El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

Mes: Decembro, 2020

TAL PERSPECTIVA

“A menudo me pregunto si Cristo previó la enorme ola que vendría tras él y que ha arrojado a las orillas del tiempo miríadas de iglesias como si fueran conchas de mejillones. Me pregunto si la frase está consumado incluía todo eso y aún más – pero, a la vez, si a cada uno de nosotros se le depara tal perspectiva.”          

Pasados los setenta I. Ernst Jünger, Tusquets, 2006; pg. 400 (escrito en Roma, el 27 de marzo de 1968).

Detalle de la “Crucifixión” de Matthias Grünewald (1512-1516)

BSO

Una de las cosas a las que nos malacostumbra el buen cine es al acompañamiento musical en los momentos cruciales de la vida de los protagonistas.

En nuestra realidad, sin embargo, los momentos cruciales suelen llegar con un silencio banal, interrumpido apenas por vulgares sonidos cotidianos: el acelerar de un coche, la conversación de los vecinos, una notificación que hace vibrar el móvil…

Nada nos avisa de que un mar insalvable quedará a nuestras espaldas tras la decisión tomada, tras el hecho consumado.

La banda sonora de nuestras vidas sólo la escucha Dios.

EL MUNDO EN UNA PINCELADA

Fue el atisbo de una ilusión, pero bastó para hacer rebosar el pozo. Por unos días. En los que escribir bello estaba siempre a la mano.

No llegaba a ser un sentimiento, quizá apenas una premonición anhelante. Pero fue suficiente un destello mínimo para cimentar un futuro de sucesos.

Como me explicó la pintora que me amó, el ojo construye el mundo con recursos escasos.

Fíjate en el cuello de su blusa; donde parece haber un sinfín de matices y detalles, hay apenas una pincelada blanca.

Yo acerqué la imagen que había visto mil veces y por primera vez contemplé lo simple invisible que siempre había estado ahí.

Pues así también trabajan el deseo y la esperanza. Y de un pálpito irregular brota un amor eterno.

MIENTRAS TODOS CHILLAN

Mientras todos chillan, yo dudo sobre la calidad de mi futura interpretación. Teniendo en cuenta los antecedentes, no soy para nada optimista.

Creo que todo sería más sencillo si vosotros dos estuvieseis a mi lado. Tú -siendo quien eres-, apuntando las frases clave desde tu agujero en el suelo, invisible para todos; tú -seas quien seas-, enseñándome el sutil arte del cuidado de los otros, permitiendo que more junto a tus rutinas.

Mientras todos chillan, yo recuerdo el agotamiento de las noches sin sueño, la ira de la paciencia colmada, el dolor rindiéndome ante mis responsabilidades.

Mientras todos chillan, rememoro la debilidad del cuerpo agotado y exhausto, que ya ni recuerda cómo dar sentido a sus derrotas e impotencias.

Oh, sí, mientras todos chillan sus virtudes y sus libertades, yo sólo imploro la gracia suficiente para no fracasar una vez más -¿podría haber fracaso más terrible?- cuando tenga que cuidar el declive y despedida de la que me regaló la vida.

E imploro también tu compañía, mujer -seas quien seas-, para que yo pueda ser mucho mejor de lo que cabría esperar de mi voluntad sola.

TIEMPOS DE SALVAJE HERMENÉUTICA

En cada nueva publicación veo un pañuelo caer. Y analizo la trayectoria, la dirección del viento, el color del tejido.

Ah, todos los poderes que la Facultad me otorgó, los empleo en el donoso escrutinio de tus frases y silencios. Tus comentarios son manuales de Filosofía a los que aplico un formidable aparato crítico. Y mis notas al pie crecen sin medida, arrinconando tus exiguas palabras en lo alto de la página.

Y si lo compartido es una canción, hago el comentario de texto de la melodía, y fuerzo la armonía con mis más pujantes deseos. Estrangulo versos blancos para que rimen en consonante y encuentro tonalidades clásicas en dodecafonismos evidentes.

Le impongo mi sentido al despreocupado caos de tus decires y precipito semánticas amables en hechos donde yo ni siquiera existo.

Descubro sorprendentes destinos donde moran apenas humildes casualidades. Y si el delirio me arrastra a ponerme al descubierto, tus risas inocentes me devuelven la cordura de un razonar baldío y yermo.

Mas, ¿quién opta por la triste razón, en tiempos de salvaje hermenéutica?

EN EL PARQUE

Laia tiene un lindo pelo rubio, casi blanco, y se mueve con la torpeza propia de una nena de dos años.

Se quería montar en el balancín con Ofe, pero hoy mi hija no tiene el día muy sociable.

Un hombre se acerca al parque.

-Mira quién viene ahí, Laia -dice su madre-. Es papá.

Ya en el tono se advierte algo. Y la forma en que el hombre abraza a su hija, demorándose en el tiempo perdido, confirma la narrativa de fondo.

Ese tipo de abrazos me suenan.

Nosotros seguimos a lo nuestro, tratando de que Ofe haga equilibrios sobre la barra del balancín sin romperse la crisma. Pero estamos demasiado cerca.

…creo que, a partir de ahora, podré venir todos los fines de semana…

Las frases son dichas con extremo cuidado. Hay pausas profundas entre ellas. Por ambas partes. Como si caminasen a ciegas entre minas nucleares. Nadie quiere volver a sentir ese tipo de explosiones. Y menos aún en un parque público. E infantil.

