ANTIDISTURBIOS

por El Responsable

El 19 de febrero de 1994 recibí mi primera carga policial, en el tercer anfiteatro del estadio Santiago Bernabéu.

Por entonces, era entrenador del Real Madrid Benito Floro, que obligaba a sus jugadores a volver a calentar tras el partido, con el objeto de evitar lesiones. Así que el equipo había vuelto al campo, a dar unas vueltas de carrera suave.

En el estadio, ya vacío, sólo quedaba el Frente Atlético esperando a que le diesen permiso para abandonar las instalaciones. Aburridos de esperar, algunos aficionados empezaron a tirar pelotitas de papel de aluminio a los jugadores del Real Madrid. Desde el tercer anfiteatro. Ninguna alcanzó su objetivo, evidentemente; pero el mando de la policía decidió que aquello tenía que parar. Así que dio a sus hombres la orden de cargar, los cuales sólo se detuvieron cuando ya varios hinchas corrían serio riesgo de acabar en el anfiteatro inferior.

Justo cuando ya me tocaba recibir mi primer porrazo.

No mucho después, viví mi primera carga como manifestante estudiantil. Aprendí a cubrirme la nuca, mientras corría Gran Vía abajo, buscando refugio en la Plaza de España de las pelotas de goma que rebotaban a nuestro alrededor.

Mis años de universidad están repletos de recuerdos de ese tipo.

Una manifestación ilegal que pretendía salir de la plaza de Chueca y que enseguida estalló en una lluvia de botellas sobre la policía, que pintaron de verde el cielo de aquella tarde. Míguel y yo uniéndonos a un grupo de gente que movían a pulso un coche para hacer una barricada.

Nos tuvieron toda la tarde corriendo. Mientras descansábamos en un banco cerca de Cibeles, pensando que todo había acabado ya, vimos cómo un grupo de furgonetas de la policía bajaba por Gran Vía. Éramos cuatro gatos agotados y no pensamos que pudiéramos ser su objetivo.

Lo éramos. Así que, cuando vimos que saltaban de las furgonetas y se lanzaban hacia nosotros, volvimos a salir corriendo; mientras Félix, que había decidido tomarse un tripi justo antes de empezar la manifestación, rogaba, nuevamente a la carrera, que le dejasen en paz de una santa vez.

Recuerdo a otro grupo de policías haciendo la tortuga para protegerse de una lluvia de cascotes, en medio de la furia del combate, delante del Ministerio de Educación; y uno de ellos caer redondo al suelo, al impactar un ladrillo contra su casco.

Recuerdo mi mano agarrada nuevamente a la mano de la mujer que había amado durante el último año, recién terminada la relación, para formar una línea de seguridad entre estudiantes y un grupo de antidisturbios que pretendían situarse justo en medio de la manifestación.

Y recuerdo, detenido en el interior de aquella furgoneta, mientras sangraba la cabeza de Martín a mi lado, la llamada que recibió uno de los antidisturbios.

No, no creo que llegue a comer, aquí tenemos lío para rato…

Aquella conversación telefónica situó mi épica juvenil a su auténtica escala de banalidad: más que un héroe proletario, era un mero estorbo en la vida familiar de aquel funcionario. Mi máximo logro ese día fue impedir que aquel hombre llegase a tiempo a la comida dominical.

Durante las protestas universitarias en las que se fue forjando la futura militancia de Podemos, yo me reencontré con un antiguo amigo de la infancia, de los maravillosos veranos en el Club de Suboficiales de la Armada. Me alegré mucho de verle y estuvimos hablando un rato. Le pregunté qué hacía por la Complu. Me mintió.

Pero no tardó en confesarme que era policía nacional y que estaba de paisano, vigilando las concentraciones estudiantiles. En las que él sabía que yo participaba.

No sé por qué me dijo la verdad. No era necesario. Podía suponer incluso un problema para él, dependiendo de mi reacción.

Confió en mí. Por nuestra infancia común, supongo.

Nos volvimos a encontrar un par de veces más, tiempo después. Él ya vestido de policía, yo manifestándome.

No nos dirigimos la palabra. Simplemente, nos miramos, sonreímos, y nos saludamos discretamente.

Y por alguna razón, esa clandestina camaradería, enraizada en una hermosa juventud junto a una piscina, es uno de los mejores recuerdos que conservo de aquellos días de batallas callejeras.

Como una pequeña pero robusta verdad, brotando entre un amasijo de pasiones intrascendentes.

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Fotografía de Miguel Ángel Gutiérrez.