El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Marzo, 2021

MEU DIARIO, MEU CONFESIONARIO

¿Por qué te alejaste de Dios? Porque me alejé de ella. ¿Por qué te alejaste de ella?

Por mi culpa, por mi culpa… por mi gran culpa.

También por la suya. Apenas una semana antes de marcharme, hacíamos el amor y hablábamos de ser padres. Permitimos que una circunstancia puntual nos derrotara. Perdimos los papeles. Y después ya no supimos volver atrás. O, simplemente, no quisimos.

Nuestras vidas dependían demasiado de terceras personas; culpa nuestra que las cosas llegasen a ese punto. Nosotros mismos nos encarcelamos en existencias alienantes. Demasiado jóvenes, en muchos sentidos. Y me preguntarás, ¿cómo se puede ser joven aún a los 38 años? Al menos ella tenía la excusa de la edad. Bueno, pues he ahí buena parte de mi pecado: no ser adulto a los 38 años.

También es cierto que las cosas habían sido complicadas. Si hubiésemos sabido que llegaría una inesperada llamada en noviembre para trabajar en Ponferrada, quizá, por el resto de mi vida… Aunque quizá también eso hubiese significado el fin de todo: ¿se habría venido ella conmigo, tal y como estaban las cosas en su familia?

Sí, tampoco sabe uno lo que hubiese podido significar Ponferrada en aquellas circunstancias.

Y os preguntaréis, ¿por qué todo esto, ahora?

Supongo que es lo que tocaba hacer cinco años atrás y me faltó el valor. Preferí enloquecer y delirar. Y ahora que deseo regresar a la gracia, toca enfrentarse cara a cara con todo aquello. Para ponerlo definitivamente en su sitio. Para reconciliarme con lo que ha sido y es. Con lo que fui y soy.

Para poder pedir perdón. Para poder recibirlo.

EL RETRATO QUE ME PINTÓ MI MUJER

“Nunca tuve el caballo que he perdido.
Las tierras que me robaron nunca fueron mías.
La espada que no tengo nunca bebió sangre ajena.
Los infieles que envié al infierno
gozan todos de buena salud.
El retrato que me pintó mi mujer
no forma parte del mayorazgo.
Me sentí muy solo al marchar con mis hijos a la guerra.
Le he sido muy fiel a todas mis amantes.”

Escrito en mi diario el jueves 8 de septiembre de 2016.

MI PROGRAMA POLÍTICO COMPLETO

El martes 9 de agosto de 2016, en alguna cafetería ferrolana, apunté en mi diario el mensaje que un amigo me había hecho llegar vía Guásap:

Le he dado vueltas estos días a aquello que dijiste de que la mejor acción política (o la única posible) es organizar una comida o una cena. Me parece un programa político completo.

UN CONTINUO RECORDAR EL CAMINO

“No parece existir cualidad más humana que el tiempo; parece ser la condición primera de lo humano. ¿Cómo desear, entonces, una vida eterna? Anhelamos dejar de ser humanos. Deseamos gozos sin éxodos; pero, ¿hay gozo sin éxodo? Quizá el cielo sea un continuo recordar el camino que nos ha llevado a él. Así las cosas, sólo accederá al cielo quien haya tenido una vida que merezca ser recordada; en caso contrario, la eternidad se transformará en infierno. Una vida que desee recordar. Un sí trascendental y definitivo a la voluntad de Dios, a la bondad de su creación.”

Escrito en mi diario el martes 10 de mayo de 2016.

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COMO CRISTO RESUCITADO

Releo, al mismo tiempo, los diarios de 2005 y 2016.

El principio y el final.

Nunca me recuerdo tan enamorado, ni tan triste, como la persona que escribió esos diarios.

Y volvemos a lo de siempre: parece imposible disfrutar plenamente de la felicidad, cuando efectivamente somos felices.

Porque la felicidad parece ser como Cristo Resucitado: no la reconocemos cuando está entre nosotros.

