EL CURIOSO CASO DEL DEMÓCRATA DELINCUENTE POR EXALTACIÓN DEL FRANQUISMO: YO

por El Responsable

Mi abuela Pacucha era una niña cuando estalló la Guerra Civil en España. Tuvo que soportar durante un cierto tiempo los insultos de otras gentes de su pueblo, por ser hija de un rojo.

El rojo era mi bisabuelo, del que ya os he hablado (hace ya tiempo, la verdad, no era consciente de que fuera tanto…). Aunque ahora parece ser que todos los abuelos republicanos de este país derrotados durante la Guerra Civil eran almas puras e inocentes -auténticos unicornios humanos, se podría decir-, lo cierto es que mi bisabuelo participó en la muerte de dos personas; una de ellas, el cura del pueblo.

Mi bisabuela Maruja, su mujer, siempre defendió que él no había hecho nada, porque se le había enganchado el pantalón en la valla de la finca que pretendía asaltar. Puede que haya algo de cierto en la historieta de mi bisabuela, porque la verdad es que, entre todos los detenidos por los hechos de aquellos primeros días tras el alzamiento, las autoridades nacionales de la zona siempre encontraban a otros presos más dignos de ser fusilados. Y justo cuando le tocaba a él, un indulto del Generalísimo le conmutó la pena de muerte por la de trabajos forzados.

En cualquier caso, mi bisabuelo (como tantos otros abuelos durante la Guerra Civil, no pocos de ellos quizá reposando con plena justicia en alguna fosa común) no fue una hermanita de la caridad. Tampoco creo que fuera mala persona. Mi madre habla maravillas de él. Simplemente, tomó su decisión y perdió. No pagó poco por ello. Otros pagaron mucho más. El cura de su pueblo, por ejemplo.

Me hubiese encantado haber conocido a mi bisabuelo. Aunque no sé cómo se tomaría que su bisnieto pensara que lo mejor para España, en aquel momento, fue la derrota del bando por el que él mató y arriesgó la vida.

Pero más allá de mis opiniones sobre los bandos de la Guerra Civil española, mi opinión principal sobre la misma es exactamente idéntica a aquélla que repetía mi abuela Pacucha, su hija, cuando se le preguntaba al respecto: que nunca se vuelva a repetir.

Leo que nuestro actual gobierno pretende cumplir la promesa electoral de Pedro Sánchez y tipificar como delito, en su propuesta de reforma del Código Penal, la exaltación del franquismo.

No sé si mi opinión recién expresada sobre la victoria del bando nacional me convertirá en delincuente en un futuro. Quede constancia, en cualquier caso, que no tengo otra. Si alguien me quiere preguntar por mis razones y fundamentos para opinar de tal manera, no tendré problema en exponerlos. Se basan, principalmente, en las múltiples lecturas realizadas, durante años de estudio, sobre historia, teoría política y filosofía.

Pero ningún gobierno me va a robar, salvo violencia tiránica, la libertad de estudio y pensamiento sin más coacción que la que ofrecen los propios hechos probados y las verdades de los diversos saberes humanos.

Dice la ministra que en una democracia no se homenajea ni a dictadores ni a tiranos. No estaría mal que se lo recordase a sus compañeros de gobierno, tan apegados a los experimentos políticos venezolanos y tan nostálgicos de los socialismos reales.

La democracia en la que yo creo no teme, ni al estudio riguroso, ni a la búsqueda honesta de la verdad.

La España en la que yo creo es este titán contrahecho que la historia ha puesto en nuestras manos, fatigado de derrotas, pero aún uno; tatuado de cicatrices que pueden alimentar resentimientos que nos dividan, o dar lecciones sobre los caminos errados que sólo devuelven al salvajismo tribal.

En el alma de cada uno está la decisión sobre qué opción cultivar. Y es una decisión que, como todas, define lo que cada uno es.

Parece que el gobierno ya ha tomado su decisión.

No es la mía.

Y ahora os dejo con una escena de la película de Ken Loach de 1995, Land and Freedom. No se trata de la escena de la asamblea de colectivización que a los nostálgicos izquierdistas de este país tanto les encanta compartir en YouTube; sino de la escena en la que se muestra el inicio de la represión de los milicianos del POUM, en el bando republicano, ordenada directamente desde Moscú (donde ejercía el poder un tal Stalin).

Vedla, antes de que a alguien se le ocurra prohibirla por denigrar a la Segunda República (esa democracia ejemplar).