El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Decembro, 2021

MIOSOTIS

Fue la época aquella en que trabajaba limpiando la estación. Parecía poca cosa. Pero he de reconocer que no tengo mal recuerdo.

Era un trabajo sencillo. Apenas pasaba gente por allí. No había mucho que limpiar.

Me gustaba hacer el descanso a las once de la mañana. Era la hora a la que llegaba el tren. Me distraía observando a los escasos viajeros que llegaban o que se iban, mientras me comía el bocadillo que había preparado poco después de despertarme. Terminaba el descanso fumándome una pipa.

A esa misma hora, todos los días, venía el señor Jaime. Siempre impecable en su traje gris oscuro, siempre con un ramo de flores en la mano. Flores que cultivaba él mismo. Solían ser dalias.

-Buenos días -me saludaba quitándose el sombrero, sonriente y amable, antes de sentarse en el banco de madera.

Diez minutos después de llegar él, lo hacía el tren. El señor Jaime se ponía de pie en cuanto atisbaba su forma a lo lejos, allá donde las vías parecían sumergirse en el mar. Y de pie permanecía, mientras escudriñaba a los viajeros que bajaban de los vagones -si es que lo hacía alguno-.

Cuando el tren se volvía a marchar, el señor Jaime se quedaba mirando durante un rato su ramo de flores, de pie, en silencio. Finalmente, se volvía a poner el sombrero y se despedía de mí con la misma amabilidad con la que antes me había saludado. Con la que me saludó durante toda aquella época que trabajé limpiando la estación.

La última vez que le vi ya era mayo. No sé por qué, aquel día volví a prestar atención a su ritual, al que ya apenas echaba cuenta. Al irse el tren, pude ver cómo una lágrima caía desde el rostro inclinado del señor Jaime sobre un pequeño ramo de nomeolvides que llevaba en esa ocasión. Al hacerlo, una mariposa de alas azules escapó volando en la misma dirección del tren.

El señor Jaime no se despidió de mí.

Lo encontraron un par de días más tarde, caído entre los lirios de su jardín.

Al terminar el entierro, me quedé fumando una pipa, sentado sobre el mármol de una tumba ya anónima. Era un bello día de mayo y el sol hacía brillar el mar.

“Flores azules”, de Hanneke Pereboom (2019)

SI NOS DEJAMOS LLEVAR

A nosotros, los modernos, nunca parece dejar de sorprendernos el formidable poder de los vetustos dioses.
Y la ridícula realidad de nuestra sobrevalorada voluntad.

Y comprobamos, con repetida sorpresa, que los caminos por donde avanzan nuestras decisiones siempre son desbrozados por seres sobre los que carecemos de dominio.

Lo que un día parecía imposible recabar, en otra jornada cae de improviso en nuestras manos.

Los huracanes que nos expulsaban, sin más se tornan brisas que nos acompañan y refrescan.
Y los laberintos donde nos perdíamos dejan caer sus muros para mostrarnos praderas infinitas.

La Gracia quizá no sea otra cosa que la misteriosa faena de esa hermandad de dioses antiguos llamada Providencia.
Que nos va encauzando, si nos dejamos hacer.

Si nos dejamos llevar.

Obra de Michael Carson.

La obra de este autor la hemos conocido a través de la cuenta de Twitter laura franch.

NO DOMINARLO TODO

El Embajador me envía este artículo, que tanto dará que pensar a los desesperados del final de los tiempos y a los que consideran que la religión, sin apoyo estatal, nada puede.

Y estas palabras, tan jüngerianas, para el afán de los días:

La vida militar y ermitaña es diferente, pero en ambos casos exige desnudarse, humildad y olvidarse de uno mismo para cumplir la misión y aceptar no dominarlo todo.

CULTURA DE LA CANCELACIÓN

“Que Juan Luis Vives no regresara jamás a su país natal se entiende bien, muy bien. Ciertos exilios se explican por el odio que se hacina y reina en un lugar. La intransigencia, la atrocidad. El que sería venerado por Moro pertenecía a una familia valenciana de conversos dedicados al comercio de paños. La acogida de la nueva fe, como en tantos casos, sería aparente. En casa de los Vives siguió manteniéndose en secreto una sinagoga. Eso era jugar con fuego, nunca mejor dicho. Y se produjo la peor de las situaciones: algunos miembros de la familia, entre ellos la madre del futuro humanista, fueron descubiertos por la Inquisición mientras oficiaban. Nada pudieron alegar. Habían sido sorprendidos. Se abrió contra ellos un proceso que terminaría del peor y más sangriento de los modos.

Ante la turbulencia, el padre reacciona rápido y decide enviar a Juan Luis -que cursaba su aprendizaje en el Estudi General de València- a Francia, no sólo para que prosiga sus estudios en La Sorbona, sino también para ponerlo a salvo. Allí el joven seguirá los cursos de arte. Su madre, Blanca March, fallecerá en 1509. El progenitor será supliciado en la hoguera mucho tiempo después, en 1524. Se dice que, cuatro años más tarde, los restos maternos fueron desenterrados y quemados públicamente por las llamas inquisitoriales. No eran los auténticos.

Es sensato que Vives renunciase a su deseo de viajar a Valencia en 1523, como lo es también el no haber aceptado la cátedra de la Universidad de Alcalá de Henares, a la que fue invitado para cubrir la plaza de Antonio de Nebrija, que había fenecido en junio de ese mismo año. Tenía miedo.”

Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés; Acantilado, 2020; pgs. 785-786.

juan-vives

LITERARIA MELODÍA

“La música reflejará, como pocos lenguajes podían hacerlo, esta inclinación al individualismo. Cuando estuvimos en la Florencia de Boccaccio, donde sonaba la música de cuño francés, pudimos ver la valoración, sin duda ascendente, de que fue objeto la figura del compositor. Esto quedará confirmado y acrecentado en el siglo XV, cuando el creador de música se desinhiba y dé rienda suelta a la subjetividad. La paulatina disolución de la polifonía y la tendencia de la escritura a quedar sometida bajo el predominio de la melodía, reflejo de la necesidad expresiva e íntima de cada autor, incidió en la aparición de un modo de componer distinto, pero también en una nueva manera de escuchar y de sentir y, por supuesto, de pensar un arte que empezaba a formularse como narración. Este énfasis depositado en la línea melódica agitará todos los elementos de la partitura y los implicará en un claro y explícito querer decir.

Cuando la abstracción de la música del pasado, por definirla de algún modo, se puso en entredicho y fue abrazada esta distinta concepción formal, había dado comienzo un largo proceso a favor de la narratividad y el diálogo y, por lo tanto, abierto, y no tímidamente, a la retórica. El origen de este cambio, de impresionante recorrido, no se cifra solamente en los primeros madrigalistas ni en su cénit Claudio Monteverdi, sino en aquel lejano discurso que enfrentó a Jacobo de Lieja y a Juan de Muris, esto es, en la discusión sobre la conveniencia de un estilo, en este caso el Ars nova, que exigía manifestar las pasiones y permitir que la música, finalmente, declarara su emoción y se tomara la libertad de poder decir a los cuatro vientos que las rimas lloren (piangan le rime), como dejó escrito Petrarca (Cancionero, XCII). Fue a partir de aquel momento cuando en el repertorio profano se trazó un camino muy condicionado por una concepción deudora de la literatura, un signo que ha marcado de manera profunda la música de Occidente, que, sobre todo desde fines del siglo XVIII, tendrá mucho de literaria.”

Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés; Acantilado, 2020; pg. 703.

EL BANCO

Sentados en el banco, junto a las máquinas de café y aperitivos, hablábamos sobre las diversas posibilidades que se nos planteaban. Si se diera el caso.

Y aunque el caso, de darse, nos iba a bombardear las vidas, los dos estábamos de acuerdo en lo fundamental: proteger y cuidar nuestro fruto. A pesar de todo.

Y hablábamos sobre cómo organizar esto y aquello, como si el fruto ya estuviera correteando por los pasillos, asustados ante el panorama que se nos presentaba; pero, al mismo tiempo, milagrosamente valientes y esperanzados. Me atrevería a decir que absurdamente felices.

En mi mente, ese futuro a proyectar me evocaba lo que podría haber sido una vida completa al lado de esa mujer formidable, y mi felicidad delirante se tornaba suave melancolía, por no haber podido dedicar todos los años de mi vida a su persona.

Y así, desde entonces, cada vez que voy a por un café, siento la mirada del banco al pasar.
Que me recuerda lo que pudo haber sido y nunca será. Porque el caso no se dio.
Y nuestras vidas, ajenas a todo bombardeo, siguen igual que estaban: escasas de felicidad y delirio.

MEDIAS VERDADES

“Seguramente, no hay mucha relación entre la capacidad de no mentirse a sí mismo y la virtud de no mentir a los demás. Para decir una mentira a sabiendas se necesita, en el fondo, haberse dicho antes una verdad. Seguramente, habrá personas que se mienten a sí mismas y que mienten a los demás. Otras, que sólo a los demás. Y otras, que sólo a sí mismas. Para Sócrates (Crátilo 428d), esto es lo más odioso, dejarse engañar por uno mismo. Cuando el que quiere engañarte no se aleja un poco, sino que está siempre contigo, ¿cómo no va a ser temible? Los engaños peores van dirigidos, pues, de nosotros a nosotros mismos. Además, podrían parecer los más estúpidos, porque aquí quien dice la mentira sabe que quien la escucha conoce la verdad. ¿Cómo se puede engañar entonces? Por medio de la persuasión, es decir, de las medias verdades, porque quien escucha la mentira y conoce la verdad, aunque esté dispuesto a abandonar su posición de antemano, no puede hacerlo si el camino de retirada no le ofrece cierta seguridad, y en la mentira, sin más, nadie encuentra esa seguridad. Todas las mentiras sin más y las verdades a medias que nos decimos buscan la exaltación, el consuelo o la justificación; también la justificación por haber mentido a los demás.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pg. 180.

LOS SACERDOTES DEL LIMES

Se reconocen eslabones de una tradición de abismo y frontera.
Su vocación es la vigilancia sosegada del caos a las puertas.
Asumen la necesidad de las jerarquías, pero no les rinden cultos sacrílegos.
La valía de su entrega al conjunto pasa por el milagro de su irrepetible individualidad.

No desesperan, no se quejan.
Su voto les obliga a construir posadas en aquellos desfiladeros donde nadie quiere morar.
Son los templos de carne en los que siempre se guarda pan y vino para el caminante exhausto.

Son los sacerdotes del limes, los caballeros del fin del mundo.
En sus heridas se lee la historia de las civilizaciones.
En sus muertes, el discutir de los dioses.

Sólo sobre sus tumbas se puede cantar.

FFmSV49WYAICZ8n

Dos miembros del ejército polaco patrullando la frontera con Bielorrusia.

LOS OPTIMISTAS

“Termino de leer Historia del mundo y salvación, de Karl Löwith, y me vienen a la memoria estas palabras de Henri de Lubac: La gran ciudad construida por Caín a fuerza de crímenes no será jamás arruinada mientras subsista el tiempo. Löwith y Lubac son realistas. Los optimistas hacen de esa ciudad una fortaleza más terrible si cabe. Los optimistas y sus utopías.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pg. 169.

En Compostela

NON MEA VOLUNTAS

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo