CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XLVI)

por El Responsable

Aprovecho para cumplir un deseo y me pongo a leer a Jung.

Y empiezo a entender por qué Jordan Peterson habla de él de la forma en que lo hace.

“De esta tendencia a negar realidad al mal deriva sin duda el principio Omne bonum a Deo, omne malum ab homine, el cual contradice a la verdad de que quien ha creado el calor es también responsable del frío (o sea de la bonitas inferiorum). Puede concederse a Agustín que todas las naturalezas sean buenas, pero no lo bastante para no evidenciar igualmente lo que tienen de malo.

No es fácil llamar a lo que en nuestros días ha sucedido y sucede en los campos de concentración de los estados dictatoriales, una ‘falta accidental de perfección’: sonaría como un escarnio.

La psicología no sabe lo que es el bien y el mal en sí; sólo los conoce como juicios acerca de relaciones: bueno es aquello que, desde cierto punto de vista, aparece como adecuado, aceptable o valioso; malo es lo contrario. Si lo que llamamos bueno es para nosotros un bien ‘real’, hay también un mal y lo malo, igualmente ‘real’ para nosotros. Se ve que la psicología tiene que ver con un juicio más o menos subjetivo, o sea con una antítesis de orden psíquico indispensable para designar relaciones de valor: es bueno lo que no es malo, y es malo lo que no es bueno. Hay cosas que, desde cierto punto de vista, son extremadamente malas, es decir, peligrosas. Cosas tales hay también en la naturaleza humana, que son muy peligrosas y por lo tanto aparecen como correspondientemente malas al que se encuentra en su línea de tiro. Carece de sentido tratar de dorar este mal, en la medida en que de ese modo no se haría sino arrullarse en una falsa seguridad. La naturaleza humana es infinitamente capaz de maldad, y las malas acciones son tan reales como las buenas, hasta donde se extiende la experiencia humana, es decir, hasta donde el alma pronuncia espontáneamente el juicio discriminatorio. Sólo la inconsciencia ignora el bien y el mal. Dentro del ámbito psicológico, uno, honestamente, no sabe lo que predomina en el mundo, si el bien o el mal. Uno simplemente espera que sea el bien, es decir, aquello que aparece como lo conveniente. Nadie podría decir lo que sería el bien tomado en general. Ninguna comprensión de la relatividad y fragilidad del juicio moral nos permite liberarnos de ellas, y quienes se imaginan estar más allá del bien y del mal son por lo común los más malignos demonios que atormentan a la humanidad, y que se retuercen en el tormento y la angustia de su propia fiebre.”

Aion. Contribución a los simbolismos del sí-mismo, de Carl Gustav Jung; Paidós, 1997 (pgs. 64-65).