El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Abril, 2021

CONSTRUIR Y COMBATIR LA NADA

“De ningún modo puede pensarse la Edad Media como un dominio en el que los siglos dormían sordamente y donde nada sucedía. No puede hablarse sólo de invasiones, hambrunas y epidemias. Hubo continuos aconteceres, lentos pero decisivos avances en el rendimiento agrícola, su rotación trienal en las zonas atlánticas, la expansión de los molinos de agua y de viento, cada vez menos mutilaciones y más suturas, alianzas de reinos, cruces de civilizaciones, enardecidas interpretaciones teológicas y metafísicas, cambios de costumbres, sucesión de mentalidades. No fue l’età barbara de Giambattista Vico ni el feliz refugio que soñó Novalis, ni tampoco, seguramente, la edad de lo maravilloso, como la llamó Chateaubriand.

Fue entonces cuando la espiritualidad esparció, al igual que semillas para un nuevo pan, una infinidad de claustros en cuyo silencio se diluyó el mundo antiguo, que no la Antigüedad. A la par de la concepción sobre la verdad, a la que se llega a través de la episteme, Occidente procede de este silencio claustral, de esta disolución y de una certidumbre: la existencia de un mundo prometido que nuestros ojos no alcanzan a ver. Esta certidumbre pervivirá como fe y tomará el nombre de Verdad. El amor a dicha invisibilidad ha definido una cultura cuyo signo capital es la espera, la espera de un acontecimiento. Europa, desde sus inicios, ha concebido la existencia como un aguardar.

Detrás de cada incisión de buril que contornea la talla de una virgen sedente, detrás de cada policromía, detrás de cada andamio desde el que encajar la piedra de una iglesia, en la fundición de campanas, en la escritura carolingia, estaba Platón, estaba el neoplatonismo, los padres de la Iglesia, su nuevo canto y su desierto. Hay algo en la bóveda celeste que no se acierta a ver, pero está; hay algo en el silentium que no oímos, pero creemos que nos habla. Es Plotino el que ayuda a subir más alto aquel campanario, es Proclo el que, ya de noche, mantiene la luz de la vela en una lucarna. Alguien está leyendo en ella.

En ese silencio laboraban los amanuenses, y en sus copias de antiguos manuscritos -muchos debidos a las traducciones de Boecio- Grecia y Roma permanecían intactas. La tinta y el pergamino salvaguardaban el pasado, ofrecían rigor, coraje para afrontar un devenir sobre cuyo telón de fondo, como sucede en el mito de la caverna, la muerte se agrandaba y movía en todas direcciones. Una de las contribuciones medievales decisivas para la forja occidental fue, precisamente, la creación de la muerte y su rostro anunciador del castigo. Otra, no inferior, la concepción del Tiempo, presentado como el peor de los usureros. El más vil de los avaros. La amenaza de su guadaña, su filo en elipse, cuyos extremos indicaban el principio y el fin, influyó en que, a partir de entonces, todo se redujera a construir y a combatir la nada.”

Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés; Acantilado, 2020; pgs. 513-514.

Esta hermosísima canción la he conocido gracias a Ángel y su blog.

TODA EN AQUEL PRIMER SILENCIO

“La lectura y el silencio. Antaño no se correspondían. Se leía en voz alta. Una página era una voz. La escritura tenía algo de plaza pública. Agustín se asombra de que Ambrosio lea ‘sin pronunciar palabra ni mover la lengua’ (Confesiones, VI, 3, 3). No quiere molestarlo, se sienta a su lado. El lector ni repara en su presencia; lee y lee sin levantar la vista. Durante muchos siglos Occidente fue la historia de alguien absorto ante un libro. Europa podía leerse, estaba toda en aquel primer silencio.”

Filosofía y consuelo de la música, de Ramón Andrés; Acantilado, 2020; pg. 455.

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¿MUERTO PARA SIEMPRE?

