El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ARISTÓTELES

LA CANTINE ROYALE

El sol atravesaba a duras penas el humo de las fábricas para acabar muriendo en los reflejos de alquitrán del Loira.

Patricia cubría la mitad inferior de su cara con un pañuelo salpicado con algunas gotas de agua de azahar. Caminaba a buen ritmo. Se fijó por un momento en las aguas negras del río, de las que sobresalía, de vez en cuando, el esqueleto podrido de alguna antigua embarcación.

Docenas de barcazas iban y venían desde las fábricas de la otra orilla.

Patricia giró y se introdujo en las callejuelas de aquella parte de la ciudad, dejando el río atrás. Un grupo de chavales hacía pintadas políticas en la pared de una mezquita. Una mujer gorda les miraba con desgana, desde el portal de enfrente, sentada en una silla plegable, mientras fumaba su pipa.

Unos niños jugaban al fútbol en medio de la calle.

Patricia los rodeó para llegar hasta la Cantine Royale. La madera pintada de rojo destacaba entre el gris cemento de los edificios circundantes.

Una campanilla sonó al abrir la puerta. Patricia se vio entonces sumergida en una humareda densa, casi sabrosa.

Una mujer la miraba con curiosidad desde detrás de la barra.

-Buenas tardes. Busco al profesor Hundt -dijo Patricia, que se acababa de quitar el pañuelo.

La mujer hizo un gesto, mirando por un momento hacia arriba. Patricia buscó y encontró unas escaleras estrechas. El piso superior se abría a la derecha, a modo de balcón, sobre la parte inferior del local. Se amontonaban allí unas cuantas mesas con unas pocas sillas alrededor. Una ventana pequeña dejaba entrar algo de luz justo enfrente de las escaleras. Dos mujeres se besaban apasionadamente, sentadas junto a la ventana.

Patricia se fijó en el marco sin puerta a su derecha, que daba paso a otra estancia. Al cruzar el umbral, encontró al fondo otra ventana, un poco más grande que la anterior; y dos hileras de sillones acolchados pegadas a los laterales, con varias mesas más en las que apoyar bebidas, tabacos, libros y trozos de tarta.

Vio al profesor Hundt sentado junto a la ventana, acompañado de media docena de personas. El profesor la reconoció y la saludó para que se acercase.

El profesor fue haciendo las presentaciones, pero los nervios hicieron que Patricia olvidase casi todos los nombres que oía. Salvo uno.

-Y este es Peter Ramos-Hollande -dijo el profesor, con una sonrisa-, catedrático de Historia de la Literatura y autor de la celebérrima El Amanecer.

Patricia saludó con un ligero movimiento de cabeza, al que respondió el escritor de la misma manera.

-No pensaba que fueras a venir tú sola -dijo el profesor Hundt, mientras cargaba su pipa.

-Nadie más quiso venir -respondió Patricia, mientras se quitaba el chaquetón-. Ya sabes, esta tarde había manifestación…

-Cierto -dijo el profesor, con una sonrisa-. Lo había olvidado.

Patricia también sonrió e intentó prestar atención a la conversación que estaba teniendo lugar en esos momentos.

-…es lo que hablamos siempre… -decía una hermosa mujer, de rasgados ojos verdes y media melena lacia y castaña-. ¿Cómo es posible tal nivel de desencanto, cuando la Revolución apenas tiene un cuarto de siglo? ¿Cómo es posible, teniendo en cuenta de dónde venimos? Dioses, mi padre aún recuerda el día que mató al capataz de su amo…

La mujer expulsó con un bufido el humo del cigarrillo.

-Y yo vuelvo a insistir -dijo el profesor Hundt-, no creo que debamos confundir nuestro pequeño mundo, de tertulias y discusiones académicas, con el mundo real. Yo no veo desencanto en mis alumnos. Son muy pocos -el profesor miró por un momento a Patricia- los que no están, me atrevería a decir incluso, entusiasmados con la actualidad política; y deseando tomar parte en ella.

