El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

Mes: Novembro, 2020

ANTIDISTURBIOS

El 19 de febrero de 1994 recibí mi primera carga policial, en el tercer anfiteatro del estadio Santiago Bernabéu.

Por entonces, era entrenador del Real Madrid Benito Floro, que obligaba a sus jugadores a volver a calentar tras el partido, con el objeto de evitar lesiones. Así que el equipo había vuelto al campo, a dar unas vueltas de carrera suave.

En el estadio, ya vacío, sólo quedaba el Frente Atlético esperando a que le diesen permiso para abandonar las instalaciones. Aburridos de esperar, algunos aficionados empezaron a tirar pelotitas de papel de aluminio a los jugadores del Real Madrid. Desde el tercer anfiteatro. Ninguna alcanzó su objetivo, evidentemente; pero el mando de la policía decidió que aquello tenía que parar. Así que dio a sus hombres la orden de cargar, los cuales sólo se detuvieron cuando ya varios hinchas corrían serio riesgo de acabar en el anfiteatro inferior.

Justo cuando ya me tocaba recibir mi primer porrazo.

No mucho después, viví mi primera carga como manifestante estudiantil. Aprendí a cubrirme la nuca, mientras corría Gran Vía abajo, buscando refugio en la Plaza de España de las pelotas de goma que rebotaban a nuestro alrededor.

Mis años de universidad están repletos de recuerdos de ese tipo.

Una manifestación ilegal que pretendía salir de la plaza de Chueca y que enseguida estalló en una lluvia de botellas sobre la policía, que pintaron de verde el cielo de aquella tarde. Míguel y yo uniéndonos a un grupo de gente que movían a pulso un coche para hacer una barricada.

Nos tuvieron toda la tarde corriendo. Mientras descansábamos en un banco cerca de Cibeles, pensando que todo había acabado ya, vimos cómo un grupo de furgonetas de la policía bajaba por Gran Vía. Éramos cuatro gatos agotados y no pensamos que pudiéramos ser su objetivo.

Lo éramos. Así que, cuando vimos que saltaban de las furgonetas y se lanzaban hacia nosotros, volvimos a salir corriendo; mientras Félix, que había decidido tomarse un tripi justo antes de empezar la manifestación, rogaba, nuevamente a la carrera, que le dejasen en paz de una santa vez.

Recuerdo a otro grupo de policías haciendo la tortuga para protegerse de una lluvia de cascotes, en medio de la furia del combate, delante del Ministerio de Educación; y uno de ellos caer redondo al suelo, al impactar un ladrillo contra su casco.

Recuerdo mi mano agarrada nuevamente a la mano de la mujer que había amado durante el último año, recién terminada la relación, para formar una línea de seguridad entre estudiantes y un grupo de antidisturbios que pretendían situarse justo en medio de la manifestación.

Y recuerdo, detenido en el interior de aquella furgoneta, mientras sangraba la cabeza de Martín a mi lado, la llamada que recibió uno de los antidisturbios.

No, no creo que llegue a comer, aquí tenemos lío para rato…

Aquella conversación telefónica situó mi épica juvenil a su auténtica escala de banalidad: más que un héroe proletario, era un mero estorbo en la vida familiar de aquel funcionario. Mi máximo logro ese día fue impedir que aquel hombre llegase a tiempo a la comida dominical.

Durante las protestas universitarias en las que se fue forjando la futura militancia de Podemos, yo me reencontré con un antiguo amigo de la infancia, de los maravillosos veranos en el Club de Suboficiales de la Armada. Me alegré mucho de verle y estuvimos hablando un rato. Le pregunté qué hacía por la Complu. Me mintió.

Pero no tardó en confesarme que era policía nacional y que estaba de paisano, vigilando las concentraciones estudiantiles. En las que él sabía que yo participaba.

No sé por qué me dijo la verdad. No era necesario. Podía suponer incluso un problema para él, dependiendo de mi reacción.

Confió en mí. Por nuestra infancia común, supongo.

Nos volvimos a encontrar un par de veces más, tiempo después. Él ya vestido de policía, yo manifestándome.

No nos dirigimos la palabra. Simplemente, nos miramos, sonreímos, y nos saludamos discretamente.

Y por alguna razón, esa clandestina camaradería, enraizada en una hermosa juventud junto a una piscina, es uno de los mejores recuerdos que conservo de aquellos días de batallas callejeras.

Como una pequeña pero robusta verdad, brotando entre un amasijo de pasiones intrascendentes.

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Fotografía de Miguel Ángel Gutiérrez.

