El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ARTHUR HACKER

TIEMPO DE COSECHA

Ada vio llegar a la comitiva, haciendo visera con su mano sobre los ojos, cegada por el sol bajo del atardecer. Una luz dorada coloreaba los campos recién segados. Los campesinos de la Casa de Simou, reunidos en grupos para disfrutar de un descanso bien merecido tras un duro día de trabajo, se ponían en pie para saludar el paso de su señor Santiago por delante de sus casas. Éste correspondía con un leve gesto de cabeza. Alguno se acercaba a ofrecer bebida o viandas a los caballeros, que éstos rechazaban con agradecida educación.

A Ada le gustó la combinación del marrón oscuro de sus ropajes con la calidez de la moribunda luz del día. Salió corriendo hacia el interior de la casa, haciendo ladrar nervioso a Yuri, para anunciar a su padre que se acercaba el señor.

No hizo falta, porque los ladridos de Yuri habían llamado la atención de Luis, que apareció en el umbral de la puerta secándose las manos con un trapo. Ada vio cómo el rostro de su padre se ponía repentinamente serio.

Y notó la tensión en el mismo rostro cuando la comitiva se detuvo delante de su casa, y el fiel Fernando descendió primero de su caballo para ayudar a su señor.

Luis tomó aire y se acercó a la valla de su finca. Antes de que Fernando lo hiciese, Luis abrió la puerta de la valla y franqueó el paso a su señor, saludándolo con una leve inclinación de cabeza.

-Me alegro de verte, Luis -dijo Santiago, mientras se quitaba los guantes-. Ya no recuerdo la última vez.

-¿Quiere entrar en casa, mi señor, o prefiere hacerme reproches de pie, delante de todos mis vecinos? -preguntó Luis.

Ada abrió mucho los ojos al escuchar a su padre. Santiago sonrió con una única comisura y miró sus guantes.

-Si tienes unas sillas, podemos sentarnos fuera -respondió el señor-. La tarde está realmente bella.

Ada sonrió al escuchar las palabras de Santiago; también a ella le parecía que la tarde era preciosa.

Luis llevó a su señor hasta una mesa que tenía delante de la casa, protegida por un pequeño y coqueto cobertizo.

-Ah, espléndido -dijo satisfecho Santiago-. Qué agradable será hablar aquí.

Luis le dijo a Ada que fuera a buscar viandas y cerveza. Santiago sonrió complacido al escuchar aquello. Tomó asiento, mientras Fernando permanecía de pie, a su lado, con las manos cogidas a la espalda. Con un gesto, pidió a Luis que también se sentara.

-¿A qué debo el honor, mi señor? -preguntó Luis, serio.

-Le prometí a tu hermano que cuidaría de vosotros y os prestaría especial atención durante su ausencia. Así que aquí estamos. ¿Qué tal está resultando la cosecha?

-Bien, a Dios gracias. ¿Ha recibido alguna noticia de Lope?

-No -contestó Santiago, mientras tamborileaba con los dedos sobre la mesa-. Ni buena ni mala.

Luis se quedó pensativo, con gesto preocupado.

-¿Me echas en cara que le diera esa misión? -preguntó Santiago-. Tu hermano es un guerrero. El mejor guerrero de Simou. Cuando la Orden de Buscadores pide algo, un señor está obligado a ofrecer lo mejor que tiene, Luis.

Señor y vasallo se miraron.

-¿Quiere mi señor que conversemos sobre las obligaciones de la nobleza? -preguntó Luis.

Fernando tomó aire y bajó la cabeza. Santiago se quedó mirando a Luis, con una sonrisa estropeada en la boca.

-Piensa que, si no estuviera ahora mismo de misión, no me quedaría más remedio que enviarlo, junto a 199 caballeros más, a la guerra -dijo Santiago.

Luis puso gesto de no entender.

-¿De qué guerra habla? -preguntó.

-Masalia Nova nos ha pedido ayuda para atacar a la Unión; así que he decidido enviar 200 caballeros de Simou -respondió Santiago.

Luis elevó las cejas. En ese momento llegó Ada con la comida y la bebida.

-¡Ah, espléndido! -exclamó el señor, con aire despreocupado.

El propio Santiago llenó los vasos de cerveza y se los pasó a Luis y a Fernando. Luis ni siquiera hizo amago de agarrar el suyo. Santiago le dio un largo trago a su cerveza y picó algo de fiambre. Miró de reojo el rostro pensativo de su vasallo.

-Luis, tus opiniones eran muy valoradas en las asambleas de la Casa -dijo Santiago-. Me temo que se acercan días complicados y no quiero prescindir de tu presencia; ni de tu consejo.

Luis miró a su señor, con los brazos cruzados.