El silencio reinó por un momento en la mesa. Ramos-Hollande fijó su mirada en Patricia.

-¿Estás desencantada con la Revolución, Patricia? -preguntó el escritor.

Todos miraron a la joven. Patricia bajó la mirada.

-No lo sé… -respondió-. Pero me sorprende pensar que el autor de El Amanecer lo esté.

Todos sonrieron.

-No he dicho que sea así -respondió Ramos-Hollande-, aunque supongo que no me puedo desprender del tono decadente de nuestras reuniones… Y es probable que tenga cierta culpa del mismo.

Patricia le miró a los ojos y preguntó:

-¿Qué esperaba usted de la Revolución?

-Todo, por supuesto -respondió el escritor, casi riendo-. Y tutéame, te lo suplico… Pues esperaba el triunfo de la libertad, la belleza y la bondad. Una sociedad en la que todos tuviésemos la oportunidad de llegar a ser Aristóteles o Proust. Esperaba todo lo que un joven puede soñar en el amanecer de una nueva era -la mirada se le perdió en el mármol de la mesa-. Supongo que estábamos ebrios; ebrios de historia. De repúblicas romanas, de independencias americanas… ¡De Espartaco! Éramos Espartacos victoriosos. ¡Por fin! El mundo había esperado hasta nuestras mismísimas existencias para ver triunfar una revuelta de esclavos… Oh, todo era muy emocionante y bello. Éramos la esperanza hecha carne.

El escritor bajó la mirada hasta el suelo, antes de darle otro sorbo a su café.

-Bueno, éramos jóvenes… -dijo un hombre pequeño, de pelo rizado y rubio.

-Sí, no creo que haya otro resumen mejor -concluyó el escritor.

-Entonces, El Amanecer… -dijo Patricia.

-Oh, El Amanecer-repitió el escritor-. No puedo sino estarle eternamente agradecido. Me valió fama y un puesto fijo en la nueva universidad de la recién nacida República de Nan. Me encontré con la vida resuelta a una edad muy temprana. Poder dar clases de lo que más me apasiona. Y el tiempo libre más que suficiente para escribir un segundo libro que nunca he escrito.

-Lo cual es visto como una auténtica afrenta por ciertos sectores políticos… -apostilló la mujer de ojos verdes, con media sonrisa.

-Sí, es mi gran crítica al estado de cosas -dijo el escritor, con tono irónico-, ser incapaz de decir algo bueno al respecto.

Todos sonrieron.

-Aunque, desde otro punto de vista -dijo Patricia-, podría ser visto como cobardía. ¿Por qué no escribir sobre el desencanto?

Se hizo el silencio y todos miraron al escritor, que gesticulaba afirmativamente, sin mostrar ningún tipo de enfado por el comentario.

-He pensado mucho en mi vocación literaria, desde aquel éxito inicial… -Ramos-Hollande hablaba mientras miraba cómo sus dedos acariciaban la taza de café-. ¿Cómo no, verdad? ¿Qué escritor no lo hace? Y no creo que mi vocación tenga que ver con dar opiniones sobre el estado de cosas… Si acaso, contar cuál es el estado de cosas. Pero eso es muy difícil, muy difícil. Porque, para decir cuál es el estado de cosas, uno tiene que saber la verdad de ese estado de cosas. Uno tiene que conocer la verdad. Y… ¿hay algo más difícil? ¿Hay algo más difícil que conocer la verdad de algo? ¿La verdad de algo en lo que pululan cientos de miles de seres humanos? ¿Algo que ha llegado hasta nosotros tras miles de años de historia?… Es difícil, es muy difícil…

El escritor se llevó la mano a la boca y se quedó mirando la calle a través de la ventana, más allá de su amigo Hundt.

-Pero esa es la auténtica verdad de tu vocación literaria -afirmó el profesor de Historia.

