El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Categoría: APUNTES

SÉ QUE VIENES

Sé que vienes
y me siento a esperarte, tranquilamente, refugiado entre telas recias de la brisa marina.

Siempre sé que vienes, por el corretear intestino de las termitas.

Sé que vienes, rebosando palabras graves como un corazón de acero, que yo he de traducir de tu bella lengua materna.

Vienes a agotarme, lo sé, con tu exasperante anhelo de verdad.

Como un amor de la infancia sin ensuciar, vienes prometiendo alternativa redención.

No te soporto, mi amor. Y, sin embargo, aquí estamos sentados los dos, charlando, con sendos cafés calentándonos las manos arrugadas, frías y viejas.

Eso último que dijiste no lo escuché bien -esa maldita gaviota gritona-.

A pesar de todos estos años que hemos pasado juntos, sigo sin saber exactamente cómo te llamas. Y tú sigues negándote a decírmelo. Nunca te has dado entera, durante todos estos años. No te extrañe entonces que yo aún siga guardando las distancias, amor.

Sé que vienes, por la impotente insistencia del vacío en hacerme sentir solo. Te acercas y el mundo se llena de algo, que no sé qué es, pero me acurruca.

Y me haces hablar como si realmente tuviese algo que decir, como si mi vida estuviese repleta de maravillas que merecen ser contadas. Y que sólo si tú las escuchas parecen existir.

Callamos, mientras los caballos pastan aquí cerca, entre los molinos del parque eólico.

Te pones en pie. ¿Te vas ya? Tienes prisa, hoy.

Ten cuidado con el escalón.

Es un abismo.

LAS DIVINAS INERCIAS

Las palabras salen con mayor rapidez de las bocas que de los corazones. Mudar de veneraciones es un camino más largo de lo que nos gustaría pensar.

El alma ha de habituarse a los nuevos ritos y oraciones; y es en esa pelea cotidiana por forzar las inercias del cuerpo donde nuestra libertad realmente se faja.

Porque cuando el mundo nos exija más reflejos que deliberaciones, la mecánica involuntaria de nuestras costumbres es la que ofrecerá el auténtico espectáculo de nuestras creencias más profundas.

En la imperiosa necesidad de un momento, todos acabamos descubriendo a qué dioses adoramos realmente.

En la mayoría de los casos, no suele ser una sorpresa agradable.

PRECIPITACIONES DEL 8 DE MARZO

Es otro de esos días de Grandes Palabras Identitarias. De esas idolatrías en las que el ser humano busca redención. Como Guerra Cultural o Nación.

Un padre muy activista nos avisó por el grupo de Guásap del colegio de que el AMPA nos animaba a que nuestros hijos fueran al cole con alguna prenda morada, en honor de las Grandes Palabras del día.

Mi hija fue al colegio vestida completamente de azul.

Habían pronosticado lluvia para todo el día, en el día de varias de esas Grandes Palabras. Pero no llovió hasta la hora de recoger a los niños del colegio.

A muchos, la lluvia les cogió desprevenidos. A mí no. A aquel chico, sí. Aquel chico se mojaba bajo la recia lluvia, mientras esperaba la salida de su hermano. Yo tenía un paraguas, el chico se mojaba. Sin demasiado esfuerzo lógico, le dije al chico que se refugiase conmigo bajo mi paraguas. El chico musitó algo sobre el olvido y se quedó a mi lado, en silencio, a cubierto, hasta que su hermano salió del colegio.

Pero yo me fijaba en la escena que tenía delante. Me hubiese gustado sacar una foto de esa escena. En ese día de algunas de esas Grandes Palabras.

En la foto, se podría ver a varias personas esperando a la salida del colegio, en la acera. Mientras llueve. Mientras llueve bastante. A la izquierda, se pueden ver tres personas con paraguas. A la izquierda, una madre, sin paraguas, espera cubierta apenas por una capucha escasa, empapándose. Ninguna de las tres personas ofrecen cobijo en ningún momento a la madre que se moja a su lado.

Y ahora, todo mi esfuerzo lógico consiste en entender esa escena, en ese día de Grandes Palabras.

