CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XLIV)

por El Responsable

Es verano.

Estamos en la casa que solemos alquilar desde hace años, entre mis acantilados.

Sentados en el porche, mi hija y yo, observamos cómo se acerca una tormenta desde el horizonte.

Los últimos rayos de sol centellean en el palo cortado de nuestras copas.

Ana Ofelia acaba de leer Los hermanos Karamazov. Me da su opinión, mientras escuchamos las risas de los nuestros en el interior de la casa.

Bea sale un momento, con un plato de cecina para nosotros. Lo deja en la mesita, nos besa a ambos en la frente y regresa al barullo de familiares y amigos.

-Papá.

-¿Qué?

-Creo que el primer recuerdo de mi vida es de aquella terraza que teníamos en Hortaleza… Me veo allí, en brazos de mamá. Creo que estoy aplaudiendo…

Se me escapa una sonrisa agria.

-¿Crees que puede ser un recuerdo de la Pandemia? -me pregunta.

-Probablemente.

La mirada se me hunde en el océano, con el sol poniente.

-¿Qué recuerdos tienes tú de aquello? -me vuelve a preguntar.

La negrura de las nubes parece cada vez mayor.

-Mi pequeñez -respondo-. Y el profundo deseo de algo como esto.

Mi hija me mira un momento y después baja la mirada, sonriendo.

-Vamos dentro, papá -me dice-. La lluvia ya no tardará.

Y con nuestras copas y nuestro plato de cecina entramos en la casa, mientras se deja oír el primer trueno.