-Cierto, cierto -asintió el escritor con vehemencia-. Completamente cierto. No hay salida. He ahí el deber de cualquiera que quiera escribir. Ese es mi deber. Mi deber -el escritor se señaló el pecho-. Pero cuánto más consciente era de esto, más incapacitado me sentía para llevarlo a cabo. Imposible, pensaba. Imposible. No puedo, yo no puedo. Está por encima de mí.

-¿Sigues sin poder? -preguntó Patricia.

El escritor suspiró.

-No. Puedo. Ahora puedo -contestó, mirándose los dedos-. ¿Sabes? En El Amanecer no había verdad. Y seguramente fue un éxito por eso mismo. Era algo que aquella generación necesitaba leer en aquellos momentos. Como… un salmo, recitado antes de un sacrificio religioso… O un poema de combate declamado justo antes de la batalla… Como Taillefer declamando la canción de Rolando delante del ejército normando. Eso, eso. Eso era El Amanecer. Pero no era literatura. Faltaba verdad. Demasiadas voces silenciadas. Demasiadas voces sin voz.

-Hay que dejar hablar al otro -dijo la mujer-. Así lo siento yo cuando interpreto. Interprete lo que interprete. Yo soy el vacío donde otro se encarna. Mi papel. El papel que encarno. Aparto mi yo y me pongo otro.

-Pero un escritor ha de ser muchos yoes -dijo el hombre pequeño.

-Pessoa, Pessoa, siempre Pessoa, por supuesto… -dijo el escritor, de forma casi obsesiva.

-Pero todo esto puede sonar demasiado a relativismo -comentó Hundt-. ¿Acaso no creemos en la verdad?

-Por supuesto que creo en la verdad, en una verdad… -respondió el escritor-. Pero, ¿la tengo yo? No estoy seguro. No estoy nada seguro. Porque tengo todas estas voces discutiendo dentro de mí. Voces que se contradicen. Y entonces en este minuto yo pienso esto; y al minuto siguiente esto otro. Contradicción, contradicción. Todo el rato. Todo lo que hemos leído… ¡¿y cuánto hemos leído?! Dioses, Michel… ¿cuánto hemos podido leer?

Hundt hizo gesto de no saber, con una sonrisa.

-Dioses, hemos leído como locos… Y todo eso que hemos leído, son voces, voces que hablan sin parar, dentro de mí. Y discuten constantemente. De todo. Sobre todo. Así que pensé, bueno, pues que hablen. Que discutan. Y les di un cuerpo. Y una vida. Convertí cada voz en un personaje. Cada voz, sobre cada tema que me interesa. Y como me interesa todo, pues… El resultado es que, la novela que estoy escribiendo, es una guerra civil. La guerra civil de la Historia humana. La guerra civil de los dioses. La guerra civil de mi alma…

Ramos-Hollande hizo un gesto mirando a Patricia, como diciendo y esto es lo que hay.

-¿Estás contento con lo que estás escribiendo? -preguntó Patricia-. ¿Estás… satisfecho?

La cara del escritor se retorció en una mueca ambigua, como si la pregunta le estuviese rebotando dolorosamente en el cerebro.

-Creo que sí… Sí, creo que sí -respondió, finalmente-. Es que… ¿sabes? No podría hacer otra cosa. No sabría hacer otra cosa. No hay opción. Callar o escribir esto. No hay otra opción.

El escritor se quedó pensativo un momento, mirando el mármol de la mesa. Unos segundos después, miró a Patricia, esbozando una franca sonrisa, y añadió:

-Sí. No hay otra opción. Y me parece bien que no la haya.

Patricia también sonrió. En ese momento se acercó la mujer que había visto detrás de la barra. Patricia pidió un café solo y un trozo de tarta de chocolate con queso.

-Espero que no te molestase demasiado Armand, el otro día, en clase -le dijo Patricia al profesor Hundt.

El resto de la tertulia se quedó mirando al profesor, esperando una explicación.