Sólo tras su marcha nos damos cuenta de haber gozado de su presencia.

LAS DIVINAS INERCIAS

Las palabras salen con mayor rapidez de las bocas que de los corazones. Mudar de veneraciones es un camino más largo de lo que nos gustaría pensar.

El alma ha de habituarse a los nuevos ritos y oraciones; y es en esa pelea cotidiana por forzar las inercias del cuerpo donde nuestra libertad realmente se faja.

Porque cuando el mundo nos exija más reflejos que deliberaciones, la mecánica involuntaria de nuestras costumbres es la que ofrecerá el auténtico espectáculo de nuestras creencias más profundas.

En la imperiosa necesidad de un momento, todos acabamos descubriendo a qué dioses adoramos realmente.

En la mayoría de los casos, no suele ser una sorpresa agradable.

PRECIPITACIONES DEL 8 DE MARZO

Es otro de esos días de Grandes Palabras Identitarias. De esas idolatrías en las que el ser humano busca redención. Como Guerra Cultural o Nación.

Un padre muy activista nos avisó por el grupo de Guásap del colegio de que el AMPA nos animaba a que nuestros hijos fueran al cole con alguna prenda morada, en honor de las Grandes Palabras del día.

Mi hija fue al colegio vestida completamente de azul.

Habían pronosticado lluvia para todo el día, en el día de varias de esas Grandes Palabras. Pero no llovió hasta la hora de recoger a los niños del colegio.

A muchos, la lluvia les cogió desprevenidos. A mí no. A aquel chico, sí. Aquel chico se mojaba bajo la recia lluvia, mientras esperaba la salida de su hermano. Yo tenía un paraguas, el chico se mojaba. Sin demasiado esfuerzo lógico, le dije al chico que se refugiase conmigo bajo mi paraguas. El chico musitó algo sobre el olvido y se quedó a mi lado, en silencio, a cubierto, hasta que su hermano salió del colegio.

Pero yo me fijaba en la escena que tenía delante. Me hubiese gustado sacar una foto de esa escena. En ese día de algunas de esas Grandes Palabras.

En la foto, se podría ver a varias personas esperando a la salida del colegio, en la acera. Mientras llueve. Mientras llueve bastante. A la izquierda, se pueden ver tres personas con paraguas. A la izquierda, una madre, sin paraguas, espera cubierta apenas por una capucha escasa, empapándose. Ninguna de las tres personas ofrecen cobijo en ningún momento a la madre que se moja a su lado.

Y ahora, todo mi esfuerzo lógico consiste en entender esa escena, en ese día de Grandes Palabras.

Yo me sentí bien, ofreciendo mi paraguas al joven que se mojaba. ¿He de entender que esas personas que no ofrecen sus paraguas no se quieren sentir tan bien como yo? ¿O acaso a ellos no les hace sentir bien proteger de forma tan sencilla a alguien de la lluvia?

¿Es vergüenza? ¿Se sienten ridículos siendo amables y preocupándose de desconocidos en apuros?

O quizá no se dan cuenta de lo que ocurre alrededor. No se dan cuenta de que alguien se empapa y pasa frío a su lado, en uno de esos días de Enormes Palabras.

Quizá debiera yo escribir algo en el grupo de padres de Guásap. Algo como esto:

Recomiendo compartir paraguas en día de lluvia, para evitar que se mojen las personas que carezcan de ellos.
No es necesario hacerlo sólo el 8 de marzo. Se puede hacer en cualquier momento que llueva.
Hacerlo, además, suele producir una agradable sensación de bienestar.

Quizá debiera, pero no.
Me quedaré aquí, pensando en la lógica de los tiempos; y recordando la sonrisa que me regaló el joven al que ofrecí mi paraguas, cuando nos cruzamos con su hermano y él un poco más tarde.

MIS CREENCIAS

Al leer mis versos de amor, dos docenas de mujeres pensarán que hablo de ellas; y, probablemente, todas ellas tengan parte de razón.
Y ciertamente todas estarán completamente equivocadas.

