CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXXII)

por El Responsable

La realidad, sin embargo, es aún más dura, según un informe elaborado por el Instituto de Salud Carlos III al que ha tenido acceso EL PAÍS. El documento revela que el virus casi ha duplicado la mortalidad en algunas zonas de España. También que la información que cada día ofrece [Fernando] Simón solo está mostrando una parte de las dimensiones de la epidemia, ya que únicamente incluye a aquellos pacientes que fallecen tras haber dado positivo en las pruebas de coronavirus.

Es, probablemente, uno de los artículos más importantes que se han publicado en España desde el comienzo de la crisis del coronavirus.

Bendita libertad de prensa, cuando funciona como Dios manda (como no puede funcionar en China).

Porque nos permite entender el auténtico calibre de la crisis:

La diferencia entre la mortalidad real y la oficial se debe a varias razones, entre ellas, las carencias con las que se ha topado el sistema sanitario al hacer frente a la epidemia —la detección tardía del virus en España, la falta de pruebas diagnósticas…— y los distintos modos de contabilizar a los fallecidos.

Las comunidades, por ejemplo, solo atribuyen una muerte al coronavirus (y la notifican como tal al Ministerio de Sanidad) si el paciente ha sido sometido a las pruebas y estas han dado positivo, confirman dos responsables sanitarios de sendos Gobiernos regionales. “Esto deja fuera a muchas personas fallecidas en residencias o domicilios particulares que no han sido sometidos a prueba alguna”, explica uno de ellos.

Esta situación ha sido denunciada a este diario por numerosos profesionales del sistema sanitario. “Están falleciendo muchos pacientes en su domicilio y el SUMMA solo llega para certificar la muerte. O lo hacen en las residencias porque los hospitales no los aceptan si son mayores y con patologías previas. A casi ninguno de ellos se les han realizado las pruebas y, por tanto, no son contabilizados como víctimas del coronavirus”, alerta una de estas quejas.

En los últimos días se hace mucho hincapié en que la COVID-19 es una enfermedad que afecta no sólo a ancianos. Y es cierto. Elevados niveles de carga viral pueden hacer morir en pocos días a personas jóvenes en perfecto estado salud. Pero esta verdad no puede negar otra: para las personas mayores, la COVID-19 es una auténtica peste mortífera. No sólo por la acción del virus SARS-CoV-2, sino por circunstancias de las que somos directamente responsables todos los miembros de la sociedad: las carencias de nuestros sistemas de salud y de nuestras residencias (de ancianos, de discapacitados, de menores, cárceles…).

Hace un par de días comentaba con Bea que el Bicho va a tener una consecuencia buena. A los dos nos gustaría ocuparnos de nuestros mayores cuando llegue el momento. Que vengan a vivir con nosotros.

Pero nos encontrábamos con reticencias por su parte. Basadas en el no querer molestar. Que en una residencia estarían bien, con gente de su edad. Estarían entretenidos.

La puta mierda que el pensamiento eutanásico inspira y fomenta.

Pero el Bicho está poniendo las cosas en su sitio. El Bicho está tirando de la manta para mostrarnos lo que realmente es la vida de los viejos estabulados.

Y, sobre todo, vemos lo que es su muerte. O, para ser más exactos, no la podemos ver.

Los expertos llevan días avanzando que muchas cosas deben cambiar en España tras la epidemia. Para Pere Godoy, presidente de la Sociedad Española de Epidemiología, una de ellas debe ser el modelo de residencias para mayores (también para personas con discapacidades), convertidas durante este mes de marzo en auténticas trampas mortales. “Cuando todo esto pase, debe reformularse por completo un modelo basado en la concentración de colectivos de riesgo en espacios reducidos, con estándares de calidad bajos e insuficientemente preparados para hacer frente a una epidemia como la que estamos viviendo”. “El coste en vidas que esto va a tener será muy importante, difícilmente asumible. No nos lo podemos volver a permitir”, concluye.

Así que, durante una buena temporada, ninguno de nuestros mayores tratará de defendernos las maravillas de la vida en una residencia. A Dios gracias.

Sólo queda que Dios nos permita también a todos superar esta prueba.

Que Deus nos teña no seu colo.