PROCESOS DE FORMACIÓN DE LA CASTA

Si no recuerdo mal, la última vez que nos encontramos fue en el metro.

Ya hacía un tiempo que yo había abandonado la vida política. Fue muy amable, a pesar de la triste amargura con la que hablaba.

Huido de la dictadura argentina, encontró refugio en la Galicia de la que habían emigrado sus antepasados. Su experiencia le permitió hacerse un hueco dentro del emergente sindicalismo nacionalista, aunque siempre estuvo más interesado en la literatura que en la política. Cumplió su papel con la eficacia justa para conseguir un puesto en Madrid, ciudad que prefería mil veces a cualquier rincón de la patria que supuestamente defendía; sobre todo por su condición homosexual, mucho más fácil de llevar en la capital del estado opresor.

Tenía fama de estar un poco trastornado, pero nunca consiguió caerme mal. En realidad, era un personaje profundamente trágico. Fue él quien me llevó por primera vez al Café del Real, cosa que nunca le podré agradecer lo suficiente.

Aquel día, en el metro, se permitió una sinceridad extrema. Se alegraba de que me hubiese ido, antes de que la necesidad me atrapase en una vida en la que no creía.

Evidentemente, hablaba de su propia vida.

Su gallego siempre fue patético; básicamente porque, en el fondo, le parecía una lengua propia de paletos. Pero nunca se atrevería a decir tal cosa en voz alta, porque su sueldo, su vida madrileña, su militancia lejana, dependían de interpretar un papel que, en el fondo, despreciaba.

No sé si siempre fue así. Sé que vi a otros atrapados en la misma situación vital. Y a compañeros de edad y de partido que empezaban a construise una cárcel semejante.

Los que menos horas dedicaban al estudio y más a los actos de propaganda del partido eran los que iban obteniendo puestos que les permitían acceder a una casa, a formar una familia, a pagarse unas buenas vacaciones.

Décadas más tarde, cuando ya nada quedaba de los ideales de juventud, la única lealtad que sobrevivía era aquella que les ataba a los privilegios ofrecidos por el partido. Lo único importante era que el movimiento lograse la mayor base social posible, a través de votos, de liberados sindicales, de subvenciones culturales, de editoriales afines, de universidades donde se colocaba a los intelectuales del aparato.

Era imposible renunciar a aquello en que ya no creías, porque tenías a tus hijos estudiando en universidades muy caras. Probablemente en el extranjero. O porque no tendrías otra forma de pagar la hipoteca de tu casa. O la residencia de tus padres.

Y esa ausencia de libertad producía la triste amargura con la que me hablaba aquel antiguo camarada, al encontrarnos por última vez en el metro de Madrid.

Por eso creo que es mejor que tus ideas no te den de comer. Porque entonces tus ideas no pueden cambiar.

Con lo cual, salvo que la gracia divina te otorgue la sabiduría a muy temprana edad, lo único que habrás logrado es impedirte aspirar a ser en todo momento mejor persona de lo que eres.