-¿Es eso así? -preguntó-. Pues entonces ahí va el primero: no participe de ningún modo en esa guerra.

-¿Qué guerra? -se le escapó a Ada.

Con un gesto de su padre, la niña supo que tenía que meterse en casa.

-¿Crees que no me gustaría, Luis? ¿Piensas que tengo muchas ganas de implicarme en este conflicto? Pero el conflicto está demasiado cerca; y acabará afectándonos de todos modos. Rocamadour y la Gran Comuna también van a participar.

-¿Por qué ahora? -preguntó molesto Luis.

-Supongo que piensan que es más fácil enfrentarse a un león cuando aún es cachorro…

-¿Conocen el futuro, acaso? ¿Ya saben que la Unión acabará siendo un león?

-No lo sé, Luis; tampoco es demasiado importante, ahora mismo. Porque este animal ya es lo suficientemente peligroso. Auguste de Penn Ar Bed también me ha pedido ayuda. Su situación es realmente desesperada.

-¡Y a quién le puede extrañar tal cosa! -Luis se levantó, muy agitado; Fernando dejó su vaso en la mesa, sin perderle de vista-. Sólo a un estúpido se le podía ocurrir la idea de prohibir a sus vasallos irse de sus tierras. No ha hecho más que echar leña al fuego.

Santiago hizo un gesto de asentimiento resignado.

-El caso es que esto es lo que hay -dijo el señor, levantándose y poniéndose los guantes-. Esperemos que nuestros 200 caballeros sean suficientes y el buen Dios no exija aún más de nosotros. Esperemos que todos esos se equivoquen, y el cachorro acabe siendo un gato.

Luis vio cómo su señor se quedaba callado, contemplando el enrojecer del horizonte.

-Pero te ruego, Luis -dijo Santiago, sin dejar de mirar la puesta de sol-, que no abandones a tu señor y a tu Casa en estos momentos.

Fernando miró fijamente a Luis, antes de seguir a Santiago, que se dirigía de nuevo al camino.

Ada salió de casa y se acercó a su padre, cuando ya la comitiva se introducía en las primeras oscuridades del anochecer. Le cogió la mano, pero Luis no se dio cuenta de que lo hacía.

Aunque era en ella, por encima de cualquier otra cosa, en lo que más pensaba en ese preciso momento.

“Una pesada carga”, de Arthur Hacker

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OASIS DE HORROR

Frances daba el pecho a Juana, sentada en la cama de su habitación. Sus hermanos Joan y Jeanne contemplaban la escena; él de pie en medio de la estancia; ella sentada junto a Frances, con la barbilla apoyada en su hombro. Una luz lechosa se colaba por la ventana.

La mirada de Frances se detenía en cada detalle de aquella habitación, pues cada uno de ellos era fuente copiosa de recuerdos. Era extraño dar el pecho a su hija en aquel lugar; como si dos épocas de su vida, completamente alejadas la una de la otra por una eternidad de experiencias, se hubiesen mezclado de forma imperfecta y deslavazada en ese trozo de mundo. El único nexo de unión entre ambas era precisamente aquel espacio; y su cuerpo, a través de todas sus metamorfosis de niña a madre, habitándolo.

Saciada Juana, se quedó casi instantáneamente dormida. Frances dejó que Jeanne la llevase a su cuna. Joan decidió sentarse en una silla, haciendo crepitar el suelo de madera al moverse.

-¿Y bien? -preguntó Jeanne, aunque sin dejar de mirar a su sobrina-. ¿Qué conclusión sacas de tus viajes, hermana?

Frances dejó que su mirada huyese por la ventana, hasta el mar.

-Un saber amargo, me temo -dijo, con una sonrisa triste-. El mundo, monótono y pequeño, hoy, ayer, mañana, siempre, nos hace ver nuestra imagen: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento…

-Eso me suena bolañesco… -comentó Joan, tratando de recordar.

-Te suena bolañesco porque eres alérgico a la poesía y para ti la literatura sólo se compone de novelas de miles de páginas -dijo Jeanne, fingiendo tono de reproche-. Es la cita inicial de 2666; pero es un verso de El viaje de Baudelaire.

-Cierto –concedió su hermano-. ¿Puedo preguntar cómo te has ganado la vida?

-Institutriz para hijas de esclavistas –respondió Frances, con una sonrisa agria, al tiempo que bajaba la mirada-. Se puede decir que nuestro amor a la literatura me salvó del hambre…

Sus hermanos esbozaron una leve sonrisa.

-¿Dónde? –preguntó Jeanne.

-Oh, en multitud de lugares, casi siempre por Levante… -respondió Frances, mientras volvía a dirigir su mirada hacia el mar-. Pero a Ramiro lo conocí en La Meca. Él trabajaba de guardaespaldas del mismo amo que me había contratado a mí.