Yo me sentí bien, ofreciendo mi paraguas al joven que se mojaba. ¿He de entender que esas personas que no ofrecen sus paraguas no se quieren sentir tan bien como yo? ¿O acaso a ellos no les hace sentir bien proteger de forma tan sencilla a alguien de la lluvia?

¿Es vergüenza? ¿Se sienten ridículos siendo amables y preocupándose de desconocidos en apuros?

O quizá no se dan cuenta de lo que ocurre alrededor. No se dan cuenta de que alguien se empapa y pasa frío a su lado, en uno de esos días de Enormes Palabras.

Quizá debiera yo escribir algo en el grupo de padres de Guásap. Algo como esto:

Recomiendo compartir paraguas en día de lluvia, para evitar que se mojen las personas que carezcan de ellos.
No es necesario hacerlo sólo el 8 de marzo. Se puede hacer en cualquier momento que llueva.
Hacerlo, además, suele producir una agradable sensación de bienestar.

Quizá debiera, pero no.
Me quedaré aquí, pensando en la lógica de los tiempos; y recordando la sonrisa que me regaló el joven al que ofrecí mi paraguas, cuando nos cruzamos con su hermano y él un poco más tarde.

MIS CREENCIAS

Al leer mis versos de amor, dos docenas de mujeres pensarán que hablo de ellas; y, probablemente, todas ellas tengan parte de razón.
Y ciertamente todas estarán completamente equivocadas.

Porque la mujer que amo es un collage de recuerdos dispersos, rasgos compuestos y suspiros diversos; conjugado en verbos copulativos de imaginaciones incumplidas y deseos por encarnar.

Su rostro es el impacto estético del día (en el metro, en el curro o en el Mercadona) concentrando todos los ecos insatisfechos de mi alma.

En cada desconocida atractiva -que me quiebra el cuello para que le siga el trote con la mirada- renace el anhelo patriarcal de fundar dinastía en el múltiple preñar apasionado de un amor nacido en la infancia, muerto en la vejez y previsto en la eternidad.

Es por ello que en todas ellas me reconozco fracasado en mis aspiraciones
y confirmado en mis creencias.

Pues no es lujuria el pecado que me pierde,
sino la tragedia del campo fértil que se ha condenado a ser paisaje yermo de cemento.

EL ASUNTO

El asunto no es tener la razón, sino tener la verdad.

Pero es ésta diosa esquiva y tramposa. La cree uno sentada en el trono evidente de un palacio, pero es más fácil toparse con ella en el tapete verde de un casino clandestino.

Le apasiona presentarse a modo de legión y nada se saca de ella si no es amenazando acantilado; se esconde entonces en cualquier bestia y reclama sacrificio para su rendición.

La luz de las rutinas -artesanías de la voluntad ordenando trocitos de mundo- le atrae como a insecto nocturno. Pero tiene modales de flor y se cansa pronto de la propia carne de su belleza; es por lo tanto su capricho mustiar las macetas donde crees haberla cultivado.

Quizá, porque el asunto, en realidad, tampoco es tener la verdad.
Mas dejarse abierto a la posibilidad de que la verdad te tenga.

“Pausa nº 0120”, de Taeil Kim.

UNA HISTORIA DE AMOR

Es una historia de amor.

Callar y atender inerte al suceso que acontece. La boca del sacerdote que pronuncia palabras mudas.

Recuerdo esas misas en las que sólo estábamos presentes Gabriel, Alejandro y yo, en aquellos altares laterales. Gabriel oficiaba, Alejandro acolitaba, yo observaba. Pequeños, ocultos, confabulados en el rito milenario; en su eternidad. En el mundo, fuera del mundo.

Probablemente, nunca he sido mejor.

Artesanía de la adoración y el agradecimiento, es a ella a quien he echado de menos. Es ella la que me ha llamado, a través del ruido. Es ella a la que ofrezco contento y sosegado mis rodillas y mis cicatrices.

Mesa donde se sirve Dios recién hecho, bello ritual de la misteriosa verdad primera.

El sutil bocado del origen de todo.

