ECLIPSE PARCIAL

por El Responsable

La conocí en un ALSA, Galicia-Madrid. Siempre he tenido muy mala suerte con mis compañeros de viaje. Aquel día no.

Estudiaba Biología y tenía una hermana gemela. Y un primo suyo en Madrid en el mismo barrio de un primo mío.

Ocho horas de viaje. Ocho horas de conversación entretenida. Me contó que tenía novio. A mí no me importaba. Intercambiamos teléfonos y la cosa quedó ahí.

Nos reencontramos en una de esas épocas en que yo dejo sueltos mis demonios, para que les dé el aire. Ella seguía con novio. A mí me importaba aún menos.

Paseamos por Bravo Murillo y tomamos café en un bar, donde me encontré con mi mejor profesor del instituto. El de Historia. Me acerqué a su mesa, le saludé, le dije quién era yo y, delante de su acompañante, le di las gracias por haber sido tan buen profesor.

Le alegré la noche al hombre.

Sigue siendo una de las mejores cosas que he hecho en mi vida.

El caso es que volvimos a la calle, ella y yo, a pasear. Y llegamos hasta su portal, que parecía punto final. Pero no.

Ella seguía con novio, pero se le había olvidado un poco. Lo justo para decirme que las cosas no iban bien entre ellos.

Como todos sabéis, ese tipo de confesiones suele ser preámbulo de adulterio e invitación a la complicidad.

Así que me dijo si quería subir a su casa.

Y yo, que tenía a los demonios de paseo, me dejé hacer. Me dijo que en aquella habitación dormía ya su gemela, que no hiciese mucho ruido; yo, que llevaba los demonios sueltos, miré hacia aquel cuarto con la imaginación encendida.

El caso es que me dijo que me sentase a su lado, en el sofá. Seguía teniendo novio, pero ya no le importaba a nadie.

Y por alguna extraña razón, mis demonios se despistaron, y decidí que aquel sexo no me apetecía.

Quizá porque veía una extraña necesidad en ella de demostrarse a sí misma lo zorra que podía llegar a ser.

Para su disgusto, me largué.

Cinco minutos después, ya en la calle, mis demonios volvieron a la carrera para preguntarme si estaba gilipollas. Así que la llamé.

Pero a ella se le había pasado la debilidad momentánea; y supongo que un mínimo orgullo de mujer rechazada cuando ya estaba dispuesta a pecar, me cerró para siempre las puertas de aquel portal.

El siguiente encuentro, un año más tarde, fue en el aeropuerto de La Coruña.

Había eclipse de sol. Ella hizo un comentario sobre el hecho de que antes nos encontrábamos en estaciones de autobuses y ahora en aeropuertos. Parecía que la vida nos iba bien.

No le hice mucho caso. Me senté en una mesa a escribir y a mirar el eclipse.

No era total.

Astros desacompasados, como nuestras caídas aquella noche.