DE LOS AMARES SUCIOS

por El Responsable

Cuando más la deseé, no la tuve.

Me dejó gozarla años después, cuando ya todo era pasatiempo.

Y me contó historias de entonces, de cuando el deseo.

Que ella amaba a nuestro común amigo; trágicamente, pensé yo. Pues no eran mujeres lo que él gustaba. Ésa, al menos, era su identidad por aquel entonces.

No pude evitar mostrar enorme sorpresa, sin embargo, al saber que su tragedia fue aún peor; pues él sí satisfacía sus ardores en su cuerpo de mujer.

De mujer enamorada, insisto.

Por conversaciones con conocidos que también la gozaron, supe que ella tenía tendencia a enamorarse de todos aquellos con los que se acostaba. Lo cual la hacía más reaccionaria, de facto, de lo que toda su militancia freudiana podía dar a entender. He ahí su auténtica tragedia: su alma se negaba a ser tan liberal como su fe.

En la última ocasión, me marché asqueado de su casa. Asco de mí mismo y de aquel sexo puro. Mero sexo. Sólo sexo.

Nos volvimos a encontrar años más tarde. Ya sin ganas. Lo que me contó de su vida no me interesó nada.

Yo sólo era capaz de recordar un comer ansioso y un amar sucio. Así que no trataba de recordar demasiado…

Nunca más nos hemos vuelto a ver.

“Cafe Table”, de Jeremy Lipking