El sosiego acantilado

non mea voluntas

Categoría: ALDOUS HUXLEY

LA TENTACIÓN DE SAN GILBERTO

“Le cité una cosa que me había dicho el Aga Khan unas semanas antes cuando lo entrevisté. Su Alteza dijo que, si se cayese un muro y le aplastase un pie, exclamaría Es lo mejor que me podía pasar.

Respondió G.K.C. solemnemente: Entonces el idioma persa debe de estar muy escaso de palabrotas. Y soltó una carcajada.

(Verán que en estas páginas, G.K.C. se carcajea muchas veces. Pero no es culpa mía, sino suya.)

Pero observarás lo que le ocurre al Aga Khan -prosiguió-: padece de mi antigua enfermedad. Lo alaba todo. Y hace caso omiso de las verdades equilibradoras que completan la espléndida paradoja de la existencia. Él dice: ¡Hágase Tu voluntad! pero no ¡Líbranos del mal! Nosotros reconocemos que el universo es de Dios, pero que el enemigo existe.

Esta fue, pues, mi gran tentación. Ahora podría ser un heresiarca reconocido, como el señor Bernard Shaw o el señor H. G. Wells o el señor Aldous Huxley, dedicándome a interpretar el universo en términos de un poquito de verdad que me atrajese personalmente. No, me parece que no habría sido un heresiarca tan interesante como el señor Shaw, porque él, con su tremenda honestidad intelectual, con su agilidad, ha ido saltando de herejía en herejía, al ir comprobando que ninguna funciona.

Pero yo habría sido un heresiarca, digamos, proporcionado. Y habría tenido discípulos. Cualquier heresiarca del montón es capaz de reunir discípulos suficientes como para llenar una sala pequeña, y hacerse la ilusión de que tiene una clientela tan universal como un jinete famoso. Pero me parece que yo habría conseguido algo más. Me parece que habría causado sensación.

Me daban miedo dos cosas. La primera, mi herejía, tan peligrosa como verdadera. Y segunda, mis seguidores. Estaba orgulloso de ellos. Qué espectáculo, de haber podido llevarlos detrás en procesión a todas partes. Pero me asustaban. Vi lo que los seguidores de Shaw le habían hecho, ágilmente, al ir él esquivándolos. Así que, como no soy experto esquivando, convencí a mis seguidores para que me soltasen. Caí muy suavemente sobre una roca.

Algunos pensarán que no era gran cosa esa roca. Pero sea como fuere, era lo suficientemente fuerte como para soportar cómodamente el tremendo volumen de Gilbert Chesterton.”

G.K. Chesterton, mi amigo, de W. R. Titterton; Rialp, 2011; pgs. 73-74.

LA ERUPCIÓN VOLCÁNICA DE BORGES

En el desayuno posterior a la misa, la conversación con José Luis ha tenido como protagonista durante un buen rato a Jorge Luis Borges. No es un autor que me apasione, aunque soy el primero en reconocer sus virtudes literarias. La traducción que llevó a cabo del Lepanto chestertoniano me parece en sí misma una obra de arte.

Recordé entonces la conversación con el Padre Gabriel Díaz, durante aquella Taberna mitológica que culminó la jornada de homenaje a la vida y obra de San Gilberto organizada hace año y medio; me llamó la atención sobre la poesía de Borges y me ensalzó su habilidad formal, poniéndome como ejemplo aquel poema compuesto en cuartetos en el que los versos riman repitiendo la misma palabra (el cual me envió al día siguiente por correo electrónico):

ARTE POÉTICA

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,
ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

También recordé durante el desayuno la entrada de los diarios de Jünger en la que habla de la visita que Borges le había hecho a su casa de Wilflingen:

“Hemos tenido el placer y el honor de agasajar aquí a Jorge Luis Borges: tener un encuentro con un poeta se ha vuelto casi tan raro como topar con un animal al borde de la extinción o incluso mítico, con el unicornio, por ejemplo.
Borges está casi totalmente ciego desde hace años; llegó acompañado por un joven, que le había sido asignado por el Ministerio del Exterior, y por la señora que lo cuida. En las pocas horas que estuvieron en esta casa pudimos apreciar que ella no sólo es una ayuda inmensa para el ciego sino que se ha convertido en su otro yo. Le llevaba la mano a la copa cuando quería beber, y a un trozo de tarta, antes de que él lo pidiera, y hacía el efecto, en todos los aspectos, de ser un órgano adherido a él.
La conversación entre los cinco que estábamos en la biblioteca fue políglota; se entrecruzaban frases alemanas, españolas, francesas e inglesas. Borges recitó en alemán a Angelus Silesius, también versos en inglés antiguo; al hacerlo, su lenguaje se volvía más claro, como si retornara a su juventud. Yo lamenté no haber aprendido español para poder leer a Cervantes y a Quevedo en el texto original: y a Borges también, evidentemente.
Conversación sobre Schopenhauer, al que ambos debemos mucho desde muy jóvenes, luego sobre Kafka, don Quijote, Las mil y una noches, Walt Whitman, Flaubert. Hojas de hierba, de Whitman, presenta la democracia en su fuerza, Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, su infamia.
Luego sobre Huxley: yo opiné que el Espíritu del Tiempo había resuelto el orden político de los insectos mejor que el nuestro. Borges, a eso: Seguramente en lo relativo al Estado, pero la hormiga individual no cuenta.
Sin embargo, podría objetarse, todas están atendidas. Tienen vivienda, alimento y trabajo en abundancia, además un sueño hibernal. La mayoría está excluida de la vida sexual, lo que tal vez sea incluso un alivio. ¿Pero también del amor? Cuando estoy al sol del mediodía delante de uno de sus montículos y les pongo encima la mano, que se humedece mientras van y vienen y mueven los tentáculos, creo sentir que son felices. Habría que investigarlo; convinimos en que los zoólogos apenas están capacitados para ello.
Borges sigue mi evolución desde hace sesenta años. El primer libro mío que leyó fue Tempestades de acero, que fue traducido en 1922 por encargo del Ejército argentino. Eso fue para mí una erupción volcánica.”

