CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LIV)

por El Responsable

A nivel personal, una de las pocas cosas buenas que ha traído la pandemia es poder recuperar algo de forma física. Tras más de un año sin apenas hacer ejercicio, impedido por el trabajo, las oposiciones y la vida de bus y hostal, este paréntesis obligado me ha permitido volver a salir a correr.

Uno de los grandes placeres de mi vida.

Correr suele ser un buen momento para pensar. Y yo pienso en lo importante que es tener una casa decente para vivir una existencia decente. Y también pienso en lo difícil que es tener una casa decente en Madrid, si no eres rico.

Porque, cuando pienso en casa decente, a mí me viene a la mente la casa de mi tía Marisa. Casa individual de dos alturas, rodeada de campo y huerto. Algo tan típico en Galicia, pero que, en Madrid, es directamente un lujo asiático.

No tengo demasiado claro que algún día pueda escapar de Madrid. En cualquier caso, tengo un sueño de menor calibre, más realizable, pero que me ilusiona muchísimo.

Todos los veranos, me gustaría alquilar una casa durante dos semanas, en algún lugar entre Ferrol y Ortigueira.

A principios de 2020, pensé que, con mucha suerte, quizá podría cumplir ese sueño este mismo año. Los acontecimientos posteriores me hacen dudar de que pueda cumplir ese sueño el año que viene.

Pero, Dios mediante, quizá algún día lo consiga. Porque creo que, a partir de ahora, según vaya cumpliendo años, voy a ir necesitando cada vez más la presencia de mi mar, de mis acantilados. Y también deseo dárselos a conocer a la gente que quiero. Me gustaría reunir a los míos allí. Quiero que los veranos de mi hija tengan esa presencia indeleble en su memoria.

Ese mar. Esos acantilados.

Dos semanas en las que nuestras puertas estarían abiertas a familiares y amigos. Una Taberna Errante pausada, en la que podrían hospedarse tantos caminantes exhaustos. Donde comer y beber y conversar. Yendo cada atardecer a los acantilados, paseando entre caballos salvajes, para gozar de la belleza insoportable de la Creación.

Dos semanas como un rito de agradecimiento anual. Como ingenuos paganos al principio de los tiempos, como niños de un mundo no caído, como diminutos seres que no reparan en su importancia mínima.

En estas cosas pienso, mientras corro por las mañanas por las calles de Madrid.