A FELICIDADE É UNHA BOLBORETA

por El Responsable

Mi tía Marisa hacía las tareas de la casa, allí en la Seaña (allí, en la Ría), y yo le hacía compañía, mientras conversábamos, y ella dijo aquello -¿por qué hay cosas que se incrustan así en la memoria y se nos agarran para el resto de nuestra vida?-:

-La felicidad no existe. Existen momentos felices…

Me puse la canción y pensé que le pegaba al vagón de metro, a la calma en la que todos esos viajeros subterráneos coexistían. La música se ajustó al curso de la vida, como sábana bajera a colchón.

Y la sensación de armonía se me agarró al cuerpo, salió al mismo tiempo del vagón, subió conmigo las escaleras mecánicas. Aquella música en mí. Emergí de la estación y el día seguía construido sobre esa bella luz de invierno madrileño, bajo ese azul intenso del que sólo esta ciudad parece gozar.

Me acercaba sin prisa al colegio de la nena, encarnándome pleno en el paseo. Como si aquel andar fuese lo que el orden del universo exigía en aquel preciso instante, como si cualquier otra acción por mi parte pudiese desatar cataclismos capaces de destruir galaxias enteras.

Pero nada semejante podía ocurrir, porque ni siquiera se me planteaba tal opción. Porque aquella sensación que se había apoderado de mí me había hecho ciego a cualquier otra cosa que no fuese caminar lentamente hacia el colegio de mi hija, dejándome mimar por el sol, observando la -otros días invisible- belleza de los edificios y de las calles.

Y aquella sensación se iba agarrando al centro de mi pecho, apretándolo. Y de esa presión mis ojos no conseguían escapar sin humedecerse.

Y comprendí que estaba viviendo uno de esos momentos felices.

En los actos más humildes y rutinarios, estimulado por esa canción que había acompañado de repente de forma tan perfecta el transcurrir de mi día, yo estaba siendo feliz.

Sin comprender por qué recibía ese regalo, por qué todo estaba bien en esta cotidianidad tan simple e incompleta, mi alma seguía paseando ligera, en círculos, como si sólo necesitase andar, sin que importase ya realmente llegar a ningún lugar.

Y cuando ya la sensación comenzaba a desvanecerse y abandonarme, la encontré a ella, perfectamente acurrucada en su morir.

Con un ojo ya ciego mirando cara a cara mi ser.

Le hice una foto y la tuiteé. Y continué caminando hacia el colegio de mi hija.

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(Gracias a Hispana por darme a conocer la canción que ha provocado todo esto)