LA VIDA DE LAS COSTUMBRES

Consigo acordarme de bendecir la mesa a la hora de la comida; pero me olvido durante la merienda del día que es hoy y devoro la cecina sin el más mínimo escrúpulo.

Es curiosa la vida de las costumbres.

Uno se desmonta de ellas sin apenas esfuerzo, dejándose caer sobre una llanura infinita en la que apenas son visibles los caminos; y cuando el alma quiere devolverse a la pauta, la laxitud ha creado ya una fuerza de gravedad que nos arrastra inertes una y otra vez hacia la ausencia de ritos.

Observo estas dificultades como el pintor en jarras ante el lienzo sobre el que ya ha trabajado varias veces, incapaz al parecer la pintura de agarrar nuevamente en él.

Pero lienzo, sólo queda éste.

A pesar de ello, no acontece una tristeza impaciente -ni mucho menos desesperada-, sino simple contrariedad divertida.

Pues mañana será otro día, Dios mediante, para insistir en la misma aventura de afanes sutiles.

Hasta que llegue el día -como ya ocurriera- en que la voluntad se transforme en gesto inconsciente.

Y ya nada se pueda comer sin natural acción de gracias.

“The memory of yellow”, de Taeil Kim.

UN VERSÍCULO MÁS

Mientras caen las hojas alrededor, nos golpean recuerdos de las primeras flores.

Se desnudan los árboles del acantilado en un silencioso atardecer de oro y nuestra alma insiste en una primavera que ya no gozaremos más.

Por los pasillos de mi hogar vacío corren los espíritus de los hijos que ya no han de nacer; y en sus risas que sólo yo escucho confirmo la verdad tan tardía: hombre fuiste, realmente, aquellos días que hicimos el amor abiertos a la posibilidad de dar fruto.

Cuando fuimos un versículo más de Su Génesis.

Espero disculpe mi torpeza. No me quejo de la soledad, la acepto; aunque no niego su amargura. De hecho, le hablo de ella a la brisa marina, para que dé aviso a los amantes jóvenes y eviten así naufragios en islas lejanas, ajenos al alboroto de una familia propia.

Tarde vi, comprendo. Y aunque me reconforta ser capaz todavía de sonreír al ver a otros dar pasos correctos, no es sin mácula que tal sonrisa nace.

Pues en el temblor de los labios se percibe el símbolo de una derrota.

“The Embrace”, de Nick Alm (2015)

BSO

Una de las cosas a las que nos malacostumbra el buen cine es al acompañamiento musical en los momentos cruciales de la vida de los protagonistas.

En nuestra realidad, sin embargo, los momentos cruciales suelen llegar con un silencio banal, interrumpido apenas por vulgares sonidos cotidianos: el acelerar de un coche, la conversación de los vecinos, una notificación que hace vibrar el móvil…

Nada nos avisa de que un mar insalvable quedará a nuestras espaldas tras la decisión tomada, tras el hecho consumado.

La banda sonora de nuestras vidas sólo la escucha Dios.

EN MI MOCHILA

Cuando te veo en la tele, no sé qué amo exactamente. Puede que la mera belleza de tus formas; quizá la íntima fragilidad de algunas de las cosas que me dices a oscuras, cuando no es necesario portar máscara.

Mas, ¿qué sabré yo, si aún no me llegó el olor de tu melena, bailando al viento de diciembre?

Y entonces concluyo que mi alma vieja, rebosante aún de fuego sagrado, ansía amar. Y querría una compañera junto a la que luchar y repoblar el mundo: de vidas, de actores, de narración.

Porque donde todos ven decadencias, yo sólo soy capaz de contemplar la apoteosis de un poder triturante y creador, hacia el que me quiero abalanzar riendo síes y cantando a pleno pulmón la belleza crucial del fracaso.

Lo que quiero conservar lo llevo en mi mochila, pues sólo mi espalda me sé con derecho a cargar. No creo en el progreso ni en la corrupción: creo en la mano que me ofreces en el mismo día de hoy.

Y contemplo las revoluciones del caos con sonrisa confiada,
pues una de las cosas que porto en mi mochila
es una espinosa corona ensangrentada.

(Mi agradecimiento al Hermano Buscador Wike por esta canción y por tantos años de amor)

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