HASTA EL DESVANECIMIENTO, AL BORDE DEL PRECIPICIO

“En el asiento trasero estaba repantigado un personaje gordinflón, con unas lentes embutidas en su rostro rechoncho. Beria. Elegía el cuerpo femenino que más le apetecía. Acto seguido, sus sicarios detenían a la viandante. Era la época en que ni tan sólo se necesitaba un pretexto. Trasladada a su residencia, la mujer era violada, sometida con alcohol, amenazas, torturas…

[…] Sí, era ruso, y de pronto comprendía de manera confusa qué implicaba eso. Llevar dentro de sí a todos los seres desfigurados por el dolor, los pueblos calcinados, los lagos helados llenos de cadáveres desnudos. Conocer la resignación de un rebaño humano violado por un sátrapa. Y el horror de sentirse partícipe en semejante crimen. Y el deseo rabioso de revivir todas esas historias pasadas para extirpar de ellas el sufrimiento, la injusticia, la muerte. Sí, alcanzar al coche negro en las calles de Moscú y aniquilarlo de un manotazo. Luego, conteniendo la respiración, acompañar a la joven que abre la puerta de su casa, sube la escalera… Dar cobijo a toda esa gente en mi corazón para poder liberarlos un día en un mundo redimido del mal. Pero, entretanto, compartir su dolor. Aborrecerse por cada desfallecimiento. Llevar ese compromiso hasta el delirio, hasta el desvanecimiento. Vivir casi cada día al borde del precipicio. Sí, eso es Rusia.”

El testamento francés, de Andreï Makine; Tusquets, 2002; pgs. 176-177, 178-179.