AFGANISTÁN

por El Responsable

El mayor de mis primos hermanos es suboficial del Ejército de Tierra. Ha estado de misión en tantos países, que ya he perdido la cuenta.

No le recuerdo ninguna otra vocación en su vida. Cuando yo pasaba algún fin de semana en su casa de Mugardos, me recuerdo leyendo su colección de revistas bélicas. Supongo que algo tuvo que ver en que mi primera vocación, la de ser piloto de combate, me durase hasta los catorce años.

Entre sus muchas misiones, hay que contar tres despliegues en Afganistán. En el último, le acompañamos al aeropuerto. Lo recuerdo abrazando y besando sin parar a su hija pequeña. Se iba seis meses. Ese mismo día, llegamos a Barajas conociendo la noticia de un atentado talibán con varios muertos en una de las “zonas seguras” de Kabul. Su destino.

Le tengo un cariño especial a mi primo, que no puedo explicar como me gustaría.

Entre otras cosas, le tengo cariño porque él me ha proporcionado una de esas imágenes que siempre me hacen sonreír cuando pienso en ella.

Creo que fue durante su primer despliegue en Afganistán. Me contó que solía acercarse a la base estadounidense, porque allí todo era gratis. Entrabas en la cafetería y te llevabas lo que querías.

Con rostro travieso y divertido contaba que él solía ir con uno de sus mochilones de campaña, completamente vacío, y lo llenaba hasta los topes de golosinas y caramelos. Los soldados americanos le echaban miradas reprobadoras, pero él seguía a lo suyo, rellenando su petate de dulces.

Y luego se iba a los pueblos cercanos a repartirlos entre los niños.

Recordar el rostro de mi primo al contar esta anécdota me hace feliz hasta las lágrimas; pues pura felicidad era lo que uno veía en su cara, cuando recordaba aquellos momentos.

Tras su última misión en Afganistán, fuimos a buscarlo al aeropuerto. Un honor, poder recibirle con un abrazo.

Algún día debería hacerle saber lo orgulloso que me siento de compartir sangre y apellido con él.