El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Categoría: ANTONIO DAMASIO

EL CUERPO NECESARIO

“El problema crucial, a la hora de plantearse el peso de la conducta en la evolución de las especies, es saber si los efectos Baldwin realmente ocurren; saber cuál es su peso real en los procesos evolutivos. El profesor Sánchez González, junto con el profesor Loredo, explican qué es el efecto Baldwin, o sea, la selección orgánica, en un artículo reciente: “Organic selection supposes that, during their lifetime, organisms make new adaptations (things they learn or new habits they acquire) which have a positive effect on their survival. Although these habits are not directly passed on to their descendants, they can continue through other means (i. e. by repeating individual learning, imitating, facilitating or instructing). These new habits could be, for instance, new migratory routes or new ways to obtain food. They change to some extent the ‘style of life’ of the group (new climate conditions, new predators, new food sources, etc.). In the long term, hereditary changes which occur will be selected if they fit this ‘style of life’ and strengthen the persistence and efficiency of those habits (enhancing temperature regulation, predator detection, food exploitation, etc.).”[1]

Aunque el efecto Baldwin vuelve a ser tenido en consideración por muchos teóricos de la evolución, Sánchez González y Loredo critican a aquellos autores que hacen una interpretación restrictiva de la selección orgánica, en último término mecanicista, eliminando precisamente la problematicidad irreductible de la conducta animal.

En el fondo, late la cuestión siguiente: si la conducta es algo reducible, o no, a las pautas algorítmicas supuestamente determinadas por la estructura neural del organismo; ni siquiera importaría que esta estructura neural estuviera exclusivamente determinada por la carga genética o por presiones ambientales o por ambas, porque incluso el proceso epigenético sería pensado como una programación del organismo, cuya conducta posterior, madura, se vería controlada por dicho programa (que es, precisamente, el que determina su estructura neural). Por su parte, en la selección orgánica, el planteamiento es absolutamente otro: “Es necesario insistir (…) en que lo característico de la conducta es la ‘elección’. ¿Pero cómo podemos llamar ‘elección’ intencional a un subconjunto de caracteres fenotípicos? Habría que considerar (…) si el papel de la conducta es distinto de cualquier otro rasgo fenotípico.”[2]

En definitiva, la discusión se plantea alrededor del concepto de consciencia; si ésta puede ser atribuible a los animales, en qué medida y con qué gradaciones.

El problema de la consciencia ha sido prácticamente un tabú científico hasta hace poco tiempo: tema demasiado cercano a las vaguedades metafísicas de los filósofos. Pero los científicos están perdiendo el miedo. Buena parte de los neurobiólogos de la Affect Revolution a los que hemos hecho referencia en el anterior capítulo, están tratando el problema de la consciencia. Empiezan a tomar en serio la posibilidad de que los animales también la posean, aunque no evidentemente al mismo nivel que la puede tener el ser humano; así que ya se está empezando a hablar de diversos niveles de consciencia animal, precisamente en relación directa con la complejidad conductual desplegable por el organismo correspondiente.[3] Para comprender la importancia crucial de estos planteamientos, léase este texto de Jaak Panksepp: “In sharing this viewpoint about the sources of consciousness, I am affirming a truism of 20th century behavioral science: Evolution can mold brain functions only by inducing changes that modify the efficacy of behaviors. Affective representations promote certain classes of behavior patterns, and with the additional evolution of various highly differentiated sensory and motor tools, affective states may increasingly provide an internal reference point for more complex abilities. Thus, in complex organisms such as human adults, affective feelings may arise from a build-up of reverberations in the extending SELF-schema, which is experienced as a mounting sense of “force” or “presure” to behave in a certain way. With psychological development, organisms may develop a variety of counterregulatory strategies, ranging from various cognitive-perceptual reorientations to the withholding of behavior patterns. In other words, since the basic emotions provide fairly simpleminded solutions to problems, it would be adaptive for organisms to be able to generate alternative plans. Still, such newly evolved brain abilities may continue to be referenced to the affectively experienced neurodynamic status of the primal SELF. To put it quite simply: Animals may adjust their behaviors by the way the behaviors make them feel.”[4]

El proceso de desarrollo de los progresivos niveles de consciencia en la evolución de las especies es el despliegue de círculos concéntricos cada vez mayores, círculos que simbolizan el campo de posibilidades abierto a las conductas de los organismos.[5] Pero el grado de variabilidad, cada vez mayor, que se va desplegando en la propia evolución y que va aportando a los animales más desarrollados una mayor capacidad para llevar a cabo planes alternativos, hace relevante el análisis de la conducta en cuanto que patrón progresivamente variable. Se abre un espacio que la consciencia debe escoger cómo rellenar. Cuanto más compleja sea dicha consciencia, mayor cantidad de soluciones podrán ser encontradas. Es el despliegue de la flexibilidad al nivel de la conducta.

Al mismo tiempo, los beneficios otorgados por el aumento de la flexibilidad conductual parecen ir imponiendo ciertas condiciones a los cuerpos que sustentan tales propiedades. Es decir, no es sólo que las conductas dependan de los cuerpos de los animales que las realizan; sino que los cuerpos empiezan a depender de las conductas que el animal es capaz de ejecutar. Los cuerpos se transforman para adaptarse a las nuevas conductas. Y se transforman para hacer cada vez mejor las conductas descubiertas.