-¡La Meca! –exclamaron sus dos hermanos al unísono.

Frances sonrió.

-¿Cómo es? –preguntó Joan, con vivo interés.

-Una ruina, como casi todo el resto del mundo –respondió Frances, bajando la mirada al suelo-. Dominado por esclavistas crueles e ignorantes. Y ahora con esa peste neo-arriana extendiéndose por todas partes… Cada vez había más violencia en las calles. Por eso decidimos marcharnos. No creo que la guerra tarde en llegar a Oriente.

-Quizá tampoco tarde en desatarse en Occidente, hermana –comentó Joan, serio.

Frances le miró con gesto de no entender.

-¿Te acuerdas de la revolución anti-esclavista que ocurrió en el norte de Francia, cuando nosotros éramos niños? –dijo Jeanne; Frances asintió con la cabeza-. Durante todos estos años la revolución se ha extendido a muchas otras ciudades; y hace no mucho se federaron, creando la Unión de Repúblicas del Loira. Desde hace cierto tiempo, existe una tensión creciente entre la Unión y la Casa de Penn Ar Bed.

-¡Pobre abuelo! –exclamó Frances-. ¿Y cómo está la situación ahora mismo?

-El abuelo decretó hace poco la prohibición a sus vasallos de abandonar la Casa; como casi todas las demás, está perdiendo población, porque los siervos prefieren vivir en repúblicas, o como ciudadanos libres en estados esclavistas. En el caso de Penn Ar Bed es aún peor, porque el régimen democrático de la Unión resulta muy atractivo. Y su territorio está completamente taponado por las fronteras con la Unión. La Unión o el mar…

Frances miró alternativamente a sus dos hermanos, con gesto interrogador.

-¿Y a vosotros os parece bien lo que ha hecho el abuelo Auguste? –les preguntó.

-Sí –respondió Joan.

-No –respondió Jeanne.

-Ya… –dijo Frances, quedándose pensativa-. Yo no sé qué pensar, la verdad. Desde luego, el abuelo ha de estar desesperado, si ha tomado una decisión así… ¿Qué tal se ha tomado madre todo esto?

Los rostros de sus hermanos fueron respuesta suficiente.

-Hay muchos nervios en la Casa de Rilo, últimamente –dijo Jeanne, cogiendo una mano de Frances entre las suyas-. Tenemos que hacer lo posible por mantenernos unidos. Vienen tiempos duros. Así que me alegro mucho de que hayas vuelto a casa, hermana.

Frances acarició a Jeanne, y miró a Joan, que le sonrió con ternura.

-¿Llegaste a ver el Cráter, Frances? –preguntó Joan, inclinándose hacia delante en la silla.

Frances bajó la cabeza y asintió.

-Me conocéis bien y sabéis que no soy la más pía de las mujeres, pero… -la mirada de Frances volvió a huir hacia el mar-. Es difícil explicar lo que siente uno al contemplar aquello. Es… bueno, pues eso: un oasis de horror en un desierto de aburrimiento… -dijo, forzando una sonrisa triste-. Es la Nada. La Nada del hombre. La que sólo él puede crear…

Los tres hermanos se quedaron callados. Joan se quedó con la mirada perdida entre las maderas del suelo. Jeanne apretó la mano de su hermana y se la llevó a la boca para besarla.

-Haremos lo posible para protegernos de esa Nada, aquí, la familia, la Casa –dijo a Frances-. Juntos, con la ayuda de Dios.

Frances miró a su hermana con inmenso cariño y finalmente la acercó a sí para abrazarla. Joan se puso de pie, se acercó a ellas, y acarició el pelo de ambas.

A través de la ventana, un sol sin luz se ponía en el horizonte.

“Retrato de una muchacha”, de Arthur Hacker (1896)

I WOULD PREFER NOT TO [RECICLADO]

Al entrar en la casa, lo primero que vio Vincent Aldridge fue una reproducción del Cristo Crucificado de Velázquez. Se quedó pegado a la puerta recién cerrada, mirando la imagen con expresión de sorpresa tensa. Ella se dio la vuelta, mientras se iba despojando de bolso y abrigo, y se lo encontró allí, pasmado, con los ojos clavados en el cuadro.

-¿Te gusta? –preguntó ella-. Es arte católico, creo. Bastante antiguo.

-¿Te gusta a ti? –preguntó él, tratando de desviar la mirada del cuadro.

-Sí –respondió, con una sonrisa-. Soy un poco rara en mis gustos…

Se acercó con gesto pícaro, pero él hizo un apurado regate, disfrazándolo de movimiento para quitarse la cazadora.

-¿Te encuentras bien…? -preguntó ella.