Escrito por Ernst Jünger, en Wilflingen, el 27 de octubre de 1982; en Pasados los setenta III, Tusquets, 2007; pgs. 173-174.

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LENINA SIN PASTILLAS

“-¡Oh, mira! -exclamó Lenina, cogiéndose de su brazo.

Un indio casi desnudo descendía muy lentamente por la escalera de mano de una casa vecina, peldaño tras peldaño, con la temblorosa cautela de la vejez extrema. Su rostro era negro y tenía un aspecto muy arrugado, como una máscara de obsidiana. La boca desdentada se hundía entre sus mejillas. En las comisuras de los labios y a ambos lados del mentón pendían, sobre la piel oscura, unos pocos pelos largos y casi blancos. Los cabellos largos y sueltos colgaban en mechones grises a ambos lados de su rostro. Su cuerpo se veía encorvado y flaco hasta los huesos, casi descamado. Bajaba lentamente, deteniéndose en cada peldaño antes de aventurarse a dar otro paso.

-Pero ¿qué le pasa? -susurró Lenina, en sus ojos se leía el horror y el asombro.

-Nada, sencillamente, es viejo -contestó Bernard aparentando indiferencia, aunque en realidad no la sentía.

-¿Viejo? -repitió Lenina-. Pero… también el director es viejo; muchas personas son viejas, pero no son así.

-Porque no les permitimos ser así. Las preservamos de las enfermedades. Mantenemos el equilibrio artificial de sus secreciones internas de modo que conserven la juventud. No permitimos que sus niveles de magnesio y calcio desciendan por debajo de lo que es pertinente a los treinta años. Les ponemos transfusiones de sangre joven, estimulamos de manera permanente su metabolismo, éste es el motivo de que no tengan este aspecto. En parte -agregó- porque la mayoría mueren antes de alcanzar la edad de este viejo. Juventud casi perfecta hasta los sesenta años, y después, ¡plas!, el final.

Pero Lenina no le escuchaba, miraba al viejo, que seguía bajando lentamente. Al fin sus pies tocaron el suelo y se detuvo frente a ellos. Al fondo de las profundas órbitas los ojos aparecían extraordinariamente brillantes y la miraron largo rato sin expresión alguna, sin sorpresa, como si Lenina no se hallara presente. Después, lentamente, con la espalda doblada, el viejo pasó por su lado y se alejó.

-Pero ¡esto es terrible! -susurró Lenina-. No debimos haber venido.

Buscó su ración de soma en el bolsillo, sólo para descubrir que, por un olvido sin precedentes, se había dejado el frasco en la hospedería.”

Un mundo feliz, de Aldous Huxley; Círculo de Lectores, 2000; pgs. 138-139.

'Pintor trabajando, reflejo', de Lucian Freud (1993)

‘Pintor trabajando, reflejo’, de Lucian Freud (1993)

LA VIDA DEVORADA

“-Aldous Huxley era un optimista, como su hermano… -dijo con una especie de disgusto-. La mutación metafísica que originó el materialismo y la ciencia moderna tuvo dos grandes consecuencias: el racionalismo y el individualismo. El error de Huxley fue evaluar mal la relación de fuerzas entre ambas consecuencias. Más concretamente, su error fue subestimar el aumento del individualismo producido por la conciencia creciente de la muerte. Del individualismo surgen la libertad, el sentimiento del yo, la necesidad de distinguirse y superar a los demás. En una sociedad racional como la que describe Un mundo feliz, la lucha puede atenuarse. La competencia económica, metáfora del dominio del espacio, no tiene razón de ser en una sociedad rica, que controla los flujos económicos. La competencia sexual, metáfora del dominio del tiempo mediante la procreación, no tiene razón de ser en una sociedad en la que el sexo y la procreación están perfectamente separados; pero Huxley olvida tener en cuenta el individualismo. No supo comprender que el sexo, una vez disociado de la procreación, subsiste no ya como principio de placer, sino como principio de diferenciación narcisista; lo mismo ocurre con el deseo de riquezas. ¿Por qué el modelo socialdemócrata sueco no ha logrado nunca sustituir al modelo liberal? ¿Por qué nunca se ha aplicado al ámbito de la satisfacción sexual? Porque la mutación metafísica operada por la ciencia moderna conlleva la individuación, la vanidad, el odio y el deseo. En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. Esto lo sabían y enseñaban todos los filósofos: no sólo los budistas o los cristianos, sino todos los filósofos dignos de tal nombre. La solución de los utopistas, de Platón a Huxley pasando por Fourier, consiste en extinguir el deseo y el sufrimiento que provoca preconizando su inmediata satisfacción. En el extremo opuesto, la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continúe la competencia, el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres.”

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 161-162.

Fotograma de 'Shame', de Steve McQueen (2011)

Fotograma de ‘Shame’, de Steve McQueen (2011)

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“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

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