CONSTRUIR Y COMBATIR LA NADA

por El Responsable

“De ningún modo puede pensarse la Edad Media como un dominio en el que los siglos dormían sordamente y donde nada sucedía. No puede hablarse sólo de invasiones, hambrunas y epidemias. Hubo continuos aconteceres, lentos pero decisivos avances en el rendimiento agrícola, su rotación trienal en las zonas atlánticas, la expansión de los molinos de agua y de viento, cada vez menos mutilaciones y más suturas, alianzas de reinos, cruces de civilizaciones, enardecidas interpretaciones teológicas y metafísicas, cambios de costumbres, sucesión de mentalidades. No fue l’età barbara de Giambattista Vico ni el feliz refugio que soñó Novalis, ni tampoco, seguramente, la edad de lo maravilloso, como la llamó Chateaubriand.

Fue entonces cuando la espiritualidad esparció, al igual que semillas para un nuevo pan, una infinidad de claustros en cuyo silencio se diluyó el mundo antiguo, que no la Antigüedad. A la par de la concepción sobre la verdad, a la que se llega a través de la episteme, Occidente procede de este silencio claustral, de esta disolución y de una certidumbre: la existencia de un mundo prometido que nuestros ojos no alcanzan a ver. Esta certidumbre pervivirá como fe y tomará el nombre de Verdad. El amor a dicha invisibilidad ha definido una cultura cuyo signo capital es la espera, la espera de un acontecimiento. Europa, desde sus inicios, ha concebido la existencia como un aguardar.

Detrás de cada incisión de buril que contornea la talla de una virgen sedente, detrás de cada policromía, detrás de cada andamio desde el que encajar la piedra de una iglesia, en la fundición de campanas, en la escritura carolingia, estaba Platón, estaba el neoplatonismo, los padres de la Iglesia, su nuevo canto y su desierto. Hay algo en la bóveda celeste que no se acierta a ver, pero está; hay algo en el silentium que no oímos, pero creemos que nos habla. Es Plotino el que ayuda a subir más alto aquel campanario, es Proclo el que, ya de noche, mantiene la luz de la vela en una lucarna. Alguien está leyendo en ella.

En ese silencio laboraban los amanuenses, y en sus copias de antiguos manuscritos -muchos debidos a las traducciones de Boecio- Grecia y Roma permanecían intactas. La tinta y el pergamino salvaguardaban el pasado, ofrecían rigor, coraje para afrontar un devenir sobre cuyo telón de fondo, como sucede en el mito de la caverna, la muerte se agrandaba y movía en todas direcciones. Una de las contribuciones medievales decisivas para la forja occidental fue, precisamente, la creación de la muerte y su rostro anunciador del castigo. Otra, no inferior, la concepción del Tiempo, presentado como el peor de los usureros. El más vil de los avaros. La amenaza de su guadaña, su filo en elipse, cuyos extremos indicaban el principio y el fin, influyó en que, a partir de entonces, todo se redujera a construir y a combatir la nada.”

Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés; Acantilado, 2020; pgs. 513-514.

Esta hermosísima canción la he conocido gracias a Ángel y su blog.