El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Xullo, 2021

SENTIRES DE SEPTIEMBRE

El mero hecho de que habite este momento, de que pueda aparecer al doblar cada esquina.
Escuchar su voz, camino de alguna tarea, tras la puerta entornada.

Espío desde altos ventanales pausas de naranjos.

Nadie sale ileso tras cuarenta años de vida; y al revelarse el secreto de sus días, la esperanza se retuerce hasta quedar irreconocible.
El tropiezo en los trasiegos de palacio (escenario de miradas y conversaciones) sólo ha de servir para dar forma a un nuevo tipo de melancolía -asunción resignada-, que me mira con hermosos ojos pardos.

Sentires de septiembre, compartiremos pretéritos reclinados sobre el cantil;
las piernas balanceándose infantiles en el vacío, mientras el oro se apaga en el crepúsculo.

Preguntando retóricamente cuántas vidas pueden vivirse en una vida.

¿BAILAS?

Tú también, a esta vieja hora del día, sola.
¿Qué te ha traído por aquí?
¿Tu propia y variopinta colección de tropiezos?

He de decir que te hacen más bella, si cabe.
Aunque todos sabemos ya del inmenso peligro de las cicatrices.

Me obligo a recordar
que yo juré prohibirme
el camino de los pusilánimes
pobres de espíritu
que cortan el árbol
por temor a verlo pudrirse.

Y persevero por la senda de los inviernos asumidos,
para insistir en la llegada de intempestivas primaveras.

Mientras siga sonando la música
de nuestras historias favoritas
sólo tengo una pregunta para ti:

¿bailas?

LA CUESTIÓN FUNDAMENTAL DE LA TEOLOGÍA POLÍTICA CRISTIANA

“Los inicios sagrados del cristianismo se limitan a Jesús, su secta y sus enseñanzas (la tradición del Antiguo Testamento sirve como profecía pendiente de cumplimiento o como prólogo que debe trascenderse). No hay normas sobre cómo gobernar un Estado, un ejército, o un sistema de justicia, ni ninguna indicación clara de cómo debería ser la vida fuera de la secta. La clave, claro, está en que no debería haber Estado, ni ejército, ni sistema de justicia, ni vida fuera de la secta. O más bien la clave está en que no debería haber otro Estado que el reino del milenio de Jesús, otro ejército que las huestes celestiales de Armagedón, otra justicia que el Juicio Final (la salvación o la condena), ni otra vida que la vida eterna. Todas las sociedades cristianas son improvisaciones (concesiones, invenciones, perversiones) en mucho mayor grado que sus correlatos judaicos o musulmanes -por no hablar del confuciano-. Los intentos más serios por volver a las fuentes del cristianismo han conducido a una negación radical de las formas no sectarias (no totalitarias) de la existencia humana.  Como su centro sagrado, el cristianismo es incompatible con la política, pero, a diferencia del hinduismo o el budismo, prevé -y, en cierto sentido, recuerda- una redención que es colectiva, violenta y mundana. La imitación de Cristo supone una existencia sectaria o monástica (en el mundo, pero no de este mundo); la fe en la profecía de Cristo supone la expectativa de la llegada inminente del reino de Dios.

Esta condición congénita tiene tres consecuencias principales. La primera es la tensión inherente -única entre las civilizaciones del tiempo-eje- entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre ( la Iglesia separable del Estado y el Estado separable de la Iglesia). La segunda es la variedad y la flexibilidad de las instituciones políticas que pueden arrogarse la legitimidad divina. La tercera es la falta de legitimidad esencial de todas estas instituciones. El hecho de que Jesús no propusiera una sociedad justa antes del Juicio Final significaba que, entretanto, cualquier sociedad podía servir. O ninguna. Todos los Estados que se confiesan cristianos tienen que preparar una defensa no muy convincente de sus credenciales cristianas; todos tienen que enfrentarse a recusaciones milenaristas no muy convincentes.”

La casa eterna, de Yuri Slezkine; Acantilado, 2021; pgs. 144-146.

Talla perteneciente al Coro de los Hermanos de la Cartuja de Miraflores, en Burgos (España)

En Compostela

NON MEA VOLUNTAS

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo