APUNTE SOBRE EL RETORNO DE LOS DIOSES

por El Responsable

Un dios era un resumen de experiencias milenarias. Una voluntad extraña que se podía apoderar de los actos y pasiones de los mortales. La realidad de estos dioses, y la pequeñez de la voluntad humana frente a ellos, es una constante en la historia de las civilizaciones.

La reacción -a escala mitológica- ante el poder de los dioses, supone la aparición de un nuevo tipo de religiones: el monoteísmo occidental (el no-sacrificio de Isaac), el budismo oriental. En Occidente, los dioses son rebautizados como demonios, contra los que se da un combate eterno. El mortal ha percibido (o ha querido percibir) un orden superior al de los dioses y pone en él sus esperanzas, sus actos y sus devociones. Ese orden superior conlleva una disciplina de las almas (Aristóteles vs. Platón), que es la única forma de liberarse de la acción de los dioses/demonios.

Estos dioses/demonios son la sustantivación mítica de las determinaciones -límites- fundamentales en toda comunidad humana: físicas, químicas, biológicas, etológicas… todas aquellas que han ido conformando el proceso de antropogénesis y, posteriormente, el trato dentro de, y entre, las comunidades humanas.

Las civilizaciones post-politeístas están estructuradas para generar individuos con la capacidad de generar actos voluntarios liberados, en la máxima medida posible, de la acción de los dioses/demonios.

Su estructura trágica fundamental radica entonces en que su mera idea implica la liberación del ser humano de todo aquello que lo determina como ser humano. Por ello, el éxito de tal liberación sólo puede acontecer fuera de este mundo (en otro mundo, en Occidente; en ningún mundo, en Oriente).

[excurso: la tragedia/contradicción fundamental de la salvación cristiana: la dramaticidad de la existencia humana como causa de todos los bienes y de todos los males; pero, si se elimina la dramaticidad, se elimina el mal, y también el bien; el bien ha de ser redefinido: como el éxtasis eterno de la contemplación de la belleza divina -Dante-; ejemplo: no vivir una vida “al modo terrestre” con el hijo aún niño que murió, sino compartir con su alma una eterna contemplación de la bella verdad oculta -y ya comprensible para el salvado- tras esa dolorosa muerte temprana]

Olvidado el momento histórico y la necesidad ontológica del combate contra los dioses/demonios, las sociedades modernas que pretenden liberarse de las disciplinas de las religiones bíblicas para lograr la autonomía de la voluntad individual, lo que en realidad logran es volver a dejar la voluntad individual bajo el poder de los dioses/demonios. Con la peculiaridad de que el individuo nuevamente sometido al albur de los dioses/demonios se cree libre, porque su nueva educación le hace ciego a los dioses/demonios; como un cuerpo que, empujándose a sí mismo en un espacio absoluto sin fricción, pudiese ir rápidamente a cualquier lugar sin ningún tipo de resistencia a su voluntad de movimiento. Pero esta falsa imagen es enseguida opuesta, en la existencia del individuo, por las determinaciones fundamentales de toda comunidad humana (las cuales, evidentemente, no se han evaporado): es decir, el individuo vuelve a toparse con los dioses/demonios sin ni siquiera saber de su presencia.

Sin artesanías conductuales [disciplinas, modales, maneras; disciplina > necesidad de rutinas > y su posterior elevación estético-sagrada a la categoría de “ritos”] a su disposición, cercenados en muchos casos los accesos a los conocimientos de las vías tradicionales de existencia, el individuo actual liberado recae en lo que él considera un caos de insoportable dolor, que le lleva a desesperar de su condición. Ese caos no es otra cosa que El Mundo (el imperio de dioses y demonios), en el cual se encuentra aún más perdido que el primer mono recién bajado del árbol; pues éste aún mantenía una cautela respetuosa -primariamente sagrada- ante lo desconocido, mientras el individuo actual se enfrenta al Mundo creyendo que nada ha de sorprenderle, que nada puede escapar al designio de su voluntad.

No alcanza por lo tanto, ni siquiera, la categoría de “salvaje”: ese primer mono sabía más que él.