EL CUERPO COBARDE

por El Responsable

Tratemos de examinar ese sentimiento.

Existía la posibilidad de un café con una compañera de trabajo. Posibilidad seria. Quizá aún.

Pero entonces mi imaginación empezó a girar con velocidad creciente, construyendo de forma delirante, en forma de escenas dramatizadas, posibles consecuencias de aquel encuentro inicial.

Eran imágenes que reflejaban el progresivo construirse de una relación entre hombre y mujer: la primera cita, el primer beso… todas las primeras cosas.

Y entonces empecé a notar cómo se disparaba la ansiedad. Traté de detener mi imaginación desatada, pero me veía impotente para controlarla. Lo cual incrementaba aún más la angustia.

Me vi rogándole a Dios que aquel café no se materializase nunca.

Y entonces comprendí la profundidad de mis heridas. Mi alma estaba agotada, mucho más de lo que jamás hubiese pensado.

Mi cuerpo era el de un cobarde.

No estoy acostumbrado. Pero parecía evidente que debía alejarme un poco del abismo. La brisa del cantil podría derribarme.

Y, sin embargo, días después, me descubrí queriendo pasear junto a otra conversación. ¿Qué había en ésta, que ya no asustaba, que le devolvió el arrojo a mis entrañas?

No tengo la más mínima idea. Siempre ha sido difícil poner orden en el patio de mi casa. Quizá tengan más que ver los demonios que los ángeles.

Aunque hay cierta pureza ingenua que atrae de forma trágica, como la mariposa nocturna que muere electrocutada en las bellas luces engañosas de la noche.

Hablo con Dios y le pido que no me maree demasiado. Aunque sé que no me va a hacer ni puto caso.

Así que me preparo y dispongo, otra vez, para amar. Para sufrir.

En mi áspero y hermoso acantilado.