Ella le explica algunas cosas, como la forma en que suele darse cuenta de que la nena tiene ganas de hacer caca.

Ofe y yo nos alejamos, lentamente, camino ya de casa.

La mamá de Laia nos adelanta. Camina sola. Se da la vuelta y nos dice adiós.

-Adiós -dice Ofe, moviendo la manita.

Nos sonríe. Continúa andando.

Sola.

EN MI MOCHILA

Cuando te veo en la tele, no sé qué amo exactamente. Puede que la mera belleza de tus formas; quizá la íntima fragilidad de algunas de las cosas que me dices a oscuras, cuando no es necesario portar máscara.

Mas, ¿qué sabré yo, si aún no me llegó el olor de tu melena, bailando al viento de diciembre?

Y entonces concluyo que mi alma vieja, rebosante aún de fuego sagrado, ansía amar. Y querría una compañera junto a la que luchar y repoblar el mundo: de vidas, de actores, de narración.

Porque donde todos ven decadencias, yo sólo soy capaz de contemplar la apoteosis de un poder triturante y creador, hacia el que me quiero abalanzar riendo síes y cantando a pleno pulmón la belleza crucial del fracaso.

Lo que quiero conservar lo llevo en mi mochila, pues sólo mi espalda me sé con derecho a cargar. No creo en el progreso ni en la corrupción: creo en la mano que me ofreces en el mismo día de hoy.

Y contemplo las revoluciones del caos con sonrisa confiada,
pues una de las cosas que porto en mi mochila
es una espinosa corona ensangrentada.

(Mi agradecimiento al Hermano Buscador Wike por esta canción y por tantos años de amor)

PAGANO QUE CREE…

Cada acto rutinario, realizado con el cuidado de una oración.

Como si ejecutar con perfección las obligaciones cotidianas fuese capaz de torcer el brazo de Dios
obligándole a darme lo que deseo.

Mi fe sabe que esa lógica es estúpida.

Pero
para ciertos anhelos
el alma humana sólo encuentra sentido
en paganas supersticiones.

CARTA A UN AMOR DESCONOCIDO

Sé que no confías, que no soy más que un montón de palabras escritas en el aire.

Sé que el paso de los años ha curvado mi espalda, pero aún no he rendido el corazón a los fríos del mundo. Porque llevo en el alma un jardín secreto, resguardado por dos ángeles terribles, que a ningún demonio permiten entrar.

Nada le harán a tus mariposas, si vienen a buscar alimento entre mis hortensias.

Es el único lugar de mi alma que conservo puro; mas no por mi cuidado -qué va-, sino por la misericordia de Dios.

Es tuyo, si te atreves.

Verás que mi cuerpo está tatuado de cicatrices. Algunas, como la de Frodo en Amon Sûl, vuelven a doler hasta la locura en fechas concretas del año. Te ruego que me prestes especial atención en tales días; y que soportes estoicamente mis sollozos agotados.

Sólo puedo prometerte este amor viejo, de sonrisa quebrada, pero sabio de dolor.

Que se sienta a escribir en hojas de roble y las suelta, nervioso cual adolescente, al juego del viento de los acantilados. Rogando que los dioses cesen sus bromas y las conduzcan hasta ti, rostro aún imagen quieta de la nada.

Te espero paseando entre caballos salvajes, atento junto a ellos al baile final del sol en el horizonte.

“Puertas del Paraíso”, de Wilhelm Bernatzik (1906)

(Agradecemos a la maravillosa cuenta de Twitter vanitas que nos haya dado a conocer este hermoso cuadro)

EL CUERPO COBARDE

Tratemos de examinar ese sentimiento.

Existía la posibilidad de un café con una compañera de trabajo. Posibilidad seria. Quizá aún.

Pero entonces mi imaginación empezó a girar con velocidad creciente, construyendo de forma delirante, en forma de escenas dramatizadas, posibles consecuencias de aquel encuentro inicial.

Eran imágenes que reflejaban el progresivo construirse de una relación entre hombre y mujer: la primera cita, el primer beso… todas las primeras cosas.

Y entonces empecé a notar cómo se disparaba la ansiedad. Traté de detener mi imaginación desatada, pero me veía impotente para controlarla. Lo cual incrementaba aún más la angustia.

Me vi rogándole a Dios que aquel café no se materializase nunca.

Y entonces comprendí la profundidad de mis heridas. Mi alma estaba agotada, mucho más de lo que jamás hubiese pensado.

Mi cuerpo era el de un cobarde.

No estoy acostumbrado. Pero parecía evidente que debía alejarme un poco del abismo. La brisa del cantil podría derribarme.

Y, sin embargo, días después, me descubrí queriendo pasear junto a otra conversación. ¿Qué había en ésta, que ya no asustaba, que le devolvió el arrojo a mis entrañas?

No tengo la más mínima idea. Siempre ha sido difícil poner orden en el patio de mi casa. Quizá tengan más que ver los demonios que los ángeles.

Aunque hay cierta pureza ingenua que atrae de forma trágica, como la mariposa nocturna que muere electrocutada en las bellas luces engañosas de la noche.

Hablo con Dios y le pido que no me maree demasiado. Aunque sé que no me va a hacer ni puto caso.

Así que me preparo y dispongo, otra vez, para amar. Para sufrir.

En mi áspero y hermoso acantilado.

En Compostela

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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