EL BANCO

por El Responsable

Sentados en el banco, junto a las máquinas de café y aperitivos, hablábamos sobre las diversas posibilidades que se nos planteaban. Si se diera el caso.

Y aunque el caso, de darse, nos iba a bombardear las vidas, los dos estábamos de acuerdo en lo fundamental: proteger y cuidar nuestro fruto. A pesar de todo.

Y hablábamos sobre cómo organizar esto y aquello, como si el fruto ya estuviera correteando por los pasillos, asustados ante el panorama que se nos presentaba; pero, al mismo tiempo, milagrosamente valientes y esperanzados. Me atrevería a decir que absurdamente felices.

En mi mente, ese futuro a proyectar me evocaba lo que podría haber sido una vida completa al lado de esa mujer formidable, y mi felicidad delirante se tornaba suave melancolía, por no haber podido dedicar todos los años de mi vida a su persona.

Y así, desde entonces, cada vez que voy a por un café, siento la mirada del banco al pasar.
Que me recuerda lo que pudo haber sido y nunca será. Porque el caso no se dio.
Y nuestras vidas, ajenas a todo bombardeo, siguen igual que estaban: escasas de felicidad y delirio.