Porque la mujer que amo es un collage de recuerdos dispersos, rasgos compuestos y suspiros diversos; conjugado en verbos copulativos de imaginaciones incumplidas y deseos por encarnar.

Su rostro es el impacto estético del día (en el metro, en el curro o en el Mercadona) concentrando todos los ecos insatisfechos de mi alma.

En cada desconocida atractiva -que me quiebra el cuello para que le siga el trote con la mirada- renace el anhelo patriarcal de fundar dinastía en el múltiple preñar apasionado de un amor nacido en la infancia, muerto en la vejez y previsto en la eternidad.

Es por ello que en todas ellas me reconozco fracasado en mis aspiraciones
y confirmado en mis creencias.

Pues no es lujuria el pecado que me pierde,
sino la tragedia del campo fértil que se ha condenado a ser paisaje yermo de cemento.

INQUE MEUM SEMPER STENT TUA REGNA CAPUT

“Los amantes viven sin sentido. El amor es un vicio y, como vicio, no ama a quien puede librarle de su enfermedad. Aunque ella, si alguna vez estuvo enferma, ya se ha curado. Él, no. ¿Qué es ella para él? Su casa, la poderosa hermosura y las palabras que mienten. ¿Y él para ella? Creo que ni él mismo lo sabe. Ella ha nacido sólo para que él se duela y pase las noches en blanco. ¿Por qué la quiere sin adornos? ¿Por qué dice que la pura forma se basta a sí misma? Seguramente, no porque así la vea más hermosa, sino para que otros hombres no se fijen en ella. Pero resulta un empeño imposible: quien la ve, sólo con verla, peca; para no desearla, tendrían que estar ciegos. Recela hasta de lo que nada es, hasta de su misma sombra. Los celos son insoportables. Es capaz de irrumpir en casa de ella al alba y de buscar señales en el lecho para ver si no ha dormido sola. El amor tiene efectos (metafísicamente) devastadores: el amante ve en sí mismo la nada. Siente la imposibilidad de amar a otra, y de necesidad hace virtud: cuando se convence de que ella ya no le hace caso, obstinado, se propone servir a un largo amor; vivo, será de ella; muerto, lo seguirá siendo. Su fe última será la misma que su fe primera. Ésa será su gloria. La seguirá amando, incluso cuando, muerto ya, sus huesos ardan en la pira funeraria. A veces, cree sentirse libre o, al menos, con ánimo para buscar el olvido a través del estudio o poniendo entre él y ella el tiempo y la distancia, el paso de los años y el inmenso espacio de los mares. O le dice a ella, diciéndoselo a sí mismo, que no era tan hermosa, que fue él quien, con sus versos, le dio la hermosura. O se complace imaginándosela vieja, con los senos caídos y con las arrugas desfigurándole el rostro. Pero es otro empeño imposible. Los reinos de Cintia estarán siempre sobre su cabeza.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pgs. 43-44.
Como tantas otras, pieza cobrada por nuestro cazador predilecto, José Luis de la Cuesta (detective salvaje donde los haya).

EL ASUNTO

El asunto no es tener la razón, sino tener la verdad.

Pero es ésta diosa esquiva y tramposa. La cree uno sentada en el trono evidente de un palacio, pero es más fácil toparse con ella en el tapete verde de un casino clandestino.

Le apasiona presentarse a modo de legión y nada se saca de ella si no es amenazando acantilado; se esconde entonces en cualquier bestia y reclama sacrificio para su rendición.

La luz de las rutinas -artesanías de la voluntad ordenando trocitos de mundo- le atrae como a insecto nocturno. Pero tiene modales de flor y se cansa pronto de la propia carne de su belleza; es por lo tanto su capricho mustiar las macetas donde crees haberla cultivado.

Quizá, porque el asunto, en realidad, tampoco es tener la verdad.
Mas dejarse abierto a la posibilidad de que la verdad te tenga.

“Pausa nº 0120”, de Taeil Kim.

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