-Hace un par de días, un alumno me exigió en clase que hiciese un análisis crítico de las Casas… Me notó demasiado frío, políticamente hablando, en mi exposición sobre su historia -dijo el profesor, con una sonrisa.

-Ese chaval será un gran comisario político -comentó el hombre pequeño.

-Entonces será mejor que no lo invites, Michel -comentó a su vez Ramos-Hollande-. Podríamos acabar todos guillotinados…

Hundt asintió con la cabeza, e intentó forzar una sonrisa; pero no fue capaz.

-¿También te interesan las Casas? -preguntó Patricia al escritor.

-Me fascina todo lo que tiene que ver con las Casas -respondió-. Me parece una tragedia cósmica que nuestro principal enemigo en la actualidad sea una Casa. De hecho, me encantaría visitarla. Ese cristianismo vetusto y sabio, obsesionado con la belleza en cada segundo de la propia existencia, obsesionado con estar a la altura de su dios desbordante de entrega al dolor del otro… Ese rechazo de tantas cosas que yo también considero superfluas… -al escritor se le escapó una sonrisa, con la mirada perdida-. Dioses, empiezo a sonar como uno de esos románticos alemanes del siglo XIX, que se convirtieron en masa al catolicismo, hartos del nuevo mundo industrial… Pero algo de eso hay, algo de eso hay… En mí, sí.

Patricia se quedó pensando.

-¿Te imaginas viviendo en una Casa? -preguntó a Ramos-Hollande.

El escritor sonrió y resopló al mismo tiempo.

-Me temo que amo demasiado al hombre que amo -dijo, mirando a Michel Hundt-. Y él me ama demasiado a mí. Así que, supongo que he de conformarme con que mi amor por las Casas se mantenga en un ámbito… platónico.

-No se puede tener todo en esta vida… -dijo el profesor Hundt, mirando al escritor.

Patricia sonrió y se quedó callada.

Pronto la conversación tomó otro rumbo, pero ella apenas prestó atención.

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AQUÍ TAMBIÉN HAY DIOSES

El alboroto de la lonja se componía de gaviotas, motores, sirenas y varias docenas de subastas que se desarrollaban a voz en grito. Una agradable brisa marinera removía la sopa de olores que producía el mercado a primera hora de la mañana.

Todas las razas e idiomas del mundo parecían congregarse en aquel lugar. Una pequeña figura, vestida con una sencilla camiseta marrón y amplios pantalones del mismo color, paseaba con gesto entretenido entre la barahúnda del puerto. De vez en cuando, se detenía para examinar el género de algún puesto, con una curiosidad que parecía más científica que gastronómica.

-¿Va a querer algo, viejo? -le preguntó en inglés clásico un pescadero gordo, calvo y negro, que se empezaba a impacientar ante el largo escrutinio de sus peces.

-Oh, no… Lo siento, me había obnubilado observando las branquias de ese lepidorhombus… -contestó en griego ortodoxo el anciano.

-Pues, si no va a comprar nada, deje sitio a los que sí quieren hacerlo -respondió a su vez el pescadero, en griego ateniense.

El viejo se acarició la rala barba de su mentón y siguió su camino despidiéndose con un ligero movimiento de cabeza. Se fijó entonces en la fragata de la Liga que entraba en esos momentos en el Pireo: un enorme buque acorazado de color gris perla del que salían, como espinas en la espalda de un dragón, varios palos en los que los marineros se afanaban en arriar y recoger velas. El anciano se quedó parado, contemplando la actividad en el barco de guerra.

-¡Señor Thomas! -gritó un joven desde la terraza de una taberna cercana.

El viejo se giró y saludó con una mano, acercándose a buen paso hasta la mesa que ocupaba el joven. En su rostro anguloso y lampiño se mezclaban sangres de todos los continentes; unos alegres ojos verdes, ligeramente rasgados, invitaron al anciano a sentarse; cosa que hizo con presteza.

