CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXXIX)

por El Responsable

Me refería en la entrada anterior al efecto que suele provocar en una sociedad opulenta su propio éxito. Es prácticamente una ley histórica, incluso familiar: las generaciones criadas entre las comodidades creadas por las virtudes de sus ascendientes suelen mostrar una inferior calidad en sus individuos, provocando una casi inevitable decadencia en naciones y familias.

Suelen mostrar una calidad inferior porque se ha alejado la tribulación de sus existencias, precisamente gracias al éxito virtuoso de sus padres y abuelos.

Mantener la tensión espiritual necesaria en las nuevas generaciones para que tal decadencia no se produzca es un problema inseparable de la condición humana.

La paideia ha de ser redirigida constantemente a los problemas fundamentales del ser humano y de sus sociedades políticas. Si el entorno real -por su opulencia- lo hace imposible, la imaginación al menos ha de ser forzada a situarse en situaciones precarias, para no olvidar nunca el lugar de donde venimos y al que podemos volver si nos relajamos demasiado; y, por supuesto, para saber apreciar y valorar aquello de lo que disfrutamos.

Al principio de la pandemia, yo he repetido un chiste que probablemente han contado millones de personas en todo el mundo: estoy perfectamente preparado para esto, me he visto todas las temporadas de The Walking Dead.

Suele hacer gracia. Pero ahora me quiero centrar en la parte de verdad profunda que tiene la broma.

En no pocas ocasiones, tras ver alguno de los muchos episodios que considero obras maestras, he pensado que The Walking Dead es probablemente la mejor serie que he visto en mi vida. Lo que quiere decir, en resumidas cuentas, que es una de las obras de arte más impresionantes de la que tengo noticia.

Todos los que conocéis la serie sabéis a lo que me refiero. Para los que sólo sepáis que va de zombis, he de deciros lo que tantas veces he repetido al recomendarla: los zombis son una mera excusa para hablar de todo aquello que es fundamental para la condición humana.

Porque los zombis hacen imposible la relajación, física y espiritual. Los zombis hacen imposible todo lo superfluo. Los zombis te obligan a vivir al borde del acantilado.

Lo cual no quiere decir que las soluciones sean únicas y caigan por su propio peso. Ni mucho menos. Las respuestas humanas a ese estado primario de exigencia son variadas. No hay una única forma de sobrevivir con éxito. Aunque tampoco son infinitas: nadie se permite el lujo de perder de vista el suelo fundamental de la supervivencia.

La discusión sobre la mejor forma de sobrevivir en grupo es lo que llamamos política. Estas discusiones pueden ser meramente de palabras o pueden derivar en revoluciones o guerras; que son otras formas de discutir, forzadas por la urgencia de la toma de decisiones esenciales.

The Walking Dead es una serie de culto. Y creo que lo es porque es uno de los pocos lugares donde se han refugiado el auténtico pensamiento y la auténtica paideia en nuestros días y en nuestras decadentes sociedades, cuyas universidades ya son incapaces de distinguir a un hombre de una mujer.

Muchos elegimos vivir, al menos mitológicamente, en ese estado de constante retorno a lo crudamente fundamental, a lo dolorosamente crucial. Las grandes palabras que nos describen realmente la clave de nuestra condición: dolor, sangre, enfermedad, muerte, amor, traición, odio, pérdida, sacrificio, esperanza, perdón, redención.

Por eso repito, ya lejos de la chanza, que The Walking Dead realmente te prepara para algo como lo que estamos viviendo.

The Walking Dead es camino de virtud.

Pues, como decía don Nicolás, noble es la sociedad que no espera para disciplinarse que la disciplinen las catástrofes.