Lo cuál es muy importante cuando nos planteamos el misterio de la antropogénesis: el hombre se define por su impresionante flexibilidad conductual, sin parangón en nuestro planeta. De tal manera, ¿es casual que tal flexibilidad haya surgido en el linaje de los primates? ¿Es casual que un animal racional deba tener cinco sentidos, un sistema nervioso central, unas manos increiblemente versátiles, un sistema hormonal y neuroquímico como el nuestro?

Realmente, ¿es tan azaroso que tengamos el cuerpo que tenemos?”

Discursos actuales de la Biología: las fronteras de la cuantificación; trabajo final de DEA de Xacinto Fernando Bastida García, dirigido por Juan Bautista Fuentes Ortega; pgs. 49-51.

 

[1] “In circles we go. Baldwin’s theory of organic selection and its current uses: a constructivist view”, José Carlos Sánchez González & José Carlos Loredo, en Theory & Psychology, vol. 17 (1): 33-58, 2007; pg. 34. Agradecemos la amabilidad del profesor Sánchez González, que nos hizo llegar este artículo por correo electrónico, el cual ha sido de gran ayuda para el desarrollo de esta investigación (como también lo ha sido su magnífica tesis doctoral, ya citada anteriormente).

[2] “El ‘efecto Baldwin’”; op. cit.; pg. 46.

[3] Es obligado citar el libro de António Damásio, “The feeling of what happens”, Random House, London, 1999 (hay traducción española: “La sensación de lo que ocurre”, Debate, Madrid, 2001). Otro autor muy interesante es el fisiólogo evolutivo australiano Derek Denton, especialmente su libro “The Primordial Emotions: The dawning of consciousness”, Oxford University Press, New York, 2005.

[4] “Affective Neuroscience”; op. cit.; pg. 311.

[5] “(…) la dirección que muestra la evolución es, para Baldwin, el progreso en la plasticidad, en la potencia de acomodación.”; “El ‘efecto Baldwin’”, pg. 187.

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LAS ACTIVIDADES SIGNIFICANTES DE ESOS CUERPOS

En la página 32 de mi trabajo final para la obtención del Diploma de Estudios Avanzados en Filosofía, escribía yo:

Aunque poseedor de un vasto conocimiento sobre cualquier tipo de cuestión neurológica, la especialidad de Panksepp es la psiquiatría. Su modo de acercamiento a las cuestiones fundamentales de la emocionalidad humana se ha basado en trabajos de laboratorio fuertemente invasivos con animales. En 1998 aparecía su Affective Neuroscience, que puede ser considerado como el tercer hito de la Affect Revolution acaecida durante la pasada década de los 90.

Mi trabajo se titulaba Discursos actuales de la Biología: las fronteras de la cuantificación. Y el año de estudio, investigación y escritura que dediqué para su redacción fue uno de los más felices de mi vida. Si en algún momento de mi existencia me he sentido efectivamente un filósofo, fue durante aquel año. Y el resultado de aquel año fue un texto que aún me gusta releer de vez en cuando y del que no puedo negar que me siento bastante orgulloso.

Hoy he descubierto que Jordan Peterson considera a Panksepp un genio y que recomienda encarecidamente la lectura de su Affective Neuroscience. En mi trabajo, yo hablaba de Panksepp en el segundo capítulo, dedicado a los debates contemporáneos en el ámbito de la neurobiología. Citaba su obra junto a la de Antonio Damasio y Joseph LeDoux, como tres referentes de un nuevo camino en ese campo de investigación; así, en la página 33:

Insistimos: en estos investigadores no se produce una clausura reduccionista del dualismo de tradición cartesiana, ni de las ambigüedades aristotélicas respecto de los dos intelectos humanos; en estos investigadores está cuajando una concepción del ser humano en la que la somaticidad, los cuerpos de los hombres y las mujeres, recobran completamente su unidad sustancial, resituando los diversos elementos que componen la personalidad humana en una tensa conjugación que se resuelve finalmente en las actividades significantes de esos cuerpos.

Escuchar a Jordan Peterson en la primera conferencia que dedica al estudio de la Biblia me ha traído muchos recuerdos de aquel maravilloso año de estudio universitario. He vuelto a sentir esa intución profunda de que el conocimiento científico en ningún caso imposibilita mi pasión teológica; más bien al contrario, la sitúa en el camino adecuado; sobre todo, paradójicamente, por humilde. Porque la buena ciencia es humilde, pues hace muchos esfuerzos para no hablar sin sentido. La buena ciencia es una de las mejores formas de proteger el misterio, porque pone límites estrictos a lo que un ser humano puede realmente conocer.

Releo el final de aquel trabajo universitario, que ya hice entrada (con unos ligeros retoques) años atrás, y me descubro profundamente cercano a Jordan Peterson. Cuando le escucho hablar, en la misma frase, de la verdad contenida en los cuentos de hadas y del momento de separación evolutiva entre seres humanos y chimpancés, me siento en casa. Y feliz.

No queda otra cosa que buscar en YouTube, reproducir y gozar. A Dios gracias.

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