“Sufrió otro golpe que le derribó, rodó del canapé al suelo, acudieron todos los visitantes y los guardianes. Estaba muerto. ¿Muerto para siempre? ¿Quién puede decirlo? Desde luego los experimentos espiritistas no aportan la prueba de que el alma subsista, como tampoco la aportan los dogmas religiosos. Lo que puede decirse es que en nuestra vida ocurre todo como si entráramos en ella con la carga de obligaciones contraídas en una vida anterior; en nuestras condiciones de vida en esta tierra no hay ninguna razón para que nos creamos obligados a hacer el bien, a ser delicados, incluso a ser corteses, ni para que el artista ateo se crea obligado a volver a empezar veinte veces un pasaje para suscitar una admiración que importará poco a su cuerpo comido por los gusanos, como el detalle de pared amarilla que con tanta ciencia y tanto refinamiento pintó un artista desconocido para siempre, identificado apenas bajo el nombre de Vermeer. Todas estas obligaciones que no tienen su sanción en la vida presente parecen pertenecer a otro mundo, a un mundo fundado en la bondad, en el escrúpulo, en el sacrificio, a un mundo por completo diferente de éste y del que salimos para nacer en esta tierra, antes quizá de retornar a vivir bajo el imperio de esas leyes desconocidas a las que hemos obedecido porque llevábamos su enseñanza en nosotros, sin saber quién las había dictado -esas leyes a las que nos acerca todo trabajo profundo de la inteligencia y que sólo son invisibles (¡y ni siquiera!) para los tontos-. De suerte que la idea de que Bergotte no había muerto para siempre no es inverosímil.”

La prisionera, de Marcel Proust (5º volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 2001; pgs. 206-207.

“Vista de Delft”, de Johannes Vermeer (alrededor de 1660-1661)

LA IMAGINACIÓN DE LA MUCHEDUMBRE

“Así como en Inglaterra se confundían los que escribían sobre el gobierno y los que gobernaban -los unos introduciendo ideas nuevas para ser puestas en práctica y los otros ajustando y circunscribiendo las teorías a los hechos-, en Francia, el mundo político quedó como dividido en dos provincias separadas y sin trato entre sí. En la primera se administraba, y en la segunda se establecían los principios abstractos sobre los cuales debía fundarse toda administración. En la primera, se adoptaban medidas particulares indicadas por la rutina; en ésta se proclamaban leyes generales, sin pensar en los medios de aplicarlas. Unos tenían la dirección de los negocios; otros, la de las inteligencias.

Por encima de la sociedad real cuya organización era aún tradicional, confusa e irregular, donde las leyes eran diversas y contradictorias, los rangos estaban separados y las condiciones eran fijas y desiguales las cargas, se iba edificando poco a poco una sociedad imaginaria en la que todo parecía sencillo y coordinado, uniforme, equitativo y razonable.

La imaginación de la muchedumbre fue desertando gradualmente de la primera y pasándose a la segunda. Se desinteresó de lo que era, para no pensar sino en lo que podría ser, y se vivió, en fin, espiritualmente en aquella ciudad ideal construida por los escritores.”

El Antiguo Régimen y la Revolución, de Alexis de Tocqueville; Alianza, 2004; pg. 179.

“La muerte de la princesa de Lamballe”, de Maxime Faivre (1908)

PREGÚNTAME TÚ

Cada vez que haga uso de mi formidable erudición y de mi innegable talento para la escritura, con el objeto de explicarte todas las desgracias que inevitablemente destruirán todo lo que es bueno y bello, pregúntame tú si fui capaz de reprender a mi hija cuando se burlaba de la debilidad de otro.

Cada vez que trate de explicarte por qué los malos están destruyendo el mundo, tú pregúntame por el número de mis hijos, por el número de mis mujeres, si fui capaz de cumplir mis promesas, de mantener mi palabra.

Si yo te hablo de altas conspiraciones en oscuros salones donde se esconden los seres-serpiente, pregúntame tú si fui capaz de arrodillarme ante el humilde pan de los sagrarios.

Si yo te hablo de las exhaustas fuerzas espirituales de Occidente, pregúntame tú por qué tengo tanto miedo a morir y a dar mi vida por mis amigos.

Sí: cada vez que te cuente una historia de terror con monstruos invencibles que brinde excusas justificadoras de todas tus rendiciones, mirándome a los ojos, pregúntame tú qué papel interpretaba yo en ella.

TAN BRILLANTE COMO HETERÓCLITA

“Sintiendo que su muerte es inevitable, toma algunas disposiciones, rogando a Céleste que devuelva a Marie Scheikévitch un encendedor que ésta le regalara en 1917, que entregue a Reynaldo Hahn una acuarela de Marie Nordlinger que se halla a su cabecera, y que envíe, por remordimiento, un ramo de flores al doctor Bize. Sin aguardar su muerte, manda a Céleste a que lleve a Léon Daudet, quien acaba de escribir un hermoso artículo sobre él, otro ramo de flores, atención que emociona hasta las lágrimas al feroz panfletario. Por último, encarga a Céleste que mande aviso al padre Mugnier de su muerte para que éste acuda a rezar ante su cuerpo la oración de difuntos.

