EL DRAGÓN ENAMORADO

por El Responsable

Por amor al dragón fui infiel.

Nunca he tenido demasiado claro si amaba al dragón o al mero hecho de que un ser de su categoría llegase a amarme a mí. No sé, por lo tanto, si amando al dragón me amé más que nunca a mí mismo.

La conocí por una recomendación literaria y la olvidé como el que se arranca una sanguijuela: llevándose al mismo tiempo trozos de mi propia piel.

Y sin embargo, no puedo negar que fue por el dragón que confesé hasta el primero de mis pecados, sollozando de rodillas ante el humilde párroco de mi barrio.

Nunca he creído tanto en Dios como el día en que una llamada me dio a conocer la muerte del ángel de una Cruz de Caravaca, justo tras confesarme de aquellos amores traidores. El cielo era rojo, lo juro, mientras mi mujer lloraba por la cruz herida de mi abuela. La casualidad parecía tan improbable que la única respuesta lógica a todo aquello era la Divina Providencia en acción.

El dragón movió cielo y tierra para que no escapase de su guarida. Se ofreció incluso a arriesgar la vida eterna para que permaneciese a su lado.

Si me pienso con buenos ojos, quiero creer que me alejó de ella un acto de compasión. Pero quizá fue sólo entender que la seducción había sido completa.

Me alejé de aquella tierra quemada, sin tener demasiado claro si había sido su fuego o el mío.

“Interlude”, de Jeremy Lipking (2013)