NO ERA UNA MODERNA ABSOLUTA

por El Responsable

Yo era feliz, nunca había sido tan feliz y nunca volvería a serlo tanto; sin embargo, no olvidaba en ningún momento el carácter efímero de la situación. Camille solo estaba de prácticas en la DRAF, inevitablemente tendría que marcharse a finales de enero para reanudar sus estudios en Maisons-Alfort. ¿Inevitablemente? Podría haberle propuesto que dejara sus estudios, que se convirtiera en ama de casa, o sea, que fuese mi mujer, y con la distancia cuando pienso en ello (y pienso en ello continuamente), creo que ella hubiera dicho que sí, sobre todo después de la granja industrial de gallinas. Pero no lo hice y sin duda no podía hacerlo, no había sido formateado para una propuesta semejante, no formaba parte de mi software, yo era un moderno y para mí, como para todos mis contemporáneos, la carrera profesional de las mujeres era algo que debía respetarse ante todo, era el criterio absoluto, la superación de la barbarie, la salida de la Edad Media. Al mismo tiempo yo no era un moderno absoluto, puesto que había podido, al menos durante unos segundos, pensar en eludir este imperativo, pero una vez más no hice nada, no dije nada, dejé que los acontecimientos siguieran su curso, a pesar de que en el fondo no tenía la menor confianza en aquel regreso a París; París, como todas las ciudades, estaba hecha para engendrar soledad, y no habíamos pasado suficiente tiempo juntos en aquella casa, un hombre y una mujer, solos y frente a frente, durante algunos meses habíamos sido el uno para el otro el mundo entero, ¿conseguiríamos mantener eso? Ya no lo sé, ahora soy viejo, no consigo recordarlo bien pero me parece que ya tenía miedo, y que había comprendido, ya en aquella época, que el entorno social era una máquina de destrucción del amor.

Serotonina, de Michel Houellebecq; Anagrama, 2019; pgs. 140-141.

Escolio:

sin duda el miedo; y ésta es una historia de seres jóvenes. Pero, ¿y aquéllos que ya portan varias vidas sobre la espalda? Su miedo se ha incrementado de forma geométrica, los dolores sufridos los ha convertido en animales condicionados por descargas eléctricas.

Y la electricidad destruye sus cuerpos en el mismo momento en que sus almas se atreven a rememorar sus aspiraciones y deseos más profundos.

Impidiendo precisamente aquello que hace posible la auténtica felicidad: la valentía para arriesgar nuevos dolores, para superar las adversidades que se interponen en el camino hacia lo deseado.

Y nadie se puede engañar eternamente sobre su propia cobardía e impotencia, sin que su cuerpo -materia de su alma- enferme.

Seres ya condenados a la infelicidad y a la tristeza.

Sucesivos amores fracasados los ha hecho desconfiados para siempre.

Mas, ¿cómo amar
sin confiar?