[…] Al día siguiente, es el propio Reynaldo Hahn quien telefonea a los amigos de Proust para comunicarles la muerte de éste. El padre Mugnier, que se encuentra enfermo, no ha podido rezar a su cabecera las oraciones que había solicitado. […] Céleste quería poner entre sus manos el rosario que le trajera Lucie Faure de un peregrinaje a Jerusalén, pero Robert Proust se opone: No, Céleste, ha muerto trabajando. Dejémosle las manos extendidas.

El entierro, fijado el 22 de noviembre [de 1922], en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot, se celebra en presencia de una multitud tan brillante como heteróclita. El padre Delouve pronuncia un responso, pero en vez de la música litúrgica propia de este tipo de ceremonias, suena la Pavana para una infanta difunta. Maurice Martin du Gard, presente más como curioso que como amigo, pasea una sarcástica mirada sobre la concurrencia: … duques, príncipes, embajadores, el Jockey, la Union, botines abotonados, monóculos, rayas engominadas… Entre la multitud, encumbrada judería y destacada pederastia parisina entrada en años, maquillada, uñas pintadas, ojos escudriñadores. Dominando en primera fila, desconsolado, el mecenas de los ballets y las fiestas del París de la Victoria, conde Étienne de Beaumont…

Marcel Proust, de Ghislain de Diesbach; Anagrama, 2013; pgs. 608, 610.

LA PAUSA ES MENESTER

“Si te acercas silenciosamente hasta la puerta de su estudio, quizá la descubras sentada, mirando fijamente el cuadro en el que trabaja. Puede pasar mucho tiempo hasta que la veas moverse de nuevo. Si le preguntas qué hace ahí parada, te dirá estoy pintando.

Pues esa pausa es menester.

La recuerdo investigando mis músculos, para dibujarlos. Yo observaba hipnotizado el modo en que miraba mi cuerpo, como mármol a desbastar. Y al tratarme como probable artesanía, la sentí completamente mi matriz protectora. Me dejaba hacer -feto minúsculo de nuevo, despreocupadamente indefenso-.

La pausa es menester.”

Escrito en mi diario el miércoles 10 de junio de 2015.

Shtisel

LA PROFUNDA POSESIÓN

“El poeta había recibido de Claire Studer un pequeño libro de poemas, Mitwelt, en el que había versos como éstos -dirigidos por Claire a su hija:

Un día te darás cuenta de que los hombres sólo
quieren tener poder los unos sobre los otros,
y ese día podrás comprender que la única, la auténtica,
la profunda posesión que podemos llamar realmente nuestra en el mundo
es la del dolor.”

Vida de Rainer Maria Rilke. La belleza y el espanto, de Antonio Pau; Trotta, 2012; pg. 337.
Nuevamente, el culpable de esta maravillosa cita es mi amigo José Luis de la Cuesta -que Deus o teña no seu colo-.

MAGDALENA

La vecina de abajo se cae sola en su casa. Escucho su nerviosa conversación con la teleasistencia. Bajo a ver si puedo ayudarla en algo. Se acerca arrastrándose hasta la puerta y me abre.

Con ayuda de la vecina de enfrente, que llega en ese momento de trabajar, la sentamos en su cama.

Llegan los médicos de la teleasistencia. Se ha golpeado un poco la frente. Tiene tres hijas, pero ruega que no las avisen, por no molestar.

Esta gente se dejaría matar, por no molestar a los suyos.

Un rato después, ya de vuelta en casa, solo en mi estudio, lloro.

EL ARTE NOBLE

 ¿Se nota cuando hay nobleza humana detrás de la creación artística?

— Sí. La nobleza siempre tiene que ver con la verdad. Velázquez es más noble que Tiziano. Si los dos fueran médicos, yo no iría a la consulta de Tiziano, porque a lo mejor me engañaba… Es un placer disfrutar un arte que sabes que no te está engañando, que no te está vendiendo nada, que te ofrece algo puro, limpio, noble, te guste más o menos. El arte que no trata de conquistarte y que no abusa de tu buena fe es muy grande.

— ¿Y es una grandeza habitual?

— Existe esa grandeza, pero también existe la constante necesidad de conquistar al espectador, aunque se mienta. El arte tramposo es muy habitual.”

Cita extraída de esta entrevista a Antonio López, que he conocido gracias a Estefanía Martínez.

Retrato de Pablo de Valladolid, de Diego Velázquez (entre 1632 y 1637)

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