ARTISTA MARCIAL

por El Responsable

La primera vez que me topé con el concepto de artista marcial fue durante la lectura de El Tao del Jeet Kune Do, la caótica e interesantísima recopilación de escritos y pensamientos de Bruce Lee. Aunque la expresión artes marciales, evidentemente, no me resultaba extraña, siempre había considerado a los practicantes de tales disciplinas como meros deportistas.

La idea de un individuo dedicado al estudio y perfeccionamiento de sus capacidades de combate cuerpo a cuerpo, guiado no sólo por la idea del éxito deportivo y/o militar, sino también por la búsqueda de una ética existencial de la que debía formar parte como elemento fundamental la belleza, me resultaba profundamente exótica y atractiva.

Soy de la opinión de que Bruce Lee representa algo bastante más profundo de lo que su mera condición de ídolo pop de la segunda mitad del siglo XX puede dar a entender. O quizá precisamente alcanzó la categoría de ídolo pop por la inesperada potencia de su apuesta vital.

Más allá de sus películas, Bruce Lee fue (y siguiendo siendo) el catalizador de (literalmente) decenas de miles de vocaciones de aprendices de artes marciales en todas y cada una de las esquinas del planeta.

Y el punto crucial en el legado de Bruce Lee como artista marcial fue precisamente el de romper las fronteras que separaban geográfica y civilizatoriamente las distintas tradiciones marciales e iniciar un proceso de mezcla y perfeccionamiento en el que todas esas tradiciones eran trituradas y examinadas con el objeto de alcanzar soluciones marciales de eficacia y belleza máxima. Eso y no otra cosa era el Jeet Kune Do.

Partiendo de su propia tradición china, el kung-fu, Bruce Lee fue investigando en el boxeo occidental, las luchas filipinas, el karate japonés… incluso la colocación del cuerpo en la esgrima europea. Siempre buscando nuevos elementos y movimientos que testar para tratar de producir un sistema mejorado de combate cuerpo a cuerpo.

Y tras la estela de su excesivamente temprana desaparición, miles de gimnasios en todo el mundo se convirtieron en nuevos centros de estudio y práctica de las artes marciales, en un esfuerzo descentralizado y espontáneo a escala planetaria (por primera vez, de toda la humanidad) por desarrollar el arte marcial más bello y eficaz posible.

Ese caldo de cultivo, unido a otros que se habían ido desarrollando durante el siglo XX, dio como resultado la aparición de un curioso negocio-espectáculo a principios de los años 90: el Ultimate Fighting Championship, en el que practicantes de diversas artes marciales combatían unos contra otros para dirimir cuál era la más efectiva y potente. Nacían así las artes marciales mixtas (MMA).

En estos momentos, algunos de los deportistas más famosos del mundo son las estrellas de la UFC y del One Championship (la versión asiática de aquélla). En España, país en el que tanto cuesta que triunfen los deportes de contacto, nos suena un poco el nombre de Conor McGregor.

Pero, en general, no tenemos ni pajolera idea de las andanzas de Israel Adesanya, Georges St-Pierre o Valentina Shevchenko.

Una buena manera de empezar a conocer las artes marciales mixtas es Joe Rogan, cómico monologuista y comentarista televisivo de los combates de la UFC; que en su famosísimo programa de entrevistas lo mismo te trae a Ben Shapiro o Jordan Peterson, que te pone delante a las principales estrellas de las MMA.

Soy muy fan de Joe Rogan, he de decir.

Una de las cosas de las que no nos enteramos en este país tan preocupado por la empatía catalana y el trasiego de tumbas es de la existencia de Khabib Nurmagomedov.

Y me parece que es interesante saber que una de las personas más admiradas ahora mismo en el mundo es un tipo que ha llegado a dominar su categoría en la UFC a través de su formación en sambo, arte marcial creado hace un siglo en los albores de la Rusia revolucionaria para formar a los soldados rojos en el combate cuerpo a cuerpo. Sus creadores, como Bruce Lee, se dedicaron a investigar y estudiar diversas tradiciones de lucha, incluso viajando a otros países.

Uno de ellos, Vasili Oshchepkov, que introdujo la práctica del judo en la Unión Soviética, murió durante las purgas estalinistas de finales de los años 30, irónica (y falsamente) acusado de ser un espía japonés.

Y este es el mundo en el que vivimos, este es el mundo que nos toca, este es el mundo que hay que entender: en el que un devoto musulmán suní de la república autónoma rusa del Daguestán, partiendo de sus conocimientos de un arte marcial soviético, es admirado por el mundo entero, mientras gana (y hace ganar) una inmensa cantidad de dinero, de la que apenas hace exhibición, centrado en el respeto a sus oponentes y a la gloria del combate, en un negocio-espectáculo cuyo centro de operaciones está en Las Vegas, Nevada, USA, en el cual se va perfeccionando día a día el Arte Marcial de la Humanidad en formación (con real y efectiva H mayúscula).