Una camarera se acercó a ellos. El joven ya tenía una copa de vino blanco. El anciano pidió otra, además de una ración de calamares fritos.

-¿Qué tal estás, joven Peras? -preguntó, jovial.

-No hay queja, Maestro. ¿Qué tal se encuentra usted?

-Felizmente atareado, como siempre. A Dios gracias. ¿Y Adonis?

Peras hizo un gesto y desvió la mirada.

-Bueno, ya sabe; preocupado por el estado de las cosas, como suele. Preocupado sobre todo por la posibilidad de que el partido de Sonshu Agamenón gane las próximas elecciones.

-Claro.

-Le he traído lo suyo; y una carta que recibió Adonis hace un par de días -Peras acercó un par de sobres por encima de la mesa al anciano-. Parece que es importante.

Thomas cogió los dos sobres. Uno blanco, otro gris. Se quedó observando éste por un momento, hasta que guardó ambos en un pequeño bolso que colgaba de su cinturón.

La camarera llegó con la copa de vino y los calamares. Peras pinchó uno inmediatamente y empezó a comerlo, mientras Thomas se quedaba mirando la cabeza de uno de los animales, buscando la boca entre los tentáculos con ayuda de su tenedor. Peras se quedó mirando al anciano.

-Se le va a enfriar, Maestro -comentó divertido.

Thomas sonrió. Levantó un dedo, indicando a Peras que esperase un momento. Peras ya sabía lo que eso significaba: le iba a leer algo. El anciano extrajo un libro bellamente encuadernado de su bolsita. Lo abrió y empezó a buscar. Volvió a levantar el mismo dedo, sin dejar de mirar el libro, haciendo ver que ya había encontrado lo que buscaba y se disponía a leerlo:

-…por ello es necesario no rechazar puerilmente el estudio de los seres más humildes, pues en todas las obras de la naturaleza existe algo maravilloso. Y lo mismo que se cuenta que Heráclito dijo a los extranjeros que querían hacerle una visita, pero que, cuando al entrar lo vieron calentarse frente al horno, se quedaron parados (los invitaba, en efecto, a entrar con confianza, pues también allí estaban los dioses), igual hay que acercarse sin disgusto a la observación sobre cada animal, en la idea de que en todos existe algo de natural y de hermoso… ¿No es realmente magnífico Aristóteles?

Peras tomó el libro y lo hojeó con profunda admiración. Estaba escrito en griego clásico. Las miniaturas que lo adornaban eran de una extraordinaria belleza.

-¿Es una copia realizada por usted, Maestro?

-Nunca entenderé por qué San Nicolás le tenía tanta inquina… -Thomas no parecía haber escuchado al joven.

-¿A San Nicolás no le gustaba Aristóteles? -inquirió Peras, olvidando su pregunta anterior.

-Pues no. De hecho, Iumbe Crisóstomo llegó a dedicar un libro a la cuestión, poco antes de la Caída; pero es una de sus muchas obras que no se han conservado… Así que no podemos saber cuál era su teoría al respecto -Thomas se quedó por un momento con la mirada perdida en las olas-. En cualquier caso, a pesar de mi profunda admiración por el santo, no puedo evitar sentirme profundamente feliz cuando leo al Filósofo. Espero que no sea pecado… -comentó con una suave sonrisa.

-Quizá, en esta cuestión, estuviese equivocado -dijo Peras, intentando dar pie a que el anciano siguiese hablando del tema-. ¿En qué escolios se puede percibir ese malestar con Aristóteles?

-Explícitamente, recuerdo ahora mismo dos: uno en que considera que el aristotelismo ha sido uno de los traspiés de la Iglesia y otro en el que dice que el vicio de la escolástica medieval está en no haber sido sierva de la teología, sino de Aristóteles -respondió el anciano, antes de comerse un calamar.

-¿Y es así?