EL NOBLE

“…a ratos mi pensamiento discernía en Saint-Loup un ser general, el noble, que a modo de espíritu interno regía el movimiento de sus miembros, ordenaba sus acciones y ademanes; y en esos momentos, aunque estaba en su compañía, me sentía solo como delante de un paisaje cuya armonía comprendiera mi ánimo. No era ya más que un objeto que mis ideas querían profundizar bien. Y experimentaba gran alegría, pero no de amistad, sino de inteligencia, cada vez que volvía a encontrar en mi amigo ese ser anterior, secular, el aristócrata que Roberto no quería ser. Y en la agilidad moral y física que revestía de tanta gracia a su amabilidad, en la soltura con que ofrecía su coche a mi abuela y la ayudaba a subir, en la destreza con que saltaba del pescante cuanto temía que tuviese yo frío, para echarme por los hombros su propio abrigo, veía yo algo más que la flexibilidad hereditaria de esos grandes cazadores que desde muchas generaciones atrás eran los antepasados de ese muchacho que no aspiraba a otra cosa que a la intelectualidad, algo más que ese desdén hacia las riquezas, que en él se aliaba al amor a la riqueza proque de esa manera podría obsequiar mejor a sus amigos y le capacitaba para poner todo el lujo de que él disponía a sus pies con aire indiferente; veía yo sobre todo la certidumbre o la ilusión que tuvieron esos grandes señores de ser más que los demás, por lo cual no legaron a Saint-Loup ese deseo de mostrar que se es tanto como los demás, ese miedo a mostrarse demasiado afectuoso, que en él no se daba nunca y que afea tan torpe y desdichadamente las más sinceras amabilidades plebeyas.”

A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust; segundo volumen de En busca del tiempo perdido; Alianza, 1999; pgs. 383-384.

“The Honourable Cecil Richard Molyneux”, de Philip Alexius de László.

ALGO SEMEJANTE A UN ESPEJO

“Y ocurre igualmente que los productores de obras geniales no son aquellos seres que viven en el más delicado ambiente y que tienen la más lúcida de las conversaciones y la más extensa de las culturas, sino aquéllos capaces de cesar bruscamente de vivir para sí mismos y convertir su personalidad en algo semejante a un espejo, de tal suerte que su vida, por mediocre que sea en su aspecto mundano, y hasta cierto punto en el intelectual, vaya a reflejarse allí; porque el genio consiste en la potencia de reflexión y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado.”

A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust (2º volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1999; pgs. 160-161.

“Hold me”, de Malcolm T. Liepke (2019)

TODO SOBRE MI PADRE

El miércoles 12 de mayo de 1999 quedé con ella en un bar cerca del ambulatorio al que solía ir de niño, cuando aún vivía en Ferrol.

En la Plaza de España. Aún bajo la atenta mirada de la estatua del Generalísimo.

Ella iba a ser mi puerta de entrada al Bloque Nacionalista Gallego.

Como les ocurría a todas las personas que habían conocido a mi padre, noté la turbación profunda cuando me vio por primera vez.

Pues el parecido es angustiante.

Mi parecido con un muerto.

Teniendo en cuenta que sus cuatro abuelos fueron yonquis, la cosa no ha ido nada mal…

La frase es de mi hermana, hablando de su hija. Mi sobrina.

Ambos hemos cambiado el orden de nuestros apellidos. Aunque sus recuerdos eran mejores que los míos. Más que nada, porque ella los tiene. Gracias a ellos, he llegado a saber que mi padre hablaba mucho de mí.

Poco después de hacernos saber que quería volver a tener contacto conmigo, apareció muerto en el suelo de la cocina de su madre. Con una jeringuilla clavada en el brazo. 

Así lo encontró mi abuela cuando llegó a casa de trabajar.

…aquella mujer iba a ser mi puerta de entrada al Bloque Nacionalista Gallego.

Años después supe -me lo contó mi padrino, hermano de mi padre- que aquella mujer, que ese miércoles 12 de mayo de 1999 me trajo como regalo un Sempre en Galiza, había dado trabajo a mi padre en sus invernaderos para que pudiera salir adelante durante una de sus múltiples malas rachas.

De hecho, fue su marido el que le dio trabajo a mi padre.

Mi padre se lo agradeció follándose a su mujer en sus invernaderos.

Aquella mujer, puerta de entrada al Bloque Nacionalista Gallego, que aquel miércoles 12 de mayo me quiso regalar un Sempre en Galiza.

Otra de las muchas mujeres que amaron hasta la locura a mi padre.

