EL PRIMER PASO

El monje buscaba en un bolsillo interior de su capa negra. La mano reapareció acompañada de una petaca parda. Alargó el brazo para alcanzársela al guerrero de la Casa de Rilo. Éste, sin dejar de mirar el barco que allá abajo se alejaba hacia el horizonte, la agarró con una mano, la abrió con ayuda de la otra, y le dio un largo trago.

-¿Serás capaz? -preguntó el monje.

-Probablemente no -respondió el guerrero, mientras le devolvía la petaca.

El monje bebió a su vez.

-¿Qué quieres? -volvió a preguntar.

-Todo lo que quería.

El monje resopló y bajó la mirada al suelo un momento, antes de seguir preguntando.

-¿Es posible?

-No -respondió el guerrero-. No todo a la vez, al menos.

El monje volvió a rebuscar en su capa. Esta vez su mano reapareció con un trozo de queso curado. Cortó unos trozos con su navaja y se los pasó al guerrero. Siguieron bebiendo y comiendo queso durante un rato, el tiempo necesario para que los mástiles del barco desapareciesen en el horizonte púrpura.

-No tiene mucho sentido pensar ya en el último paso -dijo el monje, tras masticar un trozo de queso-. Céntrate en dar el primero.

El guerrero no dijo nada. Asintió suavemente, con la mirada perdida en los juegos de colores del cielo.

El monje se levantó y empezó a sacudirse las ropas. Buscó alrededor los caballos, que ramoneaban tranquilos en el mismo lugar donde los habían dejado.

-Ponte en marcha, simplemente -siguió el monje-. No pretendas anticipar lo que sólo el camino puede descubrir.

El guerrero volvió a asentir, esta vez con mayor énfasis, mientras se ponía también en pie. Los dos hombres se miraron por un instante, antes de dirigirse hacia los caballos.

Obra de Taeil Kim (agradecemos a la cuenta Ni aquí ni allí que nos haya dado a conocer a este pintor)