-Claro, esa es la cuestión, mi duda… -dijo Thomas, con una sonrisa, mientras se acercaba la copa a los labios-. Hay otros escolios en los que habla de la escolástica; por ejemplo: la Escolástica pecó al pretender convertir al cristiano en un sabelotodo. El cristiano es un escéptico que confía en Cristo… Y en otro lugar: el que menos comprende es el que se obstina en comprender más de lo que se puede comprender. San Nicolás desconfía de los mamotretos escolásticos: tan grande es la distancia entre Dios y la inteligencia humana que sólo una teología infantil no es pueriltomistas y marxistas pueden intercambiar personal...

-¿Marxistas?

-Oh, una herejía que tuvo su importancia unos tres siglos antes de la Caída… -explicó Thomas, antes de continuar con las citas- …los vicios de la teología católica resultan de su propensión a tratar problemas teológicos con mentalidad de canonista... Evidentemente, Santo Tomás tampoco queda libre de sospecha; en un escolio, San Nicolás se pregunta si se le puede considerar un orleanista de la teología -el anciano dejó escapar una risita-. Es otro modo de decir que ya está cediendo demasiado terreno al enemigo. Teniendo en cuenta lo que Santo Tomás opinaba de su propia obra al final de sus días, casi podríamos pensar que él mismo le daría la razón a San Nicolás… -el anciano sonrió-. Por otro lado, las loas a Platón abundan en los Escolios: las tres filosofías más importantes de la historia (Platón-Descartes-Kant) son apologéticas larvadas de la religión… En fin. El caso es que San Nicolás desconfiaba profundamente del cristianismo con tendencia a la enciclopedia. Y de esa tendencia, parece culpar principalmente a Aristóteles.

Peras se quedó pensativo, mientras el anciano volvía a tragar un calamar con evidente placer.

-Es curioso, ¿sabes, Peras? Porque muchos pensadores cristianos han considerado que la filosofía antropológica de Aristóteles se acomodaba mejor al misterio de la Encarnación que la siempre peligrosa tendencia al dualismo de Platón. Aunque también es cierto que grandes pensadores musulmanes han pensado que el tratado sobre la psyché explicaba perfectamente la relación entre su dios abstracto y las criaturas… -Thomas se quedó callado, con la mirada fija en la nada, mientras le daba otro trago a la copa de vino-. El caso es que sería un interesante tema de estudio, ¿verdad?

Peras pareció volver de un lugar muy lejano.

-Ciertamente, Maestro…

-¿Serías tan amable de acompañarme a casa? -preguntó Thomas, sonriente.

-Por supuesto, Maestro. Voy un momento al servicio y nos ponemos en marcha.

Cuando el joven se levantó, Thomas recordó el sobre gris que llevaba en el bolso. Volvió a sacarlo y lo contempló sin abrirlo.

Sus manos ancianas parecían doblarse bajo el peso de aquellos trozos de papel.

‘Palas Atenea’, de Gustav Klimt (1898)

LA OBRA ERA ESTO

…los hombres -ahora y desde el principio- comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante la peculiaridades de la luna, y las del sol y los astros, y ante el origen del Todo. Ahora, bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe (de ahí que el amante del mito sea, a su modo, amante de la sabiduría: y es que el mito se compone de maravillas).

Metafísica, de Aristóteles; Libro primero, 982b 12-20; Gredos, 1994; pgs. 76-77.

La obra era esto.

Este cajón de sastre.

Esta incapacidad para la novela clásica, para el relato canónico. Para el mero ensayo. Para la simple teología. Este tocar todos los palos y romperlos todos. Esta ideología de género literaria.

Esta brevedad, más perezosa necesidad que aforística virtud.

Este yo y esos otros yoes y esos otros otros. Los disfraces y máscaras. Los personajes que me pongo. Los héroes que no soy. Las verdades, las mentiras, las contradicciones.

Las citas, las opiniones, los insultos y los abrazos. Las traiciones (muchas) y fidelidades (pocas). Las caídas y subidas.