La noche del día que mi madre me dijo que mi padre había muerto, lloré en mi cama.

Nunca más.

A MI ESPOSA

Mi relación más duradera. Probablemente porque, más que amarla a ella, durante todos aquellos años de quien realmente me enamoré fue de Dios.

Así que me tomé su amor adolescente como una misión. Decidí ser eso que ella más deseaba: el hombre de su vida.

Aunque son innegables todos los placeres que me llegó a proporcionar. Elevando la mera carne a planos que yo no había conocido antes. Podía hacer contener el aliento a una Taberna vociferante explicando la verdad en Yukio Mishima. Podía pintar la melancólica belleza de la muerte.

Y podía hacerme enloquecer con los trucos de su boca.

En su furioso amor juvenil, me pidió que la preñase. Años después, la paternidad nos separó. Y por separado hemos sido padres ambos, aún casados a los ojos de Dios.

El matrimonio es un misterio sagrado.

Me planteé la nulidad, pero sería forzar el espíritu de la ley. Mis promesas fueron sinceras, en su momento. Simplemente, dejé de estar a la altura de las mismas; pero la responsabilidad es mía, no de Dios o su Iglesia.

Así que me limito a pedir al Señor que proteja a su hijo, a ella y al hombre que finalmente la preñó.

Ella me dio tanto, que hasta me regaló la inspiración que dio nombre a este blog, a través de uno de sus dibujos.

Y la fotografía de unas vacas acantiladas junto a la Garita de Herbeira son constante recuerdo de aquel regalo. Y de nuestro amor.

Hasta que la muerte nos separe.

UN AÑO DE AMOR

Nunca he amado con la pasión con que la amé a ella.

(¿Se vuelve a amar alguna vez como se ama a los veinte años?)

Recuerdo mi desesperación ante el estorbo que un amigo había supuesto al encontrarme con ella en el autobús.

Recuerdo el efecto de su mano apoyada sobre mi rodilla, mientras le enseñaba mi colección de cómics de la Marvel.

Recuerdo mi carrera por la Facultad de Filosofía, en busca de un amigo al que contar que ella me acababa de besar por primera vez. Ella allí sentada, en aquel alféizar entre aulas, balcón de mis deseos.

Pensar que ella me amaba era lo más insólito en la historia del universo. Su belleza inalcanzable se me entregaba como el más inmerecido de los regalos. En su deseada boca, incomprensiblemente, yo era el invitado de honor.

Cuatro meses más tarde, al comprobar que disfrutaba de mi soledad paseando por la Gran Vía, empecé a sospechar que aquel amor eterno se acababa.

¿Cómo es posible que un amor así se acabe?

Todo tan agarrado a las entrañas. El final me tuvo un mes sin apenas comer.

Tan apasionado y tan joven… Sentir deseo por otra mujer me provocaba un dolor insoportable. No quería que nada manchase ese amor tan puro.

¿Cómo es posible que un amor así no te haga puro?

Pero deseaba a otras y yo no entendía nada. Una educación escasa y superficial, sin duda. Excesivamente romántica.

Tan joven e ignorante…

Por primera vez, también, los acantilados surgieron como refugio posible a todos mis pesares; como lugar de reposo y renacimiento. Comienzo de confusión que dio pie a una incipiente idolatría.

Y aprender, bien joven, que el tiempo todo lo cura.

EL DRAGÓN ENAMORADO

Por amor al dragón fui infiel.

Nunca he tenido demasiado claro si amaba al dragón o al mero hecho de que un ser de su categoría llegase a amarme a mí. No sé, por lo tanto, si amando al dragón me amé más que nunca a mí mismo.

La conocí por una recomendación literaria y la olvidé como el que se arranca una sanguijuela: llevándose al mismo tiempo trozos de mi propia piel.

Y sin embargo, no puedo negar que fue por el dragón que confesé hasta el primero de mis pecados, sollozando de rodillas ante el humilde párroco de mi barrio.

Nunca he creído tanto en Dios como el día en que una llamada me dio a conocer la muerte del ángel de una Cruz de Caravaca, justo tras confesarme de aquellos amores traidores. El cielo era rojo, lo juro, mientras mi mujer lloraba por la cruz herida de mi abuela. La casualidad parecía tan improbable que la única respuesta lógica a todo aquello era la Divina Providencia en acción.

El dragón movió cielo y tierra para que no escapase de su guarida. Se ofreció incluso a arriesgar la vida eterna para que permaneciese a su lado.

Si me pienso con buenos ojos, quiero creer que me alejó de ella un acto de compasión. Pero quizá fue sólo entender que la seducción había sido completa.

