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por El Responsable

El 18 de mayo de 2008, teniendo yo treinta años, enviaba un correo electrónico masivo a más de cincuenta amigos y conocidos -aunque iba especialmente dirigido a mi maestro, Juan Bautista Fuentes-.

Aquel mensaje decía así:

“Es evidente que algo no marcha bien en las nuevas generaciones a las que pertenecemos: ¿por qué nos coge siempre tan desprevenidos que en la vida hay sufrimiento y cargas difíciles de llevar?

           A las primeras de cambio, en cuanto se deshace mínimamente el espejismo paradisíaco en el que hemos sido criados, y somos asaltados por las sempiternas tribulaciones que todo hombre debe soportar, brotan en nosotros una variopinta gama de ansiedades, depresiones y mundo-fobias; que no son entendidas como oportunidades para aprender, rectificar y seguir creciendo, sino como síntomas tratables con dosis adecuadas de químicas legales.

           Somos los Hijos del Bienestar, pero sólo nos educaron para disfrutarlo, no para cuidar y proteger las condiciones que lo hacen posible. Sólo nos enseñaron un lado de la vida y no nos hicieron demasiado hincapié en los aspectos rudos y esforzados de la existencia.

           Pero la Realidad, finalmente, acaba por mostrar su verdadero rostro.

           Y una leve brisa basta para derribar nuestros espíritus atrofiados.

           Somos el producto típico de una sociedad de nuevos ricos, de padres que mueren por dar a sus hijos todo aquello que ellos no disfrutaron, por evitar que sufran las privaciones que ellos padecieron.

           Una sociedad saturadora de deseos, donde la insatisfacción de los sentidos es el mayor de los pecados y la turbamulta de egos se agolpa, como las carpas del Retiro, a la espera de un nuevo orgasmo que marcar en el fusil.

           Al mirar ahora a nuestros educadores nos damos cuenta, una vez más, de que el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones.

           Nadie nos enseñó a valorar lo que teníamos, a ser extremadamente cuidadosos con la burbuja histórica en la que vivíamos. Y así, Europa se pierde a sí misma en un marasmo hedonista, decadente e irresponsable.

           Somos niños mimados.

           Pero conocer parte del origen de nuestras imperfecciones no debe servir como excusa para perseverar en ellas, para acomodarse en el papel de eterno adolescente atormentado por la desidia y el aburrimiento, acusando a sus padres del engendro que uno es.

           Por graves que hayan sido nuestros fracasos, la virtud siempre queda al alcance de nuestra mano,

                             si hay propósito de enmienda.

           Y la primera señal de redención está en el abandono de la queja,

                             en la alegre asunción de la tarea a realizar.

Benquerido Mestre, os tempos son chegados.”