CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (XXVIII)

por El Responsable

Y Jesús lloró.
Jn 11, 35

Al salir de casa, me he encontrado una urraca atrapada en el pasillo del ascensor.

Asustada por mi presencia, se lanzó varias veces contra las ventanas cerradas. Finalmente, voló por el hueco de las escaleras hasta el rellano del ático. Al asomarme, pude ver cómo vigilaba mis movimientos.

Evidentemente, ninguna rama de olivo adornaba su pico.

Antes de coger el ascensor, abrí una ventana del pasillo para que la urraca pudiera escapar cuando yo me fuera.

La ausencia de gente por las calles complica los hábitos alimenticios de las aves urbanas. El hambre las vuelve temerarias.

Mientras tanto, los neofariseos alardean su fe mostrándose impávidos y racionales ante la muerte de los que, según ellos, ya deberían haber muerto hace tiempo, si no fuera por la impía ciencia moderna.

No saben hasta qué punto resultan ridículos en su impostada y falsa ejemplaridad cristiana.

Pues en nada recuerdan al Ejemplo Inigualable.

Si acaso, a un triste vulcaniano de Star Trek.

Cuando volví a casa, la urraca ya no estaba.