MIOSOTIS

por El Responsable

Fue la época aquella en que trabajaba limpiando la estación. Parecía poca cosa. Pero he de reconocer que no tengo mal recuerdo.

Era un trabajo sencillo. Apenas pasaba gente por allí. No había mucho que limpiar.

Me gustaba hacer el descanso a las once de la mañana. Era la hora a la que llegaba el tren. Me distraía observando a los escasos viajeros que llegaban o que se iban, mientras me comía el bocadillo que había preparado poco después de despertarme. Terminaba el descanso fumándome una pipa.

A esa misma hora, todos los días, venía el señor Jaime. Siempre impecable en su traje gris oscuro, siempre con un ramo de flores en la mano. Flores que cultivaba él mismo. Solían ser dalias.

-Buenos días -me saludaba quitándose el sombrero, sonriente y amable, antes de sentarse en el banco de madera.

Diez minutos después de llegar él, lo hacía el tren. El señor Jaime se ponía de pie en cuanto atisbaba su forma a lo lejos, allá donde las vías parecían sumergirse en el mar. Y de pie permanecía, mientras escudriñaba a los viajeros que bajaban de los vagones -si es que lo hacía alguno-.

Cuando el tren se volvía a marchar, el señor Jaime se quedaba mirando durante un rato su ramo de flores, de pie, en silencio. Finalmente, se volvía a poner el sombrero y se despedía de mí con la misma amabilidad con la que antes me había saludado. Con la que me saludó durante toda aquella época que trabajé limpiando la estación.

La última vez que le vi ya era mayo. No sé por qué, aquel día volví a prestar atención a su ritual, al que ya apenas echaba cuenta. Al irse el tren, pude ver cómo una lágrima caía desde el rostro inclinado del señor Jaime sobre un pequeño ramo de nomeolvides que llevaba en esa ocasión. Al hacerlo, una mariposa de alas azules escapó volando en la misma dirección del tren.

El señor Jaime no se despidió de mí.

Lo encontraron un par de días más tarde, caído entre los lirios de su jardín.

Al terminar el entierro, me quedé fumando una pipa, sentado sobre el mármol de una tumba ya anónima. Era un bello día de mayo y el sol hacía brillar el mar.

“Flores azules”, de Hanneke Pereboom (2019)