Mi vida (y las vuestras), a cachos. A escondidas.

Tantas entradas escritas. Tantas entradas borradas. Todo parte del montaje final. Y aquí dirijo yo, mal que nos pese.

Cada vez más, si cabe, perplejo y maravillado. Amante aún del saber, amante siempre de los mitos. Amante del contar, en casi cualquier forma en que se presente. Mientras intente ser un contar verdad.

Esta obra cuyo único hilo de sentido, quizá, sea este mero continente virtual que lo amontona caótico y confuso, en lineal diacronía.

Y que, al igual que el magnífico Chris, sólo puede aseverar que viene de atrás y que va hacia adelante.

EL DULCE ANHELO POSITIVISTA DE LA MERA IDEOLOGÍA

El que no se resigna a la fundamental asimetría del mundo acaba falsificando las medidas.

Escolios a un texto implícito, de Nicolás Gómez Dávila; Atalanta, 2009; pg. 279.

“[…] Aristóteles enuncia con claridad que la forma dineraria de la mercancía no es más que la figura ulteriormente desarrollada de la forma simple del valor, esto es, de la expresión que adopta el valor de una mercancía en otra mercancía cualquiera. Dice, en efecto:

‘5 lechos = una casa’

‘no difiere’ de

‘5 lechos = tanto o cuanto dinero’

Aristóteles advierte además que la relación de valor en la que se encierra esta expresión de valor, implica a su vez el hecho de que la casa se equipare cualitativamente al lecho, y que sin tal igualdad de esencias no se podría establecer una relación recíproca, como magnitudes conmensurables, entre esas cosas que para nuestros sentidos son diferentes. ‘El intercambio’, dice, ‘no podría darse sin la igualdad, la igualdad, a su vez, sin la conmensurabilidad’. Pero aquí se detiene perplejo, y desiste de seguir analizando la forma del valor. ‘En verdad es imposible que cosas tan heterogéneas sean conmensurables’, esto es, cualitativamente iguales. Esta igualación no puede ser sino algo extraño a la verdadera naturaleza de las cosas, y por consiguiente un mero ‘arbitrio para satisfacer la necesidad práctica’.

El propio Aristóteles nos dice, pues, por falta de qué se malogra su análisis ulterior: por carecer del concepto de valor. ¿Qué es lo igual, es decir, cuál es la sustancia común que la casa representa para el lecho, en la expresión de valor de éste? Algo así ‘en verdad no puede existir’, afirma Aristóteles. ¿Por qué? Contrapuesta al lecho, la casa representa un algo igual, en la medida en que esto representa en ambos –casa y lecho- algo que es efectivamente igual. Y eso es el trabajo humano.

Pero que bajo la forma de los valores mercantiles todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual, y por tanto como equivalentes, era un resultado que no podía alcanzar Aristóteles partiendo de la forma misma del valor, porque la sociedad griega se fundaba en el trabajo esclavo y por consiguiente su base natural era la desigualdad de los hombres y de sus fuerzas de trabajo. El secreto de la expresión de valor, la igualdad y la validez igual de todos los trabajos por ser trabajo humano en general, y en la medida en que lo son, sólo podía ser descifrado cuando el concepto de la igualdad humana poseyera ya la firmeza de un prejuicio popular. Mas esto sólo es posible en una sociedad donde la forma de mercancía es la forma general que adopta el producto del trabajo, y donde, por consiguiente, la relación entre unos y otros hombres como poseedores de mercancías se ha convertido, asimismo, en la relación social dominante. El genio de Aristóteles brilla precisamente por descubrir en la expresión del valor de las mercancías una relación de igualdad. Sólo la limitación histórica de la sociedad en que vivía le impidió averiguar en qué consistía, ‘en verdad’, esa relación de igualdad.”

El capital, de Karl Marx; Siglo XXI, 1998; pgs. 72-74.

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