DISCERNIMIENTO

El día era azul como si las tempestades del mundo nunca hubiesen existido. El guerrero descansaba sentado, la espalda apoyada en la base de la torre. Su caballo pastaba la hierba fresca de los alrededores.

Aburrido, pensaba en la belleza de las mujeres. De algunas. Cierto recuerdo forzó una sonrisa fugaz.

Se oyó ruido en la cerradura de la puerta de la torre. El guerrero giró la cabeza lo justo para ver si salía alguien.

Salió el eremita. El sol relucía en su cabeza completamente calva. Se desperezó con un gruñido de satisfacción y miró alrededor.

Vio al guerrero, que le miraba a él.

-Mmm, sigues ahí… -comentó, mientras se acercaba con los brazos en jarras.

El guerrero asintió con la cabeza, sin levantarse.

-¿Sigues queriendo entrar? -preguntó el eremita.

-Sí.

El eremita se rascó la cruz de San Gilberto que llevaba tatuada en la frente.

-Pues no va a ser hoy -dijo, volviendo a poner la mano en un costado.

El guerrero hizo un gesto de resignación, sin dejar de mirar al eremita.

-¿Tienes hambre? -volvió a preguntar.

El guerrero asintió nuevamente, en silencio. El eremita entró en la torre. No tardó en volver a salir, con un trozo de pan y un vaso.

-Vino -dijo, ofreciéndoselo sonriente.

El guerrero estiró ambos brazos para coger lo que se le daba, con un gesto de agradecimiento.

El eremita se sentó a su lado, apoyando también la espalda sobre las enormes piedras de la torre.

-Dicen que hay guerra otra vez -comentó, mientras el guerrero comía y bebía.

-Así es.

-Aquí no.

-Aún no. Pero llegará. Siempre llega.

-¿No deberías estar preparándote para ella? ¿Sirviendo a tu señor en algún sitio?

-Mi señor me ha dado permiso para venir aquí.

-¿Así son las cosas, ciertamente…? -dijo el eremita, mostrando una leve sorpresa.

-Así son, sí.

El eremita giró la cabeza para clavar su mirada en los ojos del guerrero, antes de seguir preguntando.

-¿Eres bueno con la espada?

-No soy malo.

-¿Por qué prescinde entonces de ti, tu señor?

El guerrero terminó de tragar y bebió un sorbo de vino antes de contestar.

-Está preocupado por mi alma.

-¿Ciertamente?

-Ciertamente.

-Supongo que tiene razones para ello.

-Tiene una. Suficiente.

-¿Cuál?

El guerrero dio otro trago y devolvió el vaso al eremita.

-Me he alejado de Dios -respondió.

El eremita rio, como si hubiese escuchado un buen chiste.

-Ciertamente, es una magnífica razón para estar preocupado. Yo lo estaría -se puso en pie-. De hecho, ya lo estoy. Por tu culpa.

El eremita entró de nuevo en la torre y cerró la puerta. Se volvió a escuchar ruido de llaves y candados. Después, ya no se escuchó nada más.

El guerrero permaneció sentado, comiendo pan.

El caballo no había dejado de pastar ni un solo momento.