MIS CREENCIAS

por El Responsable

Al leer mis versos de amor, dos docenas de mujeres pensarán que hablo de ellas; y, probablemente, todas ellas tengan parte de razón.
Y ciertamente todas estarán completamente equivocadas.

Porque la mujer que amo es un collage de recuerdos dispersos, rasgos compuestos y suspiros diversos; conjugado en verbos copulativos de imaginaciones incumplidas y deseos por encarnar.

Su rostro es el impacto estético del día (en el metro, en el curro o en el Mercadona) concentrando todos los ecos insatisfechos de mi alma.

En cada desconocida atractiva -que me quiebra el cuello para que le siga el trote con la mirada- renace el anhelo patriarcal de fundar dinastía en el múltiple preñar apasionado de un amor nacido en la infancia, muerto en la vejez y previsto en la eternidad.

Es por ello que en todas ellas me reconozco fracasado en mis aspiraciones
y confirmado en mis creencias.

Pues no es lujuria el pecado que me pierde,
sino la tragedia del campo fértil que se ha condenado a ser paisaje yermo de cemento.