Me alejé de aquella tierra quemada, sin tener demasiado claro si había sido su fuego o el mío.

“Interlude”, de Jeremy Lipking (2013)

DE LOS AMARES SUCIOS

Cuando más la deseé, no la tuve.

Me dejó gozarla años después, cuando ya todo era pasatiempo.

Y me contó historias de entonces, de cuando el deseo.

Que ella amaba a nuestro común amigo; trágicamente, pensé yo. Pues no eran mujeres lo que él gustaba. Ésa, al menos, era su identidad por aquel entonces.

No pude evitar mostrar enorme sorpresa, sin embargo, al saber que su tragedia fue aún peor; pues él sí satisfacía sus ardores en su cuerpo de mujer.

De mujer enamorada, insisto.

Por conversaciones con conocidos que también la gozaron, supe que ella tenía tendencia a enamorarse de todos aquellos con los que se acostaba. Lo cual la hacía más reaccionaria, de facto, de lo que toda su militancia freudiana podía dar a entender. He ahí su auténtica tragedia: su alma se negaba a ser tan liberal como su fe.

En la última ocasión, me marché asqueado de su casa. Asco de mí mismo y de aquel sexo puro. Mero sexo. Sólo sexo.

Nos volvimos a encontrar años más tarde. Ya sin ganas. Lo que me contó de su vida no me interesó nada.

Yo sólo era capaz de recordar un comer ansioso y un amar sucio. Así que no trataba de recordar demasiado…

Nunca más nos hemos vuelto a ver.

“Cafe Table”, de Jeremy Lipking

AFGANISTÁN

El mayor de mis primos hermanos es suboficial del Ejército de Tierra. Ha estado de misión en tantos países, que ya he perdido la cuenta.

No le recuerdo ninguna otra vocación en su vida. Cuando yo pasaba algún fin de semana en su casa de Mugardos, me recuerdo leyendo su colección de revistas bélicas. Supongo que algo tuvo que ver en que mi primera vocación, la de ser piloto de combate, me durase hasta los catorce años.

Entre sus muchas misiones, hay que contar tres despliegues en Afganistán. En el último, le acompañamos al aeropuerto. Lo recuerdo abrazando y besando sin parar a su hija pequeña. Se iba seis meses. Ese mismo día, llegamos a Barajas conociendo la noticia de un atentado talibán con varios muertos en una de las “zonas seguras” de Kabul. Su destino.

Le tengo un cariño especial a mi primo, que no puedo explicar como me gustaría.

Entre otras cosas, le tengo cariño porque él me ha proporcionado una de esas imágenes que siempre me hacen sonreír cuando pienso en ella.

Creo que fue durante su primer despliegue en Afganistán. Me contó que solía acercarse a la base estadounidense, porque allí todo era gratis. Entrabas en la cafetería y te llevabas lo que querías.

Con rostro travieso y divertido contaba que él solía ir con uno de sus mochilones de campaña, completamente vacío, y lo llenaba hasta los topes de golosinas y caramelos. Los soldados americanos le echaban miradas reprobadoras, pero él seguía a lo suyo, rellenando su petate de dulces.

Y luego se iba a los pueblos cercanos a repartirlos entre los niños.

Recordar el rostro de mi primo al contar esta anécdota me hace feliz hasta las lágrimas; pues pura felicidad era lo que uno veía en su cara, cuando recordaba aquellos momentos.

Tras su última misión en Afganistán, fuimos a buscarlo al aeropuerto. Un honor, poder recibirle con un abrazo.

Algún día debería hacerle saber lo orgulloso que me siento de compartir sangre y apellido con él.

EMBRIAGAOS

“Hay que estar siempre ebrio. Nada más: esa es toda la cuestión. Para no sentir el peso horrible del tiempo, que os quiebra la espalda y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin parar.

¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos.

Y si alguna vez, en las escaleras de un palacio, en la verde hierba de una zanja, en la soledad sombría de vuestro cuarto, os despertáis, porque ha disminuido o ha desaparecido vuestra embriaguez, preguntad al viento, a las olas, a las estrellas, a los pájaros, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle qué hora es; y el viento, las olas, las estrellas, los pájaros, el reloj, os contestarán: ¡Es la hora de embriagarse! Para no ser los esclavos martirizados del tiempo, embriagaos; embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud, como queráis.”

En Obra poética completa, de Charles Baudelaire; Akal, 2003; pg. 467.

“Harmony in Pink and Grey”, de James Abbott McNeill Whistler (1881)

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