-Sí, claro -dijo, mientras se quedaba de pie en medio del salón, las manos refugiadas en los bolsillos-. Perfectamente.

Ella se sentó en el sofá, dando a entender que otro tanto se esperaba de él. Con cierto retardo nervioso, también Vincent ocupó su lugar en un extremo del mueble, el peso del cuerpo apenas reposando en el filo del cojín.

Se quedaron mirándose un buen rato. Ella sonrió. Él tragó saliva y de un respingo se sentó a su lado. En otro movimiento súbito, puso una mano en uno de sus pechos. Ella le miró con cierta ternura entretenida. Acercó su rostro para besarle y Vincent, torpe, se fue dejando hacer. Ella se desnudó entonces de cintura para arriba. Él se quedó mirando sus pechos desnudos, con una mirada parecida a la que había puesto al descubrir el Cristo de Velázquez. Ella volvió a sonreír.

-Parece como si fueran las primeras que vieras en tu vida.

Vincent la miró con el rostro desubicado, trasluciendo el esfuerzo por ofrecer una respuesta adecuada.

-Oh, no, no… qué va… -dijo por fin-. He visto muchas… últimamente. En internet. En los últimos meses he visto toda la pornografía que he podido.

Acompañó este comentario con repetitivos asentimientos de cabeza, los cuales se fueron contagiando a su compañera, que ahora también le miraba con el rostro ligeramente atónito.

-Ajá -consiguió pronunciar ella-. ¿Te gusta mucho la pornografía?

Su cabeza se movió para negar, pero fue corregida por un repentino esfuerzo consciente.

-Una barbaridad -dijo-. Y la semana pasada pagué por los servicios de una meretriz.

Una sonrisa efímera crujió en los labios de ella.

-Vamos, que te fuiste de putas.

Vincent se quedó pensativo unos momentos.

-Sí, pero sólo con una…

Los dos se miraron durante unos segundos. Él se agarraba los brazos y ella se había olvidado de que estaba medio desnuda.

-¿Te gustó? -preguntó, con forzada curiosidad.

Un sonido lastimero escapó de la garganta de Vincent, mientras buscaba la respuesta adecuada en algún lugar del techo.

-¿No serás gay? -volvió a inquirir ella, elevando un poco el tono, la cara ligeramente crispada.

-Oh, no, no, no, no… para nada, qué va –afirmó Vincent rotundamente.

Ella le miró un momento con suspicacia, antes de acercarse nuevamente a él.

-Bueno, pues enséñame entonces qué has aprendido viendo todos esos vídeos guarrindongos… -concluyó ella, tratando de forzar una voz pícara.

Pero él escapó entonces al otro extremo del sofá.

-Preferiría no hacerlo -dijo en un suspiro.

-¿Preferirías no hacerlo conmigo? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.

Vincent asintió con la cabeza.

-Entonces, ¿para qué coño has venido?

-Para hacerlo contigo.

Volvieron a mirarse durante unos segundos. Ella cogió aire.

-Bueno… entonces, ahora qué ocurre, ¿se te han pasado las ganas? -preguntó, tratando de sonar paciente.

-No. No -se quedó callado, mirándose las uñas un instante-. Me había obligado a intentar hacerlo hoy contigo, pero… -otra mirada a las uñas-. Pero creo que, quizá, deberíamos conocernos antes… más. Mejor. No sé, pasear. Hablar, comentar los planes que tenemos para la vida. Ya sabes, ver si pensamos igual en las cosas importantes. Sobre cómo educar a nuestros hijos. Y después ya, casarnos. Y entonces, sí, hacerlo. Me apetece mucho, la verdad -terminó, con una sonrisa.

Ella le miró. Sus ojos tardaron un poco más de lo normal en parpadear. Cuando por fin lo hicieron, una carcajada se proyectó en el silencio denso del salón como si hubiese saltado la alarma de la casa: ocupando cada vértice, rebotando en cada sólido, disolviendo toda la materia alrededor de aquel sonido desesperado. Una supernova en la que temblaba el cosmos.

Vincent vio asustado cómo ella se caía del sofá, retorciéndose en la alfombra, sin poder dejar de emitir aquella risa agónica.

Cuando consiguió calmarse, se quedó sentada en el suelo durante unos minutos, la espalda apoyada en la parte baja del sofá. Él no se atrevía a moverse, ni a decir nada; simplemente esperaba. Finalmente, ella se levantó, se volvió a vestir y, mientras se dirigía al interior de la casa, le dijo que se fuera.

Vincent recogió sus cosas y fue hacia la puerta. Antes de irse, miró de nuevo el cuadro. Hizo un gesto de fastidio y se marchó.

“La tentación de Perceval”, de Arthur Hacker (1894)

The Wanderer

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