MÁQUINAS Y NARANJOS

por El Responsable

Pienso en el tipo de historias que me atraen últimamente. Pequeñas historias de amor y bondad.

Pequeñas, por colaterales. Relatos secundarios de tragedias épicas. Como las vidas de los guerreros que lucharon en Troya, caudal incesante del teatro griego.

Tragedias épicas que podríamos resumir con exquisita precisión: la Historia humana.

En esos cuentos que me importan, las personas perseveran sitiadas por la muerte, la desconfianza y las múltiples lejanías que la vida nos acumula. El menú típico de toda existencia humana, en cualquier tiempo y lugar.

A veces, la virtud que embellece un relato es tan efímera, que su representación es en sí misma una declaración de intenciones. Una declaración del inmenso dolor y miseria de toda vida humana: y de su perenne posibilidad de redención. Es en la artesanía adecuada de esos componentes oscuros donde el ser humano ofrece atisbos de luz para su prójimo.

El prójimo. Que puede ser cualquier otro ser humano. Varios continentes más allá. Varios milenios más tarde.

En la extraña deriva del mundo, me hablas de casas donde refugiarnos. De que las máquinas nos escuchan mientras estamos entre naranjos. Y entonces recuerdo que nosotros formamos parte de la extraña deriva del mundo, que somos pequeños cuentos colaterales de una gran tragedia épica, llamada Historia humana.

Pero en tus palabras, en tus ojos y en tus brazos, al menos por unos breves instantes -la fina eternidad del mortal-, me siento redimido y a salvo.

Como en una de esas historias que tanto me atraen últimamente…

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