CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LV)

por El Responsable

Resulta curioso que muchos de los que critican al sistema democrático, por ser una mera determinación cuantitativa de lo político, acaben mostrándose entusiasmados por participar en manifestaciones multitudinarias con sus correligionarios.

Esta paradoja se resuelve psicológicamente por la superioridad emotiva del acto de manifestarse, incomparable al anodino recuento de votos en una jornada electoral. La descarga de adrenalina provocada por la dramatización de la idea política, a través de símbolos exteriores que canalizan las pulsiones del ego diminuto, se multiplica al sentir la compañía de otros, quebrando la triste sensación de soledad del creyente (siempre con cierta tendencia a la marginalidad paranoide).

Además, el entusiasmo de la hiperactividad pública permite mantener oculto aquello que la mera aritmética electoral enseguida muestra: el peso real que nuestra Verdad tiene en la sociedad en la que vivimos. En el fervor del grito coreado por miles nadie se ve obligado a hacer caso del silencio ensordecedor de los millones que se han quedado en casa.

Es en este estado delirante autoprovocado en el que uno se puede llegar a creer la auténtica voz de la gente o de la España eterna.