente hacia alguna falta de la que creían saber defenderse, a fin de que, conociéndose ya mejor, aprendan a desconfiar totalmente de sí mismos.

Hay que advertir, de todas formas, que no suele servirse el Señor de medios tan humillantes, sino cuando los más suaves, que hemos visto antes, no han logrado el éxito que su bondad pretendía. Y es que la bondad de Dios permite que el hombre caiga más o menos según sea mayor o menor su soberbia o su propia reputación. De manera que donde no se encontrara la mínima presunción, como fue el caso de la Virgen María, no habría la más mínima caída. Si caes, pues, piensa enseguida en el humilde conocimiento de ti mismo y pide con insistencia al Señor (Lc 11,5-13) que te dé la luz verdadera para conocerte y la total desconfianza de ti mismo, si no quieres caer de nuevo y quizá en una desgracia peor.”

Combate espiritual, de Lorenzo Scupoli; San Pablo, 